Cuando llegas a esta edad, es decir, ya eres viejo, se te mueren como a mí me está ocurriendo, amigos entrañables, de que guardas recuerdos, hasta hace poco mezclados con la posibilidad del reencuentro, cuando, como dice un autor inglés cuyo nombre no recuerdo a esta hora de improvisar, puede reanudarse una conversación como si nunca se hubiera interrumpido. El célebre y al parecer nunca formulado “decíamos ayer” de Fray Luis, tras de su desgraciado encuentro con la Inquisición.
Quiero creer y creo por tanto que del otro lado será posible reencontrarse con todos los demás, amigos o enemigos, solo que ahora, es decir, entonces, todos conciliados, más que reconciliados, y hasta será posible, digo yo, reírse juntos de tantos empeños, encuentros y desencuentros como los de este ir y venir en que consiste la vida, siempre enfrascados en conseguir algo, que, cuando más, habrá que dejar aquí, al lado de tanto papel, tarjeta y documento, ya todos, cuando no estemos, apenas una gacetilla informativa de que estuvimos, que, si no estorba demasiado guardarán en el desván de casa durante cierto tiempo. Creo que tampoco nos ha de parecer mal que transcurrido ese cierto tiempo, lo eche alguien, probablemente desconocido para nosotros, a la basura. La historia, como dicen los actores respecto de la representación, tiene que continuar y otros han de ocupar las plazas disponibles y hacer lo que hacíamos, es probable que mejor de lo que nosotros lo hicimos. Porque repito que no es cierto que cualquier tiempo pasado sea mejor. Casi siempre es mejor lo que viene cuando la historia se desarrolla y la tecnología proporciona más medios y más comodidades al alcance de más gente.
Creo que nunca van a desaparecer las diferencias que permiten identificar a las personas, las categorías y los conceptos, pero se lograrán mayores y mejores cotas de convivencia. Si no, la humanidad no podría sobrevivir.
En realidad, he de confesar, que se trata de mis digresiones. Por eso, advierto que para cualquier curioso lector, podrían ser poco interesantes, intrascendentes, banales y hasta aburridas. Entonces -me pregunto- ¿para qué las escribes? Aún no he hallado respuesta para esta pregunta.
lunes, 17 de agosto de 2009
miércoles, 12 de agosto de 2009
Me alegro con tu alegría, cuando, empujados por el sol, pasáis todo el grupo como una horda de pájaros, gritando alegrías, camino de cualquier parte. Es verano y tiempo de olvidarse de lo oscuro, siquiera sea provisionalmente, que todo un invierno de habitualidades bien merece la maravilla de dejarse aplastar por el sol, llevar por la brisa, mecer por la mar tranquila, que al entrar las muchachas en flor y tener la ocasión de acariciarlas, se adivina como un suspiro del agua estremecida.
Mete la niña en el agua
su carne prieta
y al mojarla de brillos, la mar
la ilumina.
La niña se despeina,
la disfrazan las algas de sirena,
juega la espuma
con su risa.
Mañana de agosto, se entretiene
el sol
combinando colores en el vientre
de la caracola
cuando la acaricia.
Juegan
las gaviotas
a reflejarse airosas,
ellas que son feroces carroñeras,
en los charcos que olvida la marea,
en su piel
de celofán.
Mete la niña en el agua
su carne prieta
y al mojarla de brillos, la mar
la ilumina.
La niña se despeina,
la disfrazan las algas de sirena,
juega la espuma
con su risa.
Mañana de agosto, se entretiene
el sol
combinando colores en el vientre
de la caracola
cuando la acaricia.
Juegan
las gaviotas
a reflejarse airosas,
ellas que son feroces carroñeras,
en los charcos que olvida la marea,
en su piel
de celofán.
martes, 11 de agosto de 2009
Tal vez no haya más tragedias que antes, pero nos enteramos primero y de modo más detallado de las barbaridades perpetradas por hombres, de los destrozos producidos por las fuerzas alteradas de la naturaleza, de que estamos en constante peligro de que nos alcance cualquiera de las catástrofes producidas ahí mismo, al lado por la distracción de un conductor, la avería de un vehículo, la insensatez de los que conducen como si estuvieran solos en el mundo. Y para colmo ahora da la humanidad en el descubrimiento de la eficacia de perseguir la consideración y la fama, prescindir de la presunción de inocencia y volver al piensa mal y acertarás, de Sancho, tan sagaces y a la vez tan torpes como el desconcertado espolique de nuestra loca genialidad, empeñada en perderse por los vericuetos del laberinto, desdeñando las señales dejadas por las generaciones que se quemaron en el vano empeño de juzgar primero –jueces y partes los de cada bando- y sentenciar después como malos a los contradictores respectivos. Produce escalofríos escuchar que según dicen los periódicos que he comprado esta mañana, hay en el mundo quien se permite vociferar que “corren vientos de guerra”. ¿Será posible que no hayamos aprendido nada de la más reciente historia humana? No me extraña que hasta los vientos se hayan estremecido, se hayan vuelto locos de tormenta y granizo, inundaciones y ese ir y venir de las desmesuradas temperaturas por un lado y por el otro el desastre. Se desarticula por dentro y por fuera, desde el alma colectiva hasta la otrora apacible meteorología del verano. Afortunadamente nos quedan las playas, adonde no bajan todavía –todo se andará- los coches, y la montaña pura y dura, adonde no llegan por ahora, si bien se escuchan cada vez más cerca los resoplidos de sus esfuerzos. Me avergüenza ser tan afortunado que dispongo de un rincón adonde huir con un libro, un reproductor y unos cascos y ora releer o volver a escuchar –es peligroso, por más que sea también aconsejable- tratar de descubrir talentos nuevos y explorar sin las debidas precauciones los nuevos sonidos y la literatura recién estrenada.
