lunes, 7 de junio de 2010

Compro, vendo, cambio, decía el cartel, sin especificar. No se sabía, no sé aún qué compra, vende o cambia el chamarilero de la desvencijada furgoneta que por lo visto tres pitos le importa de qué se trate, él hará negocio con cualquier tipo de chatarra producido por el afán compulsivo de comprar que nos alimentan los colosales almacenes donde ha establecido campamento la tentación que hace tan poco saciaban Tigre Juan, el señor Andrés, todo a tres o León Salvador, amén de centenares de expendedores de los diferentes elixires curalotodos o de la eterna juventud, desde sus respectivos estalaches, reales o virtuales de todas y cada una de las ferias en que se compraba, vendía y cambiaba casi cuanto cabe imaginar.

La furgoneta aparcó, de mañana, a la salida del puente, enchufó un altavoz y pasen y vean, señoras y señores, que ha llegado el ropavejero y para ustedes se han acabado las penas y las tristezas, las preocupaciones y las crisis. El ropavejero, que por cierto vende miel de la Alcarria, afila cuchillos, navajas, tijeras, dispones de la panacea casi universal, que el cáncer, todo hay que decirlo, no cura, pero sí casi todo lo demás, incluidas la suciedad de la sangre y las manchas del honor.

sábado, 5 de junio de 2010

La playa, primavera, está vacía,
la mar hambrienta,
hay una estrellamar dormida
al hilo
del agua quieta.

Apenas puede soportar
el peso
del reverbero del sol, que la alisa,
mantiene
la espuma en flor, convertida
en rayas de luz, como palabras,
que, en el fondo,
mueve el agua.

¿Dónde estás,
que aún no veo
la silueta de cara, el perfil
de tus hombros,
tus rodillas?

Eres,
sin remedio ni duda, ya,
mi amor de este verano,
cuando no tendré amor.

viernes, 4 de junio de 2010

Me ha hecho gracia esta tarde, presentando un libro cruzado, él, el mío, yo, el suyo, con un amigo, me pidieron que leyese alguno de los poemas que contiene el mío. No sabéis –les dije- el peligro que entraña pedirle a un autor que lea parte de su obra. Os ponéis indefensos a su merced. ¡Qué puede ilusionar más a un poeta que recitar sus producciones! Os salva mi sentido crítico –añadí-, por un lado y por otro el pudor que me queda y me atenaza siempre que hablo en público, avergonzado como lo hago, de la propia incompetencia, que en seguida advierto para mi capote, que sufro para comunicar mi interpretación del milagro de vivir y poder comunicarse y enamorarse. Lo único malo –dije a la periodista que me preguntó- es que estoy convencido de que el mundo es un equilibrio en que lo mismo son necesarios para que existan el día y la luz, la noche y la oscuridad, que la pobreza y la tristeza para que existan riqueza y alegría. Y por eso es tan cierto lo que hace ya tanto prologaba Sommerset Maugham en uno de sus libros traducidos allá por los años cuarenta y cincuenta, de que vivir arduo y difícil, es como caminar por el filo de una navaja.

A los poetas de verdad, cuando recitan, casi siempre hay que ponerles al lado a alguien que les tira de la ropa cuando ya se están pasando en lo de recitar “parte” de su obra.

Mi “presentador” sí que es un periodista capaz de contar lo que pasa a su alrededor con una excelente, envidiable y desde luego envidiada prosa poética. Sospecho que escribe poesías, pero no se lo cuenta a nadie, porque un periodista, para serlo, tiene que disimular, que sigue creyéndose gran parte de los lectores, que los hombres no deben llorar.

Y, hablando de otra cosa, he advertido hoy con cierto asombro que hay personas que consideran que la vida es una molestia inevitable para poder estar vivos. Tal vez son una casta especial. Desprecian el poder, el dinero y hasta el conocimiento. Les basta sentir la vida, vivirla, pasar por ella impregnándose de todo, pero sin querer llevarse nada de lo que van teniendo alrededor. Pagan el alto precio de ese desconcierto con que se enfrentan a la dura realidad las pocas o muchas veces que se ven obligados a enfrentarse con ella.

miércoles, 2 de junio de 2010

En la plaza mayor, a la hora de la siesta,
cuarenta grados al sol, pleno verano, como es natural,
no hay nadie,
más que la bandada de gorriones
y el bando
de palomas. La encargada del quiosco de periódicos
duerme
con la cabeza apoyada en el antebrazo
y la melena, rubia,
desparramada.

Si miras, sin embargo
con cierta atención porque están hechos
de luz de luna,
reflejos
de agua,
niebla,
tal vez espuma,
verás cómo se escurren, entre los soportales,
los ángeles custodios
de la gente dormida a esta hora,
desmadejada, tal vez muerta,
en los mechinales de la antigua,
gloriosa
ciudad amurallada.

Los ángeles
no tienen cuerpo ni calor. Son como pensamientos
entresoñados.
Hasta el punto de que sea posible
que lo entrevisto en la plaza mayor
sean volutas de humo del asador, cuyos hornos
se están apagando
a esta hora sin vida de la tarde
que un grupo de turistas con piel alangostada
aprovecha
para visitar, oh, ah, la parte vieja
de los blasones y los nidos de cigüeña,
y los pasos perdidos, seguidos
por sus sombras
y sus ecos,
que asustan a los ángeles custodios
de la antigua ciudad señorial,
todos, aún,
dormidos. -
Era negra,
terciada de tamaño,
llevaba el nombre tatuado
Underwood
y las teclas todas, tenían un reborde metálico
y el techo de cristal.

