Salgo a mezclarme con la gente que pasa, a ser uno más a deambular, mirar los peces del río y extasiarme y decir lo de que ahora no hay ríos como este, con peces y patos, cormoranes y nutrias, gaviotas, múgiles, truchas y palomas. Ya no hay anguilas, por cierto, Algo o alguien las ha exterminado. Cuando éramos niños los de mi generación, pescaban algunos las anguilas desde el puente, con un cordel y un pedazo de sardina o de pan, las truchas preferían gusano y los múgiles pan. Ahora está prohibido pescar, salvo truchas, con licencia, pero en este tramo, las que se pesquen han de devolverse al río. Dicen que así se protegen las especies y olvidan que las especies nacen y se extinguen porque ha de ser así y debe completarse cada ciclo.
Salgo de algún modo disfrazado, sin disfraz, de guiri que va de paso y se asombra. A las gentes de mi lugar les encanta que el forastero quede deslumbrado por alguna de nuestras cosas, boquiabierto. Esto, decimos, no lo tendrán ellos allá. Allá es ese sitio a la vez inimaginable y difícilmente alcanzable donde atan a los perros con longaniza, pero no tienen la menor idea de lo que es vivir. Me gusta parar a alguien que no sea de aquí, puesto que si lo fuese me conocería y preguntarle por dónde se va a algún sitio o si conoce un sitio en que den de comer bien y barato. Me miran, sonríen, por regla general y me dicen que ellos tampoco son de aquí, que no saben, que tl vez por allá, que han visto que está el puerto. En los puertos, me dice una amable señora, se suele comer bien, pero caro.
En la esquina, un negro canoso vende figuritas de madera. Cómpreme, dice, que hoy no vendí nada y no podré ir a comer.
Cuando llega el verano, con los turistas, los veraneantes y los curiosos, mezclados, disimulados, como una especie de espuma, de ribete, pasa una corte de los milagros, una cohorte de Monipodio y otra de los modernos buhoneros de la manta y mercancía portátil, discos, películas, bolsos de señora con la marca fingida. Están y no están, son como fantasmas. Se deslizan, doblan la esquina y desaparecen.
Como es costumbre durante este verano, llueve manudo y tenaz.
En realidad, he de confesar, que se trata de mis digresiones. Por eso, advierto que para cualquier curioso lector, podrían ser poco interesantes, intrascendentes, banales y hasta aburridas. Entonces -me pregunto- ¿para qué las escribes? Aún no he hallado respuesta para esta pregunta.
viernes, 7 de agosto de 2009
miércoles, 5 de agosto de 2009
La oscuridad está preñada de luz, y viceversa. Hay en cada caso un núcleo de cada contrario porque existir impide desprenderse del mundo alternativo en que se salva nuestra parte buena cuando claudicamos y la mala cuando se impone el sentido moral y la conciencia, ese inexorable juez que todos llevamos dentro, podría estar satisfecha si no supiera de nuestra total dimensión, latente en cada acto.
Debe ser tremendo el oficio de juez. Habrá, supongo, que prescindir muchas veces de las últimas razones y echarse a la espalda el fallo con todas sus consecuencias. Recuerdo hoy, de modo especial a uno de los muchos que conocí y decía que al fin y al cabo, su sentido de la responsabilidad tenía el aliviadero de saber que si él se equivocaba, habría otros jueces que en apelación corregirían su error. Siempre hay, sin embargo, uno que ha de dictar la última y definitiva sentencia contra que ya no cabe recurso. Que supongo que por eso ha de ser viejo, sabio y actuar colectivamente. Compartir, Shelley lo sabía cuando dijo que gritar una obsesión es empezar a liberarse de ella, es repartir la carga, en algunos casos, de otra manera, insoportable.
Debe ser tremendo el oficio de juez. Habrá, supongo, que prescindir muchas veces de las últimas razones y echarse a la espalda el fallo con todas sus consecuencias. Recuerdo hoy, de modo especial a uno de los muchos que conocí y decía que al fin y al cabo, su sentido de la responsabilidad tenía el aliviadero de saber que si él se equivocaba, habría otros jueces que en apelación corregirían su error. Siempre hay, sin embargo, uno que ha de dictar la última y definitiva sentencia contra que ya no cabe recurso. Que supongo que por eso ha de ser viejo, sabio y actuar colectivamente. Compartir, Shelley lo sabía cuando dijo que gritar una obsesión es empezar a liberarse de ella, es repartir la carga, en algunos casos, de otra manera, insoportable.
martes, 4 de agosto de 2009
“Estoy meditando sobre la conveniencia de dejar de leer el periódico, sellar la radio y lacrar la televisión. Regresar a la incomunicación del humano anterior a la que llamáis civilización, que a la larga desemboca en esto, una y otra vez, como acredita la historia, a medida que prosperó cada imperio conocido. Una incomunicación relativa, claro está, puesto que al limitarse al reducido círculo de semejantes que nos rodea, la relación se hace más estrecha”.
