domingo, 6 de diciembre de 2009

Propongamos –dicen en su cuartel los responsables del partido- una ley. Y todos a una, obedientes a la voz que lidera, se estrujan el magín y rebuscan qué ley podría hacer felices a más gentes.

La “hermosa gente” –como nos llama Saroyan, ignara de lo que se prepara, cuece y le viene encima. Una nueva norma. Un plano nuevo, con un aspa señalando el lugar y la traza del camino que conduce al sitio de la felicidad.

Ya los indios más sabios reconducían a los conquistadores, soñadores impenitentes de hermosos sueños, hacia El Dorado y la Fuente de la Eterna Juventud para entretenerlos, alejarlos, perderlos en las selvas sin caminos del mundo todavía no inventado ni inventariado de más allá de la mar de los horrores. Ahora es igual. Hay que entretener al personal, alejarlo del ombligo de la cuestión, llevárselo, como se llevó el flautista a los niños de Hammelin, a encima de la nube misteriosa, a más allá de la niebla en que acaba, sin más Arturo Gordon Pym.

Una ley para esto, otra para aquello. Las leyes pasan desapercibidas. La gente, hermosa o no, sólo lee por obligación o por dedicación los periódicos oficiales en que se publican, a veces imbricadas, escondidas, imprevisibles, normas que tuve un profesor que llamaba “ratoneras”, porque se mueven al hilo de los zócalos y hay siempre un estudioso que las encuentra y te las estrella en la cara, a lo largo de un laboriosos proceso, como se tiraban tartas los de las películas de cuando todos éramos tan inocentes y nos reíamos como locos.

Y es así como solemos enterarnos de que alguno de los numerosos cuerpos legislativos que pululan en el novísimo territorio de las modernas taifas, ha parido, como los montes, otro ratón. Y van tantos, que es difícil moverse sin pisar alguno y tener que responsabilizarnos de los daños. Prohibido fumar. Prohibido pescar. Prohibido pasar. Prohibido esto, aquello y lo de más allá. Lejos, en el último vagón de tercera de la memoria, el vigoroso grito: ¡prohibido prohibir! del graffiti libertario.

sábado, 5 de diciembre de 2009

Estás solo
cuando no tienes nadie a quien
dar
no sé qué, tal vez esa palabra
que te quema en la boca,
la mano, para sentir su mano
agradecida o no, eso qué más da,
si a ti, cuando te entregas,
te queda el manantial, recién alumbrado, de la alegría.

Estás solo cuando te rechazan
y no tienes nada,
ni nadie
por quien morir para que la vida
continúe.

Estás solo cuando no importa lo que digas,
las palabras se vuelvan al aire,
puesto que aire son,
cuando las digas.

Estarías,
entonces,
solo,
si no existiera el buen padre Dios,
y aún,
a pesar de todo,
hay quien se atreve a negar que está
ahí, con su infinita paciencia
goteando sobre la carne
viva
del
alma.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Me pregunto
si habrá hecho alguien
en alguna ocasión
lo que no hizo nunca
con entusiasmo.

Estaré solo,
entre todos,
mientras no sienta, al tocarme,
su cuerpo
sin que me toquen.

No habré dicho nada
hasta que haya dicho todo lo que debía
cuando estuve callado y llorabas.
Recuerdo haber llorado luego,
cuando ya no había remedio.

Quizá el infierno sea
cuando todo ya sea irremediable, todo
pasado, sin memoria,
el inexorable recuerdo
de nuestros fracasos.
Hay infinitos mundos
donde puedo
refugiarme todavía, huir
de la estupidez y de la barbarie.
No podéis
Llegar aún a mis secretos refugios, pero
se anuncian malos tiempos, hay quien dice
que dentro de muy poco
sabréis lo que estoy pensando.
Prefiero no vivir ese tiempo,
haber sentido,
para entonces,
la caricia cálida
de la voz de la muerte en el cuello
y así, cuando lleguéis
a pisotear mis cenizas y esparcirlas con vuestro vocerío
será como si yo no hubiera estado nunca,
pero sigo creyendo, que,
desde alguna parte
os podré dedicar una sonrisa
de despedida.
Luego, si queréis, olvidadme, ya estará dicho todo mi papel. -

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Copio: “Después de hacer el amor solía pensar que cualquier mujer habría podido darle lo mismo.”… “Cuando amas a alguien te mueres por satisfacer todas y cada una de las necesidades de ese alguien, pero no puedes, ¿no es cierto?. Nadie puede. Sólo estamos en condiciones de dar lo que otra persona está dispuesta a aceptar.”

Sigo copiando: “Sabía, incluso mejor que ella misma, que no había modo de predecir, así como de comprender en profundidad, de qué eran capaces los seres humanos. Ante una tentación irresistible, todo se dejaba de lado: las sanciones morales y legales, la educación privilegiada y aún las creencias religiosas.”

