La terca levedad de la insistencia
con que huele la rosa,
así oigo,
distraído,
tu voz, esta mañana,
mientras me vas diciendo cosas
que nada me interesan,
pero a ti no te importa,
ya sabes que,
después de tantos años,
antes de que lo digas,
sé lo que estás pensando.
En realidad, he de confesar, que se trata de mis digresiones. Por eso, advierto que para cualquier curioso lector, podrían ser poco interesantes, intrascendentes, banales y hasta aburridas. Entonces -me pregunto- ¿para qué las escribes? Aún no he hallado respuesta para esta pregunta.
lunes, 9 de febrero de 2009
Bombas, elecciones, recriminaciones, frecuente acusación de que los malos son “ellos”. “Ellos” supone un multitudinario pronombre de indeterminable amplitud, en que se albergan los posibles culpables de cuantos males son susceptibles de acongojar a la humanidad doliente. Es siempre conveniente disponer de un “ellos” responsable colectivo de lo que nos aflige: el exceso de gasto, la escasez de ganancia, el despilfarro público o privado, debe ser siempre imputado a “ellos”. Los mismos que cuando algo se derrumba no reaccionan ni nos sacan, como deberían sin duda, sacar de cada atolladero. Están en todos los ámbitos. Son sagaces, activos, están informados y disponen del privilegio de que la gente de a pie seamos incapaces de alcanzarlos con nuestra desesperada ira ineficaz. Cuando en su desmedido afán de lucro provocan revoluciones, desaparecen en los más recónditos pliegues del tejido social y allí salvan sus trastos, instrumentos y artilugios, mediante que en cuanto transcurre el alboroto ya ponen de nuevo en marcha, convenientemente acoplados a culturas y sistemas políticos o económicos de gobierno o desgobierno. No puedo evitar admirar la eficacia con que al parecer seguirán hasta el final de los tiempos acreditando eficacia para chuparnos la sangre, la vida y el humor.
lunes, 2 de febrero de 2009
Cuando me enamoro,
me dice
la experiencia que lo estaré
-enamorado-
de su figura toda,
cuerpo y alma,
de la curvatura de su rostro, bajo las orejas,
donde cada beso encuentra el cubo del tesoro
de cada sensación, la palma de sus manos,
la flexura de su codo,
su clavícula frágil,
ese modo
de mirar sin ver, cada palabra volandera
que diga,
el silencio
con que cada vez me mira.
Cuando me enamoro
no puedo,
es posible que lo que me pase es que haya olvidado,
pensar,
y no pienso,
imagino su abrazo,
estar teniendo el cuerpo retenido
en su cuerpo,
cada caricia
desmesurada por el sentido
de amar
tornada la vida en fuego, nácar, espuma y al final
el recuerdo de las notas del violín,
atrapadas en un redoble, un chasquido
de platillos,
un olvido, y de nuevo
la soledad de la playa en invierno,
y
lejos
la interrogación de la silueta
del cormorán que vigila,
la línea recta
del horizonte implacable.
me dice
la experiencia que lo estaré
-enamorado-
de su figura toda,
cuerpo y alma,
de la curvatura de su rostro, bajo las orejas,
donde cada beso encuentra el cubo del tesoro
de cada sensación, la palma de sus manos,
la flexura de su codo,
su clavícula frágil,
ese modo
de mirar sin ver, cada palabra volandera
que diga,
el silencio
con que cada vez me mira.
Cuando me enamoro
no puedo,
es posible que lo que me pase es que haya olvidado,
pensar,
y no pienso,
imagino su abrazo,
estar teniendo el cuerpo retenido
en su cuerpo,
cada caricia
desmesurada por el sentido
de amar
tornada la vida en fuego, nácar, espuma y al final
el recuerdo de las notas del violín,
atrapadas en un redoble, un chasquido
de platillos,
un olvido, y de nuevo
la soledad de la playa en invierno,
y
lejos
la interrogación de la silueta
del cormorán que vigila,
la línea recta
del horizonte implacable.
Me alimenta
la esperanza de cada cosa banal, cada vez
que abandono
la trascendencia de vivir, ser consciente
de que estoy en el camino,
de que voy ciego, a tientas,
sobre las huellas de mis huellas, que son
las huellas de la larga cadena
de gentes que vivieron y murieron
para que yo esté aquí, seleccionado
por el buen padre Dios
para tener nada menos
que el privilegio tremendo,
desmesurado,
casi enloquecedor
de vivir.
la esperanza de cada cosa banal, cada vez
que abandono
la trascendencia de vivir, ser consciente
de que estoy en el camino,
de que voy ciego, a tientas,
sobre las huellas de mis huellas, que son
las huellas de la larga cadena
de gentes que vivieron y murieron
para que yo esté aquí, seleccionado
por el buen padre Dios
para tener nada menos
que el privilegio tremendo,
desmesurado,
casi enloquecedor
de vivir.
