Hay por ahí, en los anaqueles, entre libros diversos, bolas y recuerdos variopintos, barquichuelos en que navegan los viejos sueños de cuando me había propuesto ir a la mar, salir, mar adentro, en busca de lo que nunca se halla en el puerto de destino y por eso de nuevo ha de subirse al barco, el mismo u otro y partir, una y otra vez, para sentir, en medio de la mar, donde en redondo no hay más que mar y más mar, el colmo, casi, de la soledad cadenciosa o tremenda de las olas o las tempestades inexorables de la mar, que por eso no se parece a la eternidad, que es inimaginablemente inmóvil, al concentrar la energía toda en sí misma, ensimismada en el conocimiento.
Van, mis quietos barquichuelos, cada uno hacia su sueño y todos hacia ninguna parte, como las peñas de cerca de la costa, que asoman, parecen de algún modo flotar y tener una imposible vocación marinera. Los hay de vela y de motor y no sé cuál prefiero. Tal vez dispersarme e ir con cada uno hacia la otra orilla a la vez. Disfrutando de ese momento, cuando no hay tierra, nubes ni tormenta a la vista y las ilusiones resbalan sobre el agua quieta hacia los misterios de los puertos más viejos, cargados de historia, de esperanza y de nostalgias abandonadas en las tabernas casi siempre antiguas de los barrios marineros, donde los viejos se esconden entre sus barbas, suspirado apenas un rastro de humo de las pipas de brezo y de espuma y cantan media docena de jóvenes, entrañablemente mal, pero con indefinible, inefable sentimiento, una habanera.
En realidad, he de confesar, que se trata de mis digresiones. Por eso, advierto que para cualquier curioso lector, podrían ser poco interesantes, intrascendentes, banales y hasta aburridas. Entonces -me pregunto- ¿para qué las escribes? Aún no he hallado respuesta para esta pregunta.
domingo, 4 de mayo de 2008
viernes, 2 de mayo de 2008
Podrías haber sido
una criatura marina,
ojos de sal y espuma,
y haberme enamorado. Seguiría,
cada noche de luna,
absorto, aquí, en la orilla
de la mar. Podrías haber sido
fantasía
de la montaña prieta, que la nieve adorna con su cofia
blanca,
fría.
Podrías haber sido recuerdo, invención.
Podrías ni haber sido.
Y seguiría, como estoy, queriéndote,
loco
de amor,
porque tú no me escuchas.
Dime
¿cómo podría
lograr que pongas en mis manos tendidas,
una palabra,
el sonido
de tu voz,
una sonrisa?
una criatura marina,
ojos de sal y espuma,
y haberme enamorado. Seguiría,
cada noche de luna,
absorto, aquí, en la orilla
de la mar. Podrías haber sido
fantasía
de la montaña prieta, que la nieve adorna con su cofia
blanca,
fría.
Podrías haber sido recuerdo, invención.
Podrías ni haber sido.
Y seguiría, como estoy, queriéndote,
loco
de amor,
porque tú no me escuchas.
Dime
¿cómo podría
lograr que pongas en mis manos tendidas,
una palabra,
el sonido
de tu voz,
una sonrisa?
Hoy tocan sol, anuncio del verano, multitud de gente de paso, que aprovecha el “puente” para echarnos un vistazo, clasificarnos e irse, y, como de recuerdo, alguien ha abandonado a un chucho sin raza o de muchas, que lleva parte de la tarde recorriendo anhelante –se le ve anhelante, a su manera perruno, obsesionado, recorriendo una y mil veces el mismo camino-, la zona próxima al río, donde ese alguien o lo ha perdido o lo abandonó deliberadamente. El perro no lo entiende, va y viene por entre la gente, sin hacer caso de nada ni nadie más que su búsqueda. Mi viejo cocker le gruñe al pasar, pero el otro, que estrena desolado su condición nueva, de perro sin amo, ni hace además de responderle. Está, se ve, a lo suyo, que dentro de un raro, cuando venga lo oscuro, será de nadie, y entonces será cuando tenga que rebuscar caminos, hasta que llegue el coche que se lo lleve por delante y el mundo seguirá, sin duda, sin que casi nadie se haya dado cuenta de la pequeña tragedia del pobre animal, blanco y negro, rabón, de orejas enhiestas. Un día peculiar, éste de hoy, entre fiesta y sábado, y, en alguna comunidad, fiesta, y, por todo ello, lo que llaman “puente”, ya con sus correspondientes muertos y heridos de la endemia motorizada que nos aflige. Ves un cochecito pasar, todo maderas brillantes, plásticos y metales brillantes, chapa reluciente, carga de ilusiones, sonrisas y proyectos, y, de pronto, un montón de chatarra, un fracaso de cristalería rota por entre que fluye la sangre, jirones de tela, carne y restos de quisicosas y quejidos. Pasa hoja de imagen el busto que da las noticias y en la página siguiente continúa, tan gárrulo como ayer, el mismo político, con la sonrisa cada vez más artificial, más ortopédica, a medida que se le va formando el poso que queda tras del balance del día que la conciencia o lo que nos queda de ella, nos pone delante cada anochecer, a esa hora mala a que el hombre le resulta muy difícil escaparse de sí mismo, ahora, justo a esa hora, a la vez más débil y más crítico. El universo sigue, ya digo, girando en el silencio sideral donde yo estoy convencido que se engendra el milagro de la música, su belleza, inconcebible sin un origen así.
