Me pregunto si es más rey de la selva el león o lo es el elefante, y si es más noble el guepardo que el taimado cocodrilo. La nobleza, me dicen los defensores del cocodrilo –que los tiene, como las focas o los mandriles y hasta los toros de lidia- no es hereditaria. Se acredita por cada cual, durante su vida, mediante su conducta. En menudo berenjenal nos podríamos meter, si entro al trapo de este asunto, Nada menos que la nobleza hereditaria, que una parte de nuestra sociedad defiende con uñas, dientes y hasta, si a mano lo tuviera, arsenal atómico, mientras que otra parte opina que nanay. Que para merecer la consideración pública sólo está capacitado cada interesado, que tiene toda una vida –algo tan efímero por otra parte- para conseguirla. El asunto me trae tan de lado como el hecho de que en la selva merezca mayor consideración y respeto el león que el tigre o el elefante que ambos. No dejan de asombrarme polémicas como la que acaban de suscitar una vez más respecto de si corridas de toros sí o no o si deben o no ponerse las señoras pieles de animales muertos.
Con la de asignaturas que tiene la humanidad a medio redactar y dos tercios de la gente faltos de lo más imprescindible para sobrevivir, que nos perdamos en disquisiciones acerca de si sufre o no sufre el toro mientras lo acosan, pinchan, desgarran y rematan en cada plaza de toros, según unos, o, según otros, se juega con ellos en esas mismas plazas un artístico baile, que disfraza el combate a muerte entre la fuerza bruta y la exaltación estética de la razón humana, que siempre tiene, cuando es arte, su parcela de sobrehumanidad. Infrahumanidad, me corrige el vecino partidario del toro, la foca, el visón y tal vez la mantis religiosa. ¿Merecen, a su juicio, la misma protección los insectos que los mamíferos? ¿los ratones que los elefantes? ¿la mantis religiosa o la mosca tse tse que los esbardos? Tal vez me pierda el temor de que en breve se asocien los defensores del cerdo o de la ternera y disminuyan las probabilidades de consumir un buen jamón, cortado en finísimas lonchas o un filete de solomillo a la plancha, poco pasado, por favor. Me parece mucho más urgente lograr que guste cada vez menos a más gente la basura que se exhibe con tanta profusión como impudor por diversos medios, que prohibir las corridas de toros, que no son por cierto uno de mis espectáculos preferidos.
En realidad, he de confesar, que se trata de mis digresiones. Por eso, advierto que para cualquier curioso lector, podrían ser poco interesantes, intrascendentes, banales y hasta aburridas. Entonces -me pregunto- ¿para qué las escribes? Aún no he hallado respuesta para esta pregunta.
viernes, 5 de marzo de 2010
miércoles, 3 de marzo de 2010
Me obsesiona la puntualidad nocturna del carro de la basura, que ahora ya no es carro, sino camión lleno de sofisticados resortes, asideros y plataformas, en que viajan sus palafreneros habituales, embadurnados como soldados en misión especial. Pasa cada día a la una de la madrugada, recién nacido, todavía ciego, el día, que abrirá los ojos con la primera luz violeta del alba. ¿O no? Nadie puede asegurar que habrá otro día más allá de cada noche. Y menos cuando el camión de la basura, carroza, ahora tintineante, de luces que se encienden y apagan mientras suena, como una cremallera que cierra la noche, el motor implacable. Llega, devora las bolsas llenas de misteriosas sobras, se traga la infinidad de los cubiertos de postre que han desaparecido ayer de cada casa y se echarán de menos mañana o pasado, cuando no haya remedio.
Cada noche suele coincidir, este camión, carroza de cenicientas imposibles, con mi crucigrama de fabricar sueño. Poco antes de su paso, refugiado en esa hendidura, la arruga que se forma entre el día muerto y su heredero, trato de resolver un crucigrama, y las neuronas, fatigadas, protestan generando un sueño, que, como una marea, me va cubriendo poco a poco. Ordeno sobre la mesa los trebejos, aparto los papeles y es entonces cuando pasa el carro de los desperdicios y los descuidos.
Después ya no sé qué pasa, porque entre los gritos ininteligibles de su escolta, me voy al mundo del sueño.
