Sotileza, llamaba don José María Pereda a una de sus novelas en que recuerdo haber aprendido la palabra “espolique”, que hasta su lectura no conocía. Seguro que esto que llaman ahora pobreza de expresión se debe a que se lee menos y así es casi imposible disponer luego de tan bonitas palabras como son “plúteo” o “tinelo”, que enseña Azorín por ejemplo. Cuantas más palabras se tengan, más rica, divertida y brillante puede ser una conversación. Claro que ahora hay que pensar
en que queda menos tiempo para conversar. Ahora, si acaso, lo indispensable para transmitirse por sms con fugas de vocales o de consonantes para ahorran hasta en dactilografía. Parece como si se nos hubieran agotado las provisiones de paciencia. Se advertía hoy, en la pequeña pantalla de la televisión, cuando enfocaba la multitud que aclamaba al presidente electo de los EE UU, un exceso de avidez y de prisa, que contrastaba con la pausada calma que reflejan los gestos de Obama, consecuencia supongo de la paciencia infinita con que desde el comercio de esclavos hasta su exaltación de hoy a la mecedora más poderosa del mundo, que es la del despacho oval que está desalojando mister Bush, han tenido que ejercitar generaciones de tíos Tom, sus primos, sobrinos y demás familia. Creo que habría que pensar en darle tiempo. El establecimiento de la equidad y su respeto no deben, pienso, ser improvisados. La traracea, el repujado y la filigrana que requiere la nueva sociedad de que hace tanto ya hablaba Kennedy, son labores de gente de gran paciencia y habilidad sutil. Sotileza es disfraz dialectal de la sutileza, principio inspirador de la educación, indispensable para la convivencia mientras no se llega al respeto, en busca del amor. -
En realidad, he de confesar, que se trata de mis digresiones. Por eso, advierto que para cualquier curioso lector, podrían ser poco interesantes, intrascendentes, banales y hasta aburridas. Entonces -me pregunto- ¿para qué las escribes? Aún no he hallado respuesta para esta pregunta.
miércoles, 5 de noviembre de 2008
martes, 4 de noviembre de 2008
Un día histórico, eso es lo que podría ser hoy, si en efecto un americano negro llega a la presidencia de los Estados Unidos. Toda la América del Norte más profunda, inmediatamente por debajo de la delgada epidermis de la tolerancia recíproca, se estremece a esta hora, cinco atrás de la nuestra y quedan atrás siglos de una historia tan reciente como es la de los Estados Unidos, recomposición hecha aprisa y corriendo de las muchas variedades culturales de la vieja Europa que atravesaron el mar en busca del paraíso y construyeron uno de los grupos sociales más poderosos de la tierra, y precisamente por eso, uno también de los más débiles, porque nadie es más débil que el más poderoso, con tantas puertas abierta como habitualmente ha de mantener para ejercitar su poder. Tal vez los Estados Unidos sean un ejemplo de lo que podría llegar a ser la aldea global, o un ensayo, con esa inmensa olla en que unas veces se mezclan y otras se separan todas las religiones, las procedencias, las culturas y las razas posibles, formando barrios, pueblos, comarcas y un inmenso puzzle orgullos sin embargo de ser lo que es y por milagroso que parezca con una firme convicción de que el conjunto mantiene una prodigiosa identidad unitaria, posiblemente cuando se haga de noche aquí, proclamando trabajosamente, a través de un complicado proceso electoral, por primera vez, a un negro descendiente apenas separados por media docena de generaciones, si llegan, de la Africa reacia a integrarse en el tercermundismo emergente, empecinada en su cultura tribal, encorsetada por guerras, despotismos, ignorancia y pobreza, y sin embargo deslumbrante en su nueva casa americana, donde se abrieron camino en el deporte, la erudición y a grandes saltos, todo lo demás, hasta llegar tal vez, según todos los pronósticos, mañana al despacho oval de la esperanza kennedyana y tantas novelas, tantas películas y tantas mecedoras de rejilla y tal vez un globo terráqueo como el de Nero Wolfe, en las novelas de Rex Scout o el del Gran Dictador de Charles Chaplin. -
lunes, 3 de noviembre de 2008
Nadie –dijo Ulises, preguntado por Polifemo-, me llamo Nadie, como los lunes, que, dedicados a la luna, están hechos de luz de luna con polvo de luna flotando dentro, en cada rayo de luz, y parecen nadie, pero ya, ya, como Ulises, que se la dio con queso al tremendo Polifemo, y si os fijáis, hay en las viejas narraciones y en las leyendas viejas una tendencia evidente a dar la razón a los pequeños, cuando se enfrentan con los grandones: David con Goliat, Ulises con Polifemo, que siempre los más grandes llevaron la peor parte. Y es que la luz de la luna parece que no es luz, sino tiniebla encendida y por eso alumbra apenas los caminos de nadie hacia ninguna parte, como si anduviese, la luna, jugando a ser sombra no sé si de la tierra o del sol y de sus quiebros brotaran los lunes, ese día después del domingo en que para revivir tal parece que hubiéramos de recomponer el hábito rutinario de cada día laborable.
