Ahí arriba, en la parte alta del blog, aparece una barrita donde dice: siguiente blog, y a continuación, dándole que te pego, clic tras clic, van saliendo los monólogos de todos los hamlets del mundo, que son por cierto infinitos, al parecer, o yo estoy ya tan viejo que podría haber llegado al final y reemprendido sin darme cuenta la lista así aparentemente interminable como decía mi ti abuelo hace muchos años cuando iba al cine y se sentaba, como él añadía, en punta de fila y se pasaba la tarde viendo películas diferentes sin parar, en realidad sólo dos, pero que olvidaba, nada más vistas y así eran una y otra vez nuevas, en serie interminable.
Bueno pues hago clic una vez más y aparece una joven chilena que recién acaba de cumplir los veinticinco años que considera ella la tercera parte de una vida que estima ha de durarle setenta y cinco, desde su actual perspectiva de recién licenciada en medicina. Mi enhorabuena, desde el anonimato de lejanía y silencio. Pregunta a continuación si habrá alguien en el mundo que no tenga ego. El ego a que se refiere es esa exageración del yo que nos convierte, a la mayoría, en egomaníacos. Desde sus veinticinco años, augura esta moza perspicacia singular, salvo en lo que hace referencia a la duración de una vida que le deseo mucho más larga y feliz. Todos en efecto padecemos de exceso evidente en nuestra autoestima. La compensamos al atardecer, esos muchos días que al reencontrarnos y vernos como en realidad somos, se nos cae el alma a los pies y se hace añicos como un espejo roto.
En realidad, he de confesar, que se trata de mis digresiones. Por eso, advierto que para cualquier curioso lector, podrían ser poco interesantes, intrascendentes, banales y hasta aburridas. Entonces -me pregunto- ¿para qué las escribes? Aún no he hallado respuesta para esta pregunta.
miércoles, 16 de junio de 2010
Feliz, dice en un ex libris mi admirado Charles Morgan, quien, como Ulises, ha hecho un hermoso viaje. Confieso que, como la Odisea, de cada viaje yo prefiero el viaje en sí, el regreso es otra cosa, a la llegada.
Hacer un hermoso viaje supone haber ido despacio, siguiendo los tortuosos caprichos del camino y contemplando los diferentes paisajes y las gentes diferentes que los pueblan. Cada paisaje es probable que tenga un bellísimo rincón tal vez difícilmente accesible; cada habitante de cada paisaje tiene una historia propia, suya, individual, otra familiar y la tercera constituida por las leyendas de su comarca.
El regreso es otra cosa, es consentir con la nostalgia, permitir que su atracción nos mueva de nuevo hacia nuestros rincones preferidos, y, de entre ellos, al que constituye nuestro hogar, dentro del cual todavía hay un espacio más íntimo, estricto. Hacia ellos venimos a toda la velocidad que nos permiten el vehículo y las leyes.
Tengo que ir de viaje. Hasta la meseta, hasta Castilla, hasta la tierra donde aún quedan, más testimoniales que útiles, los gigantes que engañaron al pobre don Quijote contándole que eran molinos. Como castigo, ahora mismo, les ha quedado su figura de molinos de viento, y la única función de mover con lentitud sus grandes aspas.
Hablaré, si puedo acercarme, subrepticiamente, sin que se entere nadie, no sea que me motejen de espía o de chiflado, hablaré con esos gigantes, les diré que estoy en el secreto, lamento su triste destino, pero a la vez les envidio no tener otra cosa que hacer que estar atentos al viento que sin cesar pasa cargado de hermosas palabras, dichas nadie sabe nunca dónde ni cuándo, pero que el viento articula y dice con esa especial habilidad suya de conjugarlas con los soliloquios de los árboles.
Hacer un hermoso viaje supone haber ido despacio, siguiendo los tortuosos caprichos del camino y contemplando los diferentes paisajes y las gentes diferentes que los pueblan. Cada paisaje es probable que tenga un bellísimo rincón tal vez difícilmente accesible; cada habitante de cada paisaje tiene una historia propia, suya, individual, otra familiar y la tercera constituida por las leyendas de su comarca.
