Te espero en el puente,
¿cuál?
No importa. No vendrás, lo sé, pues si vinieras
ya no serías tú, sino otra más,
parecida,
banal.
Citarte en el vacío de mi sueño,
donde nunca te acercas,
es lo que me enamora sin remedio.
Querer,
en este mundo atroz,
donde la prisa y el miedo, acaban
por devorarlo todo,
dejarte solo,
sin voz.
Querer en este mundo, enamorarse,
no es más que el prologo de una tragedia inexorable.
El amor no está
de este lado del espejo. Ni siquiera se sabe con total seguridad
que exista
y sea algo distinto de la luz.
Llamados a morir
de amor,
trocamos el embeleso de su locura por lo razonable:
el poder,
el
conocimiento.
Cuando el amor es embarcarse sin destino,
volar
en busca de otros mundos y personas que es probable
que sean imaginarias,
cuando el amor es morir,
tal vez
para nada,
como los héroes y las mariposas,
como la noche y el día,
desnudándose poco a poco de todo
igual que hace la memoria
En realidad, he de confesar, que se trata de mis digresiones. Por eso, advierto que para cualquier curioso lector, podrían ser poco interesantes, intrascendentes, banales y hasta aburridas. Entonces -me pregunto- ¿para qué las escribes? Aún no he hallado respuesta para esta pregunta.
martes, 7 de junio de 2011
lunes, 6 de junio de 2011
No estoy bien enterado, pero creo que el ayuntamiento de mi pueblo acaba de conceder una medalla o una insignia de oro a … y ahí mi duda. ¿A san Timoteo? ¿A la Cofradía de san Timoteo? ¿A las Fiestas de san Timoteo? Comoquiera que sea, el ayuntamiento, es decir, la juntanza de vecinos, ha premiado a los vecinos, unidos en la Cofradía del Santo. Nos hemos premiado, galardonado, condecorado a nosotros mismos, puesto que no creo quede luarqués de origen o de adopción que no se sienta parte de las fiestas, cofrade de pago o no,
Es bonito. Pongamos una reproducción en oropel de la insignia, la moneda, la condecoración o la medalla en lo más alto del asta del pendón que precede, proclama y anuncia el carro de los pellejos y de las tes, el vino y el pan a que siguen dóciles las autoridades y vecinos camino del soto de la romería centenaria.
Lamento no haber estado, pero no supe de la fiesta a tiempo. San Timoteo, que, como santo, ya tiene todos los galardones que cabe tener, y los fundadores, todos, o casi todos, ya del otro lado del espejo, habrán sonreído. Los luarqueses acaban de echar una moneda, una medalla, una condecoración, en el arca de sus tesoros más preciados, que es ese tinglado, ese arcón de san Timoteo, que a todos y a cada uno de algún modo, nos convoca y complica. Hasta los más serios, conspicuos, escépticos y habitualmente estirados, ese atardecer del veintidós de agosto de cada año, vuelven, volvemos a casa un poco piripis, con las pilas del sentido del humor recargadas para otra siega.
Es bonito. Pongamos una reproducción en oropel de la insignia, la moneda, la condecoración o la medalla en lo más alto del asta del pendón que precede, proclama y anuncia el carro de los pellejos y de las tes, el vino y el pan a que siguen dóciles las autoridades y vecinos camino del soto de la romería centenaria.
Lamento no haber estado, pero no supe de la fiesta a tiempo. San Timoteo, que, como santo, ya tiene todos los galardones que cabe tener, y los fundadores, todos, o casi todos, ya del otro lado del espejo, habrán sonreído. Los luarqueses acaban de echar una moneda, una medalla, una condecoración, en el arca de sus tesoros más preciados, que es ese tinglado, ese arcón de san Timoteo, que a todos y a cada uno de algún modo, nos convoca y complica. Hasta los más serios, conspicuos, escépticos y habitualmente estirados, ese atardecer del veintidós de agosto de cada año, vuelven, volvemos a casa un poco piripis, con las pilas del sentido del humor recargadas para otra siega.
domingo, 5 de junio de 2011
No hay primavera sin enloquecedora sucesión de frío y sol, como los versos del poema de un loco versátil, y a ratos, el viento, si te acercas a la mar, viene cubierto de espuma casi invisible, gotas como microbios, y las olas traen crines blancas y parece que compiten en llegar antes a la playa, donde unos valientes se han puesto en traje de baño y miran el agua con cierto temor, todavía de reojo, que suele estar fría y por añadidura, salir mojado al nordeste es un desafío.
Van y vienen, excitadas sus tripulaciones y el dosel de gaviotas que cada una trae de vuelta, porque han llegado los primeros atunes, al filo del verano, pequeños torpedos sin más destino cruento que el suyo, de acabar a la plancha, en rollo o en marmitako, coincidiendo este año con la feria de la Ascensión, y casi con las fiestas del señor san Juan y el señor san Pedro.
Hierven, me dicen, los cenáculos en que los políticos intentan con un último y desesperado a veces esfuerzo, unos de llegar y otros de permanecer, mediante esa manipulación de los tratos entre bambalinas, como equipos de cualquier deporte que intentan fichar y regatean fuera del campo con el mismo ansioso entusiasmo que luego durante los partidos.
¿Cómo puede, un futbolista, por ejemplo, defender con el mismo o parecido ardor la camiseta de un equipo contra que jugó en temporadas anteriores con aquel empeño?
¿Hay constancia de quién fue el primer humano en inventar o en usar el dinero? Yo por lo menos desconozco el dato. Leo con frecuencia que aparecen monedas de extraordinaria antigüedad en excavaciones, hallazgos casuales o recuperaciones de embarcaciones antiguas naufragadas en su época. Es triste pensar que en su día se trataba de imaginar un instrumento de supervivencia. Y como pasa siempre, en seguida, el invento proyecto su parte oscura, la sombra de un inmenso poder, pero tanto para el bien y los bueno como para lo malo y el mal. Y lo peor de todo es que se ha hecho tan necesario para sobrevivir que quien no lo tiene se ve obligado a sacrificar, para tratar de obtenerlo, su dignidad personal.
Van y vienen, excitadas sus tripulaciones y el dosel de gaviotas que cada una trae de vuelta, porque han llegado los primeros atunes, al filo del verano, pequeños torpