Cultivan lo inaudito, escriben cacofonías de la delicia de sus renuncias al pudor habitual de nuestra cultura. Nos están cambiando a un mundo que consideran y definen como menos hipócrita. Ignoran que lo que llaman verdad no es más que otra mentira provisionalmente alhajada y venerada como nuevo icono de otra cultura diferente, que en seguida y de nuevo necesitará de sus supuestas mentiras y sus supuestas hipocresías para que lo humano conviva hacia el futuro.
Piensan que nos están deslumbrando, regocijadas, colectivamente olvidadas de que en su decadencia y por ejemplo la sociedad romana inventó procacidades mucho mayores que las suyas, más complejas y sofisticadas, pero la sociedad es casi siempre un vaivén de permisividad y limitación que la equilibra porque resultaría insoportable incluso la permanente exhibición de la estética del desnudo, cuya tersura no resiste a la intemperie más que si acaso unas horas, transcurridas las cuales no es sino carne doliente de nuevo, ajada por el exceso.
Juegos florales del disparate, versos lujuriosos, impudor de la sexomanía libertaria. Echas de menos en seguida que las acometidas de lo oscuro dejen paso a quien vuelva a hablar de las blandas cosas ridículas para estas sacerdotisas de lo vulgar envenenado o disfrazado de éxtasis.
Vestirse, ropa o disfraz, es a la larga siempre indispensable hasta para enfrentarse al frío o defenderse del calor.
En realidad, he de confesar, que se trata de mis digresiones. Por eso, advierto que para cualquier curioso lector, podrían ser poco interesantes, intrascendentes, banales y hasta aburridas. Entonces -me pregunto- ¿para qué las escribes? Aún no he hallado respuesta para esta pregunta.
miércoles, 8 de septiembre de 2010
martes, 7 de septiembre de 2010
Había escrito una diatriba sardónica brotada del debate en marcha sobre cómo se ha de descubrir, seleccionar, nominar y proponer un responsable de algo, pero la borré de un teclazo, como permite hacer ahora este invento singular del ordenador casero, desde el que son tantas las posibilidades que se intuyen que hasta puedes sentirte importante. ¿Os figuráis a Sócrates o a Platón, su al parecer inmediato y laborioso discípulo, disponiendo de un artilugio como éste ahora tan habitual entre nosotros?
Cualquier pelafustán, yo mismo, dispone de una tribuna a que subirse, asomarse y atreverse a opinar incluso acerca de lo que nadie lo llama. Porque concernir, sí que nos concierne a todos la cosa pública, pero si de Sócrates nos cuentan que ya hacía el pueblo poco caso, y era Sócrates, ¿para qué vamos a opinar los que ni a la suela de la sandalia le llegamos a aquel viejo zorro de Zenón de Elea, tan divertido con lo del juego de Aquiles y la tortuga?
Cierto que el hombre es viejo sobre la tierra, pero no hay que darle prisa, desde aquello de los neandertales ha pasado mucho menos tiempo y tampoco hay por qué urgir que se invente el modo perfecto de gobernar los intereses generales, cuando, llegado que hubimos al tercer milenio de nuestra era, nos cuesta tanto hacernos a la idea de que podría convenir asociarse a por lo menos los europeos, para eso del mercado, el mundo más pequeño, la aldea global.
Mejor hablar del tiempo. Se ha pasado, decía uno de estos días alguno de los periódicos ojeados por mí, otro sabio, a la convicción de que hay cambio climático de veras. Y lo único que me consta es que las estaciones no son como eran y que se producen fenómenos de dimensiones sorprendentes y amedrentadoras. A título personal, yo no había sudado nunca tanto como este verano recién entrado en su última etapa. Pero es que tampoco había sido nunca tan viejo. Un verdadero lío.
