Cuando alguien pregunta y mides de modo instintivo la respuesta, sabes que nunca hay una contestación adecuada. Y casi nunca puedes dar la que se te ocurre y consideras sería la más cercana a tu propia certidumbre porque no eres libre de decir lo que tal vez deberías, que en alguna parte, para alguien, por alguna razón, sonaría como esas campanas rajadas, puede que sólo hendidas, pero que ya no dan el sonido rotundo de las que ahora ya casi no suenan, no se oyen o no se escuchan más que por ese irritado vecino que por otra parte vive hace mucho tan cerca del campanario que casi y en la medida de lo posible, se ha acostumbrado.
El otoño se ha recostado en la ladera del monte, de ambos montes, escasos de estatura, que cierran sin embargo el paisaje y lo reducen y me reconducen la mirada hacia la mar, grisácea como un espejo aburrido de que nadie se mire, más que de noche en noche, coquetas, las estrellas temblorosas, que alguien me dice que tal vez no existan ya y lo que vemos desde aquí abajo, lo que se refleja en el espejo de la mar otoñal, no es más que un recuerdo atrapado en la paradoja del tiempo, en la telaraña del recuerdo, la tardanza en llegar de la noticia de algo extinguido. Esa imagen de la estrella que puede haber elegido cualquier observador para preferirla por el capricho de sus guiños, podría no ser ya más que fantasma de sí misma, muerta al mismo tiempo que se extinguió el último dinosaurio, que no pudo verla en el cielo, por más que entonces ya existiera y hubiese enviado ya la postal, el mensaje que ahora estamos recibiendo, en cierto modo, la carta embotellada de un astro naufragado en la soledad del universo, tan acompañada y tan sola.
En realidad, he de confesar, que se trata de mis digresiones. Por eso, advierto que para cualquier curioso lector, podrían ser poco interesantes, intrascendentes, banales y hasta aburridas. Entonces -me pregunto- ¿para qué las escribes? Aún no he hallado respuesta para esta pregunta.
viernes, 9 de octubre de 2009
miércoles, 7 de octubre de 2009
Sale, el caminito de madera, por encima del traicionero barro de la marisma, en cada recodo hay un banco de madera donde puedes sentarte a mirar la mar, que jadea, cansada, al allegarse a la precaria faja de arena de la orilla, lejos, arropando sus besos de espuma bajo la niebla escasa y sucia.
Hace una tarde gris, otoñal, apacible, que sugiere la vuelta al rincón preferido. Casi todo el mundo tiene un rincón preferido. Yo no sé preferir uno entre los varios a que retiro mis pensamientos cuando acabo de leer algo que me hace divagar en busca de otras respuestas.
Hay, por lo menos para mí, rincones preferidos para leer, para pensar, para imaginar y para sortear las dificultades que la incertidumbre convierte en temor. Y, desde hace relativamente poco tiempo, desde que llegó la televisión, suele haber otro rincón donde el sueño te asalta en cualquiera de las sesiones de anuncios que entrecortan las películas y las reconvierten en folletones por entregas. Echo a veces, cuando no llego a dormirme del todo, que alguien, cuando se reanuda la proyección, me haga un resumen de lo ocurrido hasta la tanda de anuncios. Tal vez por eso repiten tanto las mismas películas. Como cuando, opositores, volvíamos una y otra vez sobre el mismo tema, que acababa por aburrirnos, enloquecernos, de algún modo reconvertirnos en el paciente borrico de la noria.
Hace una tarde gris, otoñal, apacible, que sugiere la vuelta al rincón preferido. Casi todo el mundo tiene un rincón preferido. Yo no sé preferir uno entre los varios a que retiro mis pensamientos cuando acabo de leer algo que me hace divagar en busca de otras respuestas.
Hay, por lo menos para mí, rincones preferidos para leer, para pensar, para imaginar y para sortear las dificultades que la incertidumbre convierte en temor. Y, desde hace relativamente poco tiempo, desde que llegó la televisión, suele haber otro rincón donde el sueño te asalta en cualquiera de las sesiones de anuncios que entrecortan las películas y las reconvierten en folletones por entregas. Echo a veces, cuando no llego a dormirme del todo, que alguien, cuando se reanuda la proyección, me haga un resumen de lo ocurrido hasta la tanda de anuncios. Tal vez por eso repiten tanto las mismas películas. Como cuando, opositores, volvíamos una y otra vez sobre el mismo tema, que acababa por aburrirnos, enloquecernos, de algún modo reconvertirnos en el paciente borrico de la noria.
Nacer es ya morir un poco, en cuanto el nacido inicia al serlo su vulnerabilidad y cada momento que haya pasado desde el de nacer es otro menos de la vida que le queda, pero mejor no pensarlo, que de lo contrario, cada mínimo espacio de tiempo que pasara, sería un mínimo espacio de agonía o una repetición premonitoria de la muerte, que, decía el clásico, debe venir tan escondida que no se la sienta venir. El clásico no dice que no se oiga, sino que no se sienta, es decir, que se previene contra los cinco, tal vez seis, sentido. Mejor estarse al momento presente, sin más preocupación que lo que puede mejorarse, es decir, el futuro, sin regodearse en lo pasado, ya escrito e inmutable, por más que se dé en contar de tan diferentes maneras por cada uno de los que allí estuvieron. Ahora mismo, cabe en cambio hacer rectificaciones urgentes y preparar las del futuro inmediato u otras, con más calma, para el más lejano, sin descuidarse, que ahora las cosas se precipitan y en una generación se producen cambio que antes tardaban varias generaciones en producirse. Cambiar es estar vivo. No sentirla venir y mantener activo el laboratorio de los sueños, proyectando, cuando tengas muchos años, como si fueses a vivir muchos más. Habrá quien se ría, pero no te importe, porque nada impide que cualquier día, en medio de alguna de las selvas más intrincadas, donde quedan espacios que no ha pisado el hombre blanco, podrían hallar el manantial o la planta o quien sabe si el insecto capaces de prolongar las expectativas de vida en términos matusalénicos. O a lo mejor ese hallazgo está reservado para los colonizadores de la Luna, para cuando horaden el primer pozo artesiano y alumbren el agua que hay ya quien dice que yace en el subsuelo del satélite de los enamorados.