Esta noche pasada, o no sé, hace unas noches, volví a mi Colegio Mayor donde había perdido mi equipaje y la habitación. Todos los alumnos eran nuevos. No encontré a los de siempre, mis viejos amigos. Preguntaba y me miraron extrañados estos de ahora. No me dio tiempo a averiguar lo ocurrido. Desperté. ¡Qué pena! Seguro que estaban en clase o no llegaron a tiempo para que hablásemos de todo lo ocurrido desde la última vez que estuvimos allí, donde la juventud proyecta cambiar siempre un mundo que probablemente tiene que ser como es para que los jóvenes puedan seguir disfrutando, como nosotros disfrutábamos, proyectando cambiarlo.
Cada noche suele coincidir, este camión, carroza de cenicientas imposibles, con mi crucigrama de fabricar sueño. Poco antes de su paso, refugiado en esa hendidura, la arruga que se forma entre el día muerto y su heredero, trato de resolver un crucigrama, y las neuronas, fatigadas, protestan generando un sueño, que, como una marea, me va cubriendo poco a poco. Ordeno sobre la mesa los trebejos, aparto los papeles y es entonces cuando pasa el carro de los desperdicios y los descuidos.
Después ya no sé qué pasa, porque entre los gritos ininteligibles de su escolta, me voy al mundo del sueño.
Esta noche pasada, o no sé, hace unas noches, volví a mi Colegio Mayor donde había perdido mi equipaje y la habitación. Todos los alumnos eran nuevos. No encontré a los de siempre, mis viejos amigos. Preguntaba y me miraron extrañados estos de ahora. No me dio tiempo a averiguar lo ocurrido. Desperté. ¡Qué pena! Seguro que estaban en clase o no llegaron a tiempo para que hablásemos de todo lo ocurrido desde la última vez que estuvimos allí, donde la juventud proyecta cambiar siempre un mundo que probablemente tiene que ser como es para que los jóvenes puedan seguir disfrutando, como nosotros disfrutábamos, proyectando cambiarlo.
martes, 2 de marzo de 2010
Lleva el frío, amarradas en el rabo
largo del invierno, flores de escarcha,
cristales
de espuma, estrellas de mar muertas.
Lleva el frío un látigo,
espuelas de luz y viento,
heladas notas agudas
del piano muerto
de la abuela. El frío
tiene sangre
de gaviota y de cormorán, y hay quien dice
que los ojos con que mira
son dos cristales
de hielo color naranja,
uno,
y otro de color de azufre.
El frío vive en la niebla,
pasa volando
sobre una nube,
pero baja, a veces,
nos besa –boca sin labios,
mirada de lejanías
estrelladas-
y nos deja
yertos de silencio oscuro,
mudos,
estremecidos
largo del invierno, flores de escarcha,
cristales
de espuma, estrellas de mar muertas.
Lleva el frío un látigo,
espuelas de luz y viento,
heladas notas agudas
del piano muerto
de la abuela. El frío
tiene sangre
de gaviota y de cormorán, y hay quien dice
que los ojos con que mira
son dos cristales
de hielo color naranja,
uno,
y otro de color de azufre.
