Que dice el señor ministro del ramo que la suya es la asignatura más importante y que hay que cumplir hasta la última letra de sus órdenes ministeriales escritas en letra pequeña, que las demás asignaturas, que bueno, que son como si dijéramos de relleno.
El señor ministro, tal vez señora ministra, engolado, pero a la vez englobado por la crisis, que ahora ha dicho otro señor ministro que era y es verdad, que la había, y que es grande y gorda, como dice mi nieta, como una gallena, que tiene, digo yo que tiene que tener, en el bestiario verbal de mi nieta, algo de galleta y otro poco de ballena.
El señor ministro, la señora ministra y el resto del personal de mando, se habrán ido estos días de canícula de vacaciones y hacen bien. Nos dan un descanso a los pobrecitos soñadores, a la hormigas y a los hormigos y los hormigones de la hilera nutricia del hormiguero, que leemos atónitos las cifras de fichajes, rentas, gabelas y traspasos de los ases del balompié. Que a pesar de todo, o tal vez por ello, a veces se ponen melancólicamente tristes y han de ir de un equipo a otro con sus malabarismos a cuestas y la larga cuenta de sus ingresos múltiples, variados, en dinero y en especie. Tanto, que hasta el mundo se calienta de ira. ¿No tendrá algo que ver lo del calentamiento global con la ira? Hubo unas “uvas de la ira”, podría, cualquier día, escribirse “los balones de la ira”. ¿Crisis?
En realidad, he de confesar, que se trata de mis digresiones. Por eso, advierto que para cualquier curioso lector, podrían ser poco interesantes, intrascendentes, banales y hasta aburridas. Entonces -me pregunto- ¿para qué las escribes? Aún no he hallado respuesta para esta pregunta.
martes, 5 de agosto de 2008
Candelillas del alba,
señor san Juan,
ha venido agosto y el cielo está lleno de huellas
de golondrinas,
vencejos,
cigüeñas puntiagudas y gaviotas veleras. Hace mucho calor,
quema al tacto, sin fuego
la arena de la playa, donde quedaron
los besos, esta noche,
de la marea.
Anda, madre, dime
por qué
es todo como es. No me dio tiempo a preguntártelo
cuando debía
y ahora, con este crepitar de agosto
con que arde el sol en el cielo
no distingo
las palabras
que me sigues diciendo.
señor san Juan,
ha venido agosto y el cielo está lleno de huellas
de golondrinas,
vencejos,
cigüeñas puntiagudas y gaviotas veleras. Hace mucho calor,
quema al tacto, sin fuego
la arena de la playa, donde quedaron
los besos, esta noche,
de la marea.
Anda, madre, dime
por qué
es todo como es. No me dio tiempo a preguntártelo
cuando debía
y ahora, con este crepitar de agosto
con que arde el sol en el cielo
no distingo
las palabras
que me sigues diciendo.
lunes, 4 de agosto de 2008
La niña le canta al fuego
recién inventado
por la ilusión con que mira,
todavía inocente, sin amor,
fuego y flor
en la fragua y en el pecho de la niña,
que no sabe
lo que son,
pero le están ahogando
aquel amor primero que tenía,
en un primer dolor
del olvido reciente,
que le ha desalquilado esta mañana el corazón.
recién inventado
por la ilusión con que mira,
todavía inocente, sin amor,
fuego y flor
en la fragua y en el pecho de la niña,
que no sabe
lo que son,
pero le están ahogando
aquel amor primero que tenía,
en un primer dolor
del olvido reciente,
que le ha desalquilado esta mañana el corazón.
domingo, 3 de agosto de 2008
Esta tarde me doy cuenta de que ya lo he hecho una porción de veces, esto de derramar un chorro de palabras para que otro le ponga fotografías, dibujos, cuadros o música. Y me maravillo en cada ocasión al descubrir la belleza del dibujo, del cuadro, de la música que me arropan las palabras y tal parece que al decir lo que dije, lo dije mucho mejor que como lo dije. El compañero, que firma conmigo cada conjunto de una de estas cosas que vamos haciendo, ha exprimido las palabras que yo escribí hasta la última gota del extracto de su respectivo concepto. Sigue habiendo, también, sin embargo, incomprensibles, tal vez impenetrables gentes a que por mucho que hables no consigues que te escuchen, empecinados como van en la solidez inconmovible de sus verdades. Nunca aprenderán, si no se corrigen a tiempo, a cantar a coro. -
viernes, 25 de julio de 2008
Digo una charla improvisada sobre el tiempo que tocó vivir a mi generación. Me escuchan, atónitos, unos cuantos estudiantes nacidos en este tiempo de relativa paz en que vivimos, con todos los fantasmas y las fieras dormidos en el desván de la prudencia, ¿provisionalmente? Desterrados. Revivo en clave de relato un tiempo de angustia, otro de desesperanzada esperanza, esa paradoja en que consiste el punto de luz que desde el horizonte nos convoca cuando parecía evidente que no cabía seguir, aparentemente acabados todos los caminos posibles, cuando la ilusión, la fantasía y hasta el sueño han de emprender su labor, curarnos la miopía y permitirnos ver, ya digo, a lo lejos, un temblor apenas perceptible de la luz, el calor, en definitiva la hoguera en torno a que reemprender la convivencia en que la vida consiste. Y me doy cuenta precisamente hoy de que los supervivientes al crudelísimo siglo veinte hemos tendido la oportunidad de atesorar una increíble experiencia que sin duda ha afilado nuestra sensibilidad y nos permite ser más humanos, más comprensivos. Eso no se lo conté a mis oyentes, que, seguro, acabada la experiencia de escuchar, se habrán ido pensando en otras cosas más de ahora mismo.
miércoles, 23 de julio de 2008
La sinfonía del jardín, más bien patio con flores prisioneras, se inició, recuerdo, en primavera, con la flauta dulce de las margaritas que se cierran de noche y entristecían con la lluvia; en seguida, se ensayó el rosal ese caprichoso que lo preside todo desde hace años, cuyas rosas son primero abotagadas, un mucho repolludas, bastas, pero da una segunda floración de terciopelo, y allá al fin de verano suele proporcionar la sorpresa de unos delicadísimos capullos rojosangre, de pétalos suaves y primorosa textura; es como a la vez el doble violín a que apoyan las violas y que conduce, seguro, en violonchelo; el metal de las trompetas lo ponen los demás rosales, a que por fin, clarinetes y óboes, se unen el heliotropo y las calas, escoltadas por las tubas que son las hortensias. Lo dirige todo el limonero, y, escondido en un rincón, el acebo sonríe, taimado, los rizos punzantes de sus hojas. Esta mañana ha venido a visitarnos una libélula que me apresuré a fotografiar mientras descansaba en el umbral, junto a la imagen de la Virgen de Covadonga de piedra artesanal con que me agradeció un cliente, que la talló personalmente, que no lograse el casero echarlo de su vivienda. Disfruto con la versión de los conciertos de Brandemburgo que interpreta a ritmo de jazz Jacques Loussier con su trío.
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