En realidad, he de confesar, que se trata de mis digresiones. Por eso, advierto que para cualquier curioso lector, podrían ser poco interesantes, intrascendentes, banales y hasta aburridas. Entonces -me pregunto- ¿para qué las escribes? Aún no he hallado respuesta para esta pregunta.
sábado, 18 de abril de 2009
Me has puesto una nota, dyanna, un comentario que agradezco, en que dices que hay días o lecturas del blog en que estás presente lees, escuchas el soliloquio de este viejo bribón que sueña el soliloquio en voz alta de su desahogo de escribir, contar de mala manera lo que escucha tan sorprendente. Porque lo más triste de un escritor mediocre, es tener por lo general la sensibilidad para escuchar, la necesidad de repetir y compartir, pero no acertar a hacerlo y que lo que escribas te salga siempre ramplón. Ser escritor, pienso que de alguna manera es perder la vergüenza y seguir tratando de contar lo que sientes, aún consciente de su insuficiencia, por si un día, como aquel burro que cuentan que encontró una flauta por casualidad, sopló por casualidad por el lugar adecuado y por casualidad sonó el principio de una melodía. Escribir, para quien tiene la tenaz voluntad de hacerlo –no me atrevo a llamarle vocación en mi caso-, es como vivir: una búsqueda de la verdad que no puede hallarse del todo nunca, porque atinar con la verdad sería volver al Paraíso y eso al parecer lo veda un ángel, con una espada flamígera, debido a lo cual, la vida y el afán de escribir son sendos caminos que ambos concluyen ante el espejo del otro lado del cual hay quien dice que hay otra vida y quien asegura que no hay nada. Que alguien me diga que leyó lo que escribí es como encontrarse con alguien que podría nada menos que convertirse en amigo. La amistad es eso. Vas por la vida absorto en tu rutina o en sus desviaciones casi siempre tan sorprendentes y de pronto topas con otra persona en principio desconocida, con la que cruzas unas palabras que siempre pueden convertirse en conversación, y la conversación, a la larga, en amistad con otro, que es siempre compartir unos pasos, una etapa o el camino.
viernes, 17 de abril de 2009
Fue, creo, Séneca, el que nos alertó contra esa peculiar tendencia que mantenemos de culpar a personas, cosas y circunstancias de nuestro entorno de las pequeñas cosas que nos pasan y molestan a menudo, como cuando el ordenador se empeña en hacer algo que creemos no haberle ordenado, o cuando por segunda vez se nos caen las gafas al suelo, o cuando alguien realiza cualquier acción banal a nuestro lado, que en seguida referimos a nuestra dignidad personal. Si, decididamente creo que fue Séneca el que para esos casos dejó recomendado que nos tomáramos la vida con la indispensable calma y seguro que entenderíamos que estamos inmersos en multitud de circunstancias que ocurren sin tenernos en cuenta, la mayoría sin intencionalidad siquiera posible, por mucho que nos afecten.
Lo digo a cuento de que esta mañana, cuando el perro en una punta de la correa extensible y yo de la otra -¿quién saca de paseo a quién?, es decir, quién gobierna el tandem constituido por nuestra pequeña comitiva?-, se ha puesto a llover. Como si la nube nos estuviera esperando, al acecho, y tuve, hasta que recordé la recomendación del viejo filósofo, la tentación de rezongar. Del otro lado de la correa, el viejo cocker, sin boina ni impermeable, se sacudía a veces y me miraba de lado, pienso que con cierta expresión sardónica, como si se estuviera a su vez preguntando la clase de amo que tiene, que no sabe aguardar al claro de entre chubasco y chubasco, que hay siempre en estas nortadas sin mala intención de la primavera, cuando llueve con cierta desgana, para cumplir con el refrán de que en abril aguas mil, disuasor de que nos creamos del todo que viene un cambio climático tan súbito como nos lo pintan las películas de ciencia ficción, equivalentes a cada bulo de cada fin de milenio, cuando tantísimos visionarios llegan a la conclusión de que el fin de los tiempos está a la vuelta de la esquina.
¿Os he dicho que ayer estuve en la presentación de un libro?. Me maravilla siempre la capacidad de algunas personas para hablar tanto y desde tales perspectivas de los libros que parecen haber leído cosas diferentes de las que apreciamos el común de los mortales. Uno de los asistentes me preguntó por mis escritos y le contesté, sincero, que mis escritos son “de tono menor”. Creo que le dije algo así como que tengo una idea, si no completa y cumplida, de mis límites y limitaciones. No me ha creído. ¿Por qué hay quien no cree que existamos personas de verdad humildes, que sabemos que lo nuestro es un constante esfuerzo por mejorar lo que advertimos que nos sale cuando más mediocre?
