miércoles, 11 de noviembre de 2009

Alrededor del río, sobre los puentes, a lo largo de la orilla del sol, se alinean los puestos del mercadillo de los miércoles, con sus churros, sus bolsas y zapatos de charol y plexiglás, sus hierbas medicinales, la piel de las cabezas de cerdo y sus pezuñas, los jamones y los quesos puntiagudos, naranjas y nueces, todo un abigarrado mundo por entre que corretean perros y niños flacos, persiguiéndose alternativamente. Huele a aceite requemado y retumba, cuando me acerco al puesto de los discos, una serie de ruidos hilvanados por una melodía tartamuda. Baja el río aún turbio y airado, torrencial. Hay una niña morena y diría que sucia, que lo mira, pero creo que sin ver. Acabo y recomiendo “Flavia de los extraños talentos”, Alan Bradley, autor que para mí era hasta que empecé ésta su novela policíaca, un completo desconocido Voy a acabar los tres tomos de Esther Tusquets, sus memorias. Una vez, cuenta, todos estuvimos en guerra y de una u otra parte. Somos, apunto yo al margen, demasiado viejos para ser, y sin embargo tendríamos que habernos hecho todavía más indiferentes de lo que ya nos han hecho las sucesivas tandas de hipócritas, visionarios e iluminados cuyos exuvios va quemando inexorable el sol en un espacio intermedio, indeciso, entre los siglos XX y XXI, donde el alambique de la penúltima esperanza humana.

martes, 10 de noviembre de 2009

Me hace gracia esa muletilla de que están enamorados de la justicia, que cada día voy oyendo y luego se les escapa en qué consiste ese supuesto amorío y pienso que ni la han conocido, circunstancia que me hace preguntarme de qué o de quién habrán estado enamoradas estas personas, en qué reja habrán pelado la pava o cantado las mañanitas.

La justicia es esquiva, y no digo si le ponemos mayúscula y hablamos de la Justicia, que nadie, que se sepa, le ha visto los ojos, permanentemente tapados para no saber de quién le hablan cuando le narran los hechos y le aportan las pruebas fehacientes de la aproximación posible a una verdad que hay que suponer siempre porque como preguntaba aquél: ¿qué es la verdad?

Lo que suele encandilar es tratar de buscarse el apoyo de la justicia, con su inconmensurable caudal de energía, a favor de los criterios subjetivos propios o contra los ajenos que no gustan.

La Justicia es el equilibrio entre permanecer impertérrito con la dura lex sed lex en la mano y atreverse a taracear el supuesto con las teselas de equidad indispensables para que la justicia se ajuste al caso concreto y mantenga su condición de exudación, criatura, hija de la caridad. Nace de la capacidad de escuchar a cuantos estén interesados en el problema que la busca siempre anhelosamente y dar y quitar, sin mirar de quién y para quién, con los ojos vendados como ella y el corazón limpio.

La Justicia, que sabe de lo lábil de la cultura humana y de las veleidades y caras de cada uno de los humanos, no tiene enamorados posibles, sino intérpretes de que usa circunstancialmente las manos y la voz, la razón y el corazón, para ser mi contradictor y yo mismo a la vez, nosotros y ellos, la Justicia es vagabundo, peregrino, y es camino, peregrinación hacia la supervivencia humana en busca permanente de su santuario.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Palabra sobre palabra
te escribiré esta mañana
una canción de amor.

Lo haré sin razón alguna,
como lo haría un ruiseñor,
solo que,
claro, peor.

La haré para levantar,
con ternura
la niebla de esta mañana.

Lo haré sin más motivo
-¿y te parece poco?-
de estar enamorado
de la vida que pasa.

La vida es como un fruto
hermoso
de la luz del alba.

La vida es nuestra sola
posibilidad de que nos mientan a la vez
nuestros cinco sentidos
hermosas mentiras.

La mentira
es la rosa del jardín del amor,
también efímera,
como ella,
pero lo mismo de bella.