jueves, 1 de mayo de 2008
Cada día clave
de cada etapa del vivir, que nadie
sabe cuál es,
cada uno de nosotros
mata a su viejo yo, renace, convertido
en asesino de sí mismo. Deja
en el camino el cuerpo de las víctimas,
una tras otra, cada cual vestida
con jirones y harapos de los sueños
que tuvo.
Sólo la muerte
puede recuperar, definitivamente libre,
aquel niño inocente, que fuimos.
de cada etapa del vivir, que nadie
sabe cuál es,
cada uno de nosotros
mata a su viejo yo, renace, convertido
en asesino de sí mismo. Deja
en el camino el cuerpo de las víctimas,
una tras otra, cada cual vestida
con jirones y harapos de los sueños
que tuvo.
Sólo la muerte
puede recuperar, definitivamente libre,
aquel niño inocente, que fuimos.
Podrás pintar un paisaje con palabras, notas musicales o coloreando el lienzo, la madera o el soporte de que se trate, con tus pinceles y será posible a cada cual verlo con los ojos, o con la imaginación, o, siguiendo, de la mano de tu relato, las formas, los colores, incluso el movimiento de las figuras anónimas, cuya historia individual tendrá probablemente el espectador que imaginar, como cuando atraviesas pueblos y llanuras, o la montaña, y te cruzas con otros y sólo sabrás de ellos que eran personas que de seguro eran capaces de razonar como tú, o equivocarse, o perderse en divagaciones, pero no están destinados, desde tu punto de vista, tu perspectiva, de espectador, más que a ser parte del paisaje que recordarás de aquel viaje que hiciste un día.
Castilla
es un apasionado sentimiento
de frustración horizontal,
el cielo
limita, azul, inalcanzable
aquel afán de ir más y más lejos,
la sequedad del suelo,
trigo y silencio,
adobe,
espadaña y cigüeñas apuntando
horizontes inertes,
vagos sueños,
inmensas
soledades sin dueño.
Castilla es morir solo, vagabundo
sin refugio,
sin puerto.
es un apasionado sentimiento
de frustración horizontal,
el cielo
limita, azul, inalcanzable
aquel afán de ir más y más lejos,
la sequedad del suelo,
trigo y silencio,
adobe,
espadaña y cigüeñas apuntando
horizontes inertes,
vagos sueños,
inmensas
soledades sin dueño.
Castilla es morir solo, vagabundo
sin refugio,
sin puerto.
Hace muchos, tal vez infinitos años … ¿Cuántos años pasan desde que cada día se transforma en pasado y se repite el mismo día, con el mismo nombre y apellido de ser el mismo mes, pero ya es otro año con cualquier número de la serie de los años? Vuelve, cada año, como si fuese el mismo, a ser otra vez el día y la hora de nuestro nacimiento, o tal vez el día de nuestra futura muerte, que ocurrirá, inexorable, cuando deba ocurrir. Hace mucho años tal vez era hoy también, como lo será nunca jamás o siempre que sea este día. Esta fotografía que amarillea por los bordes y contiene a seis personas de las cuales sólo yo estoy aún vivo, con los otros cinco en la memoria. Se va llenando, la memoria, de fantasmas, que me ayuda a evocar la música de Chopin, tocada, estos nocturnos, con ritmo de jazz, que acentúa la nostalgia implícita en el temblor de las curdas del piano, heridas con alternativas ternura y energía, convirtiendo la tarde en recuerdo de una noche sin demasiada hondura, transida de luces que parecen respirar desde nuestro rincón de luz, donde la fotografía es incapaz de revelar lo que pensábamos, ni siquiera yo, que todavía estoy vivo y soy capaz de saber que estábamos allí, en un rincón mágico del mágico jardín de los recuerdos de mi niñez en cambio olvidada.
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