lunes, 7 de abril de 2008

Con la perezosa lluvia de primavera
que ha venido a caballo del viento del norte,
-el viento del norte es verde, pero tiene
blancas las crines, de espuma-
se están desperezando las rosas y han puesto los gnomos
del jardín
los tallos de los lirios amarillos.
El aire es un olor de tierra húmeda,
germinal,
que ha dejado atónitas a todas
las muchachas en flor. Se va posando
en las notas
de la sonata que toca la niña a la hora de la siesta
y hoy suena como una palabra apenas musitada,
una palabra inédita
de amor.
Cortan hoy el suministro de energía eléctrica entre las tres y las cuatro de la tarde y nos dejan por un cortísimo espacio de tiempo de regreso en el siglo XIX, sin más recurso que velas y gas para hacer funcionar desde los ordenadores hasta los frigoríficos todo el amplio arsenal no sé si de herramientas o de armas con que nos enfrentamos habitualmente a la rutina del trabajo o del ocio alternativo nuestro de cada día. Viene bien que de vez n cuando, con no demasiada frecuencia, desde luego, y siempre a horas como ésta de la siesta, corten los suministros de agua o de electricidad y nos recuerden la poca cosa que somos cuando se nos arrebata, dándole un golpecito a un interruptor, casi todo lo que llamamos adelanto técnico del modo de vida a que nos habíamos acostumbrado. Miles de millones de personas sobreviven en el mundo a duras penas en condiciones mucho peores de las precarias en que ese movimiento, para un observador lejano imperceptible, nos deja a estos indefensos racionales que somos. Y lo peor es cuando el apagón se produce de noche y nos hallamos de pronto incapaces de apartar las sombras de que huye la razón. Alguien ha dicho que el miedo nos asalta cuando la razón se retira. Tiene razón. La razón es como si se encogiese cuando la oscuridad nos rodea, desvista de civilización y nos deja desnudos y vulnerables en el territorio del instinto. Los animales no racionales no atacan por crueldad, se defienden porque ellos, incapaces de razón, reaccionan movidos exclusivamente por el instinto de conservación. No somos enemigos para ellos, sino peligrosos adversarios en la selvática lucha por la supervivencia. El hombre, en medio de lo oscuro, se parece mucho al animal irracional que lleva en el fondo de la última capa del cerebro, ese que llaman el cerebro reptilíneo, en que reside al parecer el último jirón del instinto.

domingo, 6 de abril de 2008

No comprendo por qué, pero son distintas
las apresuradas, alegres, locas campanadas
con que el reloj de la abuela marca las doce del mediodía
de las solemnes,
ominosas, lentas campanadas
con que el mismo carillón informa de que son las doce
pero de medianoche.

Durante el día,
las campanadas son como pájaros silvestres,
de alegres colores
que juegan con la luz. De noche
son silenciosos pajarracos indescriptibles
que vuelan dentro de lo oscuro
moviendo con lentitud unas inmensas alas
hechas de miedo a lo desconocido.
No es bueno ni malo, sólo realidad, que te vas convirtiendo en protagonista de tus recuerdos y abandonando unos proyectos que ya no caben ni en el futuro previsible ni en las fuerzas que tienes para afrontarlo, pro todo eso se cambia al mudar la dimensión de lo que decides intentar, que ahora no son como antes líneas generales de algo cuyos límites difumina la lejanía. Ahora el boceto es más limitado, y por eso, más detallado, casi minucioso, como si antes se tratara de proyectar rascacielos y ahora la cabaña de la esquina del jardín que todos despreciaban porque estaba húmedo el suelo, era una umbría y el césped se iba a musgo, de modo que a la pequeña pandilla nos venía de perlas la posibilidad de pasar al otro lado del seto, más acá todavía de la tapia y desaparecer, para descanso de unos mayores hartos de las fechorías que intentábamos casi siempre con grave quebranto de nuestra integridad, lacerada por golpes, caídas, rozaduras e intentos de batir todas las marcas de velocidad en bicicleta de piñón fijo o con patín que se hubiesen registrado hasta entonces en un mundo sin Guiness todavía. ¿O lo había ya? Pues como si no, porque no estábamos enterados.