Pasa un poco con la democracia, de la que sesudos varones habían asegurado que era la mejor de las malas fórmulas políticas de organizar la sociedad y ya veis lo que pasa. Parece como si una por una, todas estas fórmulas políticas las fuese desgastando el ingenio de los hombres, empeñado constantemente en hallar modos de ir gastándolas, como erosionándolas, forzando sus normas hasta el límite, doblándolas buscando siempre, como las especies, la hegemonía de los más fuertes, de los más hábiles, tal vez, Marinas nos ha ayudado mucho a distinguir conceptos, más que de los más inteligentes, de los más ingeniosos.
El ingenio es, como la palabra, una peligrosa arma que también puede usarse para bien y para mal, cuyo uso no puede limitarse ni prohibirse como se hace casi siempre con las armas blancas y las de fuego
Cualquier pelafustán, yo mismo, dispone de una tribuna a que subirse, asomarse y atreverse a opinar incluso acerca de lo que nadie lo llama. Porque concernir, sí que nos concierne a todos la cosa pública, pero si de Sócrates nos cuentan que ya hacía el pueblo poco caso, y era Sócrates, ¿para qué vamos a opinar los que ni a la suela de la sandalia le llegamos a aquel viejo zorro de Zenón de Elea, tan divertido con lo del juego de Aquiles y la tortuga?
Cierto que el hombre es viejo sobre la tierra, pero no hay que darle prisa, desde aquello de los neandertales ha pasado mucho menos tiempo y tampoco hay por qué urgir que se invente el modo perfecto de gobernar los intereses generales, cuando, llegado que hubimos al tercer milenio de nuestra era, nos cuesta tanto hacernos a la idea de que podría convenir asociarse a por lo menos los europeos, para eso del mercado, el mundo más pequeño, la aldea global.
Mejor hablar del tiempo. Se ha pasado, decía uno de estos días alguno de los periódicos ojeados por mí, otro sabio, a la convicción de que hay cambio climático de veras. Y lo único que me consta es que las estaciones no son como eran y que se producen fenómenos de dimensiones sorprendentes y amedrentadoras. A título personal, yo no había sudado nunca tanto como este verano recién entrado en su última etapa. Pero es que tampoco había sido nunca tan viejo. Un verdadero lío.
Pasa un poco con la democracia, de la que sesudos varones habían asegurado que era la mejor de las malas fórmulas políticas de organizar la sociedad y ya veis lo que pasa. Parece como si una por una, todas estas fórmulas políticas las fuese desgastando el ingenio de los hombres, empeñado constantemente en hallar modos de ir gastándolas, como erosionándolas, forzando sus normas hasta el límite, doblándolas buscando siempre, como las especies, la hegemonía de los más fuertes, de los más hábiles, tal vez, Marinas nos ha ayudado mucho a distinguir conceptos, más que de los más inteligentes, de los más ingeniosos.
El ingenio es, como la palabra, una peligrosa arma que también puede usarse para bien y para mal, cuyo uso no puede limitarse ni prohibirse como se hace casi siempre con las armas blancas y las de fuego
lunes, 6 de septiembre de 2010
Compro en la librería de mi pueblo “Los Kennedy”, autobiografiados por el más joven, ya envejecido, primero, y ahora, hace poco, muerto. Una historia que ha despertado mi curiosidad, como en su tiempo, sus protagonistas, mi admiración, truncada a tiros por nadie creo que sepa a ciencia cierta quién, que no es sólo, nunca, el que mueve el gatillo del arma o quita el seguro a la bomba, sino el secreto manipulador que sobrevive tanto a las revoluciones como a los magnicidios porque nunca interviene personalmente, nunca lo salpica la parte oscura al lado de que habita, pero sin dejar que lo alcance, o que los alcance, que a veces son varios y hasta muchos, ni la esquina de la capa ni el hálito del miedo.
No es oro, a veces, todo cuanto reluce. Pues claro. Somos personas, hombres y mujeres, gente, y, como tales, capaz cada uno desde la mayor ternura hasta la última bajeza. Pero esa capacidad de brillar, que también el latón tiene, destaca a algunos cuyo empuje advierte toda la humanidad como un soplo de aire fresco, compatible con los inexorables vicios que cada cual padecemos y que padecemos y ejercitamos todos. Y, a los mejores, solemos ponerlos bajo la lupa de esa envidia que no nos deja descansar hasta que, localizada una debilidad, comprobamos que también los mejores, al fin y al cabo, son como somos, falibles, débiles y por algún detalle al menos, susceptibles de que se les condene.
