Soy, aquí donde me ves,
residuo de caminos y quereres, milagro de existir
y mi destino es un misterio,
soy,
nada más ni menos,
que un hombre, empeñado en seguir, obligado
a concretarse y tal vez
desaparecer,
por la desconocida máquina del tiempo,
que me arrastra y lleva
como hace cualquier río
con los reflejos que atrapa al pasar.
Soy la huella, todavía estremecida,
de un amor ya tal vez olvidado,
o
es posible que plenitud,
ahora,
cuando soy la última hoja del árbol
que vivió un momento
y el viento
desgajó en seguida con las ramas desnudas,
clamando
por su imagen, hundida en el espejo.
En realidad, he de confesar, que se trata de mis digresiones. Por eso, advierto que para cualquier curioso lector, podrían ser poco interesantes, intrascendentes, banales y hasta aburridas. Entonces -me pregunto- ¿para qué las escribes? Aún no he hallado respuesta para esta pregunta.
miércoles, 4 de noviembre de 2009
Me temo que el tribunal de Estrasburgo podría haberse equivocado con esa decisión, en esta caso posible “fallo” en el doble sentido de la palabra, caso de que el crucifijo que moteja de impropio y vulnerante de la libertad religiosa no estuviera, en el supuesto de aquellos autos, colocado en algún aula de una escuela pública.
Creo que la libertad religiosa determina la posibilidad de que un establecimiento de enseñanza pertenezca a la Iglesia o esté gestionado por ella y proclame y anuncie suficientemente que su enseñanza se complementa con la del credo que profesan y mantienen sus propietarios, y que ponga en sus aulas los símbolos y las imágenes que tenga por conveniente.
Creo que la libertad religiosa determina la posibilidad de que un establecimiento de enseñanza pertenezca a la Iglesia o esté gestionado por ella y proclame y anuncie suficientemente que su enseñanza se complementa con la del credo que profesan y mantienen sus propietarios, y que ponga en sus aulas los símbolos y las imágenes que tenga por conveniente.
Quiero soñar
una mesa de madera
en carne viva, sin pintar, áspera,
con unos vasos de vino aún joven
y todos vosotros, nuestros muertos, los míos,
alrededor diciéndonos
palabras y silencios.
Todos ya del otro lado –vosotros no aún,
los más jóvenes,
que todavía debéis hacer camino-.
Os estaremos esperando
con la conversación desparramada
y llena
de palabras amables, alegres, la ternura
a flor de piel.
Quiero soñar un rincón no sé dónde,
¿qué importa, en realidad, si el rincón seremos nosotros?
extenderemos
la mano de cada palabra, la mirada
sin ver ya,
alcanzándonos unos a otros,
trenzando cada eslabón,
imaginándonos, tal vez,
pero ésta es la única esperanza que nos queda
de que el amor exista,
de decirnos
una por una, todas sus estancias,
de un golpe eterno todo el fuego y la luz.
una mesa de madera
en carne viva, sin pintar, áspera,
con unos vasos de vino aún joven
y todos vosotros, nuestros muertos, los míos,
alrededor diciéndonos
palabras y silencios.
Todos ya del otro lado –vosotros no aún,
los más jóvenes,
que todavía debéis hacer camino-.
Os estaremos esperando
con la conversación desparramada
y llena
de palabras amables, alegres, la ternura
a flor de piel.
Quiero soñar un rincón no sé dónde,
¿qué importa, en realidad, si el rincón seremos nosotros?
extenderemos
la mano de cada palabra, la mirada
sin ver ya,
alcanzándonos unos a otros,
trenzando cada eslabón,
imaginándonos, tal vez,
pero ésta es la única esperanza que nos queda
de que el amor exista,
de decirnos
una por una, todas sus estancias,
de un golpe eterno todo el fuego y la luz.
martes, 3 de noviembre de 2009
No habrá fin del mundo, puesto que la eternidad
es, en la mente del hombre,
último reducto
de la energía en que la vida al final consiste,
inacabable.
Se destruirá la tierra,
arderá, tal vez,
el sistema solar, será más delgado, más tenue
el tejido
de que está hecho el universo.
Pero no acabará nada, ya nunca,
sino que irá reinventando modos,
formas
inimaginables en que la energía
bailará danzas de estética increíble
y la inteligencia alcanzará la luz,
a la vez que la sombra suprema.
