Cada día, su lectura, hay miles de páginas que perderemos, sin embargo, la ocasión de conocer porque es imposible abarcarlo todo, recorrer todos los anaqueles de las librerías del mundo y sus bibliotecas, y muchos libros, cuando llega noticia y voy en su busca, tropiezo con ese paredón del “descatalogado” con que me aparta un ocupado vendedor, más atento, como puede que sea su deber en estos tiempos cada vez más diferentes y tan distintos, como ya hablamos en alguna ocasión, de los de los viejos libreros del guardapolvo, con su fondo de librería y su atención discriminada a cada cliente, cuyos gustos ya le eran conocidos desde siempre y así le podía sugerir novedades o la alternativa, en esos períodos de sequía y publicación de banalidad que hay cada año, algún ejemplar cubierto de polvo y garantía de ser del gusto de aquel lector en particular.
Vivir más deprisa tiene muchos inconvenientes. Es como recorrer un paisaje en el tren de alta velocidad. Se llega antes, pero no se hace el camino, sino que se recorre. Y no es lo mismo peregrinar a Santiago desde Roncesvalles en un automóvil cómodo y potente que hacer el camino paso a paso, a pie, sin más apoyo que el del cayado o el brazo o el hombro amigo del hermano peregrino contigo.
Esta tarde estuve en la biblioteca, la mía, modesta, elemental, sin pretensiones de bibliófilo, sino de amante de los libros. Y en ella reconocí, palpé, algunos de esos que dejan recuerdo, o a mí me lo dejaron, por la inolvidable impresión lograda por el autor, es posible que combinada con la ocasión oportuna de la época en que lo leí por vez primera, o, en algún caso, lo releí. Me gustaría tener tiempo y ganas de irlos seleccionando, recogiendo, apartando, aunque no sea más que para estarme ante ellos e ir rememorando como si soñara o no hubiese despertado todavía de aquel sueño, en que, cerrando los ojos, cabe pensar que es entonces. Ese lugar ya convertido en polvo solemne, espeso, que mañana pasará, convertido en nube, por las antípodas, donde pensarán que no es más que eso, como nosotros, aquí, cuando vemos pasar los restos de los recuerdos de gente olvidada, hechos cirros, cúmulos, estratos o simples y sencillos nubarrones que se disuelven en aguaceros de otoño.
En realidad, he de confesar, que se trata de mis digresiones. Por eso, advierto que para cualquier curioso lector, podrían ser poco interesantes, intrascendentes, banales y hasta aburridas. Entonces -me pregunto- ¿para qué las escribes? Aún no he hallado respuesta para esta pregunta.
martes, 7 de octubre de 2008
domingo, 5 de octubre de 2008
Nadie sabe por qué ocurre esto de la economía con que nos aterran desde todos los periódicos y emisoras de radio y televisión de las cuatro esquinas del mundo, los treinta y dos puntos cardinales de la rosa de los vientos, justo cuando el otoño, como cualquier ocaso, nos hace más débiles. Nadie, salvo unos cuantos no se si sumos sacerdotes de un extravagante culto o esotéricos conocedores de misteriosos arcanos, saben por qué fluctúa el valor del dinero y de pronto no es nada o quien ayer podía pagar con holgura, hoy no es más que una amenaza, un “riesgo”, dice cada tembloroso banquero, de morosidad. Nos hablan de secretas leyes de ofertas misteriosas y demandas que se desencadenan como los vientos, al abrir ciertas cajas de Pandora de cuya situación no habíamos oído hasta que nos dicen que sen secado -¿cosa del cambio climático?- las arcas y los mechinales de esos hasta hace poco templos impresionantes del centro de las capitales del mundo, ahora discretos despachos del suburbio recién urbanizado, por cuyos estrechos pasillos se mueven ardorosos jóvenes en mangas de camisa y corbata, todos comentando en voz baja, sin acertar a definir de qué hablan, de la crisis, el crac, la hecatombe. Cuando en realidad no pasa nada distinto, sino acentuado, de lo de todos los días, que unos pagan y otros no, los más ricos esconden sus riquezas y los más pobres sienten ese frío que hiela las intenciones, amedrenta los buenos propósitos y genera primero rencor, en seguida odio. Hay que apretarse el cinturón todos –nos dicen , nos convocan-, cuando tal vez el cinturón tendrían que apretárselo primero esos que confían en que las salpicaduras no les alcancen más arriba de donde estaba antes el dobladillo de los pantalones y ahora llevan las muchachas en flor, tatuada, una cadenilla que no las sujeta a nada.
sábado, 4 de octubre de 2008
Voces de alerta contra el blog, en general, como latente peligro de exposición de ideas heterodoxas. ¿Dónde está, quién define la ortodoxia? ¿Quién vigila, prohíbe, delimita las funciones del eventual guardián de la ortodoxia? Cuanto se ocurre a un humano puede ser expuesto, contrastado, discutido, aprobado, utilizado para un mejor y mayor conocimiento. Cuantos existimos somos potenciales heterodoxos, puesto que somos diferentes de todos los demás, aún conscientes de nuestra dimensión y condición de gente social, es decir, individuo que forma parte de un grupo.
Por eso disentimos, por esa especie de esquizofrenia que consiste en que seamos uno y todos, exclusivos, partícipes y participados.
Hay quien no puede soportar que no se le inciense y exprese admiración, por mucha que sea la que ya disfrutan de muchos. Les falta, y no pueden soportar, la de algunos. Y sufren. Cuando lo humano es la posibilidad de disentir en busca de algo que nos interesa, concierne o conviene.
