En realidad, he de confesar, que se trata de mis digresiones. Por eso, advierto que para cualquier curioso lector, podrían ser poco interesantes, intrascendentes, banales y hasta aburridas. Entonces -me pregunto- ¿para qué las escribes? Aún no he hallado respuesta para esta pregunta.
domingo, 9 de mayo de 2010
Viene el sueño de puntillas, me alcanza y casi derriba mientras hago el crucigrama y la perrilla de aguas nueva en casa, humilde, pequeñísima, blanca, nerviosa, activa, va y viene con cualquier cosa que encuentra a su alcance, puede morderse y es capaz de arrastrar, condiciones que se dan en ropa interior, cintas, correas, calcetines, medias, muñecos, peluches, servilletas, papeles y cartones de todas clases. Viene, salta, me ladra, amaga un como ataque furibundo y acaba lamiéndome la mano. Se llama Laila. Lo primero, nada más llegar con tres meses escasos, recorrer la casa, olfatearlo todo, descubrir escondrijos, caminos y presas, dónde estaban la comida y el agua, lo que se dice tomar posesión. En un primer momento, las numerosas escaleras le hicieron torcer el morro, pero en seguida subió y baja como un cohete excitadísima cada vez que extendía a una habitación más sus depredaciones. Cuando gana el Barça, desde la puerta de un a cafetería local, tiran voladores. Laila los ha oído esta noche, se ha medio vuelto y los riñe. ¡Pero mujer –le digo- si es que ganó el Barcelona! Bueno, siendo así –me gruñe-, por una vez y sin que sirva de precedente … España, como siempre “partida por gala en dos”, se regocija y llora por el Barcelona y el Madrid, respectivamente, en su ciega carrera de este año, que es como una Maratón desmedida y desaforada.
sábado, 8 de mayo de 2010
Hace muchos, muchos años, lo que para él habrán sido tal vez alrededor de entre cincuenta y sesenta años, Bond disfrutó aquella tarde como un loco, como un niño, como un perro feliz, persiguiendo a los pájaros del parque y del jardín. Daba saltos, hurgaba por entre los matojos, pisaba los arriates, ladraba de tal modo que Caco se quedó en mitad de una pradera absorto mirándolo. Caco era ya para entonces fox terrier, adulto y serio como un viejo soldado inglés regresado de la India, de esos que las películas fingen con barba y mostacho blanco, whisky cerca y cejas hirsutas entre gruñidos de desaprobación.
Bond era cocker americano, cuando le crecía el pelo, le tapaba los ojos y le engordaba las patazas, que no hacían, entonces, ruido alguno cuando venía en busca de galletas, de regreso del paseo de la tarde.
Bond era cariñoso, tierno, con algo de peluche en sus modos. Y como buen segundón, si Caco ocupara la butaca preferida de ambos, él se resignaba debajo, como en el sótano, y cuando el otro se marchaba a sus cosas, de un salto, ocupaba la plaza con la cabeza apoyada en los brazos de la butaca.
Cuando Caco murió, lo echaba de menos, recorría la casa en su busca, y, poco a poco, fue como si se la abriesen las neuronas perrunas y su capacidad de entender. Además, para entonces, de tierno, feliz sosegado, se hizo sabio, un poco por encima del límite de lo que puede serlo un perro cualquiera.
Sabía cuándo era sábado y cuándo domingo, cuándo llegaba la época de los puñeteros cohetes, el calor y el frío, y, como es lógico, sabía distinguir las diferentes clases de galletas o de bizcochos que los humanos suelen alternar a la hora del desayuno y claramente prefería aquellas una miaja más duras y como torradas, que crujían, al morderlas. Y cuando más le gustaban, te miraba, es decir, nos miraba fijo, a mi mujer o a mí, y se relamía: estaba bueno, oye, ¿me das otra? Esta mañana, distraído, al poner las tazas en la mesa, puse también las galletas que más le gustaban. Quedaba como medio paquete, pero Bond ya no estaba. Corretea, seguro, por un jardín, del otro lado del espejo, que digo yo que los perros buenos tendrán también alguna posibilidad de sobrevivir en alguna parte, lo mismo que sobreviven en el recuerdo y te aflojan los lagrimales, siquiera sea un poco y aunque parezca ridículo, inapropiado, injusto cuando tanta gente sufre. Anda, no será cosa de la memoria del perrín, sino de la arterioesclerosis, que dicen que te hace llorar como un imbécil, incluso con los finales felices de las películas cursis.
