Broté de mi madre
-la madre es como la tierra-,
como un río
y estaba todo en el cauce o la ribera.
Fui
recogiendo reflejos, lastimando
el alma de agua viva
con cada piedra del camino, moldeándome,
donde hace curvas la corriente,
pozos,
umbrías y remansos, la cascada
que vienen a ver y retratar los turistas.
Después me hice hombre,
desemboco
ahora en la mar
-la mar es como una madre, que espera
con los brazos abiertos-. -
En realidad, he de confesar, que se trata de mis digresiones. Por eso, advierto que para cualquier curioso lector, podrían ser poco interesantes, intrascendentes, banales y hasta aburridas. Entonces -me pregunto- ¿para qué las escribes? Aún no he hallado respuesta para esta pregunta.
miércoles, 22 de julio de 2009
Ayer, Madrid, sobre las once de la mañana, calle de Alcalá, tramo de sol, veo el termómetro y 40’5 grados centígrados. La calle de Alcala, desde el cruce con la Gran Vía, dirección Puerta del Sol, hace ligera cuesta, con los años más y más perceptible. Cae el sol como un chorro de aire caliente que se respira con cierta dificultad. Más tarde, camino del hotel, me dirá un taxista que en días como el de hoy, las gallinas de la comunidad de Madrid, seguro que tan ladinas como nuestras pitas de caleya, ponen los huevos ya fritos. Hoy, en el Principado, llueve. Verano de los de disuadir a los turistas y demás veraneantes y guiris de venir en número excesivo. Verano de oriundos y de casados o casadas con oriundos, siempre los más fieles.
Vas, voy al kiosco de siempre a comprar los periódicos de siempre y me encuentro con las noticias de siempre. Las noticias se enquistan, por las esquinas de los periódicos y se convierten en el cuento de la buena Pipa y el de nunca acabar. Estos días, sin embargo, la atrocidad de que varios menores hayan violado a otra en plenas fiestas del lugar de su residencia, ignoro si habitual o provisional de vacaciones, para horrorizar un poco más al ya atribulado personal de a pie. Y la noticia de que los “homo” se manifiestan porque un “hetero” se ha pronunciado contrario a tener por normal lo que no parece serlo, por muy respetable que al existir y por ese mero hecho, sea.
Somos una civilización, tal vez un manojo de culturas, desde luego un grupo social, que por la razón o las razones que cada uno prefiera invocar, hemos de acostumbrarnos al respeto de la convivencia. Convivir no significa estar conforme con todo lo que piensan, prefieren o desean los demás del grupo, sino aceptarle siempre con recíproco respeto, incluso con afecto, pero siempre con respeto de la idea, fundamental a mi modesto entender, de que la libertad de cada uno está delimitada por el respeto de la libertad de todos los demás, y, como consecuencia, que si yo respeto que seas como eres, debes procurar no ostentar tu modo de ser justo a mi lado, del mismo modo que yo procuro respetar las manifestaciones de tu condición y preferencias. En todos los órdenes de cosas. Por ejemplo, comprendo, aunque a veces me cueste, que haya quien opine que la música no es más que un ruido molesto o que la religión, pongo por algo radicalmente diferente, es algo prescindible. Lo comprendo, pero no puedo compartir unos criterios que deberíamos poder en su caso debatir con orden y concierto y marcharnos después tan amigos, cada cual con sus conclusiones al hombro o en el zurrón.
Vas, voy al kiosco de siempre a comprar los periódicos de siempre y me encuentro con las noticias de siempre. Las noticias se enquistan, por las esquinas de los periódicos y se convierten en el cuento de la buena Pipa y el de nunca acabar. Estos días, sin embargo, la atrocidad de que varios menores hayan violado a otra en plenas fiestas del lugar de su residencia, ignoro si habitual o provisional de vacaciones, para horrorizar un poco más al ya atribulado personal de a pie. Y la noticia de que los “homo” se manifiestan porque un “hetero” se ha pronunciado contrario a tener por normal lo que no parece serlo, por muy respetable que al existir y por ese mero hecho, sea.
