sábado, 7 de mayo de 2011

Puede ser cierto, aunque resulte difícil de creer, que los franceses hayan declarado las corridas de toros bien cultural y en España, una región de gente tan lúcida como Cataluña las haya execrado. Se lo digo yo, a quien los toros y sus corridas ni fu ni fa, sin perjuicio de que me guste su estética y me aburra lo que duran. Algo así me ocurre también, no se escandalicen, con la ética y algunos de los clasificados usualmente como clásicos. Me dirá,: ¡anda con lo que sale éste! Bueno, ¿Qué quieren que les diga?. Cada uno es como es. Lo que ocurre es que muchos, para no quedarse fuera de la fila y de la fotografía, disimulan y tratan, a pesar de todo, de no desentonar cuando, como Vicente, se limitan a ir a donde va la gente. Que no se me moleste ningún Vicente, conocido o no, porque me limito a recordar lo que decía la abuelina, cuando casi todos la teníamos, aquello de: “¿Dónde va Vicente? Donde va la gente” Vicente, en la frase, no es más que el biotipohumano gregario, que trata de inventarse o, de modo evidentemente apócrifo, confesar unos gustos, sin experimentarlos, coincidentes con los de otros en que ciegamente confía. Ya saben, preguntaron al paseante en Cortes para qué le servía el cordelito que llevaba colgando del bolsillo de la chaqueta y respondió que él no sabía, pero que estaba así en el figurín.
No estuve nunca en Nueva York. Y a lo mejor, por eso llegué a todo lo viejo que soy. Andando despacito, trechos cortos, con la imaginación limitada por lo conocido. No se puede imaginar mucho más que lo que por lo menos de lejos se conoce con una forma parecida a lo que luego se imagina. Usted, por ejemplo, sabe que un elefante es como es, y puede imaginárselo con orejas más o manos grandes o pequeñas, con una o dos trompas, alguna si acaso de color de rosa, pero siempre a partir del viejo elefante conocido por las películas de Tarzán, representado por Johnny Weissmuler, que llamaba a Tantor, el elefante, con aquel grito característico, y allá venía, presuroso, el gran paquidermo, en auxilio de su amigo, el gran tarmangani.

Y por qué, me preguntas, dices eso de que no estuviste en Nueva York, y te contesto que porque es cierto que no estuve y por qué no voy a decírselo a quien quiera saberlo. Ni en el gran Cañón, tampoco estuve, ni en ningún lugar de los EE UU, dicen los americanos del norte que paradigma de un mundo más feliz que el de Huxley, cosa que permítanme que les diga que dudo. El mundo más feliz imaginable, ha de tener, aunque las esconda, las partes más oscuras de cualquier mundo. Las cosas son así. Cuanto más grandes, más orondos, más aparentemente felices somos, más grande es nuestra sombra.

Hay americanos sencillos, como Tony Hillerman, que escriben novelas sin grandes pretensiones, y, sin embargo, espléndidas, policíacas, cuyos protagonistas son policías tribales navajos de la reserva y se entera uno de viejas costumbres y convicciones culturales de los indios, sin duda amigos del autor, a su vez amigo de los navajos entre que al parecer creció, según dice su biografía. Una delicia, estarse con ellos a través de la desértica reserva donde cualquier chispear de lluvia es un asomarse al Edén, pero mientras lees, a pesar de todos los pesares y lo duro y casi imposible que debe ser sobrevivir en aquel territorio, te gustaría haber estado. Un mérito de este autor, casi desconocido entre nosotros, la mayoría de cuyas novelas en castellano todavía se encuentran de viejo, para mí verdaderas joyas y una o dos en algún fondo de librería. Ya no hay fondos de librería. Se devuelve lo aparentemente invendible –que es lo que nadie compra en unos días- y se “descataloga” –menuda palabreja-, lo que echan al cubo de las rebajas los almacenes de libros. Hermosos versos clásicos amarillean sin que ni por un euro se los lleve nadie del cajón de la puerta de la librería de viejo que huele a polvo y colillas rancias, si te atreves a entrar y fisgar y hurgar y buscar y a veces encontrar, un pequeño tesoro de lector apasionado.

viernes, 6 de mayo de 2011

Llaman arte a lo que sin duda lo es, pero se queda, por incapacidad de quien ha tratado de expresarse o por la mera ficción que constituye su obra, cuando más, en artesanía, y, si no, en mamarracho.

Una obra es de artesanía cuando el autor trata de expresar mediante ella un sentimiento, pero carece de la inspiración para hacerlo de modo adecuado y lo único que es capaz de incorporar honradamente a su obra es la sinceridad; es un mamarracho cuando quien no ha sentido emoción que lo justifique, trata de copiar la forma de cualquier artista y así, unas veces acumula al vacío la torpeza y otras se expresa con precisión, pero sigue sin tener nada que decir.