Bond era cocker americano, cuando le crecía el pelo, le tapaba los ojos y le engordaba las patazas, que no hacían, entonces, ruido alguno cuando venía en busca de galletas, de regreso del paseo de la tarde.
Bond era cariñoso, tierno, con algo de peluche en sus modos. Y como buen segundón, si Caco ocupara la butaca preferida de ambos, él se resignaba debajo, como en el sótano, y cuando el otro se marchaba a sus cosas, de un salto, ocupaba la plaza con la cabeza apoyada en los brazos de la butaca.
Cuando Caco murió, lo echaba de menos, recorría la casa en su busca, y, poco a poco, fue como si se la abriesen las neuronas perrunas y su capacidad de entender. Además, para entonces, de tierno, feliz sosegado, se hizo sabio, un poco por encima del límite de lo que puede serlo un perro cualquiera.
Sabía cuándo era sábado y cuándo domingo, cuándo llegaba la época de los puñeteros cohetes, el calor y el frío, y, como es lógico, sabía distinguir las diferentes clases de galletas o de bizcochos que los humanos suelen alternar a la hora del desayuno y claramente prefería aquellas una miaja más duras y como torradas, que crujían, al morderlas. Y cuando más le gustaban, te miraba, es decir, nos miraba fijo, a mi mujer o a mí, y se relamía: estaba bueno, oye, ¿me das otra? Esta mañana, distraído, al poner las tazas en la mesa, puse también las galletas que más le gustaban. Quedaba como medio paquete, pero Bond ya no estaba. Corretea, seguro, por un jardín, del otro lado del espejo, que digo yo que los perros buenos tendrán también alguna posibilidad de sobrevivir en alguna parte, lo mismo que sobreviven en el recuerdo y te aflojan los lagrimales, siquiera sea un poco y aunque parezca ridículo, inapropiado, injusto cuando tanta gente sufre. Anda, no será cosa de la memoria del perrín, sino de la arterioesclerosis, que dicen que te hace llorar como un imbécil, incluso con los finales felices de las películas cursis.
viernes, 7 de mayo de 2010
Bond ha muerto. Fue anteayer, y no dije nada porque estaba demasiado reciente lo ocurrido. Tenía once años y ocho meses, casi ochenta y cuatro años humanos, y estaba cansado, viejo y enfermo, sordo y miope. Le diagnosticaron una hepatitis, como si fuese un humano cualquiera, pero no era más –ni por cierto menos-, que un perro y cabe todavía, para los perros, la eutanasia.
Bond era tierno, cariñoso, dulce, comilón y le crecía el pelo en seguida, hasta taparle los ojos. Me escuchaba atento, cuando yo le hablaba, y me sacaba a pasear una vez por la mañana y otra por la tarde. Si me retrasaba, venía cejijunto a buscarme, moviendo nervioso el muñón de rabo. Ibamos, pasito a paso de ambos viejos. Hablando de mis cosas, que él, las suyas, se las guardaba prudente. Hacía tiempo que no íbamos hasta la playa, demasiado lejos para ambos, ni al campo de la romería, donde solía disfrutar corriendo y saltando, cuando más joven, entre la hierba. De vez en cuando, se acercaba, comprobaba que no me había ido y me daba las gracias por estar allí, que hiciera sol y que le dejase correr en busca de sus fantasías.