El regreso es otra cosa, es consentir con la nostalgia, permitir que su atracción nos mueva de nuevo hacia nuestros rincones preferidos, y, de entre ellos, al que constituye nuestro hogar, dentro del cual todavía hay un espacio más íntimo, estricto. Hacia ellos venimos a toda la velocidad que nos permiten el vehículo y las leyes.
Tengo que ir de viaje. Hasta la meseta, hasta Castilla, hasta la tierra donde aún quedan, más testimoniales que útiles, los gigantes que engañaron al pobre don Quijote contándole que eran molinos. Como castigo, ahora mismo, les ha quedado su figura de molinos de viento, y la única función de mover con lentitud sus grandes aspas.
Hablaré, si puedo acercarme, subrepticiamente, sin que se entere nadie, no sea que me motejen de espía o de chiflado, hablaré con esos gigantes, les diré que estoy en el secreto, lamento su triste destino, pero a la vez les envidio no tener otra cosa que hacer que estar atentos al viento que sin cesar pasa cargado de hermosas palabras, dichas nadie sabe nunca dónde ni cuándo, pero que el viento articula y dice con esa especial habilidad suya de conjugarlas con los soliloquios de los árboles.
martes, 15 de junio de 2010
Venían –es probable que viniesen- los barcos de vela y las traineras a la vez, bajo un dosel de graznidos de gaviotas. Siempre hay demasiadas gaviotas. Comen de todo, pero sobre todo se comen lo que pueden de cada ahogado que topan flotando boca arriba.
Venían los barcos de vela, de huir de la pobreza, cambiándola por un coctel de exilio y nostalgia a partes iguales.
Los barcos que habían ido a las Américas y a los puertos del norte, de la Liga Hanseática.
Las traineras que venían de pesca, con mayor espesura, por ello, de graznidos de gaviota y un enredijo de alas.
Ahora mismo, hoy, en cambio, vienen las olas, enormes, solas y se quiebran contra el malecón desmesurado, muro de lamentaciones del mar, que aquí, en bocas marineras, es la mar. Cae desmenuzada, sobre el malecón, la pedrería del agua irisada.
¿Sirve para beber, el agua irisada? –pregunta la niña-
Y la madre, dudosa: tal vez.
Pues yo quiero –grita la niña- beber agua irisada, que sabe, como las gominolas de diferentes colores, a diferentes sabores: uno verde, otro color canela, otro naranja y el de limón, amarillo limón.
-Ay, abuelo, quiero entrar en una mar de agua irisada-
-¡Pero si no la hay!
Miento, que en el patio elevado a la categoría provisional de jardín por la terca atención de mi mujer y la generosidad de las más modestas de las rosas, muy de mañana, prendida cada gota en la telaraña de la escalera, hay, que lo he visto esta mañana, un millón de millones de gotas de rocía en que el agua se irisa y estornuda un destello.
Venían los barcos de vela, de huir de la pobreza, cambiándola por un coctel de exilio y nostalgia a partes iguales.
Los barcos que habían ido a las Américas y a los puertos del norte, de la Liga Hanseática.
Las traineras que venían de pesca, con mayor espesura, por ello, de graznidos de gaviota y un enredijo de alas.
Ahora mismo, hoy, en cambio, vienen las olas, enormes, solas y se quiebran contra el malecón desmesurado, muro de lamentaciones del mar, que aquí, en bocas marineras, es la mar. Cae desmenuzada, sobre el malecón, la pedrería del agua irisada.
¿Sirve para beber, el agua irisada? –pregunta la niña-
Y la madre, dudosa: tal vez.
Pues yo quiero –grita la niña- beber agua irisada, que sabe, como las gominolas de diferentes colores, a diferentes sabores: uno verde, otro color canela, otro naranja y el de limón, amarillo limón.
-Ay, abuelo, quiero entrar en una mar de agua irisada-
-¡Pero si no la hay!