A través del techo se veía lo que estaban pensando,
es decir, el nombre
de cada letra, incluso las menos frecuentes
como la uve doble
o la ka. Unas teclas especiales
soñaban paréntesis,
comas,
admiraciones
la ce con cedilla y otras zarandajas.

Las teclas, aprendí en seguida, no saben
pensar palabras completas. Ni siquiera decir
aquello de que mamá me ama
o paloma
que sirven para aprender a leer.

No me acuerdo de haber aprendido nunca,
y con las teclas de la vieja Underwood
inventé poco a poco las palabras.

Ella sí sabía,
las tenía todas,
las palabras, digo, desmenuzadas
en las teclas blancas.
Me contó, una tras otra las mil mejores poesías
y las más tristes
y las más jocosas
leyendas del mundo. Fue mi Sherezade,
hasta que un día,
por sorpresa,
durante la noche de mi tristeza hermana,
se fue a ver mundo y aún no ha vuelto,
tal vez,
esté en otro país u otra ciudad
confiando a otro niño sus secretos.
Por entre las translúcidas nubes bajas que han venido esta mañana de la mano del viento del norte, disfrazadas de niebla, pasa la claridad del sol, que no llega a ser sol, pero es vaga reminiscencia de la luz. Cosas de la primavera. Que está loca, dicen, a diferencia de su primo lejano, el otoño, que es estación de serena placidez, llena de recuerdos de la brillantez reciente del verano y las cosechas. La primavera tiene esta loca cabeza llena de proyectos, es como la víspera de la fiesta, su imposible proyecto, fingido, hecho y deshecho mil veces cada día de su irrefrenable adolescencia del tiempo. Pienso, ahora que lo digo, que el universo fue creado en primavera y el estallido inicial no fue más que uno de los cambios de humor que cada año se conmemoran con la locura actual, llena de capullos, pájaros apresurados, con la boca llena de pajas para hacer cada nido y frenesí de recreación. Nada es en primavera lo que parece, ni falta casi nada en el aluvión de proyectos que se quieren adivinar en las manos del futuro. La primavera es tiempo de juventud, con versos de Walt Whitman y de Rubén Darío flotando en cada rayo de sol. Laila, el cachorro de perrilla de aguas, parece enloquecida. Corre por casa, para, atenta, cuando oye cada ruido nuevo, se asoma a la calle y retrocede porque pasan, amenazadores, los coches. ¿Os habíais dado cuenta de que los coches son como condenados, judíos errantes, Ashaverus mecánicos predestinados a no encontrar aparcamiento y seguir y seguir, hasta uno de esos gigantescos cementerios de automóviles que van bordeando todas las carreteras del mundo y tal vez lleguen a ser algún día parte del último siniestro, lúgubre paisaje de metales y plásticos retorcidos que verá el último ser humano sobre la tierra?

martes, 1 de junio de 2010

Tengo un ejemplar del libro que publicaré el jueves. Una autentica pequeña obra de arte, su edición. Lástima que el contenido, es decir, mi obra, parezca una mona vestida de seda, que, según el refrán, aún así ataviada, con esa evidente elegancia, se queda en mona. A mí, he de confesarlo, hay poemas que me gustan, pero muchos los cambiaría ya, que pocas veces soy capaz de vencer la tentación de corregir lo que escribí un día, cada vez que lo leo. Repito una vez más que es muy difícil expresa, escribir lo que alguna vez se ha sentido. Los sentidos, como voces de sirena, transmiten a las neuronas mensajes equivocados y las neuronas, con sus peculiares limitaciones, propias de cada persona y puede que características de cada cual, discurren como pueden y emiten mensajes que los mecanismos de la escritura han de limitar a la frágil capa cultural de cada individuo sus posibilidades de expresar el sentimiento, al final una fotocopia deslucida y devaluada de la impresión inicial.

Comprendo que mis poemas no sean extraordinarios, pero son míos, y por eso me gustan, los que me gustan, y me produce una singular sensación leerlos articulados en algo tan admirable siempre como es un libro. Que la imprenta ha posibilitado multiplicar, pero aún el subconsciente es capaz, por lo menos en mi caso, de imaginar y es posible que recordar cuando un rollo era un tesoro que los emperadores mandaban emisarios a buscar a remotos países, dispuestos a robarlos o a pagar por ellos precios increíbles.

Hablando de otra cosa, han llegado hoy juntos el sol y la niebla húmeda del norte, el euro sigue enganchado en su telaraña, al borde de la cual, la araña se relame y lava las patas. Para colmo, hoy se han liado a tiros, ahora nadie sabe ni explica demasiado bien por qué, unos contra otros. Los “unos” disparaban sin duda, los “otros”, recibieron el tiroteo. Al perro flaco de la sociedad mundial perdida en su laberinto, todas son pulgas de ideas insuficientes para trepar o saltar a tratar ver el sol, por encima de esta niebla pegajosa. Un conferenciante dijo hoy no sé dónde que lo que no hay que tener es pesimismo. De acuerdo, pero ¿por qué no se lleva usted, señor conferenciante, a los tirios y los troyanos, como dicen que hizo el flautista de Hammelin primero con los ratones y después con los niños?