Tremenda soberbia la del hombre, cuando se atreve a escribir tratados de teología, que entiendo se considera la ciencia de Dios.
Estudiar, delimitar, definir el concepto de Dios es de un colosal atrevimiento.
O, por lo menos, a mí me lo parece.
Permanecí, ayer tarde, un gran rato, disfrutando de la saturación de un concierto especial para violonchelo. Ajustar los altavoces, acoplarlos. Saturar el aire de alrededor del cono de luz. Otoño. Mediatarde de un día gris, lluvioso. La música no demasiado alta, lo suficiente para que construya alrededor un bosque en que poder perderse recorriendo el sendero de la melodía, en los bordes del cual, y a veces atravesándolo, se produce la irrupción inesperada de un sonido, o el sonido alterna con silencios durante que puede invadir al caminante que escucha una sensación diferente de cuantas recuerda.
Cumpleaños de la Constitución. Nació en tiempos difíciles y sin embargo no fue el suyo un parto distócico. Hay quien opina que nació así de fácil porque lo dice todo con su contrario como posible. Unos piensan que se conserva joven y otros que ya es vieja y habría que llevarla al cirujano para estirar de aquí y de allá. Es malo, andarles a las constituciones con apaños, arreglos y modificaciones. Una Constitución acredita vigor y se autojustifica por su duración. Cuando con frecuencia se deja retocar, es que no está segura de sí misma y se convierte en ley ocasional, contra el carácter que como ley fundamental, de perdurable por largos períodos, debería ser una de sus características más importantes.
Es una Constitución, como tantos opinan, ambigua en algunos puntos concretos, pero es que una ley fundamental no tiene por qué ser clara, neta, terminante, inflexible. Es la gente como nosotros la que debe suscitar juristas capaces de interpretar culturalmente, con arreglo cada tiempo y cada espacio, esa ley fundamental ideal que sólo va decantando principios fundamentales de cada grupo social. Es la gente como nosotros la que en realidad debe inventar cada día y consolidar los vínculos sociales en que consiste el Estado.
Tiene cierta gracia eso que dicen de “Estado del bienestar”. No lo hay. El “Estado del bienestar” sería por lo menos la antesala del paraíso. El Estado es el grupo social nacional o plurinacional donde la gente debe tratar de vivir lo más solidariamente posible.
En realidad, he de confesar, que se trata de mis digresiones. Por eso, advierto que para cualquier curioso lector, podrían ser poco interesantes, intrascendentes, banales y hasta aburridas. Entonces -me pregunto- ¿para qué las escribes? Aún no he hallado respuesta para esta pregunta.
martes, 7 de diciembre de 2010
domingo, 5 de diciembre de 2010
Me acerco y asomo a la mar, hoy en calma, y te supongo, desconocida, pero sin duda y puesto que puedo imaginarte, posible, también mirando la misma mar desde el otro lado, más allá del horizonte y suponiéndome a mi como posible.
Coincidimos, durante este preciso momento, sin conocernos, dos meras posibilidades. Podría escribir unos versos y tú podrías escucharlos, y, con tu arrobo, halagar mi ego poético, tampoco vayas a creer que demasiado importante.
Me limito, déjame que te cuente y confíe, ahora que no nos escucha nadie, que canto porque me gusta cantar, sin demasiada preocupación por si lo hago bien o mal. Lo cual no quiere decir, desde luego que carezca de la ilusionada ambición de escribir por lo menos u día por lo menos un poema, que merezca ser recordado, pero sé que es difícil. Lo que hago entonces es escribir mucho, por si acaso.
Hoy se respira norte, sabe a norte el acelerado aire que pasa. La ilusión la producen las gaviotas, que vuelan muy altas, con sus gañidos y graznidos.
Necesitaba decírtelo, por si existes. Es casi Navidad.
Coincidimos, durante este preciso momento, sin conocernos, dos meras posibilidades. Podría escribir unos versos y tú podrías escucharlos, y, con tu arrobo, halagar mi ego poético, tampoco vayas a creer que demasiado importante.
