lunes, 5 de octubre de 2009

Merecer, verbo que expresa un concepto difícil de calibrar. ¿Merecemos? ¿Quién merece y qué? Nos premian y miramos sorprendidos la medalla, la copa, el emblema de ese supuesto merecimiento que en cualquier caso nos enorgullece a pesar de lo dudoso de su entidad. Salvo que nos paremos a pensar: ¿qué he hecho yo para que me premien qué? Es imprescindible el ejercicio de humildad que posibilita calibrar que el mérito es de quien premia. Quien ofrece y luego da algo es el que, cuando lo hace con desinterés, por sincera admiración, honrado aprecio respecto del premiado, acredita la bondad del donante, su generosidad, el afecto que profesa hacia el premiado, donatario de la distinción que le hace y el símbolo que le ofrece.

Camino de noviembre, Halloween anglosajón, Todos Santos y Difuntos de nuestra tradición, que añade a estas fechas la representación del Don Juan de Zorrilla. Nunca me he explicado por qué, a menos que la justifique la abundancia de figuras espectrales que rodean la agitada vida amorosa de un don Juan respecto de que hay quien, como Marañón, establece la duda de si era un conquistador, o era su afeminamiento el que le hacía vulnerable al encanto de las mujeres supuestamente conquistadas. Hace bastantes años, iluminó Dalí con las fantasías oníricas de su surrealismo, una representación de este Don Juan. Era tan deslumbrante que apenas se podían escuchar los versos, apagados y ahogados por el color y las deformaciones de las cosas.

¿Por qué estas culturas, anglosajona y nuestra, asocian el final de octubre y el principio de noviembre a la proliferación de fantasmas? Puede que la luz de estos días, este frío incompleto, húmedo, que se disparata en sus alternativas residuales del húmedo calor del verano, que las noches se hayan hecho largas y los días cortos, el recuerdo de que fuese una época de reunirse en torno al hogar, donde reposan los recuerdos de lo más familiar de nuestros allegados muertos, donde las mujeres mayores, la anciana cocinera, la abuelina, aquella tía abuela que se quedó para siempre viuda y triste cuando las guerras coloniales o las espantosas guerras del siglo XX, nos reunían a los nietos, cuando no había televisión ni siquiera habían inventado la radio o no llegaba al valle, y nos contaban leyendas casi olvidadas, cuentos de aparecidos y que no debía barrerse en casa, después de la puesta del sol, para no barrer a las ánimas.

domingo, 4 de octubre de 2009

Todo podría haber sido diferente
y lo divertido
a esta hora ya tranquila de la tarde, con el crepúsculo
a flor de piel,
la vista cansada –por cierto, ¿dónde andarán mis gafas?-
es recorrer,
imaginar
algunas de las posibilidades. Lo malo es que en seguida
aparecen
escenas de aquellos días radiantes que habíamos olvidado,
tal vez
porque no ocurrieron nunca,
son un subproducto inconsciente
de esa habitación de la memoria,
especie de almoneda,
bazar, rincón, alfar, laboratorio
del alquimista frustrado que también soy,
en que me pasé parte de la vida
analizando sueños,
catalogando
proyectos
fallidos,
como si todos formasen parte del hilo sutil
en que consisto
a esta hora ya tranquila,
cuando ya han muerto casi todos los testigos de cuanto ocurrió
en realidad,
y yo he olvidado cómo fue,
de modo que he de conformarme,
a fuerza de darle vueltas en la cabeza,
con fingir el recuerdo, una y otra vez,
todas distintas,
de como pudo haber sido la vida
de cada uno de nosotros.