Miento, que en el patio elevado a la categoría provisional de jardín por la terca atención de mi mujer y la generosidad de las más modestas de las rosas, muy de mañana, prendida cada gota en la telaraña de la escalera, hay, que lo he visto esta mañana, un millón de millones de gotas de rocía en que el agua se irisa y estornuda un destello.
lunes, 14 de junio de 2010
Las ciudades de Castilla son como estancias de la memoria –lo digo porque el jueves he de volver a una de ellas y se me ocurre ahora-. Todas tienen, alrededor de lo que llaman casco viejo, dentro de los límites del cual se desmoronan las iglesias y está vacía, absorta, helada, la catedral, mientras que en la periferia hay una serie de desgarbadas urbanizaciones desangeladas, mediante que la vieja ciudad trata de imitar a las capitales más grandes. En este país mío, hay como media docena de capitales grandes. Las otras son ciudades, o de Castilla o de la periferia del norte, el sur o el este. Al oeste están Portugal y Galicia. Por sus cuatro costados, España limita, con el mar a que los marineros llaman la mar. Por el este con la mar clásica, llena de leyendas y de piratas beberiscos, por el oeste con el mar del Finisterre, amenazador, y por el sur, con la nerviosa mar del estrecho, inestable. El otro mar, la otra mar, está al norte, cargada vientos, de niebla, de graznidos de gaviotas excitadas. Los piratas del norte, cuando no eran corsarios ingleses, fueron vikingos. De vez en cuando llegaba una goleta francesa y en mi pueblo cuentan que desorejaron a los prisioneros. Menos mal que por el norte llegó hasta aquí también la liga hanseática y fueron y vinieron los veleros de la emigración. En medio, en León y las dos Castillas, está el ombligo de la meseta, que es como una plataforma de lanzamiento de sueños. Cuando la tierra es seca y dura, sirve de plataforma de lanzamiento de sueños. Durante uno de esos sueños, descubrieron los castellanos el nuevo mundo y eso nos hizo tan ricos que nos convirtió, a ellos y a nosotros, sus descendientes, en pobres punto menos que de solemnidad.
domingo, 13 de junio de 2010
¡Que viene el cambio climático! –dicen los unos-, y los otros: una filfa, eso es lo que es el cambio climático. En realidad nadie sabe. Hemos tardado tanto en advertir que todo cambiaba sutilmente, y luego nos hemos puesto a vivir tan deprisa y corriendo y han inventado tanto y estamos disfrutando de ello, o tal vez padeciéndolo, con tantas urgencias que es como si la película de nuestra efímera vida, en realidad tan corta y siempre la misma para cada cual, es decir, la suya, se contempla ahora como si fuese una película cinematográfica y alguien hubiera acelerado la cámara hasta fingir movimientos como los de las viejas películas de Chaplin.
Envidio esas ciudades de la calma, cuyas autoridades han decidido incorporarlas -¿reincorporarlas?- a la lentitud de cuando ni se habían inventado los coches ni tenía nadie prisa por comunicar, telefonillo en orejo, los mensajes más banales con la mayor rapidez posible.
Da pena que se pasen consignas por SMS o se llame para que enciendas o apagues el horno o mires si hay pan en la panera. O para cantarle las cuarenta a un amigo atribulado, que no sabe qué hacer para disculparse. Hay horas punta en que miras a tu alrededor y es como la salida de Madrid a última hora del horario laboral de la tarde, en cada oreja hay uno de esos que los italianos han dado en llamar, según nos cuenta Donna León en sus deliciosas policíacas de Guido Brunetti, “telefonino”. Recuerdo lo que según la vieja Codorniz publicó Pittigrili en sus hoy amarillentas páginas: Italia –y España, añado yo-, se diferencia del resto de Europa en que mientras que en Europa todos los abogados tienen teléfono, en Italia –y tal vez en España, vuelvo a apostillar yo-, todos los teléfonos tienen abogado.
Es increíble, pero puede que alguna de esas ciudades del sosiego devuelva a sus habitantes al recado de escribir, el billete amoroso, el abanico con sus lenguajes crípticos, si acaso, el tranvía y los niños jugando en la plaza al fútbol con pelotas de trapo. Tal vez regresen entonces las bandadas de gorriones y aquellas nubes que deben contar los jubilados, desde sus asientos en los bancos del parque o en el atrio de la Iglesia, tal vez al pie de la recuperada olma de la plaza de Pedraza de la Sierra, nubes con forma de carabelas y de dragones, de gigantes y cabezudos, en definitiva de sueños.