Me limito, déjame que te cuente y confíe, ahora que no nos escucha nadie, que canto porque me gusta cantar, sin demasiada preocupación por si lo hago bien o mal. Lo cual no quiere decir, desde luego que carezca de la ilusionada ambición de escribir por lo menos u día por lo menos un poema, que merezca ser recordado, pero sé que es difícil. Lo que hago entonces es escribir mucho, por si acaso.
Hoy se respira norte, sabe a norte el acelerado aire que pasa. La ilusión la producen las gaviotas, que vuelan muy altas, con sus gañidos y graznidos.
Necesitaba decírtelo, por si existes. Es casi Navidad.
Leo, como todos los días, hasta la extenuada fatiga del anciano lector, que es fácil que se duerma sobre el libro y retorne a otra época, cuando, como a mí me ocurre, vuelvo con frecuencia a mi Colegio Mayor, donde soy incapaz de encontrar la habitación que ahora me han asignado y la mayoría de los colegiales son desconocidos. No encuentro a mis amigos y paf, me despierto y recupero la información del libro o del periódico, a veces una revista de esas que ahora acoplan, los días de fiesta, a la prensa diaria, no sé si para hacerla más atractiva. Lo cierto es que hoy leo que cuando se pregunta, por lo general, quien responde “odia” la Navidad, no necesariamente como misterio católico, sino como sucesión de fiestas que casi nadie duda en calificar de comerciales, consumistas e hipócritas. Bueno, pues he aquí la excepción: yo. Yo adoro la Navidad, tanto en lo que tiene de misterio católico, paso inicial de una redención maravillosamente inexplicable, sino incluso por lo que tiene de comercial, consumista y sucesión de fiestas durante que todos hacemos evidentes esfuerzos porque los que nos rodean lo pasen bien. Y encima nos regalan cosas, no importa si pequeñas, grandes, útiles o no, valiosas o simple y sencillamente expresivas. Y tenemos ocasión de regalar y ganarnos por lo menos la ficción de una sonrisa. Es importante, a mi juicio, sonreír aunque sea de mentira, aunque sea la ficción de una sonrisa, hecha de buena fe, para agradar al interlocutor.
Ya está dicho. Y añado que para mí, la culminación de la Navidad, esas cenas hogareñas, esas comidas alrededor de las viejas mesas hogareñas, sentados muchos donde siempre y los nuevos donde otros estuvieron, me resulta casi insoportablemente emocionante por lo que tiene de recuento y homenaje de los que ya van no estando y el esfuerzo que hay que hacer para que los nuevos inicien su colección de recuerdos, que sin duda conservarán cuando no estemos nosotros, “los más viejos del lugar” actuales.
Tiene mucho de snobismo petulante el desprecio por lo que ilusiona, les parece a ellos, sólo a la gente sencilla, que, por serlo, es también un poco simple. ¡Quién pudiera retornar a la simpleza! Te has pasado la vida leyendo, explorando, rebuscando y eso te hace, de modo inconsciente, más escéptico. Sabes, ¡mira tú qué merito!, que las glorias, las alegrías, los buenos momentos no son más que un soplo. Pero eso, sin embargo, nos ayuda a disfrutar más y mejor, de la efímera exquisitez, que es siempre como un asomo de olor, un regusto que dura un hermoso momento, que podría ser reflejo, anticipo, destello de eternidad y luz.
Ya está dicho. Y añado que para mí, la culminación de la Navidad, esas cenas hogareñas, esas comidas alrededor de las viejas mesas hogareñas, sentados muchos donde siempre y los nuevos donde otros estuvieron, me resulta casi insoportablemente emocionante por lo que tiene de recuento y homenaje de los que ya van no estando y el esfuerzo que hay que hacer para que los nuevos inicien su colección de recuerdos, que sin duda conservarán cuando no estemos nosotros, “los más viejos del lugar” actuales.
