Cuando seamos de nuevo
otra vida,
otra gente
¿qué será de este amor que tuvimos
recién nacido,
tembloroso,
ingenuo, entre las manos,
indecisos
entre morir ya o renacer,
ya deslumbrados
por la luz que ahora seremos?
En realidad, he de confesar, que se trata de mis digresiones. Por eso, advierto que para cualquier curioso lector, podrían ser poco interesantes, intrascendentes, banales y hasta aburridas. Entonces -me pregunto- ¿para qué las escribes? Aún no he hallado respuesta para esta pregunta.
viernes, 19 de diciembre de 2008
jueves, 18 de diciembre de 2008
Atravesé en otoño la meseta entre la nieve domesticada a poco del desastre de la última nevada, que mantuvo a cientos de personas angustiadas bajo la hasta ahora mismo mayor nevada del otoño. Donde más, lloviznaba. Hacia el oeste, luminoso y brillante, por dos veces en quince días, el lucero de la tarde, que será Venus, si queréis, pero yo me seguiré empeñando en que es un lucero impertérrito, que mira descarado hacia oriente y me hace ilusión pensar que debe ser el mismo que dio nombre a este país mío, del final de la tierra, cuando le llamaban el País del Véspero. Como escoltándolo, una estrella que seguro que es muchas veces mayor, pero yo la veo pequeña, segundona, edecán del viejo lucero, que parece tan joven. Pido vino en el figón del borde de la carretera y ahora te sacan de quicio con tanta botellería, tanto origen, tanta añada. Dame vino de la Rioja o de la Ribera, que todavía tenga algo de sabor frutal. No debo ser buen bebedor de vino porque no me gusta que sepa a madera de roble, sino que guarde memoria, en el regusto, de su origen. El vino completa ese refugio del figón desde que es una delicia contemplar las diferentes cadencias de la nieve y cómo sugiere tempos diversos de la musicalidad de su silencio inexorable. La lluvia y el viento son alborotadores, la nieve es el silencio cayendo en copos y capas como si, todavía niño, te arropasen, Alguien ha encendido la chimenea y huele a humo, que se disuelve entre más vino, queso semicurado y hablar de esto y de lo otro, que no sean lo de siempre, ni, por supuesto, de la dichosa crisis de que hablan todos los ilustres bustos parlante de la televisión. -.
martes, 9 de diciembre de 2008
Sólo hay una ocasión de hacer las cosas que deberían hacerse en cada ocasión. Todos hemos vuelto a casa dando vueltas en la cabeza a lo que deberíamos haber dicho o hecho, pero cuando ya no es tiempo. Hay algo que falla, o puede que lo más cierto sea que no deberíamos haber hecho o dicho lo que creemos haber omitido y es mejor que haya sido como en realidad fue, por más que nos haya quedado este desasosiego, la duda, la inseguridad con que, a pesar de todo, debemos seguir intentando salir del laberinto. La realidad es lo que dijimos, hicimos o dejamos de hacer o decir. ¿Quién escribirá y dónde lo que cada día ocurre en la soledad y el silencio? Hay un libro de historia, supongo, que se escribe en las páginas de la memoria del tiempo. Vete a ver quién será allí protagonista, con la cantidad de héroes que hay a nuestro alrededor, anónimos, en este preciso momento, sin que sepamos nada de sus prodigiosos esfuerzos.
lunes, 8 de diciembre de 2008
A veces, como hoy,
como esta tarde de otoño,
es importante recordarlo, es otoño, cae
todo, desde la niebla
hasta las hojas y los cristales rotos por las palomas
asustadas,
en ocasiones como ésta, resulta
casi imposible soportar la belleza, la expresividad,
el sentimiento,
con que la música,
lo invade todo,
como si impregnase el aire de la inmensa catedral del universo.
Días
como hoy,
explican por qué estamos aquí,
y sin embargo,
seguimos siendo incapaces de entenderlo,
borrachos como ahora mismo estamos
de emoción
y sentimiento, a la vez.
como esta tarde de otoño,
es importante recordarlo, es otoño, cae
todo, desde la niebla
hasta las hojas y los cristales rotos por las palomas
asustadas,
en ocasiones como ésta, resulta
casi imposible soportar la belleza, la expresividad,
el sentimiento,
con que la música,
lo invade todo,
como si impregnase el aire de la inmensa catedral del universo.
Días
como hoy,
explican por qué estamos aquí,
y sin embargo,
seguimos siendo incapaces de entenderlo,
borrachos como ahora mismo estamos
de emoción
y sentimiento, a la vez.
sábado, 6 de diciembre de 2008
No sé cómo ni cuando, pero estoy seguro
de haber cambiado el mundo.
