miércoles, 5 de septiembre de 2007

La librería –dije- es como un templo en que, en las hornacinas, están representados el bien y el mal -o tal vez debí decir el yin y el yang-, y, antes, cuando una librería era lugar de culto al libro, mantenía fondos literarios y recovecos, entre los que se contaba casi siempre el “ojo del librero”, equivalente al “ojo del boticario”. En el ojo del librero anidaban los libros prohibidos por los diversos motivos que suelen mover a los profesionales de la prohibición: políticos, morales, culturales, religiosos, etcétera, que los libreros proporcionaban subrepticiamente, en la semioscuridad de lo clandestino, a sus diversos clientes. Es tiempo de escasez de prohibiciones, por lo menos en materia de lectura. Lo de prohibir se ha trasladado al terreno administrativo, por el que cualquier ciudadano debe moverse con pies de plomo, si no quiere que lo sorprendan con multas de extravagante dureza, ni mucho menos proporcionadas de ordinario con las infracciones que supuestamente deberían limitarse a corregir. El ojo de la librería que hoy he visitado, es diáfano, como un símbolo, transparente. Dispone de unos anaqueles en que se exhiben ilustraciones y textos de libros nuevos y antiguos. Hay ocasiones en que uno tiene motivos para la esperanza.

lunes, 3 de septiembre de 2007

Tu nombre es hoy mi palabra preferida,
tu sonrisa, el suspiro
con que al despertar recobro conciencia de estar todavía aquí,
vivo y bañado por la luz del alba.

Déjame que te diga
todos los sueños que tuve,
los ciertos,
los que imagino para hacerte reír,
los de verdad, llenos de miedo y sueño.

No hace falta que hablemos,
ven conmigo
en el silencio de saber que no estás,
que sólo
eres el disfraz que esta mañana estrena
mi fantasía
sobre un frágil cimiento de recuerdos
también fingidos.
La voracidad humana está llena de imaginaciones de símbolos capaces de apoderarse del mundo, que no sé para qué quieren tantos tanto, si luego no habría manera de abarcarlo, como les pasó a don Carlos y don Felipe, ambos reyes de la España Imperial, que de tanto como mantenían, siempre les quedaba algo por hacer y les faltaba dinero para poner el correspondiente remiendo. Desde el Santo Grial hasta la Excalibur, pasando por la mismísima Arca de la Alianza, no saben qué inventar para acuciar a los tiranos vocacionales para que se pongan en marcha con su casi siempre disparatado equipaje repleto de fantasías. ¿Para qué querrá nadie gobernar el mundo? Debe ser cosa, idea, que germina a partir de niñeces abarrotadas de juguetería, adolescencias abrumadas de libros de caballerías e inmadurez resultante de haber tenido tanto que no supieron por dónde empezar a escoger el camino que hay que hacer para lograrse uno a sí mismo y que le baste el valle, ni siquiera para gobernarlo, sino para vivirlo disfrutando del cansancio de ir recorriendo trochas y gozándose en contemplar la libertad del viento, que, como no tiene nada, juega con todo lo creado y lo mueve y remueve al azar.

domingo, 2 de septiembre de 2007

Un torrente de vidas,
porque lo mandaba el rey,
señor
de Aragón y Cataluña,
del Califato de Córdoba,
de Navarra o de Castilla,
sólo el honor, que según
don Pedro de Zalamea,
es patrimonio del alma, estaba a salvo,
por ser el alma de Dios.

Curiosa historia,
la que cuentan los libros,
del glorioso heroísmo de los tercios,
de los descubrimientos,
sin que ni una sola vez
se diga el nombre de cada héroe muerto,
de cada familia rota,
cada cosecha perdida,
cada derrota
personal,
que iba costando la decadencia de un imperio
de que a pesar de todo estamos orgullosos
los nietos
de los españoles yertos
sobre todos
los suelos
del mundo.

Gran pueblo hubiera sido éste,
sin duda,
de haberse tenido
a sí mismo por señor.