Ultimamente nos dormíamos en sendas butacas, cuando el programa de la televisión, como suelen algunos, resultaba especialmente aburrido, banal o impúdico. A uno y otro nos importaban muy poco las vicisitudes vitales de esa pandilla que suele repetirse en periódicos amores y desamores, follaje a mansalva y captura de numerario. De vez en cuando, saltaba por encima de los reposabrazos y me ponía la zarpa en el hombro. No te preocupes, me decía en silencio, sigo aquí aunque te duermas. Y yo, si el temblaba o gruñía en sueños, le ponía la mano encima para que no se preocupase y comprendiera que aquello no era más que una pesadilla, la mentira de un sueño, o tal vez su verdad. ¿Se enterarán los perros también, del otro lado del espejo, de la razón última e las cosas?
Salí esta mañana. Hice nuestro recorrido. No es igual, claro, pero fue una especie de homenaje, una disculpa por no haberme despedido, haberle dejado ir sin que se me ocurriera esa ultima palabra que nunca cabe con un amigo a que siempre hay algo más que decir, por más que todavía no se sepa qué es.
Bond era tierno, cariñoso, dulce, comilón y le crecía el pelo en seguida, hasta taparle los ojos. Me escuchaba atento, cuando yo le hablaba, y me sacaba a pasear una vez por la mañana y otra por la tarde. Si me retrasaba, venía cejijunto a buscarme, moviendo nervioso el muñón de rabo. Ibamos, pasito a paso de ambos viejos. Hablando de mis cosas, que él, las suyas, se las guardaba prudente. Hacía tiempo que no íbamos hasta la playa, demasiado lejos para ambos, ni al campo de la romería, donde solía disfrutar corriendo y saltando, cuando más joven, entre la hierba. De vez en cuando, se acercaba, comprobaba que no me había ido y me daba las gracias por estar allí, que hiciera sol y que le dejase correr en busca de sus fantasías.
Ultimamente nos dormíamos en sendas butacas, cuando el programa de la televisión, como suelen algunos, resultaba especialmente aburrido, banal o impúdico. A uno y otro nos importaban muy poco las vicisitudes vitales de esa pandilla que suele repetirse en periódicos amores y desamores, follaje a mansalva y captura de numerario. De vez en cuando, saltaba por encima de los reposabrazos y me ponía la zarpa en el hombro. No te preocupes, me decía en silencio, sigo aquí aunque te duermas. Y yo, si el temblaba o gruñía en sueños, le ponía la mano encima para que no se preocupase y comprendiera que aquello no era más que una pesadilla, la mentira de un sueño, o tal vez su verdad. ¿Se enterarán los perros también, del otro lado del espejo, de la razón última e las cosas?
Salí esta mañana. Hice nuestro recorrido. No es igual, claro, pero fue una especie de homenaje, una disculpa por no haberme despedido, haberle dejado ir sin que se me ocurriera esa ultima palabra que nunca cabe con un amigo a que siempre hay algo más que decir, por más que todavía no se sepa qué es.
martes, 4 de mayo de 2010
Dentro de unos meses, tal vez semanas, quizá no sean más que días, tendremos que enfrentarnos a la realidad de que como grupo social somos pobres.
Lo cual quiere decir que en el orden mundial, ahora bastante más apretado que hace los dos siglos que tienen de vejez las ideas político sociales con que tratamos de reorganizar nuestra sociedad española, la nuestra, como cualquiera de las demás, tiene asignada una cuota de riqueza que está desequilibrada. Lo mismo que ocurre en el mundo, aquí unos pocos tienen mucho y muchos apenas disponen o de lo estrictamente necesario o de lo insuficiente.
Y unos cuantos, diría que entre la cuarta y la quinta parte de la población, es la que trabaja denodadamente y aporta la riqueza útil, es decir lo que posibilita que a trancas y barrancas funcionen los engranajes del conjunto.