Tiene mucho de snobismo petulante el desprecio por lo que ilusiona, les parece a ellos, sólo a la gente sencilla, que, por serlo, es también un poco simple. ¡Quién pudiera retornar a la simpleza! Te has pasado la vida leyendo, explorando, rebuscando y eso te hace, de modo inconsciente, más escéptico. Sabes, ¡mira tú qué merito!, que las glorias, las alegrías, los buenos momentos no son más que un soplo. Pero eso, sin embargo, nos ayuda a disfrutar más y mejor, de la efímera exquisitez, que es siempre como un asomo de olor, un regusto que dura un hermoso momento, que podría ser reflejo, anticipo, destello de eternidad y luz.
sábado, 4 de diciembre de 2010
Es cierto, monsieur Guenassia (“El club de los optimistas incorregibles”, Goncourt 2009), tiene toda la razón. Con un libro puede pasar, puesto que como dice es también un ser vivo, como con las personas, que acabas de conocerlas y ya intuyes si van a ser o no amigas tuyas o lo vas a ser suyo.
Algo, como este autor sigue diciendo, que está en el olor, los signos, el interlineado, la figura o la mágica vida del libro. No sé por qué he escrito mágica, cuando es simple y sencillamente vida.
Me pongo a pensar, desde la grisura apacible de esta mañana de diciembre, estos días que preceden a santa Lucía, cuando el refranero popular añade que “mengua la noche y crece el día”, y por lo tantos son éstos los más menguados días del año, las noches más largas, que los lobos lo saben y por eso rezan con mayor fervor sus aullidos, llamadas, gritos de amor o de tristeza tal vez. Llama la atención que no sea la noche más larga del año u a noche mágica –otra vez la palabreja- y lo sea en cambio la del señor san Juan, que es la más corta, pisando el umbral del verano.
Leo hace pocos días, ahora que hemos hablado de lobos, que un jabalí cruzó la autovía muy cerca de la capital de la autonomía. Menudo susto se habrá llevado el animal, al cruzarse con la profusión de latas de sardinas con ruedas de los humanos. Y los humanos, a su vez, atónitos. La presunta civilización había apartado la vida salvaje, casi extinguido los animales salvajes. Ahora en cambio parece haber decidido que conviene conservarlos al alcance de la vista y casi de la mano. De vez en cuando, la autoridad más o menos competente, autoriza a una cuadrilla a salir a cazarlos contados y escasos. Luego se reúnen a cenar jabalí mal cocinado, reseco y frecuentemente duro como una piedra, pero exquisito. Los libros de aventuras del siglo antepasado cuentan que no hay nada como un jamón de oso gris asado al fuego que ahora no se puede encender en las praderas para tratar de evitar los tremendos incendios. Salir al amanecer, con los compañeros de cuadrilla, nos retrotrae gozosos a la camaradería aventurera de unos hombres semiolvidados que cazaban para comer y pintaban las paredes de sus viviendas, tal vez para rezar, tal vez para llamar a la caza, tal vez para festejar su éxito durante ella. El otoño, entonces, ya casi invierno, también sería de un gris, que, al estrujarlo, se convierte en lluvia helada, granizo y nieve.
Algo, como este autor sigue diciendo, que está en el olor, los signos, el interlineado, la figura o la mágica vida del libro. No sé por qué he escrito mágica, cuando es simple y sencillamente vida.
Me pongo a pensar, desde la grisura apacible de esta mañana de diciembre, estos días que preceden a santa Lucía, cuando el refranero popular añade que “mengua la noche y crece el día”, y por lo tantos son éstos los más menguados días del año, las noches más largas, que los lobos lo saben y por eso rezan con mayor fervor sus aullidos, llamadas, gritos de amor o de tristeza tal vez. Llama la atención que no sea la noche más larga del año u a noche mágica –otra vez la palabreja- y lo sea en cambio la del señor san Juan, que es la más corta, pisando el umbral del verano.