sábado, 3 de octubre de 2009

Tenían el caramelo desenvuelto y a punto de llevárselo a la boca, cuando el comité olímpico, por abundante mayoría, decretó que lo mejor para los juegos era preverlos el año 2016 en la deslumbrante Río de Janeiro. Cuando se juega y concursa y se llega a los octavos o a los cuartos de final, y no os digo cuando es a la final, puede asegurarse que cualquiera de los contendientes merece ser elegido. Tal vez unos por unas y otros por otras razones, pero todos tienen méritos más que suficientes. Me ha tocado estar en numerosos jurados, los miembros de gran número de los cuales, cuando llega la votación final, preguntan si no sería oportuno desdoblar el premio, repartirlo o darlo compartido aunque no sea conjunto. La función del jurado está siempre en tomar la última y siempre delicada decisión, cargada de recelos y de razones y sinrazones más o menos subjetivas, ocasionales o circunstanciales. Hay que decidirse por uno solo. Suele ser hasta doloroso. Deja un incierto sabor de boca. ¿Se habrá sido lo más justo posible? Pasa como en los goles cantados o en los penaltis de los partidos de fútbol. Sólo son goles cuando el árbitro los da por buenos, pero una vez que lo hace, por malos que hayan sido, son goles de oro, susceptibles de proporcionar esa gloria especial de que no puede participar, que no corresponde a nadie más que a uno. El que al final se alza sobre todos y provoca el olvido de los demás, del segundo para abajo. ¿Ganó el mejor? Nunca se sabe, pero sin duda ganó el que, mereciéndoselo, tenía que ganar. Por eso es bueno que haya ganado. Enhorabuena.
De vuelta de viaje por un lejano país, por sus ciudades, sus carreteras, casi siempre se trae un montón de fotografías. De pronto, a veces, hay una enigmática fotografía que al parecer corresponde a una calle, tal vez hay en ella un interesante balcón, una ventana cerrada, abierta, como sea, lo cierto es que no recuerdas cuál es la ciudad, si existe o no la calle, no aciertas a situar ni el momento ni el lugar, que sin embargo está entre el resto de las fotografías digamos normales, las que puedes explicar, junto con la sensación, la razón, el capricho o el momento en que se hicieron. Esta no. Esta es una fotografía que tal vez haya llegado a estar entre las otras por no sabes qué misteriosa razón imposible de explicar. Porque ahora no es como cuando había que llevar los carretes a revelar y podía mezclarse entre tus copias una ajena. Ahora, con las cámaras compactas, salvo que hayas prestado tu aparato a alguien, cosa que no recuerdas, todas las fotografías están hechas por ti. ¿Todas? He ahí el arranque de una novela para escribir la cual no tengo ya paciencia.
Octubre. Castañas y olor a humo. Dicen los del cambio climático que incluso octubre, como ambos polos medio derretidos, es otra cosa y por eso ya no apetece hacer amagostos ni lo permitiría la fuerza pública encargada de prevenir los fuegos brutales del bosque y el monte. Ahora en octubre, el mes de volver al colegio, al instituto, a la universidad, sigue haciendo calor y se pega la camisa al cuerpo porque es un calor húmedo, que en litoral mediterráneo se convierte en gota fría y llueve a chuzos y lo inunda todo. Dentro de nada, los fuguillas empezarán a anunciar la Navidad y el turrón, y los pesimistas a echar cuentas de cómo y hasta donde influirá este año en el espíritu de la Navidad. Bueno, en ese consumo loco en que ha venido a dar una parte de la Navidad. De los mechinales de los libreros de viejo, volvían a salir los libros empeñados deprisa y corriendo nada más acabar el curso anterior, para allegar fondos para las vacaciones. ¿Salen ahora? Ahora, con la red y los apuntes, me da la impresión de que se arreglan muchos. Entre una cosa y otra, los delegados del mundo se han fijado en Río de Janeiro para celebrar las olimpiadas de pasado mañana –las de mañana, es decir, las primeras próximas serán en Londres. Desde el minuto anterior a que el señor presidente del comité olímpico internacional abriese el sobre que contenía el trozo de papel en que figuraba ya el nombre de la ciudad luego designada hasta el momento después de haber leído la designación, a la amplia y representativa delegación española se le produjo un “cambio climático” de expresión colectiva. En la plaza de Oriente, de Madrid, donde habían convocado a una multitud ilusionada, cayeron a una las manos polícromas que se habían estado agitando con la que en definitiva resultó infundada ilusión. Somos demasiado ambiciosas, las personas en general- Siempre pensamos que vamos a ganar. No nos paramos a pensar que en cada competición participan muchos y sólo uno gana, ni en que hay atletas que se pasan la vida entrenándose y esforzándose hasta el límite de sus fuerzas y capacidad, y no ganan nunca. Creo que los que perdemos, cuando perdemos, participamos de alguna manera de la aureola del ganador. Hacerlo bien, cumplir bien con esa función, podría ser nuestra manera de haber ganado. Me gusta la idea de que en esta vida, ganar es hacer bien lo que tenemos que hacer. Aunque sea otro el que gane la apuesta, la carrera, la competición y sea el que retorne a casa abrumado de laureles.

