domingo, 5 de septiembre de 2010

Solecico septembrino, flojo y temblón, herido de nordeste. El banco del jardín que en realidad es el banco del patio, si no cierras los ojos, que los cierro, y te imaginas el jardín, porque huele a limonero y rosas, y entonces es un jardín, digas tú lo que digas y dígalo la razón, que para eso está la parte de imaginaciones locas que nos distorsiona vete a ver qué parte del cerebro y de cuál de los cerebros. Laila se enfada porque fuera, en el muro, se ha sentado un señor mayor, agobiado de bolsas de pan y años. Las bolsas las posa en el suelo, los años, mutados en sudor, se los enjuga con un gran pañuelo blanco que enoja aún más a Laila, que redobla sus ladridos. No pasa nada, le digo, ven, y la acaricio, pero ella desconfía, se advierte en seguida que todavía no me cree a pies juntillas, como un perro debe creer a su amo, que en realidad a quien cree es a mi mujer, que le echa de comer a diario y le limpia sus descuidos se cachorro inquieto.

El cielo es azul, pero ya no tan azul. No hay nubes, pero se presienten. Se advierte el otoño en la prisa que azuza al sol hacia su ocaso estos días y que esos ocasos no se pintan de naranja y oro.

Ralean, leo hoy, las vocaciones de curas y monjas. Por lo menos en el entorno de lo que dicen que sería la unión europea, pero pienso que a mí no me va a llegar a tiempo de festejar una Europa junta, definitivamente sin rayas ni fronteras. Un sueño todavía y menos mal que fueron capaces de hacer una moneda para casi todos. Asunto disparatado que a los más viejos nos ha desconcertado y no sabemos si llevamos dinero o si llevamos demasiado ni lo que en realidad nos cuestan las cosas. Llegados a casa, echamos cuentas y nos tambalea a veces el susto.

Sigo, periódico de domingo, siempre más gordo, y me encuentro con las tonterías que es capaz de decir parte de la gente que respetaba. Supongo que eso debe equilibrarse con lo que dirá con singular e inesperado acierto otra gente de la que no respetaba. Además, el periódico de domingo, como ha de ser por lo visto más gordo, contiene más letras y decir mucho propicia mayores probabilidades de acertar o de decir muchas y mucho más y más gordas tonterías.

Aquiles alcanza a la tortuga porque no cabe dar ventaja en el tiempo y celebrar la carrera en el espacio o viceversa. Si la ventaja se concede en el tiempo, debe correrse en el tiempo y si en el espacio, allí debe correrse.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Ahora es o son uno o varios jueces argentinos los que han decidido investigar sobre lo que siguen llamando el “franquismo”. No voy a entrar en la polémica posible acerca de si existió un “franquismo” o no, pero sus referencias perteneces sin duda ahora a la historia y no son los jueces, sino los historiadores los que pronto podrán empezar a opinar libremente a su respecto.

Nos ha tocado a algunos vivir, sobrevivir, en la etapa doliente de los dos siglos quizá por ahora más problemáticos de la historia de Europa: los XIX y XX. Dos tremendos siglos a lo largo de los cuales, la gente pasó de la ignorancia generalizada a la comunicación plural y desbordada. Un tiempo durante que quienes apenas podían conocerse, pasaron a relacionarse con todas las tremendas consecuencias de una estrecha convivencia.

Un contexto de tremendas convulsiones, crisis profundas, estados sociopolíticos y socioeconómicas de fiebres y convulsiones casi insoportables.

De las que, para colmo, acabamos de entrar, con el siglo y el milenio, en el Neorenacimiento.

No me extraña que también los jueces, es posible que desbordados de buena voluntad, sin duda contagiados por los múltiples rencores e inexorablemente desconcertados por la urgente rapidez de los cambios, estén, a lo largo del planeta, aportando síntomas de una nueva inquietud que los trae a resolver en el vacío de las incertidumbres.

