martes, 29 de diciembre de 2009

Lo saqué por el contexto, al resolver creo que era un “damero maldito”, el monigote de papel que se cuelga de la espalde alguien para hacerle burla, típico de la festividad de los Santos Inocentes, es decir, de ayer, 28 de diciembre, se llamaba “llufa”- Cuando no conozco una palabra y me “sale” por el contexto en un crucigrama o un damero, a los que, junto con los libros y la música de Nueva Orleans soy adicto, voy a tratar de comprobar mi posible acierto, en alguno de los muchos diccionarios que rodean mi refugio. En este caso, nada, ni llufa, ni lufa, ni cosa parecida.

Cuando me empecino en cosa como ésta, suelo seguir tenaz, obstinadamente el rastro. Pregunté incluso a académicos de la lengua por el nombre del dichoso monigote y ésa fue precisamente la dubitativa respuesta: “monigote"… Hasta ayer. Ayer me encontré con la palabreja en un periódico catalán y lo pensé. Busqué en la red, donde dicen que ahora está casi todo, y allí estaba, incluso con imágenes. Y la segunda sorpresa fue que tiene traducción al castellano y que en el diccionario de la Real Academia, allá por entre el quinto y el séptimo significado de cada una, me encuentro que el dichoso monigote puede llamarse “maza” o “rabo”. A mí me gusta más “llufa”, le va mejor. Y para festejar el hallazgo y puesto que era el día apropiado, me colgué una llufa y me olvidé de ella hasta que a la hora de cenar, mi mujer, muerta de risa, me preguntó quién me había colgado e sambenito de inocente. Callé como un azogado. Nunca te acostarás, dice el refrán, sin saber una cosa más- Y efectivamente, ocurre a veces.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Vivir es irse muriendo,
por eso lloran
los niños, al nacer. Estaban
felices
en el limbo de su madre, aún sin pecado,
y la vida,
este señuelo,
los trajo al mundo, a veces con inmenso dolor.
Por eso lloran
los niños, nada más
haber echado un vistazo a los que les espera.
No saben, todavía,
que esto de nacer, en los tiempos que corren
es un privilegio,
que van a conocer la alegría y el dolor, esas dos singulares,
tremendas sensaciones,
van a compartir con el mismo Hijo de Dios el hecho
de nacer,
a tener la posibilidad de enamorarse, tocar,
estremecidos,
la tersura de otra piel amada, en carne viva. Cuando toco
a mi amada, ella siente
la caricia en carne viva
en su corazón.
Pero ese privilegio hermoso
hay que pagarlo en la terrible moneda de la incertidumbre
acerca del día,
de la hora,
del lugar,
y lo que es más tremendo
de lo inconcebible, que espera
del otro lado del espejo
en que al mirarse y conocerse, al fin, el hombre
llega a donde tenía que llegar
pues para eso ha nacido
y por eso
los niños,
al nacer,
lo primero que hacen es llorar amargamente.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Llevaban, la otra tarde,
un ángel malherido,
camino del cementerio de los ángeles,
que está
en el fondo
de la mar.
En el fondo de la mar, en el cementerio de los ángeles
yacen también los pájaros y los niños muertos sin bautizar,
que antes iban al limbo,
y las estrellas
desprendidas
del cielo durante la noche.
En el cementerio del fondo de la mar,
que está hecho aprovechando, que por eso
no las encuentra nunca nadie por mucho que las busquen,
las ruinas
de Atlántida,
las cruces son de espuma,
cada oración el sordo crepitar
de las olas.
Las flores,
son, en el cementerio del fondo de la mar,
pedacitos de nácar,
cristales de roca,
huellas
de pisadas
de peces vagabundos
y peces peregrinos.
En el cementerio del fondo de la mar, como podéis imaginaros
todo es diferente,
menos el silencio
blanco y vacío de los pensamientos y de los sueños
de la Dama del Alba.
Que son, como ella, reflejos silenciosos
del ampo de la nieve.
Recuerdo haber tenido no sé cuándo
una hermosa idea
y el ímpetu necesario para tratar de abrir su caja
y dejarla en libertad,
como deben estar siempre las ideas más hermosas.
Cuando eres joven, cuando yo lo era
por lo menos,
subes sin un jadeo todas las escaleras,
las montañas todas
del mundo.
Y se tienen hermosas ideas,
brillantes,
deslumbrantes,
despampanantes y disparatadas ideas,
que, tal vez, bien enderezadas, podrían
mover,
cambiar este mundo desquiciado.
Lo que pasa es que, ya entonces,
como ahora,
te das cuenta,
horrorizado,
de que si cambiásemos el mundo
ya no sería
este prodigioso mundo en que vivimos.

