Ir por entre la gente, para los que vivimos en los pueblos, desacostumbrados de ciudad, es un ejercicio de novedad que revela mutaciones de costumbres y tal vez de cultura. Yo llamo cultura al modo de comportarse habitualmente la mayoría de un grupo social. De ahí pueden los sociólogos destilar unos principios que deberían acuciar a los filósofos de cada época a buscar respuestas para las preguntas de su tiempo.
Como hace tiempo que abandonamos la ciudad, podemos advertir con facilidad mayor hechos reveladores de que los cambios se suceden. Un buen ejemplo sería el modo de mirar de las jóvenes. Antes, hace lo que parecen muchos años, pero fue ayer, las muchachas en flor –me critica un amigo porque suelo repetir esta afortunada descripción proustiana de los que parecen las muchachas núbiles, pero es tan acertada que no puedo evitar repetirla admirado, cada vez que la ocasión literaria o no se presenta- miraban al suelo, ahora te miran cara a cara, cualquiera que seas el que se cruza con ellas.
Es que antes era el varón el depredador, el que salía en busca de relación con la hembra de su especie. Ahora ambos, varón y hembra de la especie humana, son depredadores a la vez. Han mudado las costumbres, con ellas la cultura del grupo, de éste de que formamos parte, porque hay otros en el mundo donde todavía forma parte del hecho cultural la lapidación de la adúltera, pongo por ejemplo.
Antes buscábamos una mirada, ahora las miradas se cruzan como en un lance de esgrima. Los más viejos, para quienes esta novedad es más sorprendente, somos los que cedemos en estos lances.
En realidad, he de confesar, que se trata de mis digresiones. Por eso, advierto que para cualquier curioso lector, podrían ser poco interesantes, intrascendentes, banales y hasta aburridas. Entonces -me pregunto- ¿para qué las escribes? Aún no he hallado respuesta para esta pregunta.
viernes, 5 de octubre de 2007
miércoles, 3 de octubre de 2007
El mercadillo de los miércoles
parece un collar de cuentas desiguales,
un rosario,
la ringla, uno, dos, tres, de contar,
del ábaco infantil de colores.
Y por medio el hilo
de compradores que arrastran sus carritos, se val,
al parecer,
de viaje, o tal vez rezan,
el colorido múltiple, la variopinta oración
de cada puestecito, con sus lanas,
zapatos,
el top manta de los senegaleses que mejor sonríen,
la fruta desparramada.
El mercadillo, si te fijas,
Es como la vida nuestra de cada día
variopinta y sin embargo,
repetida,
tan inesperada,
tan predecible.
El mercadillo de los miércoles
es como un arco iris.
parece un collar de cuentas desiguales,
un rosario,
la ringla, uno, dos, tres, de contar,
del ábaco infantil de colores.
Y por medio el hilo
de compradores que arrastran sus carritos, se val,
al parecer,
de viaje, o tal vez rezan,
el colorido múltiple, la variopinta oración
de cada puestecito, con sus lanas,
zapatos,
el top manta de los senegaleses que mejor sonríen,
la fruta desparramada.
El mercadillo, si te fijas,
Es como la vida nuestra de cada día
variopinta y sin embargo,
repetida,
tan inesperada,
tan predecible.
El mercadillo de los miércoles
es como un arco iris.
Sería útil que creciesen de nuevo los dientes deteriorados, como el pelo o las uñas, que parece tan inútil que crezcan de modo tan desmesurado, sobre todo cuando se trata de las uñas de los dedos de los pies, a que se alcanza cada año que pasa con menor destreza. Pero los dientes no. Se averían, rompen o deterioran de mil y un maneras, pero no se recobran más a base de prótesis, tornillos y más o menos sutiles artefactos de titanio y resina. He oído decir que, demasiado tarde para nuestra generación, se ha descubierto la posibilidad de utilizar algo que llaman células madre para recomponer los destrozos que al parecer mil y un enemigos nos han hecho con el tiempo y los excesos en el comer o el beber, partir avellanas torradas, intentar incluso abrir nueces o arrancar bocados de manzanas escalofriantemente verdes. No se aprende a cuidar los dientes hasta que están maltrechos por el descuido. Ahora creo que es distinto. Conozco niños que, en el otro extremo de vaivén de conducta, salen cada día de clase horrorizados y poco menos que convencidos de que unos minúsculos extraterrestres han hecho campamento por los entresijos de su boca y en los ratos libres horadan pequeñas cavernas en los dientes, en las que se sospecha que hasta dibujan pinturas rupestres. Una pena que se te acerquen los niños de casa y rechacen el caramelo o la chocolatina, con pánico reflejado en los ojos: ¿es que no te das cuenta de que producen caries? El asunto es si vale la pena comerse los chuches a pesar de todo y en su día ya veremos. Además está ahí, a la vuelta de la esquina, eso de las células madres.
