Cada semana son
siete las campanadas del reloj
de mi existencia,
las siete iguales. Soy
yo el que diferencia
su sonido,
estridente unas veces, otras sordo,
a veces
fallido
como si el bronce hubiese roto,
la esperanza
quebrada por mi incredulidad. No puede
ser otro día,
es ayer,
tal vez sea mañana.
¿Quién ordena los días
para que a la del alba, cada hora
ocupe su lugar, quién las flores
para que se produzca el caos del jardín?
Solemne, marca hoy
la pauta de la vida recobrada, el rumor
del agua.
En realidad, he de confesar, que se trata de mis digresiones. Por eso, advierto que para cualquier curioso lector, podrían ser poco interesantes, intrascendentes, banales y hasta aburridas. Entonces -me pregunto- ¿para qué las escribes? Aún no he hallado respuesta para esta pregunta.
sábado, 31 de octubre de 2009
viernes, 30 de octubre de 2009
El otoño,
como un hombre cualquiera, se debate
entre el ser
y no ser del viejo Hamlet,
con su soga a cuestas,
de palabras vacías. Hamlet naufragó en el odio,
el otoño,
en este veranillo insólito, disfrazado,
que no es de fiar, dice el portero
de mi comunidad, y enciende la calefacción,
y, como consecuencia,
abrimos las ventanas y ha entrado un pájaro,
que en seguida, se ha vuelto loco, los pájaros,
seminaristas de ángeles,
tienen miedo de la libertad de los hombres, se cubren,
para no ver,
los ojos con sus inmensas alas,
y por eso tantos hombres se hacen un lazo corredizo de palabras
y se ahorcan
a la hora mala de la atardecida,
cando no tienen
a quien contarle
la pena honda, que hay siempre brillando, como una moneda,
en el fondo
del pozo
de cada conciencia,
y al ángel lo condenan, por cien mil años más,
a ser pájaro y ángel
custodio
de otro hombre triste, y otro y otro y otro ...
como un hombre cualquiera, se debate
entre el ser
y no ser del viejo Hamlet,
con su soga a cuestas,
de palabras vacías. Hamlet naufragó en el odio,
el otoño,
en este veranillo insólito, disfrazado,
que no es de fiar, dice el portero
de mi comunidad, y enciende la calefacción,
y, como consecuencia,
abrimos las ventanas y ha entrado un pájaro,
que en seguida, se ha vuelto loco, los pájaros,
seminaristas de ángeles,
tienen miedo de la libertad de los hombres, se cubren,
para no ver,
los ojos con sus inmensas alas,
y por eso tantos hombres se hacen un lazo corredizo de palabras
y se ahorcan
a la hora mala de la atardecida,
cando no tienen
a quien contarle
la pena honda, que hay siempre brillando, como una moneda,
en el fondo
del pozo
de cada conciencia,
y al ángel lo condenan, por cien mil años más,
a ser pájaro y ángel
custodio
de otro hombre triste, y otro y otro y otro ...
Estamos vivos. Es como una novela de ciencia ficción, si bien se mira. Imagínate que eres un espectador, no humano, flotante en el lindero del universo, que de repente acabas de descubrir que la energía de que formas parte, de algún modo, es posible que se concrete, disfrace o revista de la forma caprichosa que sin duda tiene nuestro cuerpo, con sus cinco –algunos hablan de seis- sentidos, capaces de trasmitir a la capacidad de comprender, para estos seres opaca, traslúcida algo definible como sensaciones. Para ti, pura esencia, ya te digo, al borde del universo, una “sensación” es algo incomprensible, la impureza que se interpone entre la sabiduría y la comprensión, que es un paso más allá de lo que cualquier humano, dotado, cuando más, de inteligencia, es capaz de entender. La inteligencia es camino que gira y se retuerce sobre sí mismo, puro laberinto incapaz de llegar, pero que puede intuir y así verse a la vez impelido y anhelante de llegar hasta la sabiduría.
Tal vez desde ahí presientes la belleza sensorial, a la vez que engañosa, de la vida y comprendes que alcanzar la vida y recorrerla es un hermoso privilegio, una brillante trayectoria, algo que diferencia el ser del misterioso no ser, esencia incomprensible de la nada.
