Cuando joven no podía perder el tiempo escribiendo versos,
ni siquiera los modestos ripios que hubiera podido escribir, como ahora,
porque tenía que hacerme un hombre de provecho.
Ahora
se me han olvidado, tampoco es tiempo. Tal vez
hayan volado, emigrado, mis posibles poemas
a un país, un planeta aún sin descubrir.
Lo único que sé
es que tengo las manos llenas de palabras
y no acierto a ordenarlas
para que resulte un hermoso conjunto, como un jardín,
ni siquiera como un ramo de rosas
o como una
melodía.
En realidad, he de confesar, que se trata de mis digresiones. Por eso, advierto que para cualquier curioso lector, podrían ser poco interesantes, intrascendentes, banales y hasta aburridas. Entonces -me pregunto- ¿para qué las escribes? Aún no he hallado respuesta para esta pregunta.
domingo, 3 de junio de 2007
Sabadear ya no es lo que era, desde que el fin de semana empieza el viernes a mediodía y con ello la tarde del viernes ha venido a ser sábado por la tarde, y como contra lo que antes ocurría, si decides asistir a misa puedes hacerlo durante la tarde del sábado, el domingo, de algún modo, se desnaturaliza, contrastado con los de tu ya semiolvidada niñez. Tuve un pariente que auguraba que dentro de poco inhabilitaría la sociedad para el trabajo la mañana del lunes, destinándola a la recuperación de las energías gastada durante l fin de semana.
El organismo humano precisa de recuperación tras de echarse a las vicisitudes de la autovía del fin de semana, durante que unas veces disminuyen unas inesperadas obras la fluidez de la circulación, otras la insuficiencia de un viejo tramo olvidado te constituye en tediosa caravana y para colmo, cuando se despeja el horizonte, taimada, semioculta entre la retama del centro florido de la autopista, está la patrulla emergente de los vigilantes, que te fotografían y remiten tus señas a otra de un poco más allá que te detiene, cortés, amable hasta el empalago, pero a la vez inquisitiva, y sople usted por aquí y enséñeme tal papel o déjeme ver su documento tal o cual y por fin un papelito con su autógrafo, que le rebajarán –añade a la vez sarcástico y educado el guardia-, si usted la abona a su presentación.
Ya no se va al cine los sábados. De hecho ya han cerrado multitud de cines, antes transformados en minicines, para mayor rentabilidad fracasada de la mano de la televisión, las consolas y las pelis de alquiler, que te puedes servir a la carta, sin anuncios y con un vasito de lo que te guste al lado, en la mesita auxiliar de la butacota vieja pero cómodo. Por cierto, ni se te ocurra –le dices a tu mujer- cambiarme esta butaca, ni mandarla a tapizar, ni alterar en lo más mínimo ese hueco en consonancia con el perfil de mi humanidad.
El organismo humano precisa de recuperación tras de echarse a las vicisitudes de la autovía del fin de semana, durante que unas veces disminuyen unas inesperadas obras la fluidez de la circulación, otras la insuficiencia de un viejo tramo olvidado te constituye en tediosa caravana y para colmo, cuando se despeja el horizonte, taimada, semioculta entre la retama del centro florido de la autopista, está la patrulla emergente de los vigilantes, que te fotografían y remiten tus señas a otra de un poco más allá que te detiene, cortés, amable hasta el empalago, pero a la vez inquisitiva, y sople usted por aquí y enséñeme tal papel o déjeme ver su documento tal o cual y por fin un papelito con su autógrafo, que le rebajarán –añade a la vez sarcástico y educado el guardia-, si usted la abona a su presentación.
Ya no se va al cine los sábados. De hecho ya han cerrado multitud de cines, antes transformados en minicines, para mayor rentabilidad fracasada de la mano de la televisión, las consolas y las pelis de alquiler, que te puedes servir a la carta, sin anuncios y con un vasito de lo que te guste al lado, en la mesita auxiliar de la butacota vieja pero cómodo. Por cierto, ni se te ocurra –le dices a tu mujer- cambiarme esta butaca, ni mandarla a tapizar, ni alterar en lo más mínimo ese hueco en consonancia con el perfil de mi humanidad.
viernes, 1 de junio de 2007
Te echo de menos esta tarde,
podríamos ir a la colina. No hay moras, todavía,
ni madreselvas, pero puedo enseñarte
las huellas de mi niñez., que de seguro no verías, pero te aseguro que están
como las dejé
cuando salí a buscarte,
no estabas
y por eso vuelvo con tu recuerdo nada más, y tu amor
taraceado en mi corazón, donde más duele
y recorro,
esperanzado, de nuevo,
el mismo
camino
que anduvimos cuando niños, ya buscándonos,
todavía sin saber para qué.
podríamos ir a la colina. No hay moras, todavía,
ni madreselvas, pero puedo enseñarte
las huellas de mi niñez., que de seguro no verías, pero te aseguro que están
como las dejé
cuando salí a buscarte,
no estabas
y por eso vuelvo con tu recuerdo nada más, y tu amor
taraceado en mi corazón, donde más duele
y recorro,
esperanzado, de nuevo,
el mismo
camino
que anduvimos cuando niños, ya buscándonos,
todavía sin saber para qué.