Estamos en crisis. Ya lo sé. No es ninguna novedad, pero nuestra crisis lleva el acento, que la subraya, de que no hay quien se ocupe de tratar de ponerle remedio, porque quienes deberían, están convencidos de que todo se arreglará cuando los demás sean más ricos y nos convoquen a compartir su riqueza.
Craso y peligroso error.
El mundo en que vivimos ha entrado en un tiempo nuevo en que las gentes que lo habitan están dispuestas para exigir una adecuada participación en los dos acervos sociales humanos: el saber y la riqueza.
Centenares de millones de personas quieren saber y quieren participar del disfrute de la vida con la holgura mínima de la dignidad personal. Quieren ser todos libres a la vez y todos libres de este lado del espejo, es decir, durante su vida personal y familiar, junto, además, con esa familia, indispensable aún, mientras no se invente otra cosa, para la continuidad de la especie y el imprescindible aprendizaje para su adecuada convivencia social.
Tienen que comprender los que mandan que lo importante ha dejado de ser mandar y ha empezado a ser mandar responsablemente, y, como va resultando cada vez más evidente, con rendición de cuentas respecto de cómo y de que manera se mandó, cuando cada mandato acabe.
Es un anacronismo político social, una patología grave del sistema, partir de la convicción de que lo importante es conseguir el poder a cualquier precio, lograr a cualquier precio la mayoría absoluta y tratar a cualquier precio de provocar o de conservar votos a cualquier precio para mantenerla. Lo lícito es proponer programas de organización, participación y gobierno, proponerlos, que el pueblo, informado, tenga ocasión de contrastarlos con los demás posibles y efectivamente elija en cada ocasión con limpieza y transparencia.
Es urgente disponer de principios éticos del respeto de los cuales dependan la legitimidad de las leyes y las conductas de los gobernantes. Y, en primer lugar, debe tenerse conciencia plena de que la libertad es por definición algo limitado por el respeto de la libertad de los demás.
Es urgente divulgar que hay cosas y conceptos que no cabe someter a sufragio, puesto que en virtud de inalienables principios éticos, incluso están fuera del alcance de la caprichosa voluntad de cualquier iluminado, por más que deslumbre, convoque y convenza a cualquier número de personas.
Cualquier supuesta vía, medida, argucia, alternativa, etc., que se ocurra, se proponga o se adopte para salir de esta crisis en que estamos inmersos, estará equivocada y será inútil.
Yo puedo estar también equivocado.
Lo cual quiere decir que en el orden mundial, ahora bastante más apretado que hace los dos siglos que tienen de vejez las ideas político sociales con que tratamos de reorganizar nuestra sociedad española, la nuestra, como cualquiera de las demás, tiene asignada una cuota de riqueza que está desequilibrada. Lo mismo que ocurre en el mundo, aquí unos pocos tienen mucho y muchos apenas disponen o de lo estrictamente necesario o de lo insuficiente.
Y unos cuantos, diría que entre la cuarta y la quinta parte de la población, es la que trabaja denodadamente y aporta la riqueza útil, es decir lo que posibilita que a trancas y barrancas funcionen los engranajes del conjunto.
Estamos en crisis. Ya lo sé. No es ninguna novedad, pero nuestra crisis lleva el acento, que la subraya, de que no hay quien se ocupe de tratar de ponerle remedio, porque quienes deberían, están convencidos de que todo se arreglará cuando los demás sean más ricos y nos convoquen a compartir su riqueza.
Craso y peligroso error.
El mundo en que vivimos ha entrado en un tiempo nuevo en que las gentes que lo habitan están dispuestas para exigir una adecuada participación en los dos acervos sociales humanos: el saber y la riqueza.
Centenares de millones de personas quieren saber y quieren participar del disfrute de la vida con la holgura mínima de la dignidad personal. Quieren ser todos libres a la vez y todos libres de este lado del espejo, es decir, durante su vida personal y familiar, junto, además, con esa familia, indispensable aún, mientras no se invente otra cosa, para la continuidad de la especie y el imprescindible aprendizaje para su adecuada convivencia social.