Lo dice un personaje de invención, y otro le contesta:
“Podría ser peor el remedio, dado que esa relación ahora sería más intensa y provocará sin duda sensaciones a veces insoportables”.
Se escapan, siempre lo he dicho, los personajes que inventas para articular el microcosmos de un libro, esa especie de pecera o de escenario en que se mueven y descubres que en seguida se les ocurren cosas que tú no habías pensado. Y empieza ese dolor íntimo de que alguien que debería obedecerte haya logrado cobrar vida propia y te exige su propia coherencia y capacidad para concebir ideas y llegar a mayores conocimientos y conclusiones que con sinceridad creo que, en mi caso, a mí no se me habrían ocurrido.
Lo dice un personaje de invención, y otro le contesta:
“Podría ser peor el remedio, dado que esa relación ahora sería más intensa y provocará sin duda sensaciones a veces insoportables”.
Se escapan, siempre lo he dicho, los personajes que inventas para articular el microcosmos de un libro, esa especie de pecera o de escenario en que se mueven y descubres que en seguida se les ocurren cosas que tú no habías pensado. Y empieza ese dolor íntimo de que alguien que debería obedecerte haya logrado cobrar vida propia y te exige su propia coherencia y capacidad para concebir ideas y llegar a mayores conocimientos y conclusiones que con sinceridad creo que, en mi caso, a mí no se me habrían ocurrido.
Busco, contra el consejo del sabio, compañía. Alguien con quien intercambiar unas docenas, tal vez casi un centenar de palabras, que tengo cansadas de darme vueltas por entre las neuronas, como perros vagabundos. Pero no tengo a esta primera hora de la tarde, de siesta aún, para los más rezagados o que tienen la suerte o la desgracia de vivir donde el termómetro se pasa el verano en el ático, más que mi soledad conmigo. La soledad viene acompañándome como mi sombra, que no reparo ni en una ni en otra si voy pensando en otra cosa, pero se evidencian cuando salgo de mí y miro alrededor y no hay otro vestigio humano que mi ocasional reflejo, mirándome reprobador, que leo en sus ojos la pregunta de si sé dónde hemos llegado y es como si me echase la culpa de que estemos él y yo, que es lo mismo que él, nada más, o que yo, puesto que ambos, siendo uno, estamos juntos solos.
Cabe hablar, incluso recitar, leyendo o de memoria. Cuando de memoria faltan las palabras, invento otra y renuevo el poema, sospecho que unas veces para peor y alguna, aunque sean pocas, para mejorarlo, por lo menos para mi oído cómplice.
Y el recurso de la música, que o me adormece o me exacerba la capacidad de andar a saltos por la memoria y fingir con alguna otra sombra, residuo de algún sueño, escenas jamás ocurridas.
O entrar en algún libro, nuevo o viejo. Que es singular placer el de la relectura, parecido al de regresar a una ciudad ya vivida y rebuscar en ella los rincones que de algún modo nos pertenecen o comparten esa posesión del visitante que algunos lugares mágicos adquieren hasta el punto de instalarse en nuestra memoria más íntima, con singular desparpajo. O descubrir entre las páginas desconocidas de nuevo el apasionado afán de tratar de entender al personaje, o de acompañarle, con la única desasosegadora sensación que deben tener las personas amadas que perdimos y desde otra vida nos acompañan sin poder intervenir, advertirnos, protegernos o empujarnos hacia la alternativa en que encallaremos caso de perder el rumbo.
Cabe hablar, incluso recitar, leyendo o de memoria. Cuando de memoria faltan las palabras, invento otra y renuevo el poema, sospecho que unas veces para peor y alguna, aunque sean pocas, para mejorarlo, por lo menos para mi oído cómplice.
Y el recurso de la música, que o me adormece o me exacerba la capacidad de andar a saltos por la memoria y fingir con alguna otra sombra, residuo de algún sueño, escenas jamás ocurridas.