Qué pena da escuchar un instrumento tocado con precisión profesional exquisita, pero sin la más mínima emoción; que pena, contemplar un cuadro sin contenido, por más que a veces haya sido pintado con inútil precisión fotográfica, digna incluso de encomios que nada que tienen que ver con los que se le deberían si hubiera sido una obra de arte; qué pena que haya perdido tanto tiempo el autor de esa novela o de aquel poema, posiblemente tan bien escritos, pero que ni cuentan ni dicen cosa alguna.

-Pero quién eres tú …
-Nadie, está claro. Un viejo, si quieres que me confiese, atrabiliario, en un rincón, leyendo, escuchando, mirando; tratando de hallar una emoción estética o ética o del conocimiento. Un anciano que no pretende convencer a nadie. Habla solo. Comparte lo que piensa. Sabe que no conoce la verdad absoluta. Define para su capote, para andar por casa. Es torpe, por añadidura, de modo que podría equivocarse y perderse algo que admirar, por haberlo descartado sin fijarse lo indispensable a veces para iniciar el diálogo que cualquier obra de arte suscita. Por pequeña que sea. No es cosa de tamaño ni de espectacularidad. Una obra de arte puede estar constituida por muy pocas palabras, escasos juegos de color y no tener tamaño superior a un grano de arroz. Y aún mucho menor, con todas esas lentes que han ido inventando y que ven incluso en el fondo remoto del pasado, cosas que ya no existen.
-¿Qué opina usted de …?

(rápidamente, cortante) –¡No opino!

-Pero hombre …

No opino de Mourinho, no opino del Madrid, no opino de las elecciones, no opino de lo de bin Laden. Me niego a opinar, o, por lo menos, me niego a decir en voz alta lo que opino. Ni siquiera opino de economía ni de religión. Por lo menos hoy, este hermoso, casi brillante, día de mayo. Me iría de buena gana a lo alto de una colina desde que se ve el paisaje de tierra y un ancho horizonte de mar. Todo cuanto alcanza la vista, está a mi alcance visual. Puedo disfrutar de todo ello, respirarlo con la mirada, hundirme en ello. Ser junto con esa ancha porción de tierra con árboles, jardines, canteras y escoriales. Estar solo.

Nunca se está solo, sin embargo. Contigo está tu sombra; contigo está tu destartalada parte oscura. Quiero decir, claro, es este caso, que están conmigo. Y, solos conmigo, como una niebla pertinaz, están mis pensamientos.

No digo lo que pienso. ¿De qué valdría?

No hay “escondida senda”, el humano no está nunca solo, pese a soler estarlo desde que nace solo hasta que, solo, muere. Permitidme que repita que la vida es una sucesión de paradojas. No estoy nunca seguro de poder llegar a alguien, cuando lo necesite, pero todos y cada uno y cada circunstancia, de alguna manera, me condicionan

miércoles, 4 de mayo de 2011

Elecciones. Va a haberlas dentro de unos días: locales y para los cargos de las Autonomías, esta vez. Toda una multitud de desconocidos, agrupados bajo diferentes siglas.

Me pregunto qué diferencian en la actualidad algunas de las siglas y cuál es su perfil diferenciador de otras.

Y si muchas de ellas bajan a la arena de la competición electoral conscientes de su escasa posibilidad de obtener un mínimo apreciable de votos.

Dos grandes grupos y todo un abanico, un archipiélago insular de diferente contextura y tamaño. Y todos más o manos poblados por un diverso gentío, cada uno con sus jefes y sumos sacerdotes, es decir, sus líderes y mejor o peor fundados ideólogos. Algunos sueñan convertirse en báculo y así complemento de alguno de los mayores, eventualmente necesitado de un puñado de votos para sobrepasar el límite de la mayoría absoluta.

Y al mismo tiempo, llega a mis manos una “Nueva historia de la democracia”, de Francisco Rodríguez Adrados, que peregrina a Grecia y subtitula su obra nada menos que “de Solón a nuestros días”. Nada menos.

Leo el prólogo y de buena gana lo remitiría a Polibio, que ya daba en aquel tiempo claves útiles para un estudio de las razones, sinrazones, ventajas y peligros de cada modo de gobernar un grupo social.

No cabe estudiar una realidad histórica sin situarse previamente en su ámbito, ni entendería probablemente, ni identificaría “su” democracia con el sistema de gobierno de “nuestra” democracia.

Polibio explica ya entonces en su Historia por qué un grupo social de los imaginables en su tiempo recorre los sistemas de gobierno, desde la simple jefatura tribal hasta la soberanía del populacho, pasando por la monarquía, la aristocracia, la oligocracia, la tiranía, la democracia, la oclocracia y vuelta a empezar el ciclo. Tiene que ver con el desgaste de cada sistema, la homogeneidad del grupo, su cultura y su tamaño. Porque la gente, lo que es cierto que pretende es ser libre en paz, poder relacionarse con los demás y disfrutar con dignidad del acervo social, tanto en lo material como en lo moral y que la ampare una justicia comprensible, fundada e imparcial.