Deberían esos jueces darse un paseo por Europa y descubrir los esfuerzos que, no sólo los españoles, sino todos los europeos estamos haciendo para que sea posible recibir el futuro con los brazos abiertos y sin rasgos genéticos, o con los menos rasgos genéticos que sea posible, del rencor decantado de pasadas ofensas recíprocas. Y como juristas, recordar que nos hay crimen ni castigo sin ley previa e inmediata reacción social, que ha habido muchas legislaciones vigentes en Europa, admitidas, reconocidas y vigentes para los diferentes pueblos, que no pueden interpretar, ni mucho menos aplicar con la cultura y las leyes de hoy. Y, como simples, sencillos y a la vez complicados seres humanos, que el tiempo y el espacio descomponen de tal modo los mapas, los cuadros y los paisajes sociales que el espectador debe conformarse con su incapacidad de intervenir para tratar de modificar un pasado donde no estuvo, cuyas razones o sin razones de pensar y de obrar no puede entender, por más que deba usarlas como experiencia para bien o para mal, que el blanco y el negro coexisten y tal vez como ya opinó Heráclito, se complementan en la Historia para que su recíproco contrario resulte identificable.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Ni tanto ni tan calvo. Hawking, que no sé si se escribe exactamente así, pero creo que cualquier eventual lector sabría de lo que estoy hablando, ni lo sabe todo ni sabe tan poco. Ahora se le ha ocurrido negar la existencia de Dios, pero tampoco podrá probar tal y tan negativo aserto. El hombre de todos los tiempos ha buscado desesperadamente a Dios, siempre y en todos los tiempos. No es una prueba de que exista, pero acredita que en el hombre hay algo que se lo hace necesario. Por eso lo buscamos, indagamos incansables, gritamos de vez en cuando eureka, convencidos, y poco después nos quema la duda las entrañas, pero seguimos buscando. Incluso Hawking, tras de negar, insiste en que explicará de algún modo lo que sólo en mi opinión Dios podría, si quisiera, explicarnos con todo detalle. Yo les confieso que no puedo probar ni la existencia ni la inexistencia de Dios, pero insisto en mi voluntad de creer y esperar. No sé lo que espero. No puedo imaginarlo, pero sería mucho peor no esperar nada, sería, de hecho es tremendo pensar que más allá de la banalidad de una existencia inútil no hay nada para justificarla. La polémica que ha empezado a arremolinarse carece de sentido, habida cuenta de que no cabe probar ni las aseveraciones de los tirios ni las réplicas de los troyanos. Al final no hay más que un empate en los argumentos y una necesidad evidente en la esencia del hombre, que sigue discutiendo, pensando, llegando a conclusiones, proclamándolas y defendiendo a capa y espada posturas, criterios, hipótesis reveladoras de una inquietud, una búsqueda incansable y parece que inevitable, que únicamente puede resolver por ahora un acto de la voluntad. Por probable que sea esto o lo otro, mi afirmación de que creo o la de Hawking, que dice que él no, sólo admiten una respuesta personal, el acto de voluntad de decir creo o no creo. Yo digo que creo. Y no me pregunten más, porque no tengo más explicaciones y por no saber, ni siquiera puedo imaginar cómo es Dios. Ese Dios indispensable del que no sé más que me ha hecho el regalo de una vida que comparto con El y con sus criaturas y con el resto de la creación, cuyas maravillas me rodean y hieren, o acarician, mis sentidos. ¿Del mal y del dolor? La oscuridad es el complemento de la luz. No habría luz, no podría haberla, si no existiera la oscuridad.
El cielo, esta mañana,
ha hechizado el agua
de la mar.
Por eso, ahora tiene su color, que nadie sabe
quien pintó antes en el cielo,
porque el cielo, dicen los sabios
que tampoco lo tiene.
Si acercas las mentiras -¿los hechizos?-
de todos los colores
tendrás el arco iris.
Si los dejas
fundirse en uno solo,
tendrás la luz
¿quiere eso decir algo?

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Hay siempre al borde del camino
pedruscos sueltos,
que,
levanto
y se arremolinan insectos de todos los colores,
a veces, una víbora irritada
o una desconcertada salamandra.

Hay siempre, al borde del camino
rincones escondidos, llenos
de vida, que mi curiosidad, altera,
descompone.
Hormigueros, que, por pura diversión,
excito.
Grillos, que, solo por recordar la niñez,
interrumpo en su incansable propósito
de abrir las cremalleras del ocaso,
los refugios secretos del viento.

Ya en casa,
me arrepiento de haber sido un misterioso,
horrible monstruo destructor
de la placidez de la existencia de tantas criaturas
mucho más inocentes que yo,
tal vez incapaces
de culpa,
que estoy seguro que ninguna
me guarda, sin embargo,
el más mínimo
rencor.