Tienen que comprender los que mandan que lo importante ha dejado de ser mandar y ha empezado a ser mandar responsablemente, y, como va resultando cada vez más evidente, con rendición de cuentas respecto de cómo y de que manera se mandó, cuando cada mandato acabe.
Es un anacronismo político social, una patología grave del sistema, partir de la convicción de que lo importante es conseguir el poder a cualquier precio, lograr a cualquier precio la mayoría absoluta y tratar a cualquier precio de provocar o de conservar votos a cualquier precio para mantenerla. Lo lícito es proponer programas de organización, participación y gobierno, proponerlos, que el pueblo, informado, tenga ocasión de contrastarlos con los demás posibles y efectivamente elija en cada ocasión con limpieza y transparencia.
Es urgente disponer de principios éticos del respeto de los cuales dependan la legitimidad de las leyes y las conductas de los gobernantes. Y, en primer lugar, debe tenerse conciencia plena de que la libertad es por definición algo limitado por el respeto de la libertad de los demás.
Es urgente divulgar que hay cosas y conceptos que no cabe someter a sufragio, puesto que en virtud de inalienables principios éticos, incluso están fuera del alcance de la caprichosa voluntad de cualquier iluminado, por más que deslumbre, convoque y convenza a cualquier número de personas.
Cualquier supuesta vía, medida, argucia, alternativa, etc., que se ocurra, se proponga o se adopte para salir de esta crisis en que estamos inmersos, estará equivocada y será inútil.
Yo puedo estar también equivocado.
lunes, 3 de mayo de 2010
Hay una hora mágica, cada mañana,
cuando allá arriba graznan las gaviotas veleras,
hostiles,
siempre amenazadoras
bajo esa horrible belleza carroñera
de su impoluto plumaje, condenadas
a llevar el pico el estigma rojo de la sangre,
pero, justo a esta hora,
ángeles custodios de la nostalgia del viento del norte,
recaderas del viento, vigías
del horizonte.
Hay una hora en que,
recién nacidos,
vagamos
los humanos, en busca de noticias, con la inquietud
latiéndonos en el pecho
de que no haya amanecido en el resto del mundo.
Abrimos el periódico,
olor a tinta fresca, letras ensangrentadas por el último
crimen
pasional: “¡o mía o de naide! “,
otro coche bomba, más suicidas.
Sin duda, hoy también, en el resto del mundo
la humanidad sigue,
enamorada,
naciendo,
desenfrenada, presa del desamor, escéptica,
debatiéndose,
justo en el umbral
donde la sombra y la luz se equilibran
y flota en el aire
olor a muerte
y a vida, a la vez.
Una hora mágica, de amanecer,
gaviotas
veleras
y una garza sola, en medio del río, señalando con el pico
nadie sabe qué.
cuando allá arriba graznan las gaviotas veleras,
hostiles,
siempre amenazadoras
bajo esa horrible belleza carroñera
de su impoluto plumaje, condenadas
a llevar el pico el estigma rojo de la sangre,
pero, justo a esta hora,
ángeles custodios de la nostalgia del viento del norte,
recaderas del viento, vigías
del horizonte.
Hay una hora en que,
recién nacidos,
vagamos
los humanos, en busca de noticias, con la inquietud
latiéndonos en el pecho
de que no haya amanecido en el resto del mundo.
Abrimos el periódico,
olor a tinta fresca, letras ensangrentadas por el último
crimen
pasional: “¡o mía o de naide! “,
otro coche bomba, más suicidas.
Sin duda, hoy también, en el resto del mundo
la humanidad sigue,
enamorada,
naciendo,
desenfrenada, presa del desamor, escéptica,
debatiéndose,
justo en el umbral
donde la sombra y la luz se equilibran
y flota en el aire
olor a muerte
y a vida, a la vez.