Y una parte infinitesimal de nosotros
estará ahí
y hasta puede que nos reconozcamos
en el paroxismo
de un inacabable acto de amor sin límites.
es, en la mente del hombre,
último reducto
de la energía en que la vida al final consiste,
inacabable.
Se destruirá la tierra,
arderá, tal vez,
el sistema solar, será más delgado, más tenue
el tejido
de que está hecho el universo.
Pero no acabará nada, ya nunca,
sino que irá reinventando modos,
formas
inimaginables en que la energía
bailará danzas de estética increíble
y la inteligencia alcanzará la luz,
a la vez que la sombra suprema.
Y una parte infinitesimal de nosotros
estará ahí
y hasta puede que nos reconozcamos
en el paroxismo
de un inacabable acto de amor sin límites.
Paso por el cementerio, dormitorio, dicen que significa, pero hace demasiado frío y envía la mar de enfrente vaharadas de espuma. Nadie podría dormir, y menos con esta mirada posible al horizonte, por donde las siluetas apenas perceptibles de los barcos que aún van y vienen, cargados de mercancías y sueños. Paso por el cementerio, que por estas fechas están pletóricos de flores, como si hubiera estallado el jardín o quisiéramos ocultar a los muertos, que, sin embargo, asomabais la sonrisa de algunos de los recuerdos mejores, difuminada bajo el mármol donde dice vuestro nombre. Y en seguida, bajo y hay buñuelos de crema y huesos de trufa y de yema, huesos de santo, les llaman, porque el muerto dice el refrán que al hoyo y el vivo al bollo, pero no es cierto, sino que la tradición de comerse los huesos y los buñuelos despierta el recuerdo de haberlos comido juntos, y se te enciende la lamparilla de acordarte de cuál era la confitería donde según tu padre o la abuelina hacían los mejores buñuelos o los huesos sin trampa, rellenos de punta a punta, a diferencia de los tramposos que ponían una dedada de nada en cada extremo y por el medio vacíos, como las encías de la bruja Candelaria del guiñol que resucita mi hijo pequeño para ruidosa diversión de la grey infantil, que aúlla contra la bruja, cada vez que asoma y avisa al rey de que le quire robar la malvada la cartera de los secretos de estado. Todo apunta a que de un momento a otro empezaremos a pensar en la Navidad y hay que escribir una línea, que sea expresiva o que encienda la primera luminaria de la Navidad, en el corazón de cualquier destinatario. Hay que obligarle a carraspear y limpiarse la cabeza de duelos y quebrantos para que entren a caso en el sentimiento los villancicos viejos y los nuevos, por más que los nuevos me salgan tristes o pensativos o nostálgicos.
domingo, 1 de noviembre de 2009
Guardemos silencio, esta tarde,
ha entrado noviembre,
de puntillas,
deslizándose
por entre los ramos de flores del cementerio
donde duerme la multitud,
ingente,
hoy estremecida,
se diría que de nuevo vulnerable,
de los muertos.
Cada uno,
amortajado con palabras: tu desconsolada,
tus queridos, quien no te olvida,
aquí yace,
reza por mí,
no soy
más que ceniza. Sobre el blancosucio de la lápida
han escrito versos, que las gaviotas altas
traducen a su idioma de graznidos.
Hay una invasión de flores, palabras y recuerdos,
flotando a la vez dispersos y entremezclados
con la niebla. Llueve. Es noviembre
de nuevo.
Mañana, si el buen padre Dios quiere, escogeremos
las panojas,
pasado, iremos
al amagosto, mataremos
un cerdo bien cebado,
pisaremos la uva, moleremos el grano,
guardaremos en el hórreo las los quesos y en el armario
de la ropa blanca, las manzanas
más olorosas.
Hay que hacer el camino en seguida,
con prisa,
que llegará un noviembre y nosotros,
también
estaremos muertos entre palabras y flores,
responsos, lluvia,
lamentos.
El viento, un viento color de hoja seca
mece la ternura violácea
del lazo de un ramo de flores
ya
descoloridas.
ha entrado noviembre,
de puntillas,
deslizándose
por entre los ramos de flores del cementerio
donde duerme la multitud,
ingente,
hoy estremecida,
se diría que de nuevo vulnerable,
de los muertos.