Envidio esas ciudades de la calma, cuyas autoridades han decidido incorporarlas -¿reincorporarlas?- a la lentitud de cuando ni se habían inventado los coches ni tenía nadie prisa por comunicar, telefonillo en orejo, los mensajes más banales con la mayor rapidez posible.
Da pena que se pasen consignas por SMS o se llame para que enciendas o apagues el horno o mires si hay pan en la panera. O para cantarle las cuarenta a un amigo atribulado, que no sabe qué hacer para disculparse. Hay horas punta en que miras a tu alrededor y es como la salida de Madrid a última hora del horario laboral de la tarde, en cada oreja hay uno de esos que los italianos han dado en llamar, según nos cuenta Donna León en sus deliciosas policíacas de Guido Brunetti, “telefonino”. Recuerdo lo que según la vieja Codorniz publicó Pittigrili en sus hoy amarillentas páginas: Italia –y España, añado yo-, se diferencia del resto de Europa en que mientras que en Europa todos los abogados tienen teléfono, en Italia –y tal vez en España, vuelvo a apostillar yo-, todos los teléfonos tienen abogado.
Es increíble, pero puede que alguna de esas ciudades del sosiego devuelva a sus habitantes al recado de escribir, el billete amoroso, el abanico con sus lenguajes crípticos, si acaso, el tranvía y los niños jugando en la plaza al fútbol con pelotas de trapo. Tal vez regresen entonces las bandadas de gorriones y aquellas nubes que deben contar los jubilados, desde sus asientos en los bancos del parque o en el atrio de la Iglesia, tal vez al pie de la recuperada olma de la plaza de Pedraza de la Sierra, nubes con forma de carabelas y de dragones, de gigantes y cabezudos, en definitiva de sueños.
sábado, 12 de junio de 2010
Novedad impropia de la época, reveladora de la frágil textura de nuestra civilización y sus ventajas es la de habernos quedado sin agua y que nadie nos diga lo que va a durar el fenómeno. Si es grave lo primero, lo segundo es tragicómico y desalentador.
El señor alcalde mayor debería apuntar en su agenda electrónica, tal vez en su iPad nuevo, que hay que ponerle a esa tubería que se rompe con cada riada una defensa, una armadura, algo que nos permita confianza en el suministro y no tener que andar con jarras, palanganas, bidones y desesperanzas, sumidos en la desesperación desasosegada de no poder lavarnos a conciencia.
Dependemos de un guiño, un pestañeo, para quedarnos a la luna de Valencia, inermes por falta de agua o de energía eléctrica, por más que suban las tarifas y se lleguen a pagar cifras muy superiores a las de nuestros ahorros de toda una vida de trabajo para asegurarse la colaboración anual de un exquisito futbolista o la de cualquier impresentable impúdico, de uno u otro género, de los que nos embrutecen a nosotros, personal embelesado y por desgracia tan atento, desde la ventanilla de la televisión, con exhibiciones de sus aspectos más miserables.
Ahí arriba dejo escrito lo de lavarnos “a conciencia”, cosa muy diferente de lavarse la conciencia. “¡Ah!, ¡la conciencia!”, que diría un vate que conozco. Entre quien la ha perdido y quien sufre el agobio de mantenerla estricta, vagamos todos estos mediocres, sufriendo lo que Erich Fromm llamó en el título de una inolvidable obra “miedo a la libertad”. Cuenta allí y no acaba, del miedo que asalta al ser humano cuando llega a esa etapa cultural en que se informa de que la libertad supone responsabilidad y de que la conciencia es la relación entre libertad y responsabilidad, la medida de su equilibrio.
El señor alcalde mayor debería apuntar en su agenda electrónica, tal vez en su iPad nuevo, que hay que ponerle a esa tubería que se rompe con cada riada una defensa, una armadura, algo que nos permita confianza en el suministro y no tener que andar con jarras, palanganas, bidones y desesperanzas, sumidos en la desesperación desasosegada de no poder lavarnos a conciencia.