O entrar en algún libro, nuevo o viejo. Que es singular placer el de la relectura, parecido al de regresar a una ciudad ya vivida y rebuscar en ella los rincones que de algún modo nos pertenecen o comparten esa posesión del visitante que algunos lugares mágicos adquieren hasta el punto de instalarse en nuestra memoria más íntima, con singular desparpajo. O descubrir entre las páginas desconocidas de nuevo el apasionado afán de tratar de entender al personaje, o de acompañarle, con la única desasosegadora sensación que deben tener las personas amadas que perdimos y desde otra vida nos acompañan sin poder intervenir, advertirnos, protegernos o empujarnos hacia la alternativa en que encallaremos caso de perder el rumbo.
lunes, 3 de agosto de 2009
El problema de la contracultura es tratar de hacer callar a quienes tienen mayor dosis adquirida de la sabiduría que por desgracia para los perseguidores no puede lograrse por medio de sus habilidades habituales: esos juegos de palabras en que son maestros, la posibilidad de contradecirse sin rubor y la mendacidad consciente como argumento.
Están en evidencia y ahora la cuestión es si sus contradictores serán capaces de comportarse como gente educada o si la contaminación habrá llegado demasiado hondo, con la abundancia de señuelos, el deslumbramiento que produce siempre el oro, dondequiera que aparece un yacimiento y el habitual constante machaqueo del impudor de sentimientos arrastrado por la vía pública de la exhibición nos habrá alcanzado a todos y será ésta otra pandemia en marcha, sin OMS que la vigile y trate siquiera de prevenir.
Son lo que son, inexorablemente, pero lo malo es que nos habían prometido que ese modo de ser, por infrahumano que pareciese, podría darnos cierta felicidad, y, de vuelta de las barbaridades del siglo XX, los creímos con la ciega esperanza de la desesperación.
Convencieron a los entonces jóvenes de que lo adecuado era abandonar los principios y sustituirlos por el ciego respeto de la ley formal, que es esa que no está apoyada en la necesaria legitimación moral, y a continuación vaciaron las palabras de sus conceptos las llenaron de ruido y colores.
Ahora, cuando nos dicen cualquiera de las cosas que repiten con voz campanuda o con la voz insinuante de quien te invita a donde el puro instinto ya te avisa de que sería peligroso ir, ya no sabemos si la evidente mendacidad de sus asertos es o no consciente. Porque hasta puede que como los grandes mentirosos crónicos hayan logrado convencerse a sí mismos de que de algún modo, sus mentiras componen alguna verdad y eso los hace más peligrosos cada día que permanecen en cualquier puesto social de responsabilidad, porque esa permanencia los va convirtiendo poco a poco en la paródica imagen de admirables ídolos antropomorfos y pienso que los está tentando de proclamarse dioses, como hicieron los emperadores de Roma o los faraones de Egipto, y, de algún modo, los hombres de hierro de las edades moderna y contemporánea, que estuvieron a punto de lograr conducirnos a la vesánica convicción de que, una vez eliminada la mitad no sé si del yin o del yang, podríamos con solo la otra mitad cerrar el círculo del paraíso.
Están en evidencia y ahora la cuestión es si sus contradictores serán capaces de comportarse como gente educada o si la contaminación habrá llegado demasiado hondo, con la abundancia de señuelos, el deslumbramiento que produce siempre el oro, dondequiera que aparece un yacimiento y el habitual constante machaqueo del impudor de sentimientos arrastrado por la vía pública de la exhibición nos habrá alcanzado a todos y será ésta otra pandemia en marcha, sin OMS que la vigile y trate siquiera de prevenir.
Son lo que son, inexorablemente, pero lo malo es que nos habían prometido que ese modo de ser, por infrahumano que pareciese, podría darnos cierta felicidad, y, de vuelta de las barbaridades del siglo XX, los creímos con la ciega esperanza de la desesperación.
Convencieron a los entonces jóvenes de que lo adecuado era abandonar los principios y sustituirlos por el ciego respeto de la ley formal, que es esa que no está apoyada en la necesaria legitimación moral, y a continuación vaciaron las palabras de sus conceptos las llenaron de ruido y colores.
Ahora, cuando nos dicen cualquiera de las cosas que repiten con voz campanuda o con la voz insinuante de quien te invita a donde el puro instinto ya te avisa de que sería peligroso ir, ya no sabemos si la evidente mendacidad de sus asertos es o no consciente. Porque hasta puede que como los grandes mentirosos crónicos hayan logrado convencerse a sí mismos de que de algún modo, sus mentiras componen alguna verdad y eso los hace más peligrosos cada día que permanecen en cualquier puesto social de responsabilidad, porque esa permanencia los va convirtiendo poco a poco en la paródica imagen de admirables ídolos antropomorfos y pienso que los está tentando de proclamarse dioses, como hicieron los emperadores de Roma o los faraones de Egipto, y, de algún modo, los hombres de hierro de las edades moderna y contemporánea, que estuvieron a punto de lograr conducirnos a la vesánica convicción de que, una vez eliminada la mitad no sé si del yin o del yang, podríamos con solo la otra mitad cerrar el círculo del paraíso.