Si la belleza,
como la fealdad, la juventud y la tristeza,
son mentiras todas,
¡cómo no me habría de enamorar
de cada una de ellas!
Miro con ojo de pez el paisaje estremecido de lluvia. Cae el agua mansa, traidora, que por eso hay quien a esto le llama calabobos. Sales como un bobo a comprar el periódico y al poco te resbala por la calva una torrentera. Me pregunto si transcurrido cierto tiempo así, a la intemperie o casi sin intemperie, como decía aquel exagerado, la fuerza del agua podría abrir en la cabeza de alguien un valle por donde discurrirían sin duda de manera fluida las ideas más brillantes. El periódico me recuerda al del tamboril, en la fiesta, cuando le preguntaba al maestro gaitero si iban a tocar la misma u otra pieza, y el gaitero, socarrón, “la misma”, un poco más “repicadina” de tambor. Flotan las gotas de agua, mínimas, en el aire. Da igual llevar que no paraguas. El perro, cada poco, se sacude y no encuentra, entre tantas humedades, dónde depositar su óbolo mañanero. Dije lo del periódico porque en la primera plana vienen las mismas grescas y descalificaciones generalizadas de los mismos aburridos ejemplares de la selva que ha venido a sustituir al arte de la política. Metternich se estremecería y no digo nada de Maquiavelo. No se sabe quién contribuye con más pintorescos ingredientes al potaje "del día siguiente". Le llamaba así una tía abuela mía, disfruté de varias, deliciosas con sus ocurrencias y maravillosas cocineras y reposteras, al guiso que inventaba cuando disponía de abundancia de sobras y padecía estrecheces dinerarias e iba sacando de acá y de allá y mezclando hasta lograr un potaje de imprevisibles sabores y mescolanzas increíbles. Sigue, imperturbable, no sé si la misma nube u otra, regándonos con indiferente profusión.

Y como llueve, si es posible, debe aprovecharse, pienso, el tiempo de lectura, y me meto por unas memorias y compruebo, porque yo andaba por allí cuando cuenta el autor, lo diferentes que pueden ser las perspectivas desde que cada espectador mira y por consiguiente interpreta lo que está pasando en el mismo paisaje. Todo lo humano es así, real, pero a la vez onírico, y relativo. Miramos con ojos de impresionista, cuando más, por eso, a veces, llegamos a sentir, con no sé qué sentido, pero pareciéndonos que los vemos a los “fantasmas”. -

domingo, 8 de noviembre de 2009

Es muy sencillo de entender, decir y hacer: quien no sabe jugar en equipo, debe ser expulsado de cualquier equipo de que forme parte, al que podría ocasionar irreparable perjuicio.

Aunque sea el mejor, aunque sea un genio. Estoy convencido de que los humanos hemos sido dotados de inteligencia para que seamos flexibles y comprensivos con los que sabemos que son como nosotros, pero todos diferentes unos de otros y todos dignos de ser tenidos en cuenta mientras no abdiquemos de nuestra condición.

Que hay quien lo hace, y así renuncia, si queréis tácita, pero sin duda expresamente, a los derechos que como humano le corresponderían.

Los individualistas deben comparecer ante la opinión pública como tales, y si la opinión los prefiere, y, llegado cualquier momento electoral, los selecciona para que gobiernen representen a una facción popular, allá ella, que sin duda sabrá o no lo que se hace, pero, en cualquier caso, cosechará inexorablemente las consecuencias de su elección.

Tal vez debamos considerar que para ocupar puestos de representación y gobierno, no necesitamos líderes personales autoconvencidos de que se hallan en posesión de alguna verdad absoluta. Como tal cosa es imposible, ya acreditan, al mantenerlo, su error, proclaman que están inevitablemente equivocados.

Para representar y gobernar a un grupo, se debe tener conciencia de formar parte de él, y que, como consecuencia, debe escucharse a los demás antes de resolver en lo que concierne al colectivo. Porque no todos tenemos las mismas ilusiones, la misma esperanza, el mismo anhelo, y compaginar aquello en que muchos coincidan, que es lo que parece ideal, obliga a escucharlos antes de decidir y no hacerlo hasta que la decisión se acepte.

Que a veces no es la mayoría la que debe aceptar, sino una minoría que sepa de lo que se está hablando.

Confiar una decisión, o intervención en ella, a quien no sabe de qué se habla, es un error evidente, de que no pueden seguirse sino consecuencias erróneas.

Por eso parece tan importante informar de lo más posible al mayor número posible de personas.

Deformar deliberadamente una aproximación a la verdad, para así manipular el cerebro de quienes no están suficientemente informados es uno de los mayores pecados sociopolíticos que pueden cometerse y que sin duda se volverá antes o después contra su responsable.

Alguien ha dicho ya a lo largo de la historia de los pueblos que se puede engañar a muchos una o pocas veces, pero a pocos se podrá engañar muchas.