martes, 2 de octubre de 2007
En otro mundo imposible,
a que ni llega la mirada atenta,
la música
se va enredando como hiedra polícroma,
llama a veces,
otras hojas, racimos, umbelas,
que une el hilo sutil de la atención con que sigo
su melodía,
aquí y allá, rompe
la textura un adorno de notas,
que se paran,
agua quieta
a tocarme en la esquina del alma donde duele
incluso la belleza de vivir,
que es dolor
o gozo, de querer o de olvidar
hasta quedar, como la música
en carne viva,
que,
de pronto calla
y estamos aparentemente tan solos,
sin entender ya,
sin saber
todavía.
a que ni llega la mirada atenta,
la música
se va enredando como hiedra polícroma,
llama a veces,
otras hojas, racimos, umbelas,
que une el hilo sutil de la atención con que sigo
su melodía,
aquí y allá, rompe
la textura un adorno de notas,
que se paran,
agua quieta
a tocarme en la esquina del alma donde duele
incluso la belleza de vivir,
que es dolor
o gozo, de querer o de olvidar
hasta quedar, como la música
en carne viva,
que,
de pronto calla
y estamos aparentemente tan solos,
sin entender ya,
sin saber
todavía.
Los pueblos cambian, sus gentes, las costumbres. El recuerdo se pierde entre fotografías imposibles, de cosas destruidas y personas que se fueron y no regresan más que en sueños, a veces, parece que precisas, pero en realidad nada más que sus imágenes, contenidas en esa delicada materia de que están hechos los sueños, que cualquier ruido ahuyenta o no sé si disuelve en el aire antiguo, en que se distiende nuestra alegría de haber vuelto. Echas cuentas, yo lo hago, desde cualquier esquina, y te faltan detalles esenciales para reencontrarte con aquello que estuvo y es probable que no fuese mejor, pero eras tú, era mi yo de entonces, éste mismo y sin embargo tan diferente que llega a parecer incomprensible la conducta de entonces. ¿Por qué hice tal cosa, pensé tal otra, cometí tal estupidez? Seguro que hubo razones, o puede que un impulso seguido de cualquier nimiedad, o ahora lo parecería, que entonces fue tan importante, decisiva para eso que no debería haber hecho o para hacerlo de otra manera,
Cuanto tiene de privilegio haber sobrevivido, viene acompañado de la posibilidad de advertir que otros se equivocan donde yo y comprobar la exacta apreciación de Morgan, Charles Morgan, referida al hombre de genio o la mujer hermosa, que van por la vida, decía más o menos, cito de memoria, como veleros en medio de una tempestad, que compruebas que los va arrastrando hacia las rompientes del acantilado desde lo alto del que el observador contempla la escena, desalentado, sin poder hacer nada para ayudarles por más que los estime.
Cuanto tiene de privilegio haber sobrevivido, viene acompañado de la posibilidad de advertir que otros se equivocan donde yo y comprobar la exacta apreciación de Morgan, Charles Morgan, referida al hombre de genio o la mujer hermosa, que van por la vida, decía más o menos, cito de memoria, como veleros en medio de una tempestad, que compruebas que los va arrastrando hacia las rompientes del acantilado desde lo alto del que el observador contempla la escena, desalentado, sin poder hacer nada para ayudarles por más que los estime.
lunes, 1 de octubre de 2007
El teatro, que agoniza, se diferencia del cine en que la mayor parte de lo que cuenta lo hace con palabras, mientras que el cine lo expresa con imágenes. Es más fácil leer cine que escuchar teatro, porque una imagen contiene muchas palabras y normalmente es más fácil de leer. Salvo que el director de la película sea uno de esos extravagantes genios, que suelen premiar los más eruditos, que podrían haber querido decir cualquier cosa, tal y como lo dicen, para cuantos lo miran puede entenderse como el observador prefiera y a la gente le gusta: a) acreditar su inteligencia, por medio de entender lo que los demás no son capaces y b) de modo que ese entendimiento sea exclusivo, para tener el placer adicional de haber entendido lo que nadie entiende, o haber entendido bien lo que los demás entienden mal.
Nos encanta asegurar que todos somos iguales –cosa que sólo básicamente es cierta-, pero nada más que por si acaso, es decir, para partir de la seguridad de que no somos menos que otro, y, en seguida, emprendemos la búsqueda de los elementos diferenciadores que nos identifican respecto de los demás.
Es evidente que quienes de nuestro entorno proclaman su adhesión a las declaraciones de derechos humanos, no los reconocen todos según la brillante y expresiva declaración de su existencia y aplicabilidad inmediata a los top manta que huyen, con sus pequeñas almadrabas de películas pirata, de una divertida policía municipal que en cambio los tolera con benevolencia comprensiva.
Nos encanta asegurar que todos somos iguales –cosa que sólo básicamente es cierta-, pero nada más que por si acaso, es decir, para partir de la seguridad de que no somos menos que otro, y, en seguida, emprendemos la búsqueda de los elementos diferenciadores que nos identifican respecto de los demás.
Es evidente que quienes de nuestro entorno proclaman su adhesión a las declaraciones de derechos humanos, no los reconocen todos según la brillante y expresiva declaración de su existencia y aplicabilidad inmediata a los top manta que huyen, con sus pequeñas almadrabas de películas pirata, de una divertida policía municipal que en cambio los tolera con benevolencia comprensiva.
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