Viejos fantasmas indefinidos, vagan
por las sombras de la noche. No me pidas
que los describa, No sabría.
Son inconcretas formas. Tal vez
sólo el temor
ancestral
a lo desconocido, que me impulsa,
como al insecto que soy, hacia la luz, aún consciente
de que la luz, ese otro misterio
deslumbrante,
podría estar llenos de peligros
inimaginables.
En realidad, he de confesar, que se trata de mis digresiones. Por eso, advierto que para cualquier curioso lector, podrían ser poco interesantes, intrascendentes, banales y hasta aburridas. Entonces -me pregunto- ¿para qué las escribes? Aún no he hallado respuesta para esta pregunta.
lunes, 6 de julio de 2009
domingo, 5 de julio de 2009
Tiempo de orbayo, aire licuado y gris, sudan las nubes y llora una torrentera la montaña de más cerca. Estamos en verano y no, a la vez, por los caprichos es posible que del cambio climático de que hablan y dicen unos que lo hay, otros que no y muchos se pasan de pensar de una manera o de otra según lo que acaban de leer o de estudiar seguramente con ahínco, pero sin más datos que los que constan en algún documento, siendo por contraste, como son, la naturaleza y la vida tan cambiantes e impredecibles. Conozco hombres que considero muy inteligentes, que dicen que hablar del cambio climático es una soberana tontería que usan para sus turbios fines quienes lo necesitan, y se de otros muchos hombres, a que asimismo considero sabios, que dicen que ignorarlo es una temeridad que podría concluir con la vida que conocemos sobre la tierra. Y podría ser, que la tierra, durante la vida del sol, haya mudado y aún vaya a mudar de habitantes muchas veces, cada vez que la especie dominante llegue a tal grado de peligrosa ciencia que se destruya junto con la demás vida, capaz sin embargo, más tarde, de regenerarse con unas características en cada ocasión diferentes.
viernes, 3 de julio de 2009
Si te recitase hoy un poema cualquiera
sonaría gris, como el aire que respiro, esta niebla
cansada, que se ha parado a descansar
bajo el alero
de mis más disparatados sueños. Los sueños
que soñaba de niño, los que fui
desgranando de mayor sin hacer,
en las viejas aulas, entre latinajos poco menos que incomprensibles
y los primeros artículos de las primeras leyes
con que nos íbamos topando. Si te recitase
hoy
alguno de mis versos
se me trabaría la lengua entre amores y fracasos
de la persecución que ha de hacer cada hombre a través
de los más profundos bosques de conocimientos,
que para colmo son insuficientes,
en busca de la soledad prevista para él, un paradójico lugar
donde hay más seres humanos, todos boquiabiertos o jadeantes,
todos puro anhelo de llegar a ser diferentes
de lo que son, separarse de sus sombras,
sin darse cuenta de que cuando más,
el mejor de nosotros,
lo es cuando dice una hermosa palabra que otro entiende
para compartir un sueño, antes
de morir
sonaría gris, como el aire que respiro, esta niebla
cansada, que se ha parado a descansar
bajo el alero
de mis más disparatados sueños. Los sueños
que soñaba de niño, los que fui
desgranando de mayor sin hacer,
en las viejas aulas, entre latinajos poco menos que incomprensibles
y los primeros artículos de las primeras leyes
con que nos íbamos topando. Si te recitase
hoy
alguno de mis versos
se me trabaría la lengua entre amores y fracasos
de la persecución que ha de hacer cada hombre a través
de los más profundos bosques de conocimientos,
que para colmo son insuficientes,
en busca de la soledad prevista para él, un paradójico lugar
donde hay más seres humanos, todos boquiabiertos o jadeantes,
todos puro anhelo de llegar a ser diferentes
de lo que son, separarse de sus sombras,
sin darse cuenta de que cuando más,
el mejor de nosotros,
lo es cuando dice una hermosa palabra que otro entiende
para compartir un sueño, antes
de morir