Al mismo tiempo, compro una “Historia de las lenguas hispánicas”, con la secreta esperanza de que me explique el por qué de este empeño en diversificarnos, hacernos diferentes, separar lotes incapaces de entender al vecino más próximo, so pretexto de que nos identifica cada idioma, cuando, todos hombres, la vocación que tenemos es la de entendernos cuantos más mejor usando los mismos giros, palabras que la mayoría sepamos capaces de entender según el tono o el contexto por lo menos. Ayer en la tele, un ilustre académico me dejó boquiabierto con la novedad de que una gramática no se confecciona para mantener entre reglas a cualquier idioma, sino para permitirle que se complique y complique de tal modo la complejidad de sus diferencias de concepto y sentido, según el espacio de utilización que al final incluso seremos incapaces de entendernos los que en teoría usemos el mismo idioma, cuando con las mismas palabras lleguemos a pretender expresar ideas y conceptos diferentes, por el procedimiento de darles distintos significados.
No es oro, a veces, todo cuanto reluce. Pues claro. Somos personas, hombres y mujeres, gente, y, como tales, capaz cada uno desde la mayor ternura hasta la última bajeza. Pero esa capacidad de brillar, que también el latón tiene, destaca a algunos cuyo empuje advierte toda la humanidad como un soplo de aire fresco, compatible con los inexorables vicios que cada cual padecemos y que padecemos y ejercitamos todos. Y, a los mejores, solemos ponerlos bajo la lupa de esa envidia que no nos deja descansar hasta que, localizada una debilidad, comprobamos que también los mejores, al fin y al cabo, son como somos, falibles, débiles y por algún detalle al menos, susceptibles de que se les condene.
Al mismo tiempo, compro una “Historia de las lenguas hispánicas”, con la secreta esperanza de que me explique el por qué de este empeño en diversificarnos, hacernos diferentes, separar lotes incapaces de entender al vecino más próximo, so pretexto de que nos identifica cada idioma, cuando, todos hombres, la vocación que tenemos es la de entendernos cuantos más mejor usando los mismos giros, palabras que la mayoría sepamos capaces de entender según el tono o el contexto por lo menos. Ayer en la tele, un ilustre académico me dejó boquiabierto con la novedad de que una gramática no se confecciona para mantener entre reglas a cualquier idioma, sino para permitirle que se complique y complique de tal modo la complejidad de sus diferencias de concepto y sentido, según el espacio de utilización que al final incluso seremos incapaces de entendernos los que en teoría usemos el mismo idioma, cuando con las mismas palabras lleguemos a pretender expresar ideas y conceptos diferentes, por el procedimiento de darles distintos significados.
Sé, pero no puedo demostrar,
que la eternidad
cabe en la punta de un alfiler. No necesita tiempo
ni espacio,
es la superposición, en este instante
del recuerdo de ayer
y la imagen
de mañana.
En la eternidad se extinguen, todos a la vez,
los banqueros,
los usureros,
los ropavejeros
y demás pájaros carroñeros
del tiempo, que todo lo corrompe
convertido en dinero.
El dinero no es más que eso: tiempo
podrido,
corrompido,
amasado
con sangre y con sudor,
y con desesperanzas.
La eternidad no continúa mañana, no empezó ayer,
sino que hoy mismo es ya mañana
y todavía ayer
que la eternidad
cabe en la punta de un alfiler. No necesita tiempo
ni espacio,
es la superposición, en este instante
del recuerdo de ayer
y la imagen
de mañana.
En la eternidad se extinguen, todos a la vez,
los banqueros,
los usureros,
los ropavejeros
y demás pájaros carroñeros
del tiempo, que todo lo corrompe
convertido en dinero.
El dinero no es más que eso: tiempo
podrido,
corrompido,
amasado
con sangre y con sudor,
y con desesperanzas.