Tal vez desde ahí presientes la belleza sensorial, a la vez que engañosa, de la vida y comprendes que alcanzar la vida y recorrerla es un hermoso privilegio, una brillante trayectoria, algo que diferencia el ser del misterioso no ser, esencia incomprensible de la nada.
jueves, 29 de octubre de 2009
Deben llevarse las ideas, por orden alfabético, en la agenda electrónica, igual que se atesoran los plantones en el invernadero, también ordenados para cuando llegue el momento de espetar o de plantar en cada arriate o en las hojas de tierra abierta, olorosa, recién removida. Las ideas, si no, se olvidan, inexorablemente, y no sé cómo recobrar aquello tan acertado que pensé esta mañana, o tal vez antes, o quizá no llegué a pensarlo, sino que fue un juego de luz sobre la corteza de un árbol, al pasar, lo que me sugirió no sé qué, pero que me dije: tengo que escribirlo, y ahora se ha ido para siempre, que llegas a cada despacho y hay un montón de papeles que requieren atención, te pasan recados, recibes, sonríes, aceptas, te niegas sucesivamente y para cuando levantas la vista hay un tropel de vivencias alborotadas, que he de sosegar, incluso, a veces, cerrando los ojos, para seguir caminando a tientas, en el mundo desconocido, siempre nuevo, sin nombres aún, de las ideas, que, como los nasciturus de la discusión, podrían resultar abortados por cualquier violencia innecesaria. Las ideas abortadas, como los niños –todavía fetos- parecía como que habían sido elegidos para tener vida, gozar de la existencia, con todos sus avatares, pero no, a última hora, algo ha ocurrido en alguna parte, que rompe con las leyes de la naturaleza, obnubila y obceca a la que podría haber sido madre y todo se queda en un olvido apresurado, un vago dolor del corazón tal vez.
lunes, 26 de octubre de 2009
Es inevitable preguntarse, yo lo hago, lo que hice mal –otras veces no hace falta, ya me doy cuenta yo mismo-, pero en muchas ocasiones desconozco la razón de que parezca mal lo hecho con la mejor voluntad. Y en seguida me explico que hay muchas personas diferentes y me trato con muchas de ellas y no puedo pretender, si son diferentes, que ni siquiera entiendan cómo y por qué pienso yo lo que pienso o escribo lo que escribo. Y esto, que a lo mejor no es más que una disculpa banal de la propia estupidez, puede que precisamente por ello, me consuela y reconforta, enciendo de nuevo la pantalla y vuelta a empezar a tratar de ordenar las palabras que flotan, suben, bajan, se entrecruzan, y se trata de tomar las adecuadas para ir construyendo las frases y la página donde cuento lo que hay alrededor.
La dromomanía de la vida. No. La vida no es que tenga la manía de caminar, es que no le es posible detenerse y cada jornada se completa a base de gente, personas concretas y determinadas, que nacen y mueren o realizan el tránsito entre uno y otro de esos dos hechos. Ese tránsito en que se engarzan las cuentas de los días, ese hilo sutil que nos permite ser precisamente nosotros mismos a cada cual, engarza brillos, reflejos, opacidades, transparencias, en definitiva, acontecimientos, que, uno por uno, nos van deformando la textura interior e integran la línea histórica en que consiste la conducta. Me pregunto, hoy es día de preguntas, si no será esa conducta la que, despojados ya de la posibilidad de sentir o de recordar, nos coloque en lo que llamamos eternidad. Allí seríamos, por lo tanto, definitivamente, lo que hemos sido, esto que estamos siendo, el hilo que engarza, de nuestra personalidad, y las cuentas, allí engarzadas, de cuanto nos trascendió de todo lo que nos rodea, influye, manipula, determina y deforma hasta provocar el gesto cansado con que ese desconocido nos mira todas las mañanas, cuando, maquinilla de afeitar en ristre, nos acercamos al espejo.