No te das cuenta de lo que es la vida hasta que se te está acabando. Es frecuente vivir como un imbécil, despilfarrando el tiempo con ese aire de estúpida suficiencia, sin comprender, hasta que están a punto de salir a buscar tus restos, que lo que malgastamos es todo lo que tenemos y que no hay remedio para el transcurso de ese mínimo espacio del abrir y cerrar de ojos en que consistió el inconmensurable privilegio de estar vivo.
Agosto, pleno verano, gente, automóviles, perros de todas clases y tamaños. El cocker de casa enloquece con la turbamulta de olores que ha de comprobar durante cada salida. Hasta se le olvida ponerles encima su sello y tiene que volver, moviendo dubitativo el rabo, sobre sus pasos ya cansinos de perro viejo, para el que dice el aforismo que no hay tus, tus, sea eso lo que fuere.
En el patio, por fin, ha prendido apenas, tímida, una buganvilla y como para festejarlo, cuando se ha hecho viejo el nido artificial que ya hace lo menos tres o cuatro años que puse, se ha poblado de crías que pipían excitadas y mueven las cabecitas a la puerta.
Verano y hora del Angelus. Está la niebla al alcance de la mano casi y se frotan las manos los hosteleros de los chiringuitos para quienes al niebla y mejor aún las lluvias de agosto les permiten hacer realmente el suyo, con los fracasados de la inhóspita playa, donde sólo quedan los jugadores de pelota. Da igual fútbol, tenis, lo que sea.
Este año, al parecer, hay menos turistas en todas partes. Los turistas tienen miedo a los precios y a las bombas. En una remota provincia china, dice para colmo hoy el periódico que está en cuarentena una ciudad de diez mil habitantes, por un brote de peste neumónica. Nos parecía estar casi en le siglo XXI con ambos pies y nos redescubrimos con uno por lo menos en pleno medievo, asustados por los alienígenas del mundo invisible, el aterrador mundo de los microorganismos que desde su invisibilidad pueden caer sobre nosotros de súbito, penetrarnos, mezclarse con nuestra intimidad más profunda y matarnos sin dar importancia a su proeza: David y Goliat. El mundo invisible, como el de las hadas, está en éste, pero nuestra torpeza lo ignora hasta que es tarde para tratar de entenderlo y de dialogar con sus mandamases a ver si es posible una convivencia pacífica. Ahora que o piendo, sin embargo, ¿cómo dialogar con un microbio?
En el patio, por fin, ha prendido apenas, tímida, una buganvilla y como para festejarlo, cuando se ha hecho viejo el nido artificial que ya hace lo menos tres o cuatro años que puse, se ha poblado de crías que pipían excitadas y mueven las cabecitas a la puerta.
Verano y hora del Angelus. Está la niebla al alcance de la mano casi y se frotan las manos los hosteleros de los chiringuitos para quienes al niebla y mejor aún las lluvias de agosto les permiten hacer realmente el suyo, con los fracasados de la inhóspita playa, donde sólo quedan los jugadores de pelota. Da igual fútbol, tenis, lo que sea.
Este año, al parecer, hay menos turistas en todas partes. Los turistas tienen miedo a los precios y a las bombas. En una remota provincia china, dice para colmo hoy el periódico que está en cuarentena una ciudad de diez mil habitantes, por un brote de peste neumónica. Nos parecía estar casi en le siglo XXI con ambos pies y nos redescubrimos con uno por lo menos en pleno medievo, asustados por los alienígenas del mundo invisible, el aterrador mundo de los microorganismos que desde su invisibilidad pueden caer sobre nosotros de súbito, penetrarnos, mezclarse con nuestra intimidad más profunda y matarnos sin dar importancia a su proeza: David y Goliat. El mundo invisible, como el de las hadas, está en éste, pero nuestra torpeza lo ignora hasta que es tarde para tratar de entenderlo y de dialogar con sus mandamases a ver si es posible una convivencia pacífica. Ahora que o piendo, sin embargo, ¿cómo dialogar con un microbio?
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