La eternidad no continúa mañana, no empezó ayer,
sino que hoy mismo es ya mañana
y todavía ayer
domingo, 5 de septiembre de 2010
Hablar por hablar, qué pena,
qué desperdicio de hermosas palabras
gastadas en contar naderías,
contarle a uno las desdichas del otro,
en muchísimo secreto,
prometer algo para siempre
o que no haremos nunca no sé qué.
Somos gente, nada más, en un camino,
debemos aceptarlo, decir,
como mucho:
te quiero,
esta eternidad de este momento, que es lo mismo que decir
te querré siempre.
No hay más siempre que ahora mismo
ni más nunca. A todo más,
podrás, podremos,
con el poeta
prometer que seremos “ceniza enamorada”,
un día.
El recuerdo que dejaré en ti,
será,
como todos los recuerdos, ceniza de sí mismo,
el amor lo pondrás tú
a cambio del que hoy te tengo.
qué desperdicio de hermosas palabras
gastadas en contar naderías,
contarle a uno las desdichas del otro,
en muchísimo secreto,
prometer algo para siempre
o que no haremos nunca no sé qué.
Somos gente, nada más, en un camino,
debemos aceptarlo, decir,
como mucho:
te quiero,
esta eternidad de este momento, que es lo mismo que decir
te querré siempre.
No hay más siempre que ahora mismo
ni más nunca. A todo más,
podrás, podremos,
con el poeta
prometer que seremos “ceniza enamorada”,
un día.
El recuerdo que dejaré en ti,
será,
como todos los recuerdos, ceniza de sí mismo,
el amor lo pondrás tú
a cambio del que hoy te tengo.
La verdad es siempre una mentira que provisionalmente la sustituye. Así ha venido siendo durante la historia toda de los humanos. Filósofos eminentes han ido explorando supuestas verdades sucesivas y las han ido desnudando: esa tampoco era –nos confían a medida que obtienen conclusiones, cada vez más desesperanzados, más viejos y mas escépticos- Algún divertido filósofo ha llegado alguna vez a asegurar que no existe. Todo existe. Unas cosas en lo que llamamos realidad, esa conjunción espaciotemporal, otras en nuestra imaginación, algunas en la imaginación de los otros. Ha habido filósofo que con la mayor seriedad aseguró que es posible que seamos nada más que un sueño. El sueño duele, a veces, otras alegra. Eso lo convierte, por lo menos, en verdad provisional para quien ríe o llora. Como mi reflejo, que he mirado detrás del espejo, esta mañana, tras de parar la máquina de afeitar, y no estaba. ¿Dónde va nuestro reflejo, tan evidente al ojo, por más que nos fijemos, cuando damos la vuelta al espejo? Puede que él, a su vez, en su mundo, coincida siempre en mirar por detrás del suyo, cuando nosotros miramos por detrás del nuestro.
La mar susurra,
es el río
el que suele cantar. La mar prefiere,
cuando tranquila,
decir apenas
los secretos
que guardan las sirenas.
Unicas que saben la verdadera historia
de Ulises,
las sirenas son discretas,
tímidas,
tienen, sin embargo, los corazones de cristal
de roca.
Las sirenas, además de transparentes
-por eso no se ven, las intuyen
nada más
los adolescentes nacidos a la orilla de la mar-
son
un poco mentirosas. La historia
que contaron al viejo Homero era mentira, por ejemplo.
Una mentira –suelen decir- es más bella
que su verdad
alternativa.
es el río
el que suele cantar. La mar prefiere,
cuando tranquila,
decir apenas
los secretos
que guardan las sirenas.
Unicas que saben la verdadera historia
de Ulises,
las sirenas son discretas,
tímidas,
tienen, sin embargo, los corazones de cristal
de roca.
Las sirenas, además de transparentes
-por eso no se ven, las intuyen
nada más
los adolescentes nacidos a la orilla de la mar-
son
un poco mentirosas. La historia
que contaron al viejo Homero era mentira, por ejemplo.
Una mentira –suelen decir- es más bella
que su verdad
alternativa.
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