Leo hace pocos días, ahora que hemos hablado de lobos, que un jabalí cruzó la autovía muy cerca de la capital de la autonomía. Menudo susto se habrá llevado el animal, al cruzarse con la profusión de latas de sardinas con ruedas de los humanos. Y los humanos, a su vez, atónitos. La presunta civilización había apartado la vida salvaje, casi extinguido los animales salvajes. Ahora en cambio parece haber decidido que conviene conservarlos al alcance de la vista y casi de la mano. De vez en cuando, la autoridad más o menos competente, autoriza a una cuadrilla a salir a cazarlos contados y escasos. Luego se reúnen a cenar jabalí mal cocinado, reseco y frecuentemente duro como una piedra, pero exquisito. Los libros de aventuras del siglo antepasado cuentan que no hay nada como un jamón de oso gris asado al fuego que ahora no se puede encender en las praderas para tratar de evitar los tremendos incendios. Salir al amanecer, con los compañeros de cuadrilla, nos retrotrae gozosos a la camaradería aventurera de unos hombres semiolvidados que cazaban para comer y pintaban las paredes de sus viviendas, tal vez para rezar, tal vez para llamar a la caza, tal vez para festejar su éxito durante ella. El otoño, entonces, ya casi invierno, también sería de un gris, que, al estrujarlo, se convierte en lluvia helada, granizo y nieve.
viernes, 3 de diciembre de 2010
Diciembre, 3, 2010. Al año le queda menos de un mes. Un mes para que se reúnan los trabajadores de las empresas, los de la administración y las familias, echen cuentas del año, comprueben quiénes faltan desde el año pasado, desde hace diez, desde hace veinticinco, desde hace cincuenta. Cada cual, recordará, es probable, su niñez dorada, la plata de su juventud y desde el plomo de la vejez se asombrará de que las glorias de este mundo se hayan pasado tan rápidamente y sin embargo permanezcan, como acredita la sonora alegría de los niños, los ladridos de los perros, las charanga, el colorido y los diferentes espíritus de la Navidad: el místico, el mercantil, el disperso, el concentrado, el disparatado, el familiar. Y mientras los más cosmopolitas se arremolinen con las tradiciones del vecino, los más tradicionales rodearán el belén de casa, de las entrañables figuritas de barro, cada cual criticará al vecino y se maravillará de lo mucho más navideño que es lo suyo y la gente se intercambiará, a veces maquinalmente, otras con ilusión, regalos deslumbrantes o ínfimos, conmovedores regalos. Todo un deslumbrante mosaico. En lo que muchos coincidirán, sin embargo, inevitable, instintivamente, es en suspirar la paz, como una honda inspiración de aire, justo en Navidad.
Algo menos de un año para el consabido haya salud del día de hacer recuento de la lotería jugada y perdida y eso de que año nuevo, vida nueva, lo mismo de ineficaz para arreglar, cambiándolo, el mundo. Un mundo que sólo podría mejorarse un poco, mejorando cada uno, por lo menos alguno, una pizca. Y como todos lo intentamos, hay como un clamor de buena voluntad, de que sin duda algo ha de quedar, y yo creo, ilusionado, que no iluso, de mí, que, en efecto, mejoraremos.
En cada familia, muchos, los más viejos sobre todo, temblando, porque alguno de los más jóvenes se irá a jugarse el tipo en las caravanas y los vericuetos del “puente” de la Constitución, la “semana blanca”, todos a la vez, locura colectiva, afán múltiple de abandonar la comodidad para darse un atracón de aventuras fingidas, lo mismo de peligrosas que las otras, desde que inventaron meter los caballos en el coche y permitirles desmandarse por esos túneles a cielo abierto de autopistas y autovías, vías rápidas y caminos de peregrinación y de desmadre polícromo.
-¿A dónde van?
-Es probable que de lo que se trate sea de cambiar de postura, Satisfacer el instinto nómada, que permanece latente en cada humano que se convierte en sedentario, pero guarda, bajo la primera capa del cerebro, esa necesidad de explorar, moverse, saciar la ilusión de que un poco más allá del horizonte, hay una tierra mejor, que mana lecghe y miel, donde atan a los perros con longanizas.