El graznido de alguna gaviota como música de fondo del paisaje invernal de cualquier país del norte de cualquier parte,
El viento y el agua, arremolinados en cualquier esquina tras de la que a pesar de todo puede yacer, dormida como una princesa en lo más profundo de cualquier bosque, la efímera felicidad,
La insistencia del invierno, que es capaz de erosionar, arrancar, destruirlo casi todo, menos la esperanza del primer rayo de sol del alba de un mañana sólo probable,
La vida, resistiéndolo todo, de la mano del buen padre Dios, que tal vez respire, de vez en cuando, un chorro de intensidad, hecha de amor y de luz, en el cuenco de las manos, donde nos guarda,
La ignorancia supina que nos asalta, de qué pasa con cada ángel custodio cuyo pupilo muere en cada escéptica caída en la desesperanza, y con qué lo despierta, si con un batir de alas o con su repliegue, que disuelve el eco de la vos del buen padre Dios, que, como sabéis, está en cada sonido de la naturaleza viva,
El sueño en que consiste la vejez,
La vejez del sueño,
Cada sonrisa,
El amor.
El viento y el agua, arremolinados en cualquier esquina tras de la que a pesar de todo puede yacer, dormida como una princesa en lo más profundo de cualquier bosque, la efímera felicidad,
La insistencia del invierno, que es capaz de erosionar, arrancar, destruirlo casi todo, menos la esperanza del primer rayo de sol del alba de un mañana sólo probable,
La vida, resistiéndolo todo, de la mano del buen padre Dios, que tal vez respire, de vez en cuando, un chorro de intensidad, hecha de amor y de luz, en el cuenco de las manos, donde nos guarda,
La ignorancia supina que nos asalta, de qué pasa con cada ángel custodio cuyo pupilo muere en cada escéptica caída en la desesperanza, y con qué lo despierta, si con un batir de alas o con su repliegue, que disuelve el eco de la vos del buen padre Dios, que, como sabéis, está en cada sonido de la naturaleza viva,
El sueño en que consiste la vejez,
La vejez del sueño,
Cada sonrisa,
El amor.
domingo, 1 de febrero de 2009
Ese polvillo de color incierto,
que cubre
los pétalos de la flor, dime,
buen padre Dios, ¿tiene algo
de lo que fue textura,
ternura
de su piel de nácar,
fuego y sosiego
a la vez?
Ahora,
cuando no está y la busco
y hasta es posible que haya muerto
sin nacer,
la criatura soñada,
la esperada,
me pregunto si será parte
de su alma,
alguna palabra suya,
una mirada,
la más recóndita arruga, una curvatura,
el esbozo de un gesto,
su escorzo,
esta lluvia de polen derramado,
cuyo color incierto
arranca el sol de los pétalos
de la flor.
Puesto que es posible que todo
sea nada
y nada, todo.
Y el mundo
este crepitar del fuego,
del olvido
del deseo,
de su sueño.
que cubre
los pétalos de la flor, dime,
buen padre Dios, ¿tiene algo
de lo que fue textura,
ternura
de su piel de nácar,
fuego y sosiego
a la vez?
Ahora,
cuando no está y la busco
y hasta es posible que haya muerto
sin nacer,
la criatura soñada,
la esperada,
me pregunto si será parte
de su alma,
alguna palabra suya,
una mirada,
la más recóndita arruga, una curvatura,
el esbozo de un gesto,
su escorzo,
esta lluvia de polen derramado,
cuyo color incierto
arranca el sol de los pétalos
de la flor.
Puesto que es posible que todo
sea nada
y nada, todo.
Y el mundo
este crepitar del fuego,
del olvido
del deseo,
de su sueño.
No se da cuenta, ¿o sí?, el señor Presidente, mientras Madrid se cubre con un chador de nieve, de que lo que importa no es que no se esconda, como al parecer y según el periódico anda hoy prometiendo que jamás hará, sino que imagine e inspire la actuación de muchos para resolver el gran enigma del futuro de esta azacaneada tierra. Ya está bien de no querer enterarse de que no hay aquí, a diferencia de lo que ocurre en tantos estados que se hallan en crisis, también a la puerta de la aldea global, esperando todos para organizarla, no hay aquí una economía que estructurar, cosa que nos dejará, a la salida de la crisis grande, la común, la que nos afecta a todos a escala mundial, con la nuestra a cuestas, una situación de desconcierto, inseguridad y pobreza de ideas que ya está pidiendo a gritos principios de solución, camino que por cierto luego habrá que andar.
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