Incluso cuando releo tras de cierto tiempo algún escrito mío que me parece un poco más aceptable –he de confesar que alguno, hasta posiblemente calificable de bueno-, me advierto a mi mismo de que lo propio parece siempre mejor de lo que es, que ha de contrastarse con uno de esos admirables libros que tengo al alcance de la mano, saco de bajo la capa de polvo de la estantería fatigada, combada bajo el peso múltiple, repaso un par de páginas y recobro, entre vaharadas de envidia, la conciencia de mi dimensión.
Lo digo a cuento de que esta mañana, cuando el perro en una punta de la correa extensible y yo de la otra -¿quién saca de paseo a quién?, es decir, quién gobierna el tandem constituido por nuestra pequeña comitiva?-, se ha puesto a llover. Como si la nube nos estuviera esperando, al acecho, y tuve, hasta que recordé la recomendación del viejo filósofo, la tentación de rezongar. Del otro lado de la correa, el viejo cocker, sin boina ni impermeable, se sacudía a veces y me miraba de lado, pienso que con cierta expresión sardónica, como si se estuviera a su vez preguntando la clase de amo que tiene, que no sabe aguardar al claro de entre chubasco y chubasco, que hay siempre en estas nortadas sin mala intención de la primavera, cuando llueve con cierta desgana, para cumplir con el refrán de que en abril aguas mil, disuasor de que nos creamos del todo que viene un cambio climático tan súbito como nos lo pintan las películas de ciencia ficción, equivalentes a cada bulo de cada fin de milenio, cuando tantísimos visionarios llegan a la conclusión de que el fin de los tiempos está a la vuelta de la esquina.
¿Os he dicho que ayer estuve en la presentación de un libro?. Me maravilla siempre la capacidad de algunas personas para hablar tanto y desde tales perspectivas de los libros que parecen haber leído cosas diferentes de las que apreciamos el común de los mortales. Uno de los asistentes me preguntó por mis escritos y le contesté, sincero, que mis escritos son “de tono menor”. Creo que le dije algo así como que tengo una idea, si no completa y cumplida, de mis límites y limitaciones. No me ha creído. ¿Por qué hay quien no cree que existamos personas de verdad humildes, que sabemos que lo nuestro es un constante esfuerzo por mejorar lo que advertimos que nos sale cuando más mediocre?
Incluso cuando releo tras de cierto tiempo algún escrito mío que me parece un poco más aceptable –he de confesar que alguno, hasta posiblemente calificable de bueno-, me advierto a mi mismo de que lo propio parece siempre mejor de lo que es, que ha de contrastarse con uno de esos admirables libros que tengo al alcance de la mano, saco de bajo la capa de polvo de la estantería fatigada, combada bajo el peso múltiple, repaso un par de páginas y recobro, entre vaharadas de envidia, la conciencia de mi dimensión.
miércoles, 15 de abril de 2009
Me cuentan de un señor que, para abrir una modesta industria como autónomo, tardó, sin descuidarse, insistiendo, rogando, enloqueciendo, algo menos de tres años en obtener todas las autorizaciones imprescindibles.
Escoge uno cualquiera, masculino o femenino –como dicen ahora para que nadie se ofenda-, un ejemplar joven –suele serlo- de la especie humana. Seguro que se trata de un espécimen cordial, bienintencionado, predispuesto a la broma y, si hay ocasión, a enamorarse con locura y para siempre –será mientras dure, pero mientras dure, será para siempre-, que se pone a estudiar más o menos, según las dimensiones de su ambición, y que saca unas oposiciones y se convierte en funcionario.
La toma de posesión, con demasiada frecuencia, lo primero que hace es cambiarle el carácter, mudárselo a peor, convertirlo en un individuo malhumorado e impaciente a que molesta que los pobres diablos como nosotros, que jamás hemos sido funcionarios, tengamos la desfachatez de presentarnos ante su ventanilla con la a todas luces absurda pretensión de que en un plazo prudente, previos el trámite y los pagos que puedan proceder, desde ella nos resuelva algo.
Con una sonrisa sarcástica, un rictus, más bien, taraceado de desprecio, puede que tenga a bien informarnos de que nuestra pretensión, tan inocente como parecía, necesitará por lo menos la tramitación de sendos expedientes, que deberán seguirse sucesivamente en media docena de oficinas, dependientes como es para cualquier funcionario lógico, de otros tantos diferentes ministerios.