Una hora mágica, de amanecer,
gaviotas
veleras
y una garza sola, en medio del río, señalando con el pico
nadie sabe qué.
domingo, 2 de mayo de 2010
Me niego a hablar de política. Dice un conocido que es la contracultura de la ambición de poder, el equivalente público de lo que representa en lo privado el falso amor –añade-, errado, del macho o de la hembra por su respectiva pareja, cuando uno de ellos a lo que aspira es a dominar al otro, poseerlo, en la más amplia acepción de la palabra.
Le digo que me parece alambicada su postura e insiste en que ejerce con honestidad en política, quien se dedica a ella y busca mejorar la sociedad humana y no su dominio, como está de verdad enamorado quien, hombre o mujer, busca la felicidad del otro, aún a costa de la propia.
Insisto, me niego a hablar de política. Prefiero estos temas candentes hoy, aquí, en la calle mayor, que en mi pueblo no se llama calle mayor, sino de esa cualquier otra manera de que en los pueblos se llaman las calles, en honor provisional y transitorio de un héroe, un sabio o un necio venido circunstancialmente a más, que de todo hay en la viña. Hoy, por el pueblo, lo que hay es el airecillo de primavera, todavía impregnado de un sol insuficiente, que, concentrado en un rincón, el remanso abrigado por una esquina, te agobia y entras sudoroso en la siguiente, donde te alcanza aquel mismo aire, ahora desasido del sol, puro recuerdo del invierno reciente o premonición de los cachos de hielo que arranca el cambio climático ese de los bloques del norte lejano, se te cuela y un te conviertes en el portador de un nuevo brote de catarro o de gripe propios de este tiempo. Como si te sellara la aduana del buen tiempo, bajo los trazados sardónicos de cada vuelo recto de las primeras golondrinas, que se entrecruzan desde hace unos días con los vencejos que ya estaban.
Una puñetería, el catarro de esta época, la gripe zeta, será, digo yo, al cazar al acecho desde escondrijos de fin de temporada de gripes, cuando es más difícil librarse de él y no sabes si vas a salir a la calle y le va a tocar la guardia al frío o al calor, mezclados a veces según la calle esté orientada o no al norte y vaya por sombrizo o solano. Se me acerca esta mañana, con el periódico recién comprado, todavía tierno, reciente en la mano y me pregunta la hora que tengo. Son casi las nueve, le digo, y me añado, sin decírselo, que lo desconcertaría, que no es hora que yo tenga, sino la que marcan los relojes supongo que por marcar algo, ya que ahora mismo, con eso de las horas de invierno, las de verano, la de Canarias y el efecto cambio de hora de los vuelos trasatlánticos, cada vez es más evidente que eso del tiempo no es más que, repito, una paradoja, o estoy dispuesto a admitir que una filfa inventada por los sabios –esos que merecen que pongan su nombre a un insecto o a una calle, para disfrazar lo poco que sabemos acerca también del tiempo-, ese misterioso ente conceptual, que pasa sin pasar y cuando te vas a dar cuenta, miras en el zurrón que suponías lleno de él y sólo hay unas migas. ¡Oye! –grito al primero que pasa- ¿sabes tú dónde puede comprar algo de tiempo? En la mirada con que me mira, adivino la suposición de que no estoy en mis cabales. Razón tendrá.
Le digo que me parece alambicada su postura e insiste en que ejerce con honestidad en política, quien se dedica a ella y busca mejorar la sociedad humana y no su dominio, como está de verdad enamorado quien, hombre o mujer, busca la felicidad del otro, aún a costa de la propia.