martes, 6 de octubre de 2009
La diferencia entre una tarde apacible y la de lluvia que nos ha sorprendido, al perro y a mí, en la ribera de la oscuridad de la ría, con su agua disfrazada de profundidades, no es más que una mojadura inesperada. Un correteo de gente sorprendida, una pareja aprovechando el tiempo para besarse en el soportal de un garaje. Pasa otro vejete, cada vez somos más, en esta época de pocos niños, se sonríe con ruido de cojinetes gastados y nos advierte a los dos, al perro y a mí, que nos vamos a poner él dice que como sopas, pero es como un par de gallinas mojadas. Y por si l agua que cae de esta nube perezosa que ha llegado a la caída de la tarde, pasa un automóvil y nos salpica del charco que hay debajo del puente, donde hicimos una parada de alivio, un precario, mínimo cobijo. Ahora, tras de la ducha caliente y la toalla áspera, he alzado, como una cabaña india, el cono de luz de la lámpara, bajo que los personajes de la novela policíaca que estoy leyendo y yo, nos contaremos una truculenta historia. Bueno, será el autor de la novela quien la cuente y yo el que sorberé l cuento como cuando escuchaba las leyendas que contaba María, la cocinera antigua, que había hecho el viaje de su vida a las islas Canarias, de que contaba y no acababa más que para contarnos las más viejas leyendas de cuando nuestra villa ni siquiera existía y era un lugar donde se encontraban pescadores y piratas venido de allende los siete mares. Nunca he sabido por qué, en los cuentos, en las leyendas, en las consejas más antiguas, es tan frecuente que haya siete ríos, o siete mares, o siete montañas, que son trascendentales para algo o para alguien.
lunes, 5 de octubre de 2009
No buscamos
con el debido ahínco, puesto que el buen padre Dios
existe, seguro,
yo lo quiero creer, y por eso
lo creo, y sin embargo,
hemos llegado a viejos
buscando
sus huellas
sin encontrar nunca más que palabras,
eso sí, hermosas
palabras,
ni siquiera en la duda, en el miedo
encontramos más que miedo y duda,
¿o será
que son precisamente los dos
el necesario contrapunto, el cimiento
la razón de ser, complementaria
de la esperanza,
ese único camino iniciático
del amor que espero
cuando busco
la luz?
con el debido ahínco, puesto que el buen padre Dios
existe, seguro,
yo lo quiero creer, y por eso
lo creo, y sin embargo,
hemos llegado a viejos
buscando
sus huellas
sin encontrar nunca más que palabras,
eso sí, hermosas
palabras,
ni siquiera en la duda, en el miedo
encontramos más que miedo y duda,
¿o será
que son precisamente los dos
el necesario contrapunto, el cimiento
la razón de ser, complementaria
de la esperanza,
ese único camino iniciático
del amor que espero
cuando busco
la luz?
Ha de aprenderse un nuevo ritmo, cuando uno se asoma a la vejez, desacomodado ahora del que se mantenía con la imaginación, porque ya no cabe pensar y hacer, sino que tras de pensar ha de tomarse el anciano una fracción de tiempo y ha de acomodar sus movimientos a la creciente torpeza, que cada día va siendo casi imperceptible, pero inexorablemente mayor, y donde antes se movía con soltura, el viejo derriba ahora los objetos que siempre estuvieron ahí, el rimero de papeles que había ordenado ayer con tanto esmero, la jarra de cristal, una colina de libros, y de nada vale desesperarse, aunque alivie el torrente de improperios que se disuelve en el aire y por lo menos tiene la ventaja de hacerte reír, cuando comprendes, comprendo, la estupidez de la escena, apropiada, imaginas, para un sainete, y hasta casi se oye la risa alegre del público, mientras en el escenario, un actor joven, esmeradamente caracterizado, que talmente soy yo, mirado en el espejo mientras me afeito cada mañana, se acelera e irrita, recoge cacharros y barre para disimular y fingirse tan suficiente como antes, tal vez ayer, que esto del tiempo es tan engañoso y tu espíritu de Peter Pan tan eficaz, que resulta incomprensible haber dejado de ser capaz de este esfuerzo o aquél y ahora ni se te ocurra subirte a la escalera de mano para enroscar la bombilla fundida del comedor, que alguien ha subido la puñetera lámpara a lo más alto del Everest y habría que hablar con unos sherpas, que nos acompañasen en la aventura de trepar hasta las cercanías de la techumbre de casa, que aún recuerdo cuando estaba al alcance de la mano. ¿Sabes? –me digo- casi todo en este pícaro mundo ha de pagarse de alguna manera, y éste es el precio que debemos pagar tú y yo por haber sobrevivido hasta hoy.
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