Todos los niños deberían aprender en la escuela a tocar un instrumento musical. La música es el único modo conocido de comunicación universal que no necesita traducción a los diferentes idiomas o dialectos posibles. Todos los niños deberían aprender n la escuela u segundo idioma, además del suyo, de utilización universal. Todos los niños del mundo deberían poder comunicarse entre sí sin barreras idiomáticas. Un mundo tan pequeño como el nuestro, en que por añadidura ni siquiera los peligros de pandemias y epidemias como ésta de gripe que nos aflige son capaces de anteponerse a los intereses económicos, necesita para sobrevivir que sus habitantes, que han de convivir estrechamente relacionados, sean capaces de comunicarse con pleno conocimiento del significado profundo de las palabras y de sus distintos significados en cualquier contexto, con los correspondientes matices expresivos. Un mundo como éste. Cada vez más complicado y complicado de manera más sutil. Habían inventado la democracia para hacer las relaciones más fluidas, acercar más el ejercicio de la soberanía a los supuestos titulares, acercarse más a los más pequeños, los más débiles, los más insignificantes, que en ocasiones son los más sabios, a veces los más eficaces, a veces los pioneros de mutaciones sociales convenientes, pero ya le han añadido remiendos que deteriorar evidentemente el tejido fundamental y ahora está llegando a ser vehículo de imposiciones a través de mayorías fingidas, extrapoladas, extravasadas en la función, a la vez que los poderes que deberían ejercer un recíproco control del respeto de todos y de cada uno de los miembros del grupo, se convierten en vasos comunicantes de una sola decisión, de una sola tendencia.
Todos los niños deberían aprender en la escuela que su opinión es importante, debe comunicarse, no es lícito que se acomode a la de otro sin aportarle o su matiz o su deliberada adhesión o su contradicción. Y ninguna deliberada adhesión debe prestarse sin una valoración previa basada en la ciencia y el conocimiento de lo que supone y de por qué se hace.
Todos los niños deberían aprender en la escuela de que cada uno de nosotros, diferente, diferenciado, único e indispensable para el plan de la creación, forma parte de un todo humano, con el que coincide en las paradojas del tiempo y el espacio para que el plan se cumpla con arreglo a la aportación de todos.
Todo niños debería aprender en la escuela, además del latín, la numismática y la lista de los reyes godos, que su indeclinable vocación es la de llegar a ser hombre libre durante un instante, una época o una vida. -
Todos los niños deberían aprender en la escuela que su opinión es importante, debe comunicarse, no es lícito que se acomode a la de otro sin aportarle o su matiz o su deliberada adhesión o su contradicción. Y ninguna deliberada adhesión debe prestarse sin una valoración previa basada en la ciencia y el conocimiento de lo que supone y de por qué se hace.
Todos los niños deberían aprender en la escuela de que cada uno de nosotros, diferente, diferenciado, único e indispensable para el plan de la creación, forma parte de un todo humano, con el que coincide en las paradojas del tiempo y el espacio para que el plan se cumpla con arreglo a la aportación de todos.
Todo niños debería aprender en la escuela, además del latín, la numismática y la lista de los reyes godos, que su indeclinable vocación es la de llegar a ser hombre libre durante un instante, una época o una vida. -
miércoles, 1 de julio de 2009
En cada país debería existir un espacio para disconformes, territorio con organización o caos diferente, donde poder salir a respirar cuando agobiase la falta de sintonía con un o unos gobernantes con cuyas decisiones no se estuviera habitualmente de acuerdo. Lo malo es que en tal república de las nubes haría falta otro sistema organizativo y podría darse el caso de salir de uno malo para entrar en otro peor. Aún así debería poderse probar, con la garantía, claro de que en su caso no nos atraparía otra caterva de, en ambos casos en nuestra desde luego subjetiva opinión, todavía más insuficientes, caprichosos y peligrosos que los otros. Utópico, claro. Y difícil. Pero la dificultad no debe arredrar nunca al hombre. Si no, estaríamos en las cavernas aún, o, cuando más, residiendo en unas atractivas viviendas lacustres, Si la Venecia actual, somnolienta, brumosa, irreal, procede de un poblado lacustre, no podían ser tan malos.