Hay quien borraría el mundo blog, lo prohibiría como deroga, al ignorarla, la belleza de cada amanecer o de cada paisaje o de cada día. Una belleza en ocasiones dolorosa, preocupante o triste. Como es la vida y puede ser cada palabra, según cada contexto, cada ocasión. Hay sin duda quien prefiere la estética de un ejercito uniformado y formado en pie de guerra, deslumbrante y aterrador, presto a iniciar la marcha a una voz o un toque de clarín. Sin duda cada todo está hecho de diversidades. Y ha de ser así para que ese todo exista y sea tal y resulten posibles los contrastes y los semitonos.
Por eso disentimos, por esa especie de esquizofrenia que consiste en que seamos uno y todos, exclusivos, partícipes y participados.
Hay quien no puede soportar que no se le inciense y exprese admiración, por mucha que sea la que ya disfrutan de muchos. Les falta, y no pueden soportar, la de algunos. Y sufren. Cuando lo humano es la posibilidad de disentir en busca de algo que nos interesa, concierne o conviene.
Hay quien borraría el mundo blog, lo prohibiría como deroga, al ignorarla, la belleza de cada amanecer o de cada paisaje o de cada día. Una belleza en ocasiones dolorosa, preocupante o triste. Como es la vida y puede ser cada palabra, según cada contexto, cada ocasión. Hay sin duda quien prefiere la estética de un ejercito uniformado y formado en pie de guerra, deslumbrante y aterrador, presto a iniciar la marcha a una voz o un toque de clarín. Sin duda cada todo está hecho de diversidades. Y ha de ser así para que ese todo exista y sea tal y resulten posibles los contrastes y los semitonos.
viernes, 3 de octubre de 2008
Estas tardes de otoño
el agua del remanso
del recodo del río, tiene,
inmóvil,
el color de los malos pensamientos,
lleva cerca del fondo,
apenas sin crear, cosas malévolas
de formas indecisas,
miedos como de aliento de suicida,
de olor a humo lejano,
de suspiro
de adolescencia que nadie comprende
y es como una premonición de la vejez
o del invierno.
el agua del remanso
del recodo del río, tiene,
inmóvil,
el color de los malos pensamientos,
lleva cerca del fondo,
apenas sin crear, cosas malévolas
de formas indecisas,
miedos como de aliento de suicida,
de olor a humo lejano,
de suspiro
de adolescencia que nadie comprende
y es como una premonición de la vejez
o del invierno.
Hay que ver –me llaman de una bienal- lo poco que tarda en pasar el tiempo, los dos años de cada dos años y esa otra multitud de plazos que cada año se van inexorablemente cumpliendo, incorporando a lo que nunca rebuscaremos, probablemente en una memoria que se parece tanto a la biblioteca en que enterramos someramente, a flor de vistazo los libros que nos conmovieron y pocas veces releemos, si acaso para comprobar la cita recién hecha en lo que estamos escribiendo. Un encuentro ocasional y alguien te pregunta si recuerdas cuando hace once años nos encontramos en aquella ciudad –Dios mío, intercalas, ¡once años!-, y se superpone el hecho de que justo hace once años, en aquella ciudad, celebrabas el aniversario de algo ocurrido cincuenta años antes, y entonces sí que es como si de súbito y sin beber gota, me hubiera emborrachado y todo gira alrededor hasta retroceder los sesenta y un años que ahora hace de lo que celebrabas el cincuentenario y todavía está, sin embargo, fresca una parte importante de lo entonces ocurrido –alegre-, y puede que sea porque lo especialmente alegre o lo que estuvo cansado, impregnado de tristeza, vergüenza o dolor, queda como taraceado en la parte dura –pétrea- de la memoria, como uno de esos impresionantes fósiles que quedaron atrapados en el ámbar y en su último gesto, tal vez un esfuerzo hecho por la esperanza, camino del futuro que de otro modo alcanzaron puesto que están ahí, aparentemente intactos.
miércoles, 1 de octubre de 2008
Ponen algunos las palabras como esos artesanos que encajan muros de mampostería con precisión incaica, sólo las justas, sin necesidad de adjetivos, hablan y escriben que parece que tuviesen que ahorrar tiempo y espacio y no añadir ni adjetivo –ya dije- ni adverbio. Y así, la narración tiene consistencia de línea sin temblores ni quiebros, de esas que dibujan nada más el perfil y lo hacen con trazo limpio, sin más adorno que la admiración que producen en el espectador.
Creo que no aciertan. Son expresivos pero tas puros, claros y exactos como las paredes de una celda monacal. Les falta esa expresividad complementaria de lo barroco, imprescindible para halagar a los sentidos. ¿Qué sería de las baldas de los libros de la biblioteca de casa, sin la abigarrada multitud de recuerdos que las pueblan? Todo lo inventado, cuanto existe, tiene razón de ser y debe utilizarse en la medida que cada cual considere acertada. Y así un discurso o una melodía resultarán tediosos o admirables según el acierto de cada cual, pero, en cualquier caso, podremos elegir entre los diferentes estilos de hacer o decir, según ese estado de ánimo que necesitamos transmitir para completar y hacer cierto.
Creo que no aciertan. Son expresivos pero tas puros, claros y exactos como las paredes de una celda monacal. Les falta esa expresividad complementaria de lo barroco, imprescindible para halagar a los sentidos. ¿Qué sería de las baldas de los libros de la biblioteca de casa, sin la abigarrada multitud de recuerdos que las pueblan? Todo lo inventado, cuanto existe, tiene razón de ser y debe utilizarse en la medida que cada cual considere acertada. Y así un discurso o una melodía resultarán tediosos o admirables según el acierto de cada cual, pero, en cualquier caso, podremos elegir entre los diferentes estilos de hacer o decir, según ese estado de ánimo que necesitamos transmitir para completar y hacer cierto.
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