viernes, 2 de octubre de 2009

Salgo de paseo por los blogs habituales, es decir, los que, tras de conocerlos, me atrapan la atención, me hacen sonreír con más frecuencia, me conmueven, comprendo. Me sorprende que seamos tantos los que todavía, al leerlos a ellos, pienso que seríamos capaces de pasarnos horas de alternar silencios con parrafadas de impresionante sentido, unas veces para bien, para lo que otros podrían considerar mal, otras. De algún modo, sin dirigirnos la palabra, echándola, con esto de nuestro respectivo soliloquio, a merced de las mareas y del viento, nos consolamos mutuamente de que el mundo sea como es y nos permita de uno u otro modo ser como cada uno somos, algunos tan entrañables. Ya es larga la lista de blogs –quizá llegue un momento de que sea tan larga como la suma del padrón de vecinos de muchas ciudades juntas-, que es cada vez más larga su sombra, es decir la de huellas que voy siguiendo, cada caminata con sus vicisitudes, que van dejando en las espinas de los bordes de cada camino, retazos de tela y en ocasiones hasta de carne y gotas de sangre o de sudor. El mundo está cambiando, desde que la red abrió estas puertas que todavía nadie sabe a dónde pueden llegar a conducir, incluidos aquellos mundos de que nos reíamos cuando alguien se atrevía a adivinar que existían y estaban en éste, pero eran diferentes y tal vez ilocalizables.
A veces, el papel está como la tierra, reseco y duro, aparentemente imposible de hendir con la reja de la pluma. Escribir es hender el papel como el arado haría con la tierra, en este caso con la pluma, de que el ordenador, como antes la máquina de escribir, son sucedáneos impersonalizados. Sientes que escribes cuando lo haces a mano, ya sea lápiz, pluma o bolígrafo, el dedo en la arena o el cincel sobre la piedra, pero ya hay muchos que escribimos con el ordenador, que corrige sin huella aparente, como no sea en los increíbles entresijos de su disco duro como se llame ese intrincado lugar en que se dejan vestigios que luego el especialista rastrea implacable. Lo cierto es que hay ocasiones en que resulta más difícil ir colocando las palabras con esta paciencia artesana. Y sin embargo puede irse haciendo, con mayor y mejor o peor fortuna, pero puede hacerse, aunque sea utilizando el viejo truco del soneto que pedía una Violante es probable que inexistente y que dio lugar a ese famoso soneto que está en tantas antologías. Los antólogos coincidían más antes. Ahora se trata más de diferenciarse, esa especie de petulancia con que nos permitimos opinar algunos cuando nos disfrazamos, o tratamos de hacerlo, de expertos en algo. En literatura, como en un jardín cuando se trata de seleccionar la flor preferible, no hay expertos, sino gustos o ficción de ellos. Se advierte en muchas ocasiones que la selección del sedicente experto es una pirueta hecha hacia lo inesperado. Para respirar, si tal actitud es frecuente alrededor y crea una especia de microclima, resulta imprescindible, para sobrevivir, salir de vez en cuando a la superficie, donde lo blanco sigue siendo blanco y los patrones estéticos se continúan respetando, y luego se puede, con cierta impunidad, regresar a la burbuja de las arbitrariedades y los dislates que resultan de jugar a una originalidad cuando se trata de convertir en conducta y así deja de serlo, puesto que está en la esencia misma del concepto que una originalidad sea algo sorprendente por su diferencia, sus contrastes, su inhabitualidad. No puedo por menos de recordar en este punto la originalidad cruel de aquel escritor, que, consultado por otra acerca de la calidad de una obra del segundo, le respondió que le había parecido buena y original, con el único pero de que lo original de ella no era bueno y lo bueno no era original.