lunes, 10 de agosto de 2009
Por fin, tras de una serie de días de lluvia tenaz, sale hoy, en pleno agosto, sorprendente, el sol, que al parecer estaba ahí mientras nos dolíamos de su ausencia. Y en seguida, un tumultuoso grupo de gente, se ha echado a la calle, camino de las playas, encabezado por tribus de hermosas supongo que por ahora doncellas semidesnudas, bronceadas, deslumbrantes y patilargas, a que perseguimos, con los ojos desorbitados los viejos verdes, y ya, en cierto modo escépticos, los mozalbetes tan insultantemente jóvenes como ellas.
No dejé entrada ayer, por cierto, confío en que no lo propaléis, porque era mi cumpleaños. Parece que mengua el pastel, a medida que se multiplican las velas. Es divertido unas veces, otras agobiante y, durante algunos ocasos vespertinos, estremecedor. No sé que tiene ese tránsito del atardecer, que cuando adolescente se carga de nostalgias de un pasado que todavía es futuro, cuando se han atravesado casi todos los futuros se convierte en esa mezcla de ansiedad, temor y esperanza que produce el estremecimiento de la inquietud.
Los pajarillos del nido del patio, que estrenaron el nido artificial, se han ido a disfrutar del verano. ¿Sentirán los pájaros nostalgia de su nido?
No dejé entrada ayer, por cierto, confío en que no lo propaléis, porque era mi cumpleaños. Parece que mengua el pastel, a medida que se multiplican las velas. Es divertido unas veces, otras agobiante y, durante algunos ocasos vespertinos, estremecedor. No sé que tiene ese tránsito del atardecer, que cuando adolescente se carga de nostalgias de un pasado que todavía es futuro, cuando se han atravesado casi todos los futuros se convierte en esa mezcla de ansiedad, temor y esperanza que produce el estremecimiento de la inquietud.
Los pajarillos del nido del patio, que estrenaron el nido artificial, se han ido a disfrutar del verano. ¿Sentirán los pájaros nostalgia de su nido?
sábado, 8 de agosto de 2009
Me faltaban tres tomos de las Obras Completas de G. K. Chesterton que editó Janés en 1952 en una colección que llamaba Clásicos del siglo XX y por fin los he encontrado en el otro extremo del mundo, ahora que ya no hay fondos de librería ni en las de viejo. El único tomo que tenía, el II, lo compré hace muchos años, sobre todo porque contenía las aventuras del padre Brown y las del Hombre que fue Jueves y el que Sabía Demasiado. La mayoría de los libros publicados en aquella paradójica edad de oro de las editoriales, entre las décadas de los años cincuenta y sesenta, se saldaron poco menos que al peso de su papel y se dispersaron sobre todo por la América de habla española, por donde aparecen ahora en las más inesperadas librerías de diferentes ciudades.
Desde 1952 nadie ha reeditado las obras completas de Chesterton, aunque he leído en alguna parte que justo ahora se está preparando una edición, pero no sé si en inglés, y es preciso dominar muy bien el inglés, supongo, para leer a Chesterton en su lengua.
Los libros, por una u otra razón, se están reduciendo a ediciones de obras singulares –Acantilado acaba de ir publicando varias de las de Chesterton también-, pero no se hacen ediciones de Obras Completas. Se prefiere la aventura de la obra singular, que cada librería devuelve en breve plazo si no logra vender, y se saldan los restos cada año. Dan al libro el mismo trato que a cualquier mercancía susceptible de pasar de moda, y, muchos, para venderlo, no dudan en preparar habilidosos personajes, que en una solapa o en una reseña, son capaces de hacer un comentario del libro mucho mejor escrito que el libro mismo y sagazmente redactado para suscitar interés en cualquier eventual futuro lector.
Encargué los tres tomos, y a la vez, como paradoja y como contraste, compré un libro electrónico. En un libro electrónico descubro que cabe una biblioteca de mediano tamaño, más de dos millares de libros, y es posible llevar una tarjeta de repuesto en que caben otros tantos. Casi de súbito, el mundo, con las cámaras fotográficas compactas, el teléfono móvil y el ordenador portátil, se ha salido de sí mismo y convertido en otro mundo por donde los mayores deambulamos sumidos en el estupor, desconcertados como turistas perdidos en una catedral, un viejo palacio o una intrincada judería. ¡Búscate con el GPS, abuelito!, dice nuestra nieta más pequeña.