viernes, 25 de diciembre de 2009

Durante la tarde, volaron de nuevo este año los estorninos, Formaron su bandada y adornaron a su modo la tarde de Navidad. Porque es Navidad. El cura párroco incensó el altar y propuso un Niño para la adoración de los fieles. Un pueblo, se ha dicho, es el conjunto de sus leyes y sus costumbres. Quítese, a mi juicio, lo de las leyes. Un pueblo vive en sus costumbres, que son la vida misma del pueblo, el cauce por que discurre la vida de los habitantes que lo integran. Añadiré una vez más que en mi opinión la cultura de un pueblo es la manera de vivir de la mayoría de la gente que vive en él. Las leyes, en su conjunto, lo que los juristas llaman el ordenamiento jurídico positivo de un pueblo, no son más que la horma correctora de los incumplimientos de sus gentes, por lo que respecta a las obligaciones derivadas de las relaciones que han de entablar necesariamente con sus convecinos para sobrevivir juntos y asociados. El hombre, además de serlo, es el grupo en que vive, integrado en comunidad con sus muertos y sus nasciturus. Cada hombre es todos los hombres, como cada cosa creada es su universo. Tal vez sea esa la razón, o parte de la razón de que se parezca tanto el funcionamiento de lo más pequeño imaginable con lo inimaginable mayor de la creación, o, si se prefiere, del universo que nos contiene. Vuelven los estorninos, para desesperación de los encargados de la limpieza y de los del arbolado público y privado, que cada noche invaden los pajarinos. Luego, cada mañana, “suena” el árbol como un gran cascabel de plata, a la del alba, que dejó dicho Cervantes. Mucho más tarde, tal vez más de cuatro siglos después, llamó Casona Dama del Alba a la muerte. No habría ocasos sin ortos. Se hacen falta la Navidad y la muerte, la hora del alba y la Dama del Alba. Todo, en definitiva, un parpadeo. ¿Habrá alguien –me pregunto- que al llegar, en ese abrir y cerrar de ojos, el momento inmediatamente anterior a cerrarlos, que pueda estar satisfecho de sí mismo? ¡Qué envidia!, si lo hay. Los demás, tenemos que consolarnos con la consoladora convicción de que es condición humana la falibilidad. A partir de ahí, los errores y fallos podrán ser mayores o menores, pero tal vez, y en ello reside el posiblemente falso consuelo, inevitables, o, por lo menos, tan difíciles de evitar que resulta como si lo fueran. ¿Y si al pensar y escribir esto también me estoy engañando a mí mismo, como triste justificación? Ni siquiera cabe “bajar” de Internet las respuestas cabales y más probables de ciertas comprometidas preguntas.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Es Pascua,
esta noche es Nochebuena, suelen decir los villancicos
y mañana
Navidad.

Mi amigo Luis,
que era arquitecto, modelaba las piedras,
las mezclaba
con el aire,
soñaba volutas y viaductos, pero,
sobre todo,
pintaba y escribía hermosas felicitaciones de Navidad,
decía:
¡un Niño nos ha nacido!
y dibujaba, cuidadosamente,
unas manos, como un portal de Belén,
y, dentro,
cobijadas,
enamoradas,
las figuras.

Mi amigo Luis, hasta que se murió y está en el cielo,
con el buen padre Dios, a que él tanto amaba,
cada año, durante más de un tercio de siglo,
me enviaba su dibujo de Navidad, lleno de ternura,
su villancico.

Es Pascua,
la Pascua tiene incrustadas todas las nostalgias,
el sabor del turrón amargo de aquella Nochebuena,
el del turrón ilusionado de otras,
las figuras
de barro
del belén, mezcla de todos los belenes de la bisabuela,
de la abuela,
de nuestra madre, que siempre cantaba el mismo villancico,
y las otras figuras,
ahora
jirones de niebla semiolvidadas, tersas
de tanto acariciarlas con las yemas de los dedos de la memoria.

Es Pascua, es infinita
alegría,
que otros trajeron en hombros hasta aquí,
que hoy me pesa
sobre los hombros ya
tan cansados
y que estoy entregando a mis nietos, que abren mucho los ojos,
me miran,
me piden que les cuente y van atesorando
y yo les digo
estos versos,
que ni siquiera lo son, que suenan
como gotas de agua,
como palabras viejas que el viento lleva y choca en la ventana,
como las notas del piano
cuando tocas
las teclas
distraído
y es como si estuviera naciendo,
balbuciente,
la música,
ahora mismo,
como el Niño
nos ha nacido esta noche
que es Nochebuena,
es Pascua.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Desde que el mundo lo es, habrá, supongo, ocurrido lo mismo, que unos sufren las consecuencias de actos y de conductas de que no parecen responsables y otros, que aparentan ser unos auténticos asquerosos, reciben lo que no parece corresponderles. Pro ¿quién soy yo para asegurar que unos sean tan buenos como parecen y otros tan impresentables como aparentan?.

Consuela mi irritación suponer que es cierto que Dios escribe derecho con renglones torcidos, aforismo que coincide con la justicia incomprensible de la parábola de la viña y sus trabajadores, todos los cuales merecieron el mismo salario cualquiera que fuese la hora a que hubieran empezado a trabajar.

Mi conclusión de hoy, a la puerta de la esperanza de la Nochebuena, es que el mundo es como es y hay que vivir la peregrinación sin más que tratar de aplicar reglas de buena fe a lo que sin duda parecerá cada día que es un cúmulo de errores, de los que, siquiera sea como cómplices, de algún modo somos muchos responsables. Tengo conocidos que aseguran que esos son los mimbres que hay y con ellos es como cabe hacer el cesto. Hago los cestos y todos me salen deformes. Tal vez, me digo, no me haya aplicado bastante en la artesanía del cesto y ahí esté la clave.

Vuelvo a mis libros, los amigos más pacientes –algunos, también como los amigos, insoportables-, pero ¿qué mérito tendría ser su amigo si no los aceptásemos como son, de una pieza, vicios y virtudes incluidos?