El frío vive en la niebla,
pasa volando
sobre una nube,
pero baja, a veces,
nos besa –boca sin labios,
mirada de lejanías
estrelladas-
y nos deja
yertos de silencio oscuro,
mudos,
estremecidos
Podríamos echar cocodrilos al río. Por el aspecto, han de ser resistentes. Se comerían a los patos y a las ocas, incluidas esas tres que se pasean siempre juntas, presumidas. Y luego, supongo, o a la vez, a la gente que bajase a los llerones del río. Los cocodrilos, vistos desde los puentes, serían un atractivo turístico. Y, poniendo unos cartelones más donde están los que avisan de que éste es un tramo de río acotado “sin muerte”, de tal modo que trucha que pesques, trucha que debes soltar del anzuelo y devolver al agua, podrían salvar de la muerte a los cocodrilos que pudiera cazar cualquier émulo de su homónimo Dundee. Lo mismo que se sembraron osos, gamos, jabalíes, lobos y salmones, se podrían sembrar pirañas y cocodrilos, y ahora que se me ocurre, alguna que otra serpiente de cascabel, y, si acaso, una anaconda. Todos serian atractivos turísticos sin igual. Si acaso un poco molestos para los habituales moradores del entorno, pero enriquecedores de la variedad de una fauna cada vez más abundante. Si se cuenta además el creciente acopio de ejemplares fallecidos de muertes más o menos naturales, que últimamente se disputan en la costa a las gaviotas, esas limpiadoras de carroña, en cuanto quedan varados en la playa o flotan en sus aledaños. Calamares gigantes, delfines mulares, rorcuales … Ahora que la primavera empezará a invitar a salir a pasear por campo, por caleyas que se intrincan entre escayos y cotoya, la inclusión de la posibilidad de encontrarse con un bestiario disparatado ayudaría sin duda a olvidarse de las crisis habidas y por haber. Y no digo si cualquiera de tales fieras corruptas, de que ya vivíamos desacostumbrados, nos coge desprevenidos a nosotros y nos traslada desde el paraíso natural hasta las praderas del paraíso.
lunes, 1 de marzo de 2010
Mi tiempo alrededor de las letras del teclado, mis dedos saltando de una en otra para construir las palabras trabajosamente para que ellas solas, por casi milagro de la técnica, se incluyan y ordenen en la pantalla, que me ofrece su reflejo, la imagen de la parte de lo que pienso que soy capaz de transmitir, o de la parte que quiero transmitir, para que, en su caso, alguien mire y de seguro imagine que algo me habré callado, queriendo o sin querer, y por eso el espejo, como si fuese el de un cuento de hadas, mentirá siempre de modo inocente, sin querer, ya que quien puede haberle hurtado una parte del pensamiento soy yo, y si es así, mi pensamiento ya no será el que fue, sino un retazo, un jirón, tal vez una faceta engañosa de lo que en realidad podría haber sido si lo hubiera escrito completo. Suele quedársenos, consciente o subconscientemente, oculto lo que nos parece menos presentable. De la luz y la sombra en que consistimos, tratamos siempre de ofrecer la parte que nos parece más estética, y, casi siempre, la que pensamos que puede agradar más al interlocutor, y más si es un interlocutor a que por alguna razón o sinrazón apreciamos. De ahí que se nos acuse a veces de decir hoy esto y mañana lo casi o del todo contrario. Solemos defendernos con lo de que es cosa de sabios cambiar de opinión. Cosa por otra parte cierta, salvo que se demuestre, como es posible, lo contrario, confirmando así el aforismo. -
Los niños que fuimos tenemos una parte incalculable de culpa por nuestros actos de entonces, pero no debemos, creo, ni entristecernos ni enorgullecernos sino en la medida de nuestra responsabilidad de aquel tiempo. Y sin embargo, nuestra conciencia de ahora se empeña en valorar el legado de la memoria como si acabásemos de realizar ahora aquellos actos. Ya se que somos el mismo niño, como éramos en su época el mismo proyecto que ahora somos, y que se advierte a lo largo de la trayectoria vital una manera constante de afrontar o de eludir los problemas, atravesar las ocasiones y decidir en cada sucesiva encrucijada. Deduzco que en las mismas circunstancias, la persona que estamos siendo al vivir, habría reaccionado como lo hizo en cada caso, sin perjuicio de que al llegar el estadio siguiente o al desaparecer las circunstancias que concurrieron, valorásemos igual que estoy haciendo esta tarde cada acto, contemplado desde la perspectiva actual. No es posible tratar de hacer ni siquiera la falible justicia humana, aplicando a los hechos criterios de otro tiempo u otro lugar. Para valorar una conducta humana, debe quien lo pretenda hacer, incluso cuando se trata del protagonista de los hechos que han de criticarse, trasladar su ciencia y su conciencia al entonces, compuesto de tiempo, lugar y circunstancias, en que se produjeron.
Seis mil quinientos millones de personas, cada una con su trayectoria vital, el mismo tiempo, pero diferentes espacios y una variedad incalculable de estadios de civilización y de culturas, idiomas y circunstancias. Y aquí, en esta esquina. yo, según algún filósofo, diferente y esencial, por más que insignificante tesela de ese descomunal cuadro, porción infinitesimal del Universo, burbuja a su vez entre la nada y el infinito, tal vez el equilibrio que resulta de su equivalencia.