Desde 1952 nadie ha reeditado las obras completas de Chesterton, aunque he leído en alguna parte que justo ahora se está preparando una edición, pero no sé si en inglés, y es preciso dominar muy bien el inglés, supongo, para leer a Chesterton en su lengua.
Los libros, por una u otra razón, se están reduciendo a ediciones de obras singulares –Acantilado acaba de ir publicando varias de las de Chesterton también-, pero no se hacen ediciones de Obras Completas. Se prefiere la aventura de la obra singular, que cada librería devuelve en breve plazo si no logra vender, y se saldan los restos cada año. Dan al libro el mismo trato que a cualquier mercancía susceptible de pasar de moda, y, muchos, para venderlo, no dudan en preparar habilidosos personajes, que en una solapa o en una reseña, son capaces de hacer un comentario del libro mucho mejor escrito que el libro mismo y sagazmente redactado para suscitar interés en cualquier eventual futuro lector.
Encargué los tres tomos, y a la vez, como paradoja y como contraste, compré un libro electrónico. En un libro electrónico descubro que cabe una biblioteca de mediano tamaño, más de dos millares de libros, y es posible llevar una tarjeta de repuesto en que caben otros tantos. Casi de súbito, el mundo, con las cámaras fotográficas compactas, el teléfono móvil y el ordenador portátil, se ha salido de sí mismo y convertido en otro mundo por donde los mayores deambulamos sumidos en el estupor, desconcertados como turistas perdidos en una catedral, un viejo palacio o una intrincada judería. ¡Búscate con el GPS, abuelito!, dice nuestra nieta más pequeña.
Cuando hayan pasado muchos años y se eche cuenta de éste, moverán el mostacho los estadísticos, como el portugués de la fábula, y se dirán que fue un verano pasado por agua, humedad y desaliento. El agua y la humedad consiguiente la pone la naturaleza, al evolucionar de acuerdo con el por ahora secreto propósito de que existamos ella y nosotros, los humanos atrapados en su ámbito, el desaliento lo ponen los veraneantes, que todo el invierno soñando con estos días y mira tú lo que hay, sudor por dentro y humedad por fuera. Las comisiones de fiestas se tiran de los pelos y las fanfarrias y agrupaciones musicales cobrarán este año con menor esfuerzo, con la fiesta pasada por agua y los romeros al amor de la lumbre, contándose consejas y consolándose cada cual como puede.
Tenemos entendido que mientras tanto en el sur se desquita el sol de su falta de trabajo por aquí arriba y calcina las piedras y madura alegremente los membrillos. Cojo una revista, hoy, sedicente seria y circunspecta, que augura que dentro de un plazo no demasiado largo, las señoras –en sus ilustraciones, por ahora, las señoritas de buen ver-, circularán por las calle y, textualmente dice, irán a la compra en cueros, en pelota viva. Puede. Visto lo visto, ya no me atrevo a negar que vaya a pasar nada de lo imaginable y hasta hace poco inimaginable. En determinadas regiones, sin embargo, en pleno invierno, me parece poco práctico y singularmente propenso a que sin necesidad de gripes abecedarias se cojan fríos de muerte. Aquí mismo, en el norte, este preciso verano. Me temo que la tal moda fracasara, por muchos que fueran para algunos sus alicientes. Me pregunto qué dirían mis bisabuelos, para quienes el tobillo tenía aquel encanto del secreto bien guardado, si se asomaran por un momento al tiempo en que quedan tan pocos territorios secretos en la maravillosa arquitectura de la juventud femenina, cada vez por otra parte más larga y provechosa.
Tenemos entendido que mientras tanto en el sur se desquita el sol de su falta de trabajo por aquí arriba y calcina las piedras y madura alegremente los membrillos. Cojo una revista, hoy, sedicente seria y circunspecta, que augura que dentro de un plazo no demasiado largo, las señoras –en sus ilustraciones, por ahora, las señoritas de buen ver-, circularán por las calle y, textualmente dice, irán a la compra en cueros, en pelota viva. Puede. Visto lo visto, ya no me atrevo a negar que vaya a pasar nada de lo imaginable y hasta hace poco inimaginable. En determinadas regiones, sin embargo, en pleno invierno, me parece poco práctico y singularmente propenso a que sin necesidad de gripes abecedarias se cojan fríos de muerte. Aquí mismo, en el norte, este preciso verano. Me temo que la tal moda fracasara, por muchos que fueran para algunos sus alicientes. Me pregunto qué dirían mis bisabuelos, para quienes el tobillo tenía aquel encanto del secreto bien guardado, si se asomaran por un momento al tiempo en que quedan tan pocos territorios secretos en la maravillosa arquitectura de la juventud femenina, cada vez por otra parte más larga y provechosa.
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