Arreglaron la calle, ensancharon la acera, redujeron, por una vez, la miserable tiranía del automóvil. Ahora, por esta calle al menos, no pueden ir más que en una sola dirección, uno tras otro, en humilde fila india –y van, los muy hipócritas, resollando, se advierte en seguida que con su yeguada de vapor mordiendo nerviosa el bocado, tascando el freno, con el conductor tenso, presto a bajar la ventanilla, abrir la ranura de los desahogos e insultarnos, a los pobres peatones, que no tenemos la culpa de nada, que esto es culpa, feliz ocurrencia del señor alcalde- La calle se ha reconvertido a medias en paseo y estoy seguro de que a los demás, como a mí, también tiene que ocurrírseles detenerse a charlas amigablemente en corro, en mitad de estas suntuosas aceras por donde en seguida por cierto han empezado a estrenar los puñeteros niños sus bicicletas nuevas de piñón fijo y rudecitas anejas a la trasera, sus patines, la pelota que les regaló su tío por el cumpleaños y la tabla rodadora vertiginosa, amén de que ya se haya instalado una vendedora de no sé que y un día cualquiera estén a punto de instalarse los fanstasmagóricos industriales del “top manta”. Pienso que el mundo tiene que ser así de abigarrado, caótico, imprevisible.
Los niños,
como las flores,
hablan en verso desmedido,
sin rima ni compás, súbito,
directo al corazón.
Usan siempre la palabra apropiada, regularizan, incluso,
los desesperantes verbos irregulares,
y con insoportable crueldad,
te dicen, si lo eres,
que eres feo, tremendo, insoportable,
y,
tan tranquilos,
se marchan al jardín a jugar con sus muñecos
y sus bicicletas, según.
como las flores,
hablan en verso desmedido,
sin rima ni compás, súbito,
directo al corazón.
Usan siempre la palabra apropiada, regularizan, incluso,
los desesperantes verbos irregulares,
y con insoportable crueldad,
te dicen, si lo eres,
que eres feo, tremendo, insoportable,
y,
tan tranquilos,
se marchan al jardín a jugar con sus muñecos
y sus bicicletas, según.
Hay una horda de chiflados de las palabras en flor. Las cortan antes de que se abra el capullo del concepto y arrojan sus pétalos para que pise cualquier tirano de guardarropía, que nadie sabe por qué, como todos los tiranos, adora los pechos cubiertos de medallas y cintas, herretes y cordones, galones y ribetes. Un día morirá, como todos y otros tiranos se alzarán con el poder como una bola de arcilla blanda en las manos, que a nadie gusta como a la mayoría de los humanos obedecer, y si no al tirano, al partido, y si no al partido al sumo sacerdote de cualquier secta inconcebible, adoradora del becerro de latón, por si el caco, que nunca duerme, lo robara cualquier noche oscura, que sea más fácil y sobre todo más barato, funcional, renovarlo y que el culto no se interrumpa, ni el humo de la hoguera, ni el rastro del amor, que va y viene según de dónde provenga el eco de los disparos de la última contienda.
Ya no madura nada, ni las palabras dejan, que para todo hay prisa y es tan fácil morir en la carretera o de cualquiera de las múltiples enfermedades que llegas a urgencias de cualquier hospital del mundo y lo primero analizadle y a ver quién se libra de tener vestigios del último virus, sus huella en lo más profundo de la entraña en que se refugian las células madre para morir, como los elefantes, que, según la leyenda, lo que les gustaría es ser enterrados con cada sol que se ahoga cada tarde en la hora mala de las nostalgias y las confidencias, cuando entre las nubes, la luz y el viento pintan los colores imposibles del ocaso.
En los mercados de países de analfabetos abundantes, hay vendedores de palabras, con su mesa, su plumilla, el tintero y resmas de papel para escribir cartas de odio, de amor o de reclamación de deudas que no se pagarán ya nunca. Vendo palabras que son como filtros de amor, las pones, dicen a la niña que pasa, dentro de un sobre, las envías a tu amado y te raptará del aduar de tu padre y te llevará a su serrallo, que huele a canela, sudor y miel, por entre los ronquidos del eunuco de guardia, que se ha quedado dormido.
Voy y rebusco en el rimero del desván una película de Fú Manchú porque quiero ser niño esta tarde y regresar de la mano de Sax Rohmer a la vertiginosa persecución que decretan Sir Denis Neylan Smith para que Fu Manchú, disfrazado de Godot, no se apodere del mundo acatarrado de Mafalda.
Ya no madura nada, ni las palabras dejan, que para todo hay prisa y es tan fácil morir en la carretera o de cualquiera de las múltiples enfermedades que llegas a urgencias de cualquier hospital del mundo y lo primero analizadle y a ver quién se libra de tener vestigios del último virus, sus huella en lo más profundo de la entraña en que se refugian las células madre para morir, como los elefantes, que, según la leyenda, lo que les gustaría es ser enterrados con cada sol que se ahoga cada tarde en la hora mala de las nostalgias y las confidencias, cuando entre las nubes, la luz y el viento pintan los colores imposibles del ocaso.
En los mercados de países de analfabetos abundantes, hay vendedores de palabras, con su mesa, su plumilla, el tintero y resmas de papel para escribir cartas de odio, de amor o de reclamación de deudas que no se pagarán ya nunca. Vendo palabras que son como filtros de amor, las pones, dicen a la niña que pasa, dentro de un sobre, las envías a tu amado y te raptará del aduar de tu padre y te llevará a su serrallo, que huele a canela, sudor y miel, por entre los ronquidos del eunuco de guardia, que se ha quedado dormido.
Voy y rebusco en el rimero del desván una película de Fú Manchú porque quiero ser niño esta tarde y regresar de la mano de Sax Rohmer a la vertiginosa persecución que decretan Sir Denis Neylan Smith para que Fu Manchú, disfrazado de Godot, no se apodere del mundo acatarrado de Mafalda.
miércoles, 30 de mayo de 2007
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