Era una época en que ni e dabas cuenta de la existencia de unas nubes que ahora ves pasar con nostalgia de su capacidad de verlo todo, mientas viajan despaciosas y solemnes, a vista de pájaro y ya sabes que pueden, si quieren, bruñir y dejar limpio y brillante, como nuevo, el engañoso azul de un cielo que dicen los astronautas que en realidad es negro profundo, pero es que ahí fuera hay, más allá de la delgada película azul que aseguran los ecologistas y verdes del mundo que estamos destruyendo, no hay más que misterios que vamos mal explicando a trancas y barrancas, arriesgando a decir que es así o de la otra manera con la mayor seriedad y seguridad, en la confianza de que tardará algún hombre todavía en salir afuera y quitarse, si algún día se la quita, la escafandra de los cuentos de ciencia ficción más antiguos y clásicos, y por ello más deliciosamente ingenuos, porque yo me permito opinar que si hay alguien alla afuera, arriba o abajo, vaya usted a saber, se parecerá a nosotros mucho, y nada de trompetillas verdes ni pescuezos elásticos, o nos e parecerá en absoluto y jamás podremos reconocerlo, que a lo peor ya estamos invadidos y los ovnis, ufos, platillos o como prefiera llamarlos cada cual, ya están aterrizando a miriadas y lo que nos invade son esos virus mutantes y microscópicos que cada temporada nos sorprenden apareciendo por las más lejanas e inesperadas esquinas del mundo.

sábado, 5 de abril de 2008

Cada tarde de domingo
íbamos, en el pueblo, carretera arriba o carretera abajo,
hasta las lunetas donde, jadeando, descansaban los viejos
y los niños emprendíamos la busca del muérdago
para cazar jilgueros,
cada tarde de domingo, cuando no había coches
ni se había producido todavía
la gran riada del tiempo,
que se ha salido, dicen, de todos los cauces del mundo, a la vez,
y ahora no sabe nadie si es cosa
del cambio climático,
pero lo cierto es que no da tiempo a ver
las cosas que pasan, que el agua lleva
con la prisa vertiginosa con que corre a la mar,
sin darse cuenta
de que la mar inmensa
es absolutamente impredecible.
Somos nada más que esto que somos, individuos de la especie humana, y, como tales, a la vez únicos y parte del todo de la humanidad. A partir de esa realidad, estamos diferenciados por la integración en grupos sociales cada vez más concretos, que van descendiendo desde esa incontrovertible verdad de que pertenecemos a la especie humana y cada vez nos identifican, concretan, definen: estamos en uno de los cinco continentes: un ser humano europeo. Estoy integrado, como tal, en una serie de características peculiares, que no son mejores ni peores, sólo peculiares, y, dentro de Europa, formo parte de una de sus identidades nacionales: español, y, dentro de España, aún me identifica vivir en una de las, llámeles como quiera, pero creo que circunstancialmente ahora se denominan oficialmente “autonomías” y fueron antes reinos, principados, condados, marcas, regiones, que, a trancas y barrancas a veces, se consolidaron en grupo social conjunto con peculiaridades comunes, que sobreviven por debajo de hechos diferenciadores que nos distinguen.

Un asturiano es muy diferente de un castellano manchego o de un castellano leonés, un andaluz o un vasco, y viceversa, pero por debajo de los innegables hechos diferenciadores, hay unas características vinculantes, que definen y delimitan su entidad superior conjunta.

Por debajo de las autonomías, integradas en ellas, están las comarcas, y, dentro, estrechando aún más el cerco, las ciudades, las villas, los pueblos y las aldeas,
en lo que se diferencian los barrios. En mi pueblo, los niños de antes de las guerras y de las televisiones, hacíamos indistintamente guerras futbolísticas o a pedrada limpia entre los barrios del Muelle, de la Fuente, de la Carretera o de la Plaza. Tuvimos incluso un inocente barrio Chino, que se reunía en los atardeceres de invierno a la vera del río, debajo de una marquesina del cine más antiguo, que, cuando lo conocí, tenía aún piano vertical, a la altura del patio de butacas, enfrentado al escenario, cuando teatro, a la pantalla, cuando cine, para amenizar películas y descansos. Y todavía concretando más, estábamos las familias, de que hasta hace bien poco formaban parte los abuelos, algún tío o tías abuelas y las chachas de servir, que vivían en casa y allí se jubilaban con puesto para coser y opinar en la solana. Por eso aquellos armarios, llenos de ropa y de manzanas, naftalina y escondrijos para los daguerrotipos y las cartas de amor que no cabían en los cajones secretos de los costureros de tapa y espejo,

Por último, cada uno, diferente, indispensable, pero miembro inseparable de cada sucesivo grupo, con las debidas consecuencias en cada caso.
Sobre la consola,
los dos quietos,
callados,
esperando con Dios sabe qué esperanza, están
el viejo reloj
y la caja de música. Alguna tarde,
llena de tristeza, desesperanzada incluso,
los pongo en marcha, escucho,
los pasos tenues de uno
y la habanera de Carmen, que retiñe la otra
y qué quieres que te diga, es
como llegar a través de la tristeza de una tarde de lluvia
a la plazuela donde está encendido en tiovivo,
escuchar,
la alegría de la música que se refleja, destellos,
en mil espejos,
la algarabía
del tropel de niños,
como contemplar la picardía de una mirada
en el escorzo de la joven que vigila
a su primer hijo o su último hermano
y no puede evitar esa hermosa sonrisa.