Pero hubo de quedarse en lazarillo,
Rincón,
Cortadillo,
Calixto y don Juan Tenorio,
el buscón,
la Celestina
y yo. -
El pueblo, la gente, nosotros, este gentío a que llaman los poderosos de este mundo “la gente de a pie”, la realidad de la muchedumbre de los vivos, no somos más que caudal de agua sobrevolada donde da el sol y nace cada día la flor del agua por quienes tienen el poder y la gloria de este mundo, la cuentan a su manera y se consideran los poderosos sabios. Por eso, cuando te recuentas la historia a la luz ad estos modestísimos estudiantes, ratones de biblioteca, que rebuscan los documentos olvidados, hurgan por entre las cenizas de los que se quemaron en hogueras de vergüenza, y descubres cómo y por qué se urdieron hechos abyectos, luego glorificados por los cronistas más brillantes por aduladores mayores, se te atraganta la indignación, a la vez que comprendes por qué los mínimos nos convertíamos en lazarillos de Tormes, Rinconetes, don Pablos, Gineses de Pasamonte y Cortadillos para las novelas –espejo al borde de un camino, no se olvide la feliz comparanza- más picarescas, corto reflejo de la mejor picaresca de la historia de la literatura.

Ea, ya he desahogado mis penas de hoy, domingo soleado del veranillo que sale a la calle a descansar de las atrocidades y las prisas del tumulto de veraneantes aspeados por el maltrato de tirios y troyanos, pescadores en el agua turbia de la aglomeración. Se pasea, hoy, el sol, con su traje de los domingos, porque el sol, que es tradicional y tradicionalista, se viste todavía de domingo, como nosotros, de niños, con el traje más nuevo, de ir a la misma mayor, concelebrada por el párroco y dos coadjutores, entre música e incienso, que subía la música enrollándose por las columnas de incienso y así se inventó un día el barroco para los retablos. Y como ha caído el viento, la mar está tranquila y lame una y otra vez la arena, que se pone más rubia, de puro conmovida, arrebatada, entregada a las caricias.

sábado, 1 de septiembre de 2007

Por primera vez huele esta tarde a otoño,
a quemazón de sementera,
vamos, el perro y yo, por la frontera
entre setiembre y la tarde
última del mes de agosto,
que hoy baja, con el sol, al dormitorio del ocaso.

Mañana …
No me hables de mañana
en medio de la solemnidad de esta atardecida,
que se pinta
con trazos apenas identificables
en lo más hondo
de la caverna prehistórica de la memoria.

Estamos
fuera del tiempo, es un momento
tal vez esencial,
de la creación,
durante que Dios pudo dudar si poner o no al hombre
en este tiempo,
este lugar,
entre las palabras y la música,
en que dejó la huella
de su mirada.
Estuve en un blog de amigo, a punto de hacer un comentario. Borré todo y me vine a este rincón, apartado orilla del pensar como quien se hace un túnel a través de la opacidad aparente de la montaña, dentro de la cual van apareciendo las diferentes capas de distintos terrenos y materias, más o menos blandas, y los cursos de agua que fluye con poderosa fuerza de aparente milagro por y desde donde en principio parecería imposible. El comentario, que borré, atañía a la muerte y si comprendemos, nos solidarizamos con el dolor de un amigo o de un conocido y por qué acudimos a velatorios o exequias. Mi ya entonces anciana tía Tula solía decir con macabra sorna que cumplimiento viene, desde el punto de vista de una etimología macarrónica, de cumplo y miento a la vez, y es cierto que en muchas ocasiones acompañamos a los que quedan por mera razón de cumplimiento de un deber social. Pero otras no. Otras nos conmueve profundamente la muerte, sobre todo su fue súbita, de alguien conocido, o porque le teníamos afecto –muere un amigo y deja una herida, con posterior cicatriz irremediable, en el alma- o porque se lo teníamos a lo que deja de su entorno más o menos inmediato, que es quienes conocemos y la intensidad del dolor de los cuales podemos intuir, por más que no alcancemos a sentirlo a la vez, junto con ellos, como solemos mentirles que hacemos cuando los abrazamos con el propósito, que suele ser sincero y suerte de proporcionarles el mínimo consuelo de que nos toquemos para saber que todavía convivimos en la burbuja del mismo tiempo y el mismo espacio Porque lo cierto es que del misterio de la muerte, por instinto y afán de vivir, solemos tratar de apartarnos en seguida espantados, como si no fuera con nosotros, intentando negar, contra toda evidencia, que es precisamente lo que nos iguala con cuantos ya la padecieron y los que la sufriremos a lo largo del tiempo, sintiendo mediante su contacto, en qué consiste la comunión, de algún modo la comunidad de los santos, o, por decirlo de otro modo, la comunidad de los humanos.