La dromomanía de la vida. No. La vida no es que tenga la manía de caminar, es que no le es posible detenerse y cada jornada se completa a base de gente, personas concretas y determinadas, que nacen y mueren o realizan el tránsito entre uno y otro de esos dos hechos. Ese tránsito en que se engarzan las cuentas de los días, ese hilo sutil que nos permite ser precisamente nosotros mismos a cada cual, engarza brillos, reflejos, opacidades, transparencias, en definitiva, acontecimientos, que, uno por uno, nos van deformando la textura interior e integran la línea histórica en que consiste la conducta. Me pregunto, hoy es día de preguntas, si no será esa conducta la que, despojados ya de la posibilidad de sentir o de recordar, nos coloque en lo que llamamos eternidad. Allí seríamos, por lo tanto, definitivamente, lo que hemos sido, esto que estamos siendo, el hilo que engarza, de nuestra personalidad, y las cuentas, allí engarzadas, de cuanto nos trascendió de todo lo que nos rodea, influye, manipula, determina y deforma hasta provocar el gesto cansado con que ese desconocido nos mira todas las mañanas, cuando, maquinilla de afeitar en ristre, nos acercamos al espejo.
domingo, 25 de octubre de 2009
Casi no queda sueño en que soñar otro cuando llega de súbito el alba y nos despierta con ese sonido especial que nadie sabe si es el de la luz, que rebota en las cosas que tenía olvidadas y hace ese ruido de sorpresa que es como el sonido múltiple de las gotas de agua que van cayendo, alternativa o simultáneamente en varios recipientes. L canción inesperada del nuevo día es así otro milagro concéntrico con el de haber sobrevivido una vez más a la noche, de que no recuerdas si fue insomnio o sueño alguno de sus tramos. A poco, identifico el rumor del agua que pasa, ese río cercano, u chapoteo de nutria retrasada y los besos que fingen en la piel del agua las primeras truchas que saltan a cazar mosquitos tiernos. Las nubes son a esta hora rojizas, y, hoy, tenues como velos de novia pudorosa. Es domingo, octubre se desliza sobre las hojas secas, que crujen de dolor y placer, hacia el veranillo de san Martín, cuando la matanza y el sellado del hórreo que asegura el invierno. ¿O ya no? ¿Están ahora los hórreos vacíos? Hay como un desconcierto de lo habitual. El mundo está cambiando, la sociedad, el tejido de los pueblos. Nos cruzamos con gentes recién llegadas de pueblos cuyos nombres ignorábamos y que nos miran con el mismo desconcierto que nosotros a ellos. No sabemos, porque no fuimos niños juntos, lo que decirnos para entender la broma, el amor o el desprecio. Nos miramos, pienso que tratando de adivinar lo que hay en el fondo de los ojos del otro, donde empiezan las ilusiones, los miedos y los sueños que nos condujeron a la encrucijada del cruce, donde las primeras palabras, de cada cual en su idioma, son siempre ininteligibles y deberíamos tender la mano y la sonrisa, pero extendemos la desconfianza, a esta primera del alba, todos entre despiertos, pero no del todo, y dormidos, pero ya tampoco del todo dormidos y todavía con el recuerdo amparándonos, del cobijo del nido que se ha quedado provisionalmente vacío, hasta que Luis Rosales repita, de atardecida, aquello de que: “gracias, Señor, la casa está encendida”, que ojalá así sea, en estos tiempos inciertos, de miseria y luz entretejidos.
viernes, 23 de octubre de 2009
Hagamos un alto en la primera hora de esta mañana de octubre, con los hayedos ardiendo el ocre de su intrincada hojarasca teñido de oro viejo por la salida, aún tímida, como tanteando el alba, del sol. A esta hora, tal parece que se haya desterrado el mal del mundo. Todo es esperanzador, incluso el declinante semicolor, todavía no color, de las hojas secas, temerosas y temblorosas hasta que llegue el que en mi tierra llamamos “viento de las castañas”, un viento seco y caliente, asfixiante, que procede del sur y cosecha los erizos preñados de castañas. Nada augura, recién recreado todo, la aterradora serie de cosas que han de pasar en seguida, en cuanto los humanos nos incorporemos, de nuevo por primera vez, a la creación e insistamos en la violencia de esa pugna constante por ser los primeros mientras predicamos que lo importante no es llegar, como tratamos atropelladamente de hacer, los primeros, sino que lo importante es participar y siempre de acuerdo con las reglas. Las reglas, como sabéis, las vulneramos con la mayor desvergüenza. A esta hora, sin embargo, maravillados como estamos de haber nacido, de estar aquí, de que se nos permita un nuevo día de sentir apasionadamente con los cinco sentidos atentos, ávidos, anhelantes, incluso llegamos a la convicción de que a partir de hoy vamos a comportarnos de la manera más ejemplar. A esta hora de este nuevo día, sentimos un escalofrío de amor por toda la demás gente. Resulta esperanzador.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)