Precisamente yo,
Tan insignificante, éste,
que soy,
pese a estar convencido también
de no haber hecho nada por completo.
Alguno de mis hechos,
supuso, no preguntes
cómo o por qué lo sé,
hizo que cosas importantes fuesen de una manera muy distinta
a como hubieran sido si yo no hubiera estado,
no hubiese movido
algo
de un modo tal vez inesperado,
imprudente,
sin darme yo cuenta siquiera
de lo que estaba haciendo en las manos del buen padre Dios,
que pienso que nos ha creado para esto de ser,
incluso sin saberlo
sus herramientas para este asunto,
este entretenimiento suyo, de la creación.
de haber cambiado el mundo.
Precisamente yo,
Tan insignificante, éste,
que soy,
pese a estar convencido también
de no haber hecho nada por completo.
Alguno de mis hechos,
supuso, no preguntes
cómo o por qué lo sé,
hizo que cosas importantes fuesen de una manera muy distinta
a como hubieran sido si yo no hubiera estado,
no hubiese movido
algo
de un modo tal vez inesperado,
imprudente,
sin darme yo cuenta siquiera
de lo que estaba haciendo en las manos del buen padre Dios,
que pienso que nos ha creado para esto de ser,
incluso sin saberlo
sus herramientas para este asunto,
este entretenimiento suyo, de la creación.
Festejamos como un logro colosal cada declaración de unos derechos humanos olvidando que ya habían sido proclamados hace muchos miles de años en las tablas del Decálogo, cuyos preceptos, decía el catecismo, se encierran en dos, todavía hoy única regla de oro, principio en que todavía cabe cimentar la nueva sociedad de los primeros siglos del milenio entrante. La libertad de cada cual ha de estar delimitada por los linderos de la libertad del vecino, para quien debe desearse lo que para uno mismo y tratar de evitarle lo que tampoco queramos para nosotros. Y mientras no apliquemos esa regla, que desde hace tanto conocemos, ni derechos humanos ni democracia posibles.
Permítame que le reitere mi convicción de que los derechos humanos y sobre todo la democracia no sirven para organizar la vida de un grupo social mientras la cultura de ese grupo desconozca por sistema que la libertad propia es una tesela del mosaico que compone con las de los demás, tan respetables como ella. Y no cabe que la cuestión se disfrace con el hipócrita comportamiento de poner especial mimo y cuidado en no lastimar a los malos cuando hay que reprimir su comportamiento perjudicial para el común.
El que, no sólo desconociendo la libertad de los demás y su deber de respetarla más aún o por lo menos tanto como la propia, por añadidura, la hiere a veces hasta con tan cruel violencia que mata, hiere o roba, al hacerlo está renunciando al hacerlo a su propia humanidad personal, a los derechos humanos que como persona le corresponden.
Y permanece, sin embargo, aún en tal caso, el mandato de la vieja ley, de que Beccaria y Concepción Arenal deducían la consecuencia de que había que odiar el delito, pero compadecer al delincuente. Incluso “amarás a tus enemigos”, corrige la ley nueva. Lo que no cabe admitir es que la consideración, la compasión, incluso el amor, proporcionen ventajas a los delincuentes y dificulten a los custodios del orden y el concierto social la detención y la represión de los violentos, los delincuentes, los terroristas y los bárbaros, en definitiva.
Cuando lo que está en juego es la vida, al estar la convivencia que la posibilita. -
Permítame que le reitere mi convicción de que los derechos humanos y sobre todo la democracia no sirven para organizar la vida de un grupo social mientras la cultura de ese grupo desconozca por sistema que la libertad propia es una tesela del mosaico que compone con las de los demás, tan respetables como ella. Y no cabe que la cuestión se disfrace con el hipócrita comportamiento de poner especial mimo y cuidado en no lastimar a los malos cuando hay que reprimir su comportamiento perjudicial para el común.
El que, no sólo desconociendo la libertad de los demás y su deber de respetarla más aún o por lo menos tanto como la propia, por añadidura, la hiere a veces hasta con tan cruel violencia que mata, hiere o roba, al hacerlo está renunciando al hacerlo a su propia humanidad personal, a los derechos humanos que como persona le corresponden.
Y permanece, sin embargo, aún en tal caso, el mandato de la vieja ley, de que Beccaria y Concepción Arenal deducían la consecuencia de que había que odiar el delito, pero compadecer al delincuente. Incluso “amarás a tus enemigos”, corrige la ley nueva. Lo que no cabe admitir es que la consideración, la compasión, incluso el amor, proporcionen ventajas a los delincuentes y dificulten a los custodios del orden y el concierto social la detención y la represión de los violentos, los delincuentes, los terroristas y los bárbaros, en definitiva.
Cuando lo que está en juego es la vida, al estar la convivencia que la posibilita. -
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