Somos una civilización, tal vez un manojo de culturas, desde luego un grupo social, que por la razón o las razones que cada uno prefiera invocar, hemos de acostumbrarnos al respeto de la convivencia. Convivir no significa estar conforme con todo lo que piensan, prefieren o desean los demás del grupo, sino aceptarle siempre con recíproco respeto, incluso con afecto, pero siempre con respeto de la idea, fundamental a mi modesto entender, de que la libertad de cada uno está delimitada por el respeto de la libertad de todos los demás, y, como consecuencia, que si yo respeto que seas como eres, debes procurar no ostentar tu modo de ser justo a mi lado, del mismo modo que yo procuro respetar las manifestaciones de tu condición y preferencias. En todos los órdenes de cosas. Por ejemplo, comprendo, aunque a veces me cueste, que haya quien opine que la música no es más que un ruido molesto o que la religión, pongo por algo radicalmente diferente, es algo prescindible. Lo comprendo, pero no puedo compartir unos criterios que deberíamos poder en su caso debatir con orden y concierto y marcharnos después tan amigos, cada cual con sus conclusiones al hombro o en el zurrón.
domingo, 19 de julio de 2009
Todo el mundo tiene fórmulas magistrales para salvar al resto del mundo. Y tal vez lo peor sea que no somos capaces de contrastar unas con otras para ir perfilando la que podría ser panacea de los males que supuestamente nos aquejan. Lo de trabajar, que nos es tan ajeno, en equipo. Si ése es capaz, mejor lo haría yo, y lo mío es difícil mejorarlo, solemos pensar, y así nos vamos enfrascando en la misógina soledad del mulo, como sabemos estéril y sólo capaz de llevar su carga lejos, donde se olvidará probablemente en el país donde mueren los vientos, se les caen del zurrón las palabras y se decantan, ya polvo, sobre unas rocas que miran nostálgicas al horizonte, como los viejos veleros del último vericueto arrinconado de los puertos más antiguos de las ciudades desiertas de los imperios caídos, que vas a mirar y ya no son sino maquetas armadas por marineros jubilados, porque los originales yacen escorados, semienterrados en el légamo del fondo del lugar de la última batalla perdida por los otrora triunfadores de todas las habidas en los siete mares.
Hay que añadir a cada ilusión cada día un sueño para así añadir a cada día de vida otro o tal vez muchos y construirse vida tras vida, como una de aquellas torres que si no salía el cero, nos dispensaban los barquilleros de los parques de mi niñez. No debe renunciarse nunca a la esperanza relegada al sótano o al desván porque jamás pareció haber tiempo ni ser ocasión. En realidad los hubo, pero estábamos enganchados a la carroza de las prisas, demasiado atentos a lo banal cotidiano y así fuimos perdiendo una tras otra las ocasiones de visitar los lugares donde desconocidos nos esperaban, hombres y mujeres, todos con algo nuevo, interesante, inédito, que decirnos y ahora atragantados o que es posible que hayan dicho a otros lo que nosotros deberíamos haber escuchado con la debida atención. Y cada uno, además, nos lo habría dicho en su idioma, y ahora mismo seríamos políglotas y capaces de entender las palabras de amor de más gente sin duda tan enamorada como nosotros mismos de la vida.
Que duele –me dices- vivir. Pues claro que duele. Si no doliera ¿cómo podríamos disfrutar de la efímera calma, del sosiego de estar flotando en un rayo de sol, como átomos de polvo, embriagados por el ritmo con que la luz se compone sin cesar sonando todos sus colores?
Que duele –me dices- vivir. Pues claro que duele. Si no doliera ¿cómo podríamos disfrutar de la efímera calma, del sosiego de estar flotando en un rayo de sol, como átomos de polvo, embriagados por el ritmo con que la luz se compone sin cesar sonando todos sus colores?
domingo, 12 de julio de 2009
“… vieja y soñadora idea del soltero –la idea de que la unidad del matrimonio, el ser una sola carne, tiene algo que ver con el ser plenamente felices, o ser perfectamente buenos, o aún con ser perfecta y continuamente afectuosos. La verdad es que un hombre ordinario y honesto es parte de su mujer aún cuando desee no serlo. La verdad es que una mujer ordinaria y buena es parte de su marido aún cuando desee verle en el fondo del mar. Ya estén ambos por el momento amigables o enfadados, felices o miserables, la ‘cosa’ sigue su marcha, esa ‘cosa grande’ a cuatro pies, el cuadrúpedo del hogar. Entrambos son una nación, una sociedad, una máquina. Son una sola carne aún cuando no son un solo espíritu.”
Me gustaría haberlo escrito, sin poner ni quitar nada, pero, deslumbrante, como siempre, fue G. K. Chesterton, uno de mis autores favoritos, desde que allá en la juventud, trabamos conocimiento a través de sus relatos protagonizados por el padre Brown, ese prodigioso detective del puro sentido común a flor de piel, como es lógico apoyado en la capacidad inusitada de las neuronas del autor que lo creó con la personalidad un poco más nítida en cada relato, hasta convertirlo en un amigo suyo y a la vez –tus amigos lo son míos- de cada lector.