Bueno, pues eso; es lunes. Iniciamos, con la crisis baqueteándonos sin piedad, el descenso hacia la Navidad, con la bolsa escasa y las ganancias inciertas. ¡Vaya camino, el de este año, hacia la Pascua! Los Magos y Papá Noel y Santa Claus y San Nicolás, echando todos sus cuentas, rascándose los bolsillos, mirando por el fondo de las alcancías y las viejas arcas del desván, en busca de la última moneda, que los niños del mundo no tienen la culpa de hipotecas basura, burbujas inmobiliarias, euribores e índices bursátiles y están piafando a la vez los camellos y los renos, aunque sea lunes, porque noviembre es mes de castañas y hogueras, chimeneas y callos por la feria de santa Catalina, y matanza, sellar el granero, mirar si el oso anda buscando osera y porque ha empezado a nevar en lo alto, muy de noche, desde las brañas se oye cómo aúllan los lobos, supongo que para darse recíprocamente ánimos para pasar lo que viene de invierno, que este año dicen los más viejos del lugar que entre pitos y flautas va a ser duro de pelar.
Bueno, pues eso; es lunes. Iniciamos, con la crisis baqueteándonos sin piedad, el descenso hacia la Navidad, con la bolsa escasa y las ganancias inciertas. ¡Vaya camino, el de este año, hacia la Pascua! Los Magos y Papá Noel y Santa Claus y San Nicolás, echando todos sus cuentas, rascándose los bolsillos, mirando por el fondo de las alcancías y las viejas arcas del desván, en busca de la última moneda, que los niños del mundo no tienen la culpa de hipotecas basura, burbujas inmobiliarias, euribores e índices bursátiles y están piafando a la vez los camellos y los renos, aunque sea lunes, porque noviembre es mes de castañas y hogueras, chimeneas y callos por la feria de santa Catalina, y matanza, sellar el granero, mirar si el oso anda buscando osera y porque ha empezado a nevar en lo alto, muy de noche, desde las brañas se oye cómo aúllan los lobos, supongo que para darse recíprocamente ánimos para pasar lo que viene de invierno, que este año dicen los más viejos del lugar que entre pitos y flautas va a ser duro de pelar.
domingo, 2 de noviembre de 2008
La tarde del domingo por la tarde
ya no es la tarde familiar, ya no salen los niños
cogidos de la mano,
vestidos de tarde de domingo, recorriendo las aceras, mirando
delante de sus padres, también ataviados
de tarde de domingo,
los escaparates de tarde de domingo
ni se van todos juntos
a merendar
al café de las tardes de domingo. Las tardes
de domingo
ya no son nada especial
y el padre y la madre,
que los dos trabajan para levantar la hipoteca
de vivienda, si es posible,
antes
de morir,
se pasan la tarde de domingo pensando su trabajo del lunes,
sin disfrutar como antes
de la tarde interminable del domingo, cuando podían ir al cine,
todos juntos, por un par de duros y la propina del acomodador,
aunque no fuese más que a un cine de barrio,
aunque fuese un cine de sesión continua,
a ver a los buenos persiguiendo,
ganando siempre la partida a los malos
porque
¿cómo iba a perder Gary Cooper una partida,
o Clark Gable
o Robert Taylor, pongo por buenos frecuentes
de cada tarde de domingo ya bien avanzada,
ya casi noche
de domingo.
ya no es la tarde familiar, ya no salen los niños
cogidos de la mano,
vestidos de tarde de domingo, recorriendo las aceras, mirando
delante de sus padres, también ataviados
de tarde de domingo,
los escaparates de tarde de domingo
ni se van todos juntos
a merendar
al café de las tardes de domingo. Las tardes
de domingo
ya no son nada especial
y el padre y la madre,
que los dos trabajan para levantar la hipoteca
de vivienda, si es posible,
antes
de morir,
se pasan la tarde de domingo pensando su trabajo del lunes,
sin disfrutar como antes
de la tarde interminable del domingo, cuando podían ir al cine,
todos juntos, por un par de duros y la propina del acomodador,
aunque no fuese más que a un cine de barrio,
aunque fuese un cine de sesión continua,
a ver a los buenos persiguiendo,
ganando siempre la partida a los malos
porque
¿cómo iba a perder Gary Cooper una partida,
o Clark Gable
o Robert Taylor, pongo por buenos frecuentes
de cada tarde de domingo ya bien avanzada,
ya casi noche
de domingo.