Insisto, me niego a hablar de política. Prefiero estos temas candentes hoy, aquí, en la calle mayor, que en mi pueblo no se llama calle mayor, sino de esa cualquier otra manera de que en los pueblos se llaman las calles, en honor provisional y transitorio de un héroe, un sabio o un necio venido circunstancialmente a más, que de todo hay en la viña. Hoy, por el pueblo, lo que hay es el airecillo de primavera, todavía impregnado de un sol insuficiente, que, concentrado en un rincón, el remanso abrigado por una esquina, te agobia y entras sudoroso en la siguiente, donde te alcanza aquel mismo aire, ahora desasido del sol, puro recuerdo del invierno reciente o premonición de los cachos de hielo que arranca el cambio climático ese de los bloques del norte lejano, se te cuela y un te conviertes en el portador de un nuevo brote de catarro o de gripe propios de este tiempo. Como si te sellara la aduana del buen tiempo, bajo los trazados sardónicos de cada vuelo recto de las primeras golondrinas, que se entrecruzan desde hace unos días con los vencejos que ya estaban.
Una puñetería, el catarro de esta época, la gripe zeta, será, digo yo, al cazar al acecho desde escondrijos de fin de temporada de gripes, cuando es más difícil librarse de él y no sabes si vas a salir a la calle y le va a tocar la guardia al frío o al calor, mezclados a veces según la calle esté orientada o no al norte y vaya por sombrizo o solano. Se me acerca esta mañana, con el periódico recién comprado, todavía tierno, reciente en la mano y me pregunta la hora que tengo. Son casi las nueve, le digo, y me añado, sin decírselo, que lo desconcertaría, que no es hora que yo tenga, sino la que marcan los relojes supongo que por marcar algo, ya que ahora mismo, con eso de las horas de invierno, las de verano, la de Canarias y el efecto cambio de hora de los vuelos trasatlánticos, cada vez es más evidente que eso del tiempo no es más que, repito, una paradoja, o estoy dispuesto a admitir que una filfa inventada por los sabios –esos que merecen que pongan su nombre a un insecto o a una calle, para disfrazar lo poco que sabemos acerca también del tiempo-, ese misterioso ente conceptual, que pasa sin pasar y cuando te vas a dar cuenta, miras en el zurrón que suponías lleno de él y sólo hay unas migas. ¡Oye! –grito al primero que pasa- ¿sabes tú dónde puede comprar algo de tiempo? En la mirada con que me mira, adivino la suposición de que no estoy en mis cabales. Razón tendrá.
sábado, 1 de mayo de 2010
Se sientan media docena escasa de personas, entre protagonistas ty espectadores cercanos a algunas de las más sonoras ocurrencias del país y a uno se le abren las carnes, in primis porque no hay país que lo aguante, in secundus, porque no hay gente que lo pueda intentar. Y aún cabe añadir lo de la vergüenza, en estos casos propia y ajena. Propia porque estábamos por allí, lo sospechábamos, pero hicimos, entonces, penitencia y nos consideramos, para tratar de salvar algo, paranoicos. Me admira la sencillez clara y concisa de mi viejo amigo, fotógrafo local profesional, que, acosado por una cliente convencida de ser mucho más por lo menos resultona de lo que su fotografía lograba hacerla parecer, repasó el corpus delicti y sólo le dijo: pos nun sei de que te quexas; tas como sos.
Tamos como somos o, si alguien prefiere decirlo de otro modo, somos como tamos. Y ni hay más cera que la que arde, ni se pueden fabricar cestos con mimbres diferentes de los que tenga a su alcance el artesano.
Hace mucho, cuando era niño, alguien dijo al alcance de mi oído que no había entonces español medianamente instruido que no tuviera manuscrita en algún cajón de algún mueble de su casa una obra teatral escrita por él. Ahora parecemos haber dado en la tarea político, económico, religiosa, que nos parecen cosa fácil y al alcance de cada cual, ya sabes, eso mismo que se piensa al echar una ojeada a las cuatro líneas, dos manchas y tres juegos cromáticos de una exposición de pintura y llegar a la convicción de que “eso lo hago yo, con las manos atadas a la espalda”. Siempre hay algún amigo que facilita espacio donde exhibir el frecuente resultado. No hay nada más difícil que la expresión sencilla y clara de un sentimiento. En ello consiste, nada más y nada menos, la obra de arte, que impresiona tanto a los necios entre que no dudo en contarme, que nos pasamos la vida, algunos entre que tampoco dudo en contarme, enfrascados en el vano e infructuoso intento de imitarla.