Seis mil quinientos millones de personas, cada una con su trayectoria vital, el mismo tiempo, pero diferentes espacios y una variedad incalculable de estadios de civilización y de culturas, idiomas y circunstancias. Y aquí, en esta esquina. yo, según algún filósofo, diferente y esencial, por más que insignificante tesela de ese descomunal cuadro, porción infinitesimal del Universo, burbuja a su vez entre la nada y el infinito, tal vez el equilibrio que resulta de su equivalencia.
Palomas y gaviotas. Centenares de palomas y de gaviotas. Impresiona verlas entrecruzarse constantemente trazando letras, tal vez escribiendo palabras, frases, novelas, algún poema, sobre el terso papel del cielo. Bueno, no siempre tan terso. Se resiste el invierno, agarrado a su última clavija y un aparentemente blando edredón de nubes, tapa el azul donde escriben habitualmente las golondrinas, pero ahora emborronan las palomas y las gaviotas, las palomas más abajo, gregarias, arriba, casi veleras, las gaviotas, que guardan entre sí distancias y se miran, me parece, desconfiadas. Nadie las caza y lo van invadiendo todo. Hasta las viviendas abandonadas, se llenan de palomas. Las gaviotas atosigan, persiguen, pero no se atreven a acercarse a la garza, que, parecida a un flaco algo chepudo, toma el sol sobre el tejado de enfrente. No se inmuta, entre el estrepitoso revuelo de gaviotas que graznan a su alrededor.
Habrá, digo yo, expertos en leer lo que los pájaros escriben sobre el papel del cielo, sea terso y azul o rugoso y grisáceo. Supongo que serán estrofas magníficas. O a lo peor, se limitan a repetir banalidades o a decir frases sin sentido, anacolutos o disparates como esos que ahora escupen por la tele algunos energúmenos de la más variopinta catadura. Al parecer se ha abierto la veda y gente de la más variada clase y condición, pobres y ricos, elegantes y desaliñados, rivalizan en hacer y decir los mayores exabruptos, las groserías más desaforadas, en medio del regocijo de su entorno, asustando incluso a algunos presentadores desafortunados a que la explosión por lo menos fingen que sorprende por su torpeza o violencia verbal.
Curioso tiempo, éste, que no digo yo que sea nada nuevo, pero que, como en otros parecidos, ya se sabe que nihil novum sub sole, vuelve a sorprender con esta capacidad humana de que se nos caiga la delgada capa de civilización y asome en seguida por debajo la barbarie. Yo creo que es que lo somos a la vez potencialmente: bárbaros y civilizados, dependiendo de mínimas circunstancias que nos mudan, en un momento, desde la utilización de las más exquisitas maneras hasta el rugido y la dentellada.
Habrá, digo yo, expertos en leer lo que los pájaros escriben sobre el papel del cielo, sea terso y azul o rugoso y grisáceo. Supongo que serán estrofas magníficas. O a lo peor, se limitan a repetir banalidades o a decir frases sin sentido, anacolutos o disparates como esos que ahora escupen por la tele algunos energúmenos de la más variopinta catadura. Al parecer se ha abierto la veda y gente de la más variada clase y condición, pobres y ricos, elegantes y desaliñados, rivalizan en hacer y decir los mayores exabruptos, las groserías más desaforadas, en medio del regocijo de su entorno, asustando incluso a algunos presentadores desafortunados a que la explosión por lo menos fingen que sorprende por su torpeza o violencia verbal.
Curioso tiempo, éste, que no digo yo que sea nada nuevo, pero que, como en otros parecidos, ya se sabe que nihil novum sub sole, vuelve a sorprender con esta capacidad humana de que se nos caiga la delgada capa de civilización y asome en seguida por debajo la barbarie. Yo creo que es que lo somos a la vez potencialmente: bárbaros y civilizados, dependiendo de mínimas circunstancias que nos mudan, en un momento, desde la utilización de las más exquisitas maneras hasta el rugido y la dentellada.
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