Día de difuntos;
doña Inés del alma mía …
Doblan
las viejas
campanas
del lugar, haciendo largas pausas
para dar tiempo a don Juan
a engatusar a la novicia,
precisamente hoy,
día de difuntos,
que pasan, arrastrando sus larguísimas sombras
en el ocaso del tiempo
que tuvieron
para amar loca, apasionadamente,
como don Juan Tenorio,
y salvarse apenas
en la última fracción de segundo de la última hora,
suéltanos,
piedra fingida,
que aún queda el último grano,
la gota más pequeña,
sólo un suspiro,
un quejido,
en el reloj, la clepsidra,
de mi vida
doña Inés del alma mía …
Doblan
las viejas
campanas
del lugar, haciendo largas pausas
para dar tiempo a don Juan
a engatusar a la novicia,
precisamente hoy,
día de difuntos,
que pasan, arrastrando sus larguísimas sombras
en el ocaso del tiempo
que tuvieron
para amar loca, apasionadamente,
como don Juan Tenorio,
y salvarse apenas
en la última fracción de segundo de la última hora,
suéltanos,
piedra fingida,
que aún queda el último grano,
la gota más pequeña,
sólo un suspiro,
un quejido,
en el reloj, la clepsidra,
de mi vida
Por esto se van las alondras y me entran ganas a mi de vestir, siquiera sea con la imaginación, a la zagala que pasa estremecida de frío, se le ve, y escasa, con esto de la crisis, de euros que llevarse a cubrir las carnes, con un abrigo de cachemir azul, de esos que no pesan y abrigan, que son como prolongación de la ternura con que uno de nosotros es capaz de pensar en sí mismo y disculparse de casi todo. La llevaría de buena gana a la zona de marcas de la cuarta planta del Corte Inglés y le diría a la encargada, sonriente, madura y simpática: ande, póngale un abrigo de cachemir azul, que pueda ajustarlo a la cintura, para seguir cimbreándose como un junco, o llevarlo airosamente suelto, si viene el calor de golpe, como suele a veces, ahora, en otoño, por san Martín, que ya sabes que dicen en nuestra tierra que a todo gocho, es decir, cerdo, con perdón, le llega su san Martín, dentro de unos días, que se matarán los cochinos en los patios de las casas y las casonas de la aldea de mis bisabuelos, los que se fueron a las américas para que yo ahora sea un medianamente ilustrado vejestorio lleno de ignorancias. Pero que ella no se entere de que se lo pagó alguien. Dígale que le ha tocado un premio, establecido por un indiano para la que pasara a esta hora por la calle, justo a la altura del portal por donde ella pasó, aterida, que yo la vi, pero poco pueda hacerse, en este mundo lleno de suspicacias y tácitas intolerancias, donde hasta leí hace pocos día, anteayer puede, que le quieren quitar a la Reina, en su versión más humana y personal, de mujer entrevistada, la posibilidad de decir que piensa lo que piensa, como si para estar al día y en orden, fuese no sólo obligatorio decir que se piensa lo que prefieren el interlocutor o el lector, y de no ser así, vale más callarse, o mentir con hipocresía otro modo distinto del que se prefiera. Mundo de mierda, si no puedes ser tú mismo, dentro de las normas del sentido común y el Derecho Natural, ni siquiera decir y pensar lo que prefieres, seas quien seas, mientras ajustes tu conducta de relación social a la norma general básica, única, en mi opinión, con que universalmente está conforme la humanidad, de que cada cual debe amar a su prójimo, con todas las consecuencias, como a sí mismo.
sábado, 1 de noviembre de 2008
Lo mejor, si amanece un día primero de noviembre como éste, de lluvia tenaz, con el perro revolcándose, nada más volver de su desahogo del alba, para secarse, en la alfombra nueva, a espaldas del ama de casa, enfrascada en lo que comeremos por ser día de Todos los Santos, que sólo Dios sabe si son muchos o pocos, tal vez todos o prácticamente todos los que hayan pagado el caro peaje de la muerte, que viene siempre escondida, a petición del clásico, tal vez lo mejor haya sido poner un álbum de canciones de Juliette Greco, que ¿quién cuando éramos jóvenes no estuvo enamorado de la inaccesible Juliette Greco, de su voz grave, de lo que nos contaba de l’amour y de un París entonces inalcanzable? De nuevo la escucha e imagino la rive gauche y Juliette rigurosa de negro y estilización, borde de misteriosos saberes que no conoceríamos nunca porque para cuando llegamos a París, ya no era París sino el recuerdo nostálgico de sus años treinta, su juventud soñada, un París utópico, en seguida invadido por nosotros, los turistas baratos de las visitas guiadas al Moulin Rouge porque allí había enterrado sus visiones oníricas Toulouse Lautrec, a quienes ni se nos hablaba más que en voz baja de los larguísimos cuellos de cisne de las modelos preferidas por Modigliani.
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