Algo menos de un año para el consabido haya salud del día de hacer recuento de la lotería jugada y perdida y eso de que año nuevo, vida nueva, lo mismo de ineficaz para arreglar, cambiándolo, el mundo. Un mundo que sólo podría mejorarse un poco, mejorando cada uno, por lo menos alguno, una pizca. Y como todos lo intentamos, hay como un clamor de buena voluntad, de que sin duda algo ha de quedar, y yo creo, ilusionado, que no iluso, de mí, que, en efecto, mejoraremos.
En cada familia, muchos, los más viejos sobre todo, temblando, porque alguno de los más jóvenes se irá a jugarse el tipo en las caravanas y los vericuetos del “puente” de la Constitución, la “semana blanca”, todos a la vez, locura colectiva, afán múltiple de abandonar la comodidad para darse un atracón de aventuras fingidas, lo mismo de peligrosas que las otras, desde que inventaron meter los caballos en el coche y permitirles desmandarse por esos túneles a cielo abierto de autopistas y autovías, vías rápidas y caminos de peregrinación y de desmadre polícromo.
-¿A dónde van?
-Es probable que de lo que se trate sea de cambiar de postura, Satisfacer el instinto nómada, que permanece latente en cada humano que se convierte en sedentario, pero guarda, bajo la primera capa del cerebro, esa necesidad de explorar, moverse, saciar la ilusión de que un poco más allá del horizonte, hay una tierra mejor, que mana lecghe y miel, donde atan a los perros con longanizas.
miércoles, 1 de diciembre de 2010
No vale de nada aconsejar o asesorar a un zoquete que se empeñe en seguirlo siendo llueva o truene a su infausto alrededor. Es inútil proporcionar pistas a quien sólo las pide para cubrir las apariencias o cumplir con las formas posiblemente establecidas en leyes que el aconsejado no vacilará en clasificar y desdeñar como arcaicas. Lo suyo es para él lo único bueno posible, cuando se trata de un iluminado. Los demás harían bien en seguirle al precipicio que, inexorable, aguarda a los que son como él, soberbios y confían en el absoluto acierto de su criterio.
Suerte que tiene, alguien así de seguro de sí mismo, que morirá repitiendo sus propias consignas y que los equivocados son ellos, es decir, somos y seremos siempre los que dudemos. Y en parte tiene razón, porque sólo se lleva el viento a quien permanece tieso y convencido y por eso mueren casi siempre los héroes. Dudar es de gente que piensa, sabe, deduce y luego flexibiliza su postura como las mimbreras al paso del huracán.
Pensad en ese que probablemente conocisteis, cada uno hasta tendrá lista de varios. Son como corchos, flotan cualquiera que sea la fuerza y altura del oleaje, su violencia o su dimensión, y cuando sale el sol, continúan flotando lo mismo de desafiantes en la mar sosegada de la calma chicha.
¿Qué es lo bueno? ¿Quién lo sabe?. Si acierta, el terco héroe, iluminado y es probable que muerto joven, como un héroe, allá lejos, cuando el futuro, la historia le dará la razón, si se equivoca, lo olvidará, si dudó, habrá sobrevivido, disfrutado del placer de ir dudando, ensayando, estudiando, probando, es decir, viviendo como tantos lo hacemos, a trancas y barrancas. Los que dudan, evolucionan, tratan de equilibrar, son la pasta del papel sobre que se escribe la historia de los otros.
Suerte que tiene, alguien así de seguro de sí mismo, que morirá repitiendo sus propias consignas y que los equivocados son ellos, es decir, somos y seremos siempre los que dudemos. Y en parte tiene razón, porque sólo se lleva el viento a quien permanece tieso y convencido y por eso mueren casi siempre los héroes. Dudar es de gente que piensa, sabe, deduce y luego flexibiliza su postura como las mimbreras al paso del huracán.
Pensad en ese que probablemente conocisteis, cada uno hasta tendrá lista de varios. Son como corchos, flotan cualquiera que sea la fuerza y altura del oleaje, su violencia o su dimensión, y cuando sale el sol, continúan flotando lo mismo de desafiantes en la mar sosegada de la calma chicha.