Y al fin y al cabo, nada, por malo que parezca a alguno, es, en este mundo de equilibrios, tan repelente, cuando en realidad bueno y malo casi siempre se equilibran, y cada disgusto viene seguido de una alegría, y cada satisfacción de un quebranto. Parece que no se puede más y alguien escribió un libro hace mucho tiempo o ayer mismo, o lo está imprimiendo en este preciso momento, cuyas páginas sirve de cobijo y sosiego. Y se sale de la lectura, o de un paseo solitario en que escuchaste un nuevo tono de esa armonía universal que abarca desde el trueno hasta el susurro de las hojas que mueve el aleteo de un pájaro fugitivo, con la capacidad de comprender y de amar renovadas, briosas, llenas de fe y de esperanza.
Es cosa como de la sucesión del día y la noche, con sus dos crepúsculos, de miedo y de esperanza, que recíprocamente compensan y equilibran lo oscuro con la luz, sucesivo contraste que nos va desgastando y a eso le llamamos edad, vida, tiempo …
Y al fin y al cabo, nada, por malo que parezca a alguno, es, en este mundo de equilibrios, tan repelente, cuando en realidad bueno y malo casi siempre se equilibran, y cada disgusto viene seguido de una alegría, y cada satisfacción de un quebranto. Parece que no se puede más y alguien escribió un libro hace mucho tiempo o ayer mismo, o lo está imprimiendo en este preciso momento, cuyas páginas sirve de cobijo y sosiego. Y se sale de la lectura, o de un paseo solitario en que escuchaste un nuevo tono de esa armonía universal que abarca desde el trueno hasta el susurro de las hojas que mueve el aleteo de un pájaro fugitivo, con la capacidad de comprender y de amar renovadas, briosas, llenas de fe y de esperanza.
Es cosa como de la sucesión del día y la noche, con sus dos crepúsculos, de miedo y de esperanza, que recíprocamente compensan y equilibran lo oscuro con la luz, sucesivo contraste que nos va desgastando y a eso le llamamos edad, vida, tiempo …
Las bardas están hechas de espinos, madreselvas y mirlos. Cuando llegue setiembre, además, se cubrirán de moras y la chavalería no irá, sin embargo, como antes, con un frasco de cristal y un palo, a buscarlas para hacer, por las bravas, zumo de zarzamora. Las bardas, ahora, invaden el camino por que no pasa naide, como por entre los tamujos de la vera del río a que la moza de Gabriel y Galán arrastraba a su admirador, ¿tal vez novio? Adolescente. Hay remolinos de brisa que regocijan a las hojas de la hilada de álamos blancos de junto al regato sin agua. Va por debajo, me dice, el paisano, y por eso están nietos los chopos. ¿Qué quiere decir nieto? Se interesa uno de verdad. Tú, le aclaro, dirías que guay. Voy por el camino, recordando sus esquinas y las paredes de piedra seca que ahora tapa la maleza. Antes, levantabas las piedras y había un rebullir de insectos variopintos y con frecuencia una víbora, que sacaba la lengua bífida y te amenazaba. En aquellos tiempos se decía aún que si la víbora te picaba no habría remedio en la botica. Por si las moscas, no les dejábamos picarnos, les sujetábamos la cabeza con una horquilla hecha con la rama de un árbol o la apartábamos con una vara. Las varas de avellano son las más flexibles, las de caña seca pesan menos, son más rígidas, hacen mejor bastón, Mi tío abuelo Teodoro cortaba cada año una caña del cañaveral de casa de mis primos y la dejaba secar para sustituir la varita de caña de su bastón cada año siguiente. Mi tío abuelo Teodoro, que siempre, en verano, llevaba una varita de caña, por el invierno jugaba conmigo a la escoba, en la mesa camilla, con el erraj del brasero recién excitado, que rascaba el montoncillo mediante una firma con la badila y me ganaba siempre, con gran regocijo por su parte.