Dialogar no es convocar al contradictor con el propósito previo de convencerlo, sino convocarlo para escuchar su criterio e incorporarlo en todo o en parte al del convocante. La convocatoria al diálogo ha de estar impregnada de humildad: yo no se bastante –hay que pensar- y por eso te llamo para que complementes mis criterios.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Leo “El símbolo perdido”, Dan Brown, una trama llena de urgencias y de fobias personales, atrapa, el autor, erudito, simplifica a su medida evidentes aciertos, que mezcla con puerilidad y algún que otro absurdo imaginativo proyectado en el vacío. Vale la pena leer, apuntar alguna curiosidad y seleccionar lo desechable, que, al final, es posible que se olvide solo y sin esfuerzo. Leo “El hombre inquieto”, Hennig Mankell, otra desoladora visión del escepticismo no sé si del autor o de su medio cultural, hasta donde quepa generalizarlo. La redacción es infantil, repetitiva, fatiga innecesariamente al lector, sobre todo cuando se entremete por los recovecos de una administración que no puede ser en realidad tan disparatada –si bien cada una lo es a su manera, desde que se extendió la amnesia respecto de su condición de servicio organizado, hoy sustituido por evidentes propósitos policíacos, dotados de una potestad sancionadora terrorífica en el aspecto económico-. Inicio la lectura, en principio original, de “Flavia de los extraños talentos”, Alan Bradle, os contaré. En los intervalos, memorias de Esther Tusquets y de Jorge Puyol y una apasionante biografía de Chesterton, Joseph Pearce y la “Poesía completa” de mi viejo amigo, ya muerto, Alfonso Albalá, que es como reanudar conversaciones de juventud, cuando inventó aquello de la “tristeza hermana”.

Luego, escribo:

Curiosa condición,
ésta mía,
de poder soñar,
pero hacer las cosas
siempre
de otra manera,
recordarlo
y saber, que si de nuevo
pudiera volver a vivir la misma vida,
es probable que siempre,
una y otra vez,
fuese en realidad siempre la misma. –

Es evidente que éste es un sábado de noviembre, otoño, olor a humo, castañas asadas, manzanas en el armario de roble del desván de la abuela, mandiles de maíz en las barandas de los balcones de los hórreos. Durante la esfoyaza –cuando se arrancan las hojas de la panoja del maíz, para ir trenzándolo en ristras- a la vez, se trenzaron noviazgos por las orillas de la luz. El otoño, si bien se mira, es también una canción, que afuera, mañana, en el paisaje ocre, cantará el color del brezo. -

viernes, 6 de noviembre de 2009

Me pregunto qué hará con nosotros, los mínimos, homínidos del orden social de cada grupo, el sistema ese de nombre desde su existencia, antes aún, desde su concepción literaria, ahora concretada, como ocurrió con otros inventos de don Jules Verne, esa nueva agresión de la intimidad humana, cada vez, creo, más vulnerable, mediante que quien mande en cada momento histórico del futuro, tendrá la posibilidad de escucharnos, catalogarnos, coleccionarnos y numerarnos, tal vez con nombres latinos de subespecies de Linneo, colillas desechadas, inertes despojos, privados de libertad.

Ya no me siento libre, como un día, con mi ordenador y sus ventanas y puertas abiertas, por donde entran cejijuntos y ceñudos, con sus pasamontañas, los guardianes de Azkabán, capaces de sorberme el aliento de la palabra, presiento que llegará un día que antes incluso de decirla, cuando se esté conformando en el rincón, otrora íntimo, del cerebro donde resida el laboratorio de mis palabras inéditas.

Hay alguien, tendré desde ahora siempre presente aunque no quiera, que permanece atento, me oye sin escuchar, pero sabe cuanto digo, escribo y puede que lo que voy a sentir cuando aún no se ha producido o está en curso el mensaje de mis sentidos, que probablemente ya no me pertenezcan del todo, hacia las laboriosas neuronas, controladas por peludas orejas de indiferentes guardianes, que se reirán entre dientes del amor que puede despertárseme cualquier día, o se reirán, capaces son, del dolor mío o del de cualquiera, que les parecerá cosa de risa.

Será un empleo, cobrarán, digo yo, hasta un salario fijo por ese vituperable trabajo de violarnos el secreto último de lo que pensamos. Ya ni siquiera como en tiempos inquisitoriales hará falta la delación del chivato inicuo. Ellos mismos, los antes torturadores y verdugos, podrán comprobar cada ritual donde se esté gestando alguna idea, sin necesidad de intermediarios, correveidiles ni vendedores de secretos, ese execrable comercio. Mal negocio ha sido el de este invento para una humanidad cada vez más angustiada, agobiada, acoquinada, a punto de que se quebrante el arca última, la estancia más íntima.