Hay quien se cree hasta en serio que es fácil entender de religión, de economía o de política, que alguien sabe ya lo que es y en que consisten la justicia o la libertad y cómo cabe implantárselas a la multitud y que disfrute o por lo menos se consuele. Y algunos de esa pléyade, incluso se atreven a tomar los mandos que circunstancialmente llegan estar en su poder para imponer al resto de una atónita humanidad sorprendentes convicciones respecto de lo que sería tan importante que empezasen a pensar las más sesudas, informadas, generosas, humildes e imaginativas personas del mundo, hombres y mujeres, mujeres u hombres solos, según, sin necesidad de esa otra pirueta absurda de escribir leyes para convocar a cada tarea un mismo número de varones y de hembras- ¿Por qué no de dolicocéfalos y braquicéfalos, rubios y morenos, altos y bajos, gordos y flacos? Sugiero para colmo que se haga la convocatoria en términos porcentuales, ya que si no, ¿cómo harán en esos pueblos que a veces aparecen en la prensa o la radio pidiendo remesas de hombres o de mujeres, para remediar pintorescas escaseces acerca de que hasta se han escrito libros y filmado películas más o menos divertidos?
Tamos como somos o, si alguien prefiere decirlo de otro modo, somos como tamos. Y ni hay más cera que la que arde, ni se pueden fabricar cestos con mimbres diferentes de los que tenga a su alcance el artesano.
Hace mucho, cuando era niño, alguien dijo al alcance de mi oído que no había entonces español medianamente instruido que no tuviera manuscrita en algún cajón de algún mueble de su casa una obra teatral escrita por él. Ahora parecemos haber dado en la tarea político, económico, religiosa, que nos parecen cosa fácil y al alcance de cada cual, ya sabes, eso mismo que se piensa al echar una ojeada a las cuatro líneas, dos manchas y tres juegos cromáticos de una exposición de pintura y llegar a la convicción de que “eso lo hago yo, con las manos atadas a la espalda”. Siempre hay algún amigo que facilita espacio donde exhibir el frecuente resultado. No hay nada más difícil que la expresión sencilla y clara de un sentimiento. En ello consiste, nada más y nada menos, la obra de arte, que impresiona tanto a los necios entre que no dudo en contarme, que nos pasamos la vida, algunos entre que tampoco dudo en contarme, enfrascados en el vano e infructuoso intento de imitarla.
Hay quien se cree hasta en serio que es fácil entender de religión, de economía o de política, que alguien sabe ya lo que es y en que consisten la justicia o la libertad y cómo cabe implantárselas a la multitud y que disfrute o por lo menos se consuele. Y algunos de esa pléyade, incluso se atreven a tomar los mandos que circunstancialmente llegan estar en su poder para imponer al resto de una atónita humanidad sorprendentes convicciones respecto de lo que sería tan importante que empezasen a pensar las más sesudas, informadas, generosas, humildes e imaginativas personas del mundo, hombres y mujeres, mujeres u hombres solos, según, sin necesidad de esa otra pirueta absurda de escribir leyes para convocar a cada tarea un mismo número de varones y de hembras- ¿Por qué no de dolicocéfalos y braquicéfalos, rubios y morenos, altos y bajos, gordos y flacos? Sugiero para colmo que se haga la convocatoria en términos porcentuales, ya que si no, ¿cómo harán en esos pueblos que a veces aparecen en la prensa o la radio pidiendo remesas de hombres o de mujeres, para remediar pintorescas escaseces acerca de que hasta se han escrito libros y filmado películas más o menos divertidos?
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