Es curioso que la mayor parte de las siglas programen garantizar lo que quiere la gente y no haya habido históricamente ningunas capaces de lograrlo

martes, 3 de mayo de 2011

Voy a arreglar el mundo, me dije. Y desatornillé la esfera del mundo, la aparté y con unas pinzas fui sacando de acá y de allá piececitas que me parecieron flojas, semioxidadas o inútiles. Digo que inútiles porque en apariencia estaban separadas de las otras, independientes, aparte, sin engranaje que pudiera relacionarlas con el resto. Luego aflojé más tornillos que habían ido apareciendo por detrás de esquinas y placas, abajo, en los entresijos de la máquina, cada vez más hondo y más aparentemente envejecido por el uso, gastado, bruñido a veces por roces chirriantes. Y, poco a poco, la máquina se iba haciendo menos rápida, a la vez que yo notaba mayores dificultades para respirar un aire cada vez más espeso. Me asusté. Debo ser yo, con mis manipulaciones, el que altera la marcha de las cosas, su ritmo, la urgencia del tiempo. Ahora mismo, sin embargo, sin planos ni libro de instrucciones, no acierto a recomponer los mecanismos.

Debe ser que no es tan fácil como en su día me pareció, esto de tratar de arreglar la marcha del mundo, con su progresiva carga de mayor número de vociferantes pasajeros. Cada vez más airados, evidentemente nerviosos. Habría que sacarlos a otro mundo alternativo, por lo menos durante las obras de revisión de éste. Y alguien más capacitado que yo, para hacerlo.

domingo, 1 de mayo de 2011

Primero de mayo, cae en domingo, a pesar de todo, salen las manifestaciones vestidas de rojo intenso. Es curioso que los obreros solían llevar mono, o buzo, azul mahón, que luego fue uniforme falangista, mientras que los obreros elegían, en todo el mundo, el rojo más vivo, como color de todas las revoluciones y reivindicaciones pendientes. Dicen que el rojo es un color excitante, al contrario que le verde pálido, tranquilizador y frecuente en sanidad y habitaciones o estancias hospitalarias.

Hoy, el día está inundado de rojo. Globos, banderas, indumentaria, pancartas. Ha salido a la calle un grito estentóreo.

La fiesta, en cambio, pacífica y familiar, se queda para mañana, lunes, que sin embargo, en esta ocasión, estará impregnado de ese enrarecido ambiente de la propaganda electoral, cuando todo es aparentemente distinto. Toca ejecutar numerosos actos de contrición políticos y toda una pequeña multitud o promete enmendarse, si son los que tratan de mantenerse, o promete hacerlo mejor, si son los que intentan o volver o son nuevos en las diferentes plazas.

Mes de flores –ahora todos lo son, porque las hay cualquier día del año, importadas algunas desde lejanos países, pero éste es el clásico para nosotros, de cuando no había más que las del jardín propio, el patio íntimo o las macetas de las rejas o los balcones de casa; mes de asomo del asentamiento del tiempo mejor, a partir del día cuarenta, cuando el refrán dice que podrá quitarse el sayo; mas de santa Rita de Casia, abogada de imposibles. Este año de gracia, mes de elecciones municipales.

A cuya entrada ha muerto uno de los escritores importantes del siglo, Ernesto Sábato, argentino, ya nonagenario, casi centenario. Para nosotros, los viejos, la muerte es un vecino que anda por las calles del pueblo y en cualquier momento nos puede poner la mano en el hombro y decir que ya está bien, ¿no, amigo?. Y tiene razón. A nuestra edad es un hecho lógico, aunque continúe siendo sobrecogedor y sorprendente. Incluso lo familiar puede ser sobrecogedor y sorprendente, cuando el hecho mismo de vivir es todo lo paradójico que es, en sí mismo y a la vez, castigo y privilegio. Cien años serían unos treinta y ocho mil días. Un hermoso rosario de posibilidades, cuyo número ha de equilibrarse sin embargo, proporcionalmente y según el de días de vida real, con sus sombras, los días malos, tristes u horribles. ¿No es una auténtica paradoja que nos aferremos, como hacemos, a la vida, con toda su aleatoriedad?

Se me ocurre otra reflexión. Cuantos, bien o mal, hemos escrito algo, aún muertos, seguiremos hablando para alguien que por lo menos casualmente tome de una estantería o de le hemeroteca algo que dijimos, contamos u opinamos. Hay muchas personas que jamás escribieron más que si acaso una nota ocasional, anónima. ¿Será mejor que se nos olvide pronto o que se nos recuerde? Y ¿por qué cualquiera de las dos respuestas? ¿Lo veis? Incluso ya viejos, pensamos en nuestra proyección, nuestro recuerdo, la sombra y la huella. Tal vez un síntoma más de ese instinto de mantenerse del lado de acá, en este paradójico lugar de la esperanza y el miedo simultáneos. Una vez más, regreso a Luis Rosales: “Gracias, Señor, la casa está encendida”.