-¿Y eso cuánto puede durar? –les preguntas con timidez tus asesores-
-Pues mira, con suerte, un par de años o tres de arduos trabajos y a ratos dedicación plena.
A uno, lo primero que se le ocurre es que alguien le está gastando una broma. Luego se enfada, sin el más mínimo resultado, y, como consecuencia, se desespera casi tanto como el agrimensor o el procesado de Kafka. Luego, mucho después, descubres con horror que tú, que siempre has sido gente de orden, estás llegando a la conclusión de que el anarquismo más radical podría remediar siquiera fuese en parte, alguna de las miserias de nuestra sociedad, este planeta cubierto de consignas brillantes y solidarias declaraciones de derechos humanos, derechos de los niños, de las mujeres, de los ancianos, de los toreros y los militares sin graduación y podrido de expedientes, papirolocura y endurecimientos de la burocracia –a la burocracia, cuando se endurece, se le dobla la erre y se convierte en lo que se convierte, como todo el mundo sabe-. Eso sí, cada funcionario incrustado en la cadena administrativa tiene la doble protección de su inamovilidad, su perennidad y su pensión asegurada, por un flanco, y, por el otro, el cinturón de hierro de la barbacana del camino iniciático contencioso administrativo, a lo largo del cual, se blanquean los huesos de recurrentes fallecidos en el empeño de llegar a algún lugar, algún fin de etama en que alguien los reintegrase al sentido común de la ventanilla única y el funcionariado servicial, responsable, previo procedimiento sumario y suficiente para esclarecer als circunstancias del supuesto, en los respectivos casos, cuando por lo visto se dan, de morosidades, errores y disparates.
Escoge uno cualquiera, masculino o femenino –como dicen ahora para que nadie se ofenda-, un ejemplar joven –suele serlo- de la especie humana. Seguro que se trata de un espécimen cordial, bienintencionado, predispuesto a la broma y, si hay ocasión, a enamorarse con locura y para siempre –será mientras dure, pero mientras dure, será para siempre-, que se pone a estudiar más o menos, según las dimensiones de su ambición, y que saca unas oposiciones y se convierte en funcionario.
La toma de posesión, con demasiada frecuencia, lo primero que hace es cambiarle el carácter, mudárselo a peor, convertirlo en un individuo malhumorado e impaciente a que molesta que los pobres diablos como nosotros, que jamás hemos sido funcionarios, tengamos la desfachatez de presentarnos ante su ventanilla con la a todas luces absurda pretensión de que en un plazo prudente, previos el trámite y los pagos que puedan proceder, desde ella nos resuelva algo.
Con una sonrisa sarcástica, un rictus, más bien, taraceado de desprecio, puede que tenga a bien informarnos de que nuestra pretensión, tan inocente como parecía, necesitará por lo menos la tramitación de sendos expedientes, que deberán seguirse sucesivamente en media docena de oficinas, dependientes como es para cualquier funcionario lógico, de otros tantos diferentes ministerios.
-¿Y eso cuánto puede durar? –les preguntas con timidez tus asesores-
-Pues mira, con suerte, un par de años o tres de arduos trabajos y a ratos dedicación plena.
A uno, lo primero que se le ocurre es que alguien le está gastando una broma. Luego se enfada, sin el más mínimo resultado, y, como consecuencia, se desespera casi tanto como el agrimensor o el procesado de Kafka. Luego, mucho después, descubres con horror que tú, que siempre has sido gente de orden, estás llegando a la conclusión de que el anarquismo más radical podría remediar siquiera fuese en parte, alguna de las miserias de nuestra sociedad, este planeta cubierto de consignas brillantes y solidarias declaraciones de derechos humanos, derechos de los niños, de las mujeres, de los ancianos, de los toreros y los militares sin graduación y podrido de expedientes, papirolocura y endurecimientos de la burocracia –a la burocracia, cuando se endurece, se le dobla la erre y se convierte en lo que se convierte, como todo el mundo sabe-. Eso sí, cada funcionario incrustado en la cadena administrativa tiene la doble protección de su inamovilidad, su perennidad y su pensión asegurada, por un flanco, y, por el otro, el cinturón de hierro de la barbacana del camino iniciático contencioso administrativo, a lo largo del cual, se blanquean los huesos de recurrentes fallecidos en el empeño de llegar a algún lugar, algún fin de etama en que alguien los reintegrase al sentido común de la ventanilla única y el funcionariado servicial, responsable, previo procedimiento sumario y suficiente para esclarecer als circunstancias del supuesto, en los respectivos casos, cuando por lo visto se dan, de morosidades, errores y disparates.
