viernes, 7 de septiembre de 2007

Todas las hojas han sido las mismas este verano pasado,
como yo he sido e mismo de cada otoño, un poco más viejo
y día llegará en que el otoño será el mismo también sin mí,
como si nada, como si ninguno de nosotros hubiera sido necesario,
nada y ninguno siquiera útil,
y sin embargo, en el libro de contabilidad que lleva el padre Dios,
quiero creer que está mi nombre escrito
por más que sea entre otra infinidad de nombres
que casi nunca lee nadie, como ocurre con las guías telefónicas
que son, a pesar de ello, unos libros así de gruesos,
pletóricos de nombres de los protagonistas,
la mayor parte desconocidos,
de la apasionante novela que entre todos estamos escribiendo,
en este preciso momento
Envolverse en música, como quien se abriga contra el frío, es un recurso de solitario a veces eficaz para devolverte poco a poco a la sensación de estar vivo en esta mundo de habitualidades y rutinas que arrinconan a la imaginación en cuanto me descuido, es decir, en cuanto cualquiera, por lo que observo, se descuida y recita sin verlos la lista de los ríos más importantes de cualquier continente o de cualquier país. Hay una tensión disgregadora, por cierto, de los países, que se tensa como un arco cuando arrecian los síntomas de gobiernos centrales débiles. Y a medida que se hacen las conclusiones de que disponemos más dudosas, es más fácil desconfiar de quienes tratan de permanecer en la unidad y quienes consideran indispensable mantener la cohesión para ser. Lo que ocurre –les contestan los otros- es que se puede sobrevivir de otra manera, incluso ser otro o parecerlo.

Tal vez vivir sea, además de toco cuanto es, una permanente tensión entre ser y estar, por otra parte característica de la especie humana que se manifiesta en cada individuo y en sus empresas, donde a poco que te descuides, todo el aparato ejecutivo va girando y dejando la huella, el lendel, que pintan en la tierra las circunferencias idénticas sobre que gira el burro que gira y gira sobre sus pasos, subiendo el agua de la noria.

jueves, 6 de septiembre de 2007

Las vedijas de niebla
enganchadas todavía en el pinar
son recuerdos vagos
de los miedos nocturnos, sus huellas,
que va borrando la mano
del sol,recién nacido esta mañana,
con la ternura de su caricia primera.
Cada día mueren infinidad de humanos por el mundo, pero hoy nos cuentan que también ha cumplido con ese trámite Luciano Pavarotti, cuya profesión era cantar. Alguien tiene ya dicho que la voz es el mejor instrumento musical conocido. Bueno, pues o se ha muerto o se apagó una voz que ya nos habíamos acostumbrado a ver anunciada en común con la de los otros dos tenores que solían acompañarle en sus actuaciones, siempre pañuelo en mano, que yo comprendo porque también suelo sudar al menor esfuerzo. Cosa de gordos, supongo. Ahora las personas y las voces, cuanto más famosas, suelen dejar más huellas en discos y películas y desde que se inventó la cámara de vídeo domestica, por los rincones de las casas yacen viejas películas donde está la familia completa, como si la vieja Dama del Alba no se hubiera ido llevando a tantos y tan queridos, a los que casi siempre recordamos después algo que nos hubiese gustado decirles antes de que se fuesen. Supongo que de algún modo nos escuchan y que la palabra, aún callada en su día, no se perderá del todo y por lo menos escucharán su intención desde lo más hondo de nuestro recuerdo. -

miércoles, 5 de septiembre de 2007

¿Cómo puede pasar el viento
sin detenerse
a mirarte y remirarte
después que te acaricia?

¿Cómo puede un pájaro volar
bajo el peso
del recuerdo o la esperanza
de haber sido o estar a punto de ser ángel?

¿Cómo podría funcionar, cada día,
la intrincada maquinaria
del universo,
sin alguien que vigile,
corrija,
remedie y remiende
este disparatado rompecabezas magnífico?
Envejecer es irse perdiendo de vista, de tal modo que confundes tu imagen con una vaga silueta lejana que resulta imposible de identificar. Podríamos ser uno de nosotros, pero no es seguro porque al envejecer la luz te enceguece, deslumbra y es casi peor que no ver, puesto que ves sin ver, y que eso ocurra por falta luz es malo, pero con incluso aparente exceso de luz puede que sea un castigo por haber mirado tanto lo que no deberíamos haber mirado ni siquiera de reojo, pero ¿quién es capaz de rehusar la belleza de lo prohibido, por feo que sea?. En alguna parte leí alguna vez que lo último que pidió Goethe en su agonía fue ¡luz1, ¡más luz1 Y sin embargo opino que no podremos soportar, de este lado del espejo, ni siquiera un moderado incremento de la luz habitual y que la luz está del otro lado, donde los escépticos dicen que ya no hay nada más, pero yo me empeño en creer que hay, por inimaginable que pueda resultar ahora mismo, durante esta mañana de miércoles, con este olor a fritanga de churros que exhala el mercadillo de al lado del río, donde las truchas me demuestran cada día que hay vida por debajo de la piel del río, por donde el agua finge la existencia de otro mundo en que el equivalente de los churros olerá, digo yo, de otra manera.
MARTES 4 DE SETIEMBRE DE 2007

Nacemos porque una noche cualquiera
dos, todavía desconocidos,
un hombre y una mujer,
hechos un amasijo de sudor y esperanza,
dolor,
amor, incertidumbre
y vértigo, hablaron sin hablar,
rezaron sin palabras:
Señor, tennos juntos en Tu pensamiento.
Y Dios los pensó juntos
y fuimos nosotros, su pensamiento.