La librería de viejo huele a polvo de libros. Los libros mueren (probablemente), hechos polvo de libros. Y no acierto a imaginar si son las letras o serán las palabras, las frases completas, los párrafos o las páginas, tal vez sólo el papel, lo que se va dispersando en átomos, electrones de letras y no serán más que las palabras verdaderamente brillantes las que floten ya hechas polvo en el rayo de sol que penetra por la claraboya adornada de telarañas.
Hurgo por entre los libros, entristecidos de vejez, esperanzados como cachorros, que se me agarran, lo siento, a las manos, con la pretensión más que evidente de que los saque de este cementerio de libros y los recomponga en el ejército de los míos, desordenados en el desván, pero cuidadosamente alineados en las estanterías, los plúteos, como prefería escribir Azorín.
Me acuerdo especialmente de Azorín cuando paso junto a uno de esos pueblos semiabandonados, que, como ese de Castilla que no quiero nombrar, tienen la iglesia cerrada a cal y canto, rodeada de cascotes y alambre de púas y con un viejo letrero que dice que se halla en “restauración”, por las trazas puede que desde el año de Maricastaña. Ya no son pueblecitos. Son, cuando más, recuerdo casi apagado en cabezas que se olvidaron ya de los años que han pasado desde que se fueron del entonces todavía pueblecito y, como la mujer de Lot, miraron por encima del hombro, antes de irse del todo, sin convertirse por cierto en estatuas de sal.
Por un euro, me llevo libros de esos que en teoría ya no existen, de cuando los libreros eran libreros y los editores, editores. Libros escritos en papel y con sobrecubiertas de cuando todas las escaseces.
Una verdadera multitud, que no estuvo allí, por cierto, habla y no acaba de aquellos según cada opinante horribles tiempos. ¿Sabes?, yo era joven, entonces, y los jóvenes nos parecíamos sobremanera a cualesquiera otros de cualquier otra época y ahora mismo, añoramos nuestra juventud como fue, porque te aseguro que aquellos duros tiempos tuvieron sus alegrías, dolores, encantos y desilusiones lo mismo que estos duros tiempos de ahora, cuando hemos ganado muchas cosas, pero perdido muchas otras, también entre alegrías, tristezas, encandilamientos y desilusionado escepticismo.
Hurgo por entre los libros, entristecidos de vejez, esperanzados como cachorros, que se me agarran, lo siento, a las manos, con la pretensión más que evidente de que los saque de este cementerio de libros y los recomponga en el ejército de los míos, desordenados en el desván, pero cuidadosamente alineados en las estanterías, los plúteos, como prefería escribir Azorín.
Me acuerdo especialmente de Azorín cuando paso junto a uno de esos pueblos semiabandonados, que, como ese de Castilla que no quiero nombrar, tienen la iglesia cerrada a cal y canto, rodeada de cascotes y alambre de púas y con un viejo letrero que dice que se halla en “restauración”, por las trazas puede que desde el año de Maricastaña. Ya no son pueblecitos. Son, cuando más, recuerdo casi apagado en cabezas que se olvidaron ya de los años que han pasado desde que se fueron del entonces todavía pueblecito y, como la mujer de Lot, miraron por encima del hombro, antes de irse del todo, sin convertirse por cierto en estatuas de sal.
Por un euro, me llevo libros de esos que en teoría ya no existen, de cuando los libreros eran libreros y los editores, editores. Libros escritos en papel y con sobrecubiertas de cuando todas las escaseces.
Una verdadera multitud, que no estuvo allí, por cierto, habla y no acaba de aquellos según cada opinante horribles tiempos. ¿Sabes?, yo era joven, entonces, y los jóvenes nos parecíamos sobremanera a cualesquiera otros de cualquier otra época y ahora mismo, añoramos nuestra juventud como fue, porque te aseguro que aquellos duros tiempos tuvieron sus alegrías, dolores, encantos y desilusiones lo mismo que estos duros tiempos de ahora, cuando hemos ganado muchas cosas, pero perdido muchas otras, también entre alegrías, tristezas, encandilamientos y desilusionado escepticismo.
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