Hay siempre, al borde del camino
de la vida,
rincones y refugios de lo incomprensible
que es
la vida misma.
Estamos empezando a perder cordura –tal vez sentido común, que puede que sea otro nombre de lo mismo- y todo porque no sabemos cargar con las consecuencias de nuestra temible –creo que nos parece temible, como denunciaba Erich Fromm-, nuestra insoportable libertad. Somos responsables de cuanto nos ocurre. ¿Yo? –te preguntarán en cuanto lo digas. Pues si. Tú, yo, el de más allá y el otro. Todos y cada uno. Quien manda, cuando lo hace, o es por delegación nuestra o porque nos ha arrebatado una parte, mínima o mayúscula, de nuestra libertad. En una estado de derecho, en que dicen que vivimos ahora mismo, quien manda lo hace por delegación que en cualquier momento podemos, en teoría al menos, revocarle.

Lo cierto es que nuestra cordura evidencia peligrosas grietas, erosione y fracciones. Nos miramos con ira. Buscamos razones para imputarnos recíprocamente motivos de responsabilidad. ¡Tú tienes la culpa! –nos espetamos- de todo cuanto está ocurriendo, y es cierto, sólo que no respecto de toda la culpa, sino de una parte similar, si no igual, a la correspondiente al acusador. Somos corresponsables, en efecto, de cuanto está ocurriendo. Todos. Entre otras, por la razón de esta sinrazón de dejarnos embaucar por los de siempre. Mi inolvidable catedrático y singular maestro de Derecho Mercantil, don Joaquín Garrigues Díaz Cañabate, al tratar de desenredarnos los misterios de la quiebra, describía que en sus prolegómenos, los más listos, avispados, audaces amigos del presunto quebrado, se apoderaban de los restos del patrimonio del quebrado, mezclados con hilachas de las pertenencias de sus proveedores y eso salvaban, en su provecho exclusivo, del proceso supuestamente universal de la quiebra. Esos listos, avispados, audaces, pertenecen a la misma tribu de los que se arrogan el poder y nos engañan para conservarlo y hasta se atreven a decir que es que no somos capaces de comprender la suerte que tenemos de que ellos accedan a sacrificarse y continuar sirviéndonos de mentores, guías y hasta administradores.

Cada vez, sin embargo, más gente se enfada, protesta, busca chivos expiatorios, denuncia supuestas maldades. Ahí se advierte la erosión del sentido común. Porque lo importante no es rebuscar culpables de lo ocurrido, ni siquiera de lo que está ocurriendo, sino concertarse para remediarlo y aprovechar la ulterior euforia solidaria para perdonar.

¿Perdonar a quién? –me pregunta un interlocutor airado- Tú, le digo, perdona y no mires a quién.
En setiembre, la capital de esta región –ahora llaman autonomías, concepto por definir, en mi opinión, en el ámbito del derecho no sé si administrativo o político-, bueno, pues, si quieres, la capital de esta autonomía, que si prefieres también escribiré con mayúscula inicial: Autonomía –me imagino la sonrisa sardónica de mi profesor de Político, don Nicolás Pérez Serrano, si tuviera que explicarnos a las nueve de la mañana, que era la hora de su puntualísima clase, entre caramelo y caramelo de malvavisco, lo que podría ser una Autonomía, y me imagino la indignación de don Federico de Castro y Bravo, que aunque no explicaba Político, al hablarnos largo y tendido de la parte general del Derecho civil, que en derecho Privado es la madre del cordero, se quedaría sin palabras-, lo cierto es que la capital en cuestión inicia sus fiestas tradicionales de san Mateo. San Mateo fue el evangelista encargado de enseñar a los suyos, los judíos, impregnados como vivían en la época de la vieja Ley, en la que todo debería en el futuro por una parte apoyarse y por otra reinterpretarse. En la capital de mi Autonomía, que no es mía, sino que tal vez sea yo el que le pertenezco a ella, san Mateo tiene el tono y la interpretación lúdica que viene a cerrar todas las fiestas y festejos estivales de esta Autonomía. Los funcionarios y empleados, que siempre han sido sabios, piden las vacaciones en agosto, porque setiembre es en realidad una semiprolongación de las vacaciones, unas vacaciones en tono menor, con el trabajo ralentizado por el espíritu festero. Antes, los paisanos, paletos y palurdos del ámbito rural, íbamos a la capital de la Autonomía, con nuestros otros burros –los de cuatro patas-, enjaezados y almohazados con esmero, nuestras alforjas repletas y nuestras mantas de cuadros, a visitar los tiovivos, los tiroalblancos y las demás variopintas barracas del campo de maniobras. Ahora, las fiestas son de chiringuito o de alto copete y los paisanos, paletos y palurdos, asistimos de corbata, pero desconcertados y sin saber qué nos concierne y atañe de unos y de otras.