martes, 14 de abril de 2009
Un catorce de abril, casi hace un siglo, proclamaron la segunda república española, que luego se transformó, para su desgracia, en guerra crudelísima, que terminó un primero de abril. Abril es por lo tanto un mes en que celebran respectivas importantes efemérides los republicanos y sus contrarios, los que proclamaron y los que definitivamente derribaron la república. Sigue en pie lo que llaman problema de España. Parece mentira que tantos años después de haber nacido España –por cierto, ¿sabe alguien a ciencia cierta cuándo nació?-, seguimos empecinados en la búsqueda de su figura, que se nos escapa como una sombra entre las sombras, una niebla entre las nieblas, una luz en medio de la luz. Tenemos, o tal vez sólo imaginamos, un concepto de España, pero no sabemos definirlo. Nos encanta repetir con cada viajero que a su vez repite como un loro lo de que Spain is different y contarle a la gente que tenemos ciudades en que convivieron no se sabe si tres culturas, tres religiones o tres manifestaciones diferentes del modo de buscar al buen padre Dios y en la procura de sucesivos renacimientos, pero no sabemos definir lo que parece un sentimiento más que un concepto.
Puede que tras de tantas invasiones sucesivas, de hombres y de ideas, que fueron talando la multitud de árboles que dicen que permitirían a un mono atravesar la península sin bajarse al suelo, las leyendas más antiguas, vete a ver si la historia mismo, que nunca sabe nadie si es historia o leyenda hasta que pasan muchos siglos e investigan sesudos varones ya incapaces de penetrar en el último sentido que da carne a las cosas, la última circunstancia que explica lo inexplicable, como los heroísmos, la ternura infinita, la inconmensurable crueldad de los hechos más desconcertantes para un historiador de dentro de doscientos años, o tal vez de más.
Puede que para entonces aún exista España y sigan sin saber en qué consiste, indecisos entre taifas y cendones o la esfera del cuerpo unitario, centrípeto. Sin pararse a pensar que de cualquier modo es un hermoso conjunto. Algo con alma, a que pertenecemos tanta gente de buena voluntad, enfrascada y encalabrinada y cabreados unos con otros, es posible que porque nos gustaría ser ejemplares únicos, sentimientos fundidos en el grito de ese sobrecogedor cuadro que hace poco robaron, ignoro si porque alguien quería tenerlo solo, pesándole en la angustia de su silencio paradójico o porque hubo quien pensó que mejor liberar a la gente de su vista, para liberarse del sufrimiento implícito del rostro deformado por la veloz sucesión de sombras que constituye la esencia de la noche.
O serán Europa, nuestros descendientes, es decir, algo igual en mayor, porque vamos creciendo en la misma indecisión de ser nosotros y el otro, tal vez porque la humanidad sea uno de nosotros, multiplicado, para diferenciarlo, por un juego de espejos.
Puede que tras de tantas invasiones sucesivas, de hombres y de ideas, que fueron talando la multitud de árboles que dicen que permitirían a un mono atravesar la península sin bajarse al suelo, las leyendas más antiguas, vete a ver si la historia mismo, que nunca sabe nadie si es historia o leyenda hasta que pasan muchos siglos e investigan sesudos varones ya incapaces de penetrar en el último sentido que da carne a las cosas, la última circunstancia que explica lo inexplicable, como los heroísmos, la ternura infinita, la inconmensurable crueldad de los hechos más desconcertantes para un historiador de dentro de doscientos años, o tal vez de más.
Puede que para entonces aún exista España y sigan sin saber en qué consiste, indecisos entre taifas y cendones o la esfera del cuerpo unitario, centrípeto. Sin pararse a pensar que de cualquier modo es un hermoso conjunto. Algo con alma, a que pertenecemos tanta gente de buena voluntad, enfrascada y encalabrinada y cabreados unos con otros, es posible que porque nos gustaría ser ejemplares únicos, sentimientos fundidos en el grito de ese sobrecogedor cuadro que hace poco robaron, ignoro si porque alguien quería tenerlo solo, pesándole en la angustia de su silencio paradójico o porque hubo quien pensó que mejor liberar a la gente de su vista, para liberarse del sufrimiento implícito del rostro deformado por la veloz sucesión de sombras que constituye la esencia de la noche.
O serán Europa, nuestros descendientes, es decir, algo igual en mayor, porque vamos creciendo en la misma indecisión de ser nosotros y el otro, tal vez porque la humanidad sea uno de nosotros, multiplicado, para diferenciarlo, por un juego de espejos.
lunes, 13 de abril de 2009
La tristeza es
como una playa en invierno,
como la sensación de soledad
de los niños perdidos,
como el río
cuando se hace torrentera y deja de escuchar,
de copiar
la vida de sus riberas.