Hay más: “El pasado no se puede cambiar y hemos de afrontarlo con honestidad y sin excusas para luego dejarlo de lado; obsesionarse con el sentimiento de culpa es un capricho destructivo. Dijo que el ser humano es sentirse culpable: soy culpable ergo soy.”

Estoy citando a una autora inglesa, P.D. James, y, pasmaos, en una novela policíaca editada en España, no sé si este mes o el pasado, por Ediciones B, que se llama “La Sala del Crimen”.

La primera cita –dejando aparte eso de “hacer” el amor, que me parece una expresión difícilmente tolerable- creo que contiene una implícita definición bastante exacta del amor, comparado sutilmente con lo que cualquiera puede ofrecer a cualquiera para satisfacer una necesidad más o menos perentoria, pero ¿superficial?.

La segunda nos deja ante un interrogante que invita a profundizar sobre eso de las posibles -¿o no?- “tentaciones irresistibles”, que parece se citan como excusa de la complejidad esencial humana y lo variopinto de sus consecuencias.

La tercera contiene un a mi juicio acertado consejo, procedente, creo, de San Pablo. Si me abruma un recuerdo evidentemente irreparable, me cabe en cambio y tal vez como remedio, tratar de remontar el vuelo con el pasado a cuestas, y podría ser posible que así pesara menos a la hora de tener que mantenerse vivo hasta el último suspiro.

martes, 1 de diciembre de 2009

(Tu libertad ha de garantizar, mediante unas reglas que esencialmente la delimitan, la posibilidad de su coexistencia con mi libertad. Sólo así podremos compartirla.)

Me pregunto si se dan cuenta de que esos esfuerzos que hacen para arreglar pedazos de mundo son el tácito reconocimiento de la imposibilidad práctica de reunirse todos para tratar de lograr una especie de orden y concierto medianamente organizados del conjunto. Alguien tiene que haber dicho ya, puesto que casi todo se ha dicho ya antes, que las asambleas de un conjunto de muchos nunca sirven más que para desahogo verbal de algunos, que, proclamado que han sus principios, se desembarazan de ellos y dejan de sentirse vagamente responsables de no tenerlos en cuenta. Ya saben ustedes. El ya proverbial consejo inútil de que los demás hagan lo que les recomendamos, dejando así de seguir nuestro divergente ejemplo.
Un hombre puede converger o no con su tristeza, pero jamás podrá, mientras permanezca en este mundo, separarse de esa sombra que en algunas culturas no está permitido pisar, cuando van por una calle cualquiera, a su mujer, que, respetuosa, debe apartarse para guardar el protocolo. Cosa divertida, el protocolo. Y sin embargo parece que indispensable, dentro de ciertos límites, vestido de cortesía, urbanidad, modos. Cada vez hay menos modos en el trato de la gente y de su falta deriva como consecuencia este caótico, imprevisible modo de maltratarse recíprocamente. La falta urbanidad en el comportamiento suele desembocar en la ley del más fuerte, que esclaviza al más débil, que a su vez, aguza el ingenio para hacer la vida imposible a su amo y señor hasta que su sociedad humana menor: la familia, el matrimonio, la fraternidad, se hace añicos. El hombre –macho o hembra, ya que hablo del espécimen humano- converge con su tristeza, por lo menos a veces, por lo menos de manera ocasional, por casualidad. El hombre se emboza en su tristeza y no hay motín de Esquilache que lo pueda redimir, sino la alegría, que es como un amanecer y rebrota, inesperada, dejándonos desnudos al sol, inverecundos.

En seguida es cosa de seguir viviendo, la noche de invierno de la mano de PD James que ha escrito otra novela de su educadísimo victoriano comisario Dalgliesh que es poeta por añadidura y está enamorado de una de sus ayudantes pero sería horrible que se lo dijera porque jamás debe un policía inglés al menos decirle a una compañera que está enamorados inconcebible y se limitan a estarlo ella y él y él además porque el amor es así hay quien lo sostiene con posibilidad de simultáneas ama Adam que el comisario se llama Adam a una catedrática de Oxford con la que se cita una y otra vez pero siempre se interpone un cadáver y como consecuencia una investigación falta a la cita queda como un cochero ella vuelve a su cátedra en el primer tren que la autora especifica que es el de las dieciséis quince y cómo va a decirle así que la quiere y ella tampoco sabe si esto es amor porque el amor en cada modo de hacer y sentir de cada cultura está lleno de variedades y misteriosos ritos como esos bailes ceremoniales con que determinados animales se cortejan antes de proceder a eso tan divertido del apareamiento a que ahora llaman hacer el amor como si el amor se hiciera igual que manosea un alfarero el barro en su alfar.