¿Qué es lo bueno? ¿Quién lo sabe?. Si acierta, el terco héroe, iluminado y es probable que muerto joven, como un héroe, allá lejos, cuando el futuro, la historia le dará la razón, si se equivoca, lo olvidará, si dudó, habrá sobrevivido, disfrutado del placer de ir dudando, ensayando, estudiando, probando, es decir, viviendo como tantos lo hacemos, a trancas y barrancas. Los que dudan, evolucionan, tratan de equilibrar, son la pasta del papel sobre que se escribe la historia de los otros.
Acabo de leer, sin ira, el encabezamiento de una declaración, que da pena, según la cual “Hollywood no es lugar para viejos”. Podría ser, no me da la gana de leer la letra pequeña que sigue, una de las pancartas de la ultramodernista manifestación de la contracultura que nos empuja, a los viejos occidentales, mientras los chinos siguen opinando que un octogenario merece vestirse de amarillo, el color del emperador, y tratamiento de venerable.
Hollywood, como el resto del mundo, necesita su cupo de venerables. Un mundo sin pobres, tontos, viejos y poetas, desgraciados, dolientes, miserables y malos de solemnidad, no sería nuestro mundo, donde cada concepto tiene su contrario que permite delimitarlo y definir, progresivamente, el conjunto del ecosistema.
Ningún lugar hay exclusivo para estos o aquellos especimenes de la raza humana que la raza misma ha sido capaz de ir perfilando hasta completar el catálogo de sus variedades. De que todavía, pienso, quedan una porción sin descubrir y clasificar.
No se da cuenta, el autor de la tesis contra que protesto, ya digo, sin ira, pero airado, de que un mundo sin alguna de sus especies, no sería éste, sino un laboratorio, que habría que soterrar y aislar y procurar así evita que la esterilidad, propia y característica de cualquier laboratorio que se precie, nos exterminara.
Yo le pediría que no nos excluya, a los más viejos del lugar, sino que prosiga la incansable búsqueda del inexistente manantial de la eterna juventud que nos aguarda al fin y al cabo, pero es del otro lado del espejo, donde incluso los más jóvenes hollywoodenses la hallarán también, según me empeño en seguir creyendo.
Incluso un mundo virtual, como ese en que si atraviesas cualquier puerta puedes encontrarte con que del otro lado no hay más que bambalinas y todo era un decorado sin fin, metido en otro como una matrochka, tiene que haber de todo para que sea mundo.
Hollywood, como el resto del mundo, necesita su cupo de venerables. Un mundo sin pobres, tontos, viejos y poetas, desgraciados, dolientes, miserables y malos de solemnidad, no sería nuestro mundo, donde cada concepto tiene su contrario que permite delimitarlo y definir, progresivamente, el conjunto del ecosistema.
Ningún lugar hay exclusivo para estos o aquellos especimenes de la raza humana que la raza misma ha sido capaz de ir perfilando hasta completar el catálogo de sus variedades. De que todavía, pienso, quedan una porción sin descubrir y clasificar.
No se da cuenta, el autor de la tesis contra que protesto, ya digo, sin ira, pero airado, de que un mundo sin alguna de sus especies, no sería éste, sino un laboratorio, que habría que soterrar y aislar y procurar así evita que la esterilidad, propia y característica de cualquier laboratorio que se precie, nos exterminara.
Yo le pediría que no nos excluya, a los más viejos del lugar, sino que prosiga la incansable búsqueda del inexistente manantial de la eterna juventud que nos aguarda al fin y al cabo, pero es del otro lado del espejo, donde incluso los más jóvenes hollywoodenses la hallarán también, según me empeño en seguir creyendo.
Incluso un mundo virtual, como ese en que si atraviesas cualquier puerta puedes encontrarte con que del otro lado no hay más que bambalinas y todo era un decorado sin fin, metido en otro como una matrochka, tiene que haber de todo para que sea mundo.
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