sábado, 5 de abril de 2008

El reloj de la escuela se ha parado a las ocho menos dos minutos y lleva así, sin que se haya acabado el mundo, más de tres años. Cuando salgo por la tarde, ya anochecido, en invierno, en verano con el sol todavía vivo y absorto en desgastar paisaje y colores, mientras el perro baja a beber al río y se solaza con los olores que encuentra a su alcance, me reafirmo en la hipótesis de que el tiempo no existe. Una pequeña multitud de esperanzadores niños de ambos sexos, durante más de tres años, ha estado entrando y saliendo de sus clases sin que el tiempo corriese, se han hecho mayores, algunos digo yo que habrán acabado sus estudios por lo menos primarios, y el reloj, y con él el tiempo, quietos, inmóviles a las ocho menos dos minutos de Dios sabe ya cuándo. No sé si será una ilusión óptica o una interpretación subjetiva, pero tengo la impresión de que las banderas de la fachada, a ambos lados del inútil gran ojo de cíclope del reloj parado a las ocho menos dos minutos, o, para ser definitivamente exactos, entre las ocho menos tres y las ocho menos dos minutos, como si se hubiera preferido quedarse indeciso, en vez de en sobre un minuto justo, ondean con mayor y estimo que justificado optimismo. En esta época de aldeas globales, culturas y contraculturas, que yo digo que se imbrican y un bárbaro opina en el periódico de ayer u hoy que lo que ocurre es que se enfrentan, de economías inestables y de políticas indefinidas, este reloj, sin duda progresista, de las escuelas públicas de mi pueblo, ha decidido hacer un ensayo general con todo, como se dice en el teatro la víspera del estreno, de la eternidad. –

jueves, 3 de abril de 2008

Un poema
o por lo menos parte de sus versos,
puede estar,
como decía Borges del Aleph, en cualquier parte:
detrás de un pétalo mínimo de una margarita,
en la esquina del rellano de la escalera,
en la flexura de tu codo
o flotando en el aire, sobre un copo de polvo
que es
como una estrella fugaz.
Uno de mis tíos abuelos fue músico, emigró fuera de España y murió muy joven, pero no sin haber compuesto cierto número de hermosas piezas musicales, que ahora en gran parte se han recuperado y editado. Hay, entre sus obras, una que llamó “mazurca triste”, que me ja inspirado un poema a que llamo yo melancolía. Se lo he dedicado y, aprovechando las posibilidades del ordenador, superpuse la letra del poema a la música de la mazurca. Me ha resultado, no sé si bueno o malo, desde la perspectiva artística del asunto, pero, para mí, una experiencia conmovedora, que mi tío abuelo y yo, el desde su tiempo y yo ahora en el mío, hayamos conjugado nuestros sentimientos y entablado un diálogo insospechable en el que le digo que comprendo la saudade de esta pieza musical suya, y, a la vez, la esperanzada brillantez que contiene, porque, al escribirla, es evidente que recuerda lo que perdió, pero lo que halló en su nueva tierra y su familia recién creada, le ha abierto a su juventud un cauce de ilusionada esperanza. Le dediqué el poema, le digo al hacerlo, porque supo decir con la música muchas de esas cosas que no se pueden decir con palabras.
La mañana está hoy naciendo entrelazada,
sujeta por mensajes que los pájaros pían, hay
-me dicen-
nada menos que cinco jilgueros en la tapia del jardín
y ayer
alguien de casa oyó cantar al mirlo.

Augura no sé quién que dentro de poco no habrá pájaros,
nacerá, entonces, cualquier mañana de sol,
desparramada, quien sabe
si dispersa,
rota en mil pedazos erráticos de luz
que en seguida, el buen Dios, hará que se conviertan
en pájaros: jilgueros, calandrias, alondras
y mirlos
para que todo vuelva a ser igual,
porque la vida, a pesar de todo,
por tremendo que haya sido el paso del hombre
con su muerte al hombro,
será el luminoso final de todo y su principio.
La búsqueda de un papel se convierte en obsesión cuando el papel está oculto entre muchos de su misma clase, condición y apariencia, es como buscar, nunca mejor dicho, una aguja en un pajar, y en eso estoy, pero sería una mera anécdota si el empeño no me hubiese traído los papeles olvidados, que en su día carecieron de importancia, como una carta para dar noticias mínimas de lo cotidiano, o como una apresurada nota, tomada para recordar lo después inexorablemente olvidado, algún dibujo retenido de una reunión en que otro, con dotes para ello, dibujó al azar mientras hablaba o calló, el inicio de un poema inacabado o de un artículo fallido sobre la actualidad de hace muchos años, enhorabuenas y pésames entonces tan agradecidos, viejas fotografías. Es como si la vida, hecha jirones, apareciese lo mismo que un paisaje por entre hilachas de niebla. Al final, muy al final, encontré el papel, cuando ya había hecho sobre la mesa cuatro montoncitos de otros arrugados, amarillentos, que ahora convertiré en páginas de otra carpeta que pasado mañana se habrá estabilizado de nuevo, bajo la lluvia de polvo de cada día, un polvo casi impalpable, hecho en gran parte de residuos de residuos de nuestras células muertas, que en lugar de enterrar, vuelan y se divierten, reconvertidas en pequeñas estrellas o en mínimos planetas, que se bañan gozosas en cualquier rayo de sol ue las sorprende y abarca.

martes, 1 de abril de 2008

Todo
se reanuda sin cesar:
soy el eco de mi ayer, profecía
de mañana,
que ocurrirá o no, según disponga
Algo
o Alguien
que he de escribir, entre el respeto, a admiración
y el temor, no olvidéis el temor, con mayúscula.
Todo es una insistencia reiterada
para hacer no sé qué. de lo que hago cada día,
que será lo verdaderamente importante,
la razón
por la que estoy aquí.
Ha sido otra obsesión humana la de viajar en el tiempo, y tal vez el concepto del cielo sea estar de nuevo en todos los tiempos, es decir en el único instante que los abarca y es la eternidad, que , así, resucitar sería volver al lugar de procedencia de lo que llamamos vida, donde estaría aquélla de que participamos todos, este misterioso don, intangible, que se incluye en el cuerpo antes de nacer y se separa, cuando en el cuerpo se agota la posibilidad de estar, igual que sale el agua, con un último gorgoteo, también, de su recipiente, por el desagüe, lo mismo que con un primer vagido se manifestó al nacer. Descubrir, recorrer, apoderarse de un territorio, construir en él, gobernar una familia, una tribu, la comunidad. Hundirse en la mar, volar, trepar a las estrellas. La voracidad humana no se detiene sino ante lo imposible: recorrer el tiempo, río arriba o abajo, pisar una estrella, respirar sin aire. Es posible que seamos como somos, limitados, para que no podamos ir más allá de donde nos concierne hoy, ahora, en cada rincón, plúteo, momento del tiempo, uno, en realidad y siempre éste, para que el sueño nos pinta lo que en seguida pasaremos a recordar.