Tal vez el padre Brown no concediera al texto entrecomillado de más arriba ningún mérito especial, a mí me sigue pareciendo algo extraordinario, hacer en tan pocas palabras una descripción de la esperanza prematrimonial y las consecuencias del matrimonio, sus consecuencias, quiero decir naturalmente, cuando “un hombre ordinario y honesto” y “una mujer ordinaria y buena” lo celebran y contraen con recíproco aporte de sendas dosis de amor, esencialmente adobado de buena voluntad y con la justa pizca de sentido del humor suficientes para cimentar la comprensión.
Me gustaría haberlo escrito, sin poner ni quitar nada, pero, deslumbrante, como siempre, fue G. K. Chesterton, uno de mis autores favoritos, desde que allá en la juventud, trabamos conocimiento a través de sus relatos protagonizados por el padre Brown, ese prodigioso detective del puro sentido común a flor de piel, como es lógico apoyado en la capacidad inusitada de las neuronas del autor que lo creó con la personalidad un poco más nítida en cada relato, hasta convertirlo en un amigo suyo y a la vez –tus amigos lo son míos- de cada lector.
Tal vez el padre Brown no concediera al texto entrecomillado de más arriba ningún mérito especial, a mí me sigue pareciendo algo extraordinario, hacer en tan pocas palabras una descripción de la esperanza prematrimonial y las consecuencias del matrimonio, sus consecuencias, quiero decir naturalmente, cuando “un hombre ordinario y honesto” y “una mujer ordinaria y buena” lo celebran y contraen con recíproco aporte de sendas dosis de amor, esencialmente adobado de buena voluntad y con la justa pizca de sentido del humor suficientes para cimentar la comprensión.
martes, 7 de julio de 2009
Hace un sol distraído, que juguetea con los escasos nubarrones ennegrecidos es probable que por haber estado limpiando la parte azul del cielo en que antes se escribían las cartas de novia. Pero muy poco antes, porque hace todavía poco lo que las novias escribían aprisa y corriendo eran minúsculos billetes de amor que llevaban las dueñas y las carabinas a los donjuanes que Marañón dijo que había algo de feminoide en eso de que se enamorasen con tantísima frecuencia y convencieran con tanta facilidad a doña Inés para que saltase la tapia del convento.
Hace un sol indeciso. Total, si vais a seguir teniendo –nos dice- esa cara de frío, para qué os voy a echar yo una mirada a estas horas de la mañana. La mañana tiene el recuerdo aún de la madrugada licuada en rocío sobre los pétalos adolescentes de las flores del patio. Vamos hasta la playa y hay un señor caminando por la orilla a toda prisa, como si lo persiguiera el colesterol y se pudiera huir de su mordedura de perro airado. Para airado, en nuestro caso, el gato persa de la florista cuando el cocker, despistado, trató de olfatearlo por debajo del rabo. Y el cocker lo miró por encima del hombro y ni se inmutó por el bufido. Bah, me dijo, otro chiflado que le gusta la guerra. Al cocker he llegado a la conclusión de que lo que le gusta es la filosofía rumiada con los ojos cerrados, haciéndose el dormido. ¿O estará de veras dormido? El sueño es un vehículo caprichoso, que tan pronto viene cargado de sorpresas como de pesadillas. El sueño podría ser una breve estancia en otro mundo en que cualquier día, de súbito, podríamos quedarnos para no volver a éste, que, así, se convertiría en sueño.
Hace un sol indeciso. Total, si vais a seguir teniendo –nos dice- esa cara de frío, para qué os voy a echar yo una mirada a estas horas de la mañana. La mañana tiene el recuerdo aún de la madrugada licuada en rocío sobre los pétalos adolescentes de las flores del patio. Vamos hasta la playa y hay un señor caminando por la orilla a toda prisa, como si lo persiguiera el colesterol y se pudiera huir de su mordedura de perro airado. Para airado, en nuestro caso, el gato persa de la florista cuando el cocker, despistado, trató de olfatearlo por debajo del rabo. Y el cocker lo miró por encima del hombro y ni se inmutó por el bufido. Bah, me dijo, otro chiflado que le gusta la guerra. Al cocker he llegado a la conclusión de que lo que le gusta es la filosofía rumiada con los ojos cerrados, haciéndose el dormido. ¿O estará de veras dormido? El sueño es un vehículo caprichoso, que tan pronto viene cargado de sorpresas como de pesadillas. El sueño podría ser una breve estancia en otro mundo en que cualquier día, de súbito, podríamos quedarnos para no volver a éste, que, así, se convertiría en sueño.
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