Dependemos de un guiño, un pestañeo, para quedarnos a la luna de Valencia, inermes por falta de agua o de energía eléctrica, por más que suban las tarifas y se lleguen a pagar cifras muy superiores a las de nuestros ahorros de toda una vida de trabajo para asegurarse la colaboración anual de un exquisito futbolista o la de cualquier impresentable impúdico, de uno u otro género, de los que nos embrutecen a nosotros, personal embelesado y por desgracia tan atento, desde la ventanilla de la televisión, con exhibiciones de sus aspectos más miserables.
Ahí arriba dejo escrito lo de lavarnos “a conciencia”, cosa muy diferente de lavarse la conciencia. “¡Ah!, ¡la conciencia!”, que diría un vate que conozco. Entre quien la ha perdido y quien sufre el agobio de mantenerla estricta, vagamos todos estos mediocres, sufriendo lo que Erich Fromm llamó en el título de una inolvidable obra “miedo a la libertad”. Cuenta allí y no acaba, del miedo que asalta al ser humano cuando llega a esa etapa cultural en que se informa de que la libertad supone responsabilidad y de que la conciencia es la relación entre libertad y responsabilidad, la medida de su equilibrio.
viernes, 11 de junio de 2010
Vengo de desayunar –todavía limpiándome la boca con una servilleta de papel- y está reunido, a pie de ordenador, todo el consejo de administración del blog, es decir, yo mismo, con todos y cada uno de mis disfraces personales -¿quién no tiene y usa una serie de disfraces personales, para sobrevivir en este paisaje desolado de principios de milenio, caravana humana errática y los buitres sobrevolándonos?- A ver qué va a ser esto. Una partida de días sin poner mano en el teclado. Y pretenderás tener derecho a retribuciones, dietas y ser alimentado, que te planchen las camisas y hasta les cosan los botones cuando se caigan. Sigo, haciéndome el loco, cosa que ciertamente no me resulta demasiado difícil, y un poco más allá, tengo la puerta abierta del despacho del señor director, que también soy yo; ¿qué te has creído? ¿qué esto se escribe sólo? ¿quién eres tú para andar por el mundo ocupándote de tantas cosas como no te conciernen y dejando ésta de mano, que es tu verdadero deber?
Bronca va, bronca viene y todo por haber andado por ahí, azacaneado y al trote, de una reunión en otra, escuchando atento a ratos, otros garruleando, que las palabras se las lleva el viento. Lo cierto es que no estuve aquí, donde tal vez debería, Anduve entre libros. Siempre entre libros. Los libros contienen todos los secretos, las miserias y las fantasías de la humanidad y pienso que conviene hurgar en ellos durante épocas como la que estamos viviendo, para entresacar los principios básicos.
El gran defecto de nuestros responsables actuales es tratar de construir con materiales frágiles sobre arenas movedizas. Pronostico grandes desengaños, sufrimiento, pero al final, la humanidad saldrá fortalecida y renovada, como un adolescente, de estas crisis superpuestas a que nos han traído quienes roban tantas veces los conceptos, es decir el alma de las palabras.
Bronca va, bronca viene y todo por haber andado por ahí, azacaneado y al trote, de una reunión en otra, escuchando atento a ratos, otros garruleando, que las palabras se las lleva el viento. Lo cierto es que no estuve aquí, donde tal vez debería, Anduve entre libros. Siempre entre libros. Los libros contienen todos los secretos, las miserias y las fantasías de la humanidad y pienso que conviene hurgar en ellos durante épocas como la que estamos viviendo, para entresacar los principios básicos.
El gran defecto de nuestros responsables actuales es tratar de construir con materiales frágiles sobre arenas movedizas. Pronostico grandes desengaños, sufrimiento, pero al final, la humanidad saldrá fortalecida y renovada, como un adolescente, de estas crisis superpuestas a que nos han traído quienes roban tantas veces los conceptos, es decir el alma de las palabras.
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