La tristeza es la antesala de una nostalgia
sin retaguardia a que volver,
sin historia
en que amparar el futuro que viene.
La tristeza no tiene explicación
mientras estamos vivos,
somos capaces de recibir la luz, el sonido,
la belleza.
La tristeza
es sin embargo como un descuido del amor,
como si el buen padre Dios
hubiese vuelto, un momento la cabeza,
mirase
hacia otro lado,
nos hubiese olvidado
hacia el atardecer,
cuando todo
parece estar a punto de acabarse
y no me atrevo siquiera
a cerrar los ojos.
como una playa en invierno,
como la sensación de soledad
de los niños perdidos,
como el río
cuando se hace torrentera y deja de escuchar,
de copiar
la vida de sus riberas.
La tristeza es la antesala de una nostalgia
sin retaguardia a que volver,
sin historia
en que amparar el futuro que viene.
La tristeza no tiene explicación
mientras estamos vivos,
somos capaces de recibir la luz, el sonido,
la belleza.
La tristeza
es sin embargo como un descuido del amor,
como si el buen padre Dios
hubiese vuelto, un momento la cabeza,
mirase
hacia otro lado,
nos hubiese olvidado
hacia el atardecer,
cuando todo
parece estar a punto de acabarse
y no me atrevo siquiera
a cerrar los ojos.
sábado, 11 de abril de 2009
“Mi carta –escribe Campoamor- que es feliz, pues va a buscaros”. Pero, ¿es feliz una carta? Una carta es algo inerte, un papel sobre que se han enredado los trazos hechos con algo puntiagudo, untado de tinta que puede ser de varios colores. Hay científicos que pueden llegar a aseverar que éstos trazos se han hecho por una u otra persona que les proporcione otros también enredados por ella. Hasta para esto somos rutinarios, y de modo instintivo hacemos siempre igual cada signo que escribimos para transmitir en silencio lo que también podríamos gritar o decirle en voz baja al vecino, al colega, al amigo o al enemigo. La carta de quien según Campoamor ha escrito para hablar de amor a alguien, ya es, antes de haber cumplido el propósito de quien la escribió, feliz “pues va a buscaros”, está en camino. Siempre he opinado que las vísperas son tiempo de mayor felicidad que el de la fiesta a que anteceden, porque una víspera se pueda soñar como se quiera, mientras que la realidad tiene siempre límites por todos sus puntos cardinales, en el cielo por arriba y por abajo en el suelo. A diferencia de lo que se sueña despierto y es siempre ilimitado. Esta carta ya no pertenece a su autor, sino a la literatura, mayor o menor, de esta tierra mía, pletórica de poetas. Ya se que alguno mediocre, pero incluso los poetastros son poetas, por más que hayan resultado frustrados como consecuencia de nadie sabe qué, que enciende y apaga, tal vez al azar, en el interior de cada sueño la lámpara de la belleza armónica. Es una carta que sigue diciendo a su destinatario que “cuenta os dará de la memoria mía”. Al leer esta cuarta oración, la primera fue decir que es una carta mía, la segunda que es feliz, la tercera que va en busca de y ésta cuarta que tiene el propósito y la misión de dar cuenta de la memoria de un amor. No sé si la carta puede o no ser o haber sido feliz, pero lo cierto es que al derramar esta cuarta frase sobre su destinatario le está comunicando, motivando, originando una torrentera de felicidad
La religión, la política, el deporte …, todo forma parte de nuestra vida cotidiana, lo mismo que la vida familiar, la filosofía personal, el trabajo de todos los días y la relación, uno por uno, con los miembros del entorno. No hace falta que practiquemos. Quienes no lo hacen, son espectadores apasionados y si renuncian a serlo, les alcanzan, como sombras, las consecuencias de lo realizado por los demás o el resultado de su observación, que se plasma en el arte, la artesanía o cada descubrimiento o cada invento. Y resulta curioso. Pero cierto, que algunos nos realicemos mediante lo hecho por los demás: nuestro equipo que gana un título, el explorador que pisa Marte por primera vez, o que asciende a al cumbre del Everest, pinta ese cuadro o escribe ese libro o el poema que nos embelesan. “Somos los mejores” –decimos, cuando el realmente mejor, ese futbolista, ese escritor, el poeta que acertó con las palabras exactas, puestas en los versos mejor escandidos de cada estrofa del poema genial. Y siempre habrá en la oposición, convencidos de otra religión o del equipo rival, que digan que bah, no ha sido para tanto. -
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