Cada uno,
amortajado con palabras: tu desconsolada,
tus queridos, quien no te olvida,
aquí yace,
reza por mí,
no soy
más que ceniza. Sobre el blancosucio de la lápida
han escrito versos, que las gaviotas altas
traducen a su idioma de graznidos.
Hay una invasión de flores, palabras y recuerdos,
flotando a la vez dispersos y entremezclados
con la niebla. Llueve. Es noviembre
de nuevo.
Mañana, si el buen padre Dios quiere, escogeremos
las panojas,
pasado, iremos
al amagosto, mataremos
un cerdo bien cebado,
pisaremos la uva, moleremos el grano,
guardaremos en el hórreo las los quesos y en el armario
de la ropa blanca, las manzanas
más olorosas.
Hay que hacer el camino en seguida,
con prisa,
que llegará un noviembre y nosotros,
también
estaremos muertos entre palabras y flores,
responsos, lluvia,
lamentos.
El viento, un viento color de hoja seca
mece la ternura violácea
del lazo de un ramo de flores
ya
descoloridas.
Noto que envejezco en que cada vez soporto menos a menos gente, lo cual, comoquiera que la gente es mucha y yo estoy solo entre su multitud, el equivocado he de ser necesariamente yo, pero no lo entiendo y eso me lleva, supongo, a ser cada vez más arisco, menos sociable, es decir, más viejo.
Una verdadera pena ya que tal cosa me impide disfrutar del hermoso privilegio de vivir hasta el final, tarde lo que tarde o no. Y me pregunto si mi conducta es la habitual de la especie a que pertenezco, de la caravana con que camino o soy minoría, apenas con unos pocos equivocados, que no sabemos llegar hasta el final escribiendo con la misma letra las más bellas palabras posibles, gozando de la misma capacidad de pensar en abierto, transitivo, dispuesto a la amistad que un día tuvimos.
Los demás se nos parecen. Seguro que es antipatía que nos parece que rezuman no es más que sufrimiento, parejo, cuando lo sufren, a nuestro sufrimiento, y la alegría que en ellos me molesta es la misma alegría que me invade y desborda cuando adivino, por un resquicio de cualquier banalidad agradable, las inimaginables dimensiones de esa felicidad que se nos escapa de este lado del espejo, a donde no llegan sino ecos, semitonos, tal vez sombras de la verdad, la belleza y la sabiduría que seguro que están en alguna dimensión, dado que nos es posible imaginarlas.
Ahora, hoy mismo, entiendo aquello de video meliora, proboque … etcétera. También yo “veo lo mejo y lo apruebo como tal”, pero insisto en el desacierto a la hora de comportarme con arreglo a lo que considero mejor y más adecuado, e incluso más útil desde ls perspectivas ética y estética de mi poliedro personal.
Una verdadera pena ya que tal cosa me impide disfrutar del hermoso privilegio de vivir hasta el final, tarde lo que tarde o no. Y me pregunto si mi conducta es la habitual de la especie a que pertenezco, de la caravana con que camino o soy minoría, apenas con unos pocos equivocados, que no sabemos llegar hasta el final escribiendo con la misma letra las más bellas palabras posibles, gozando de la misma capacidad de pensar en abierto, transitivo, dispuesto a la amistad que un día tuvimos.
Los demás se nos parecen. Seguro que es antipatía que nos parece que rezuman no es más que sufrimiento, parejo, cuando lo sufren, a nuestro sufrimiento, y la alegría que en ellos me molesta es la misma alegría que me invade y desborda cuando adivino, por un resquicio de cualquier banalidad agradable, las inimaginables dimensiones de esa felicidad que se nos escapa de este lado del espejo, a donde no llegan sino ecos, semitonos, tal vez sombras de la verdad, la belleza y la sabiduría que seguro que están en alguna dimensión, dado que nos es posible imaginarlas.
Ahora, hoy mismo, entiendo aquello de video meliora, proboque … etcétera. También yo “veo lo mejo y lo apruebo como tal”, pero insisto en el desacierto a la hora de comportarme con arreglo a lo que considero mejor y más adecuado, e incluso más útil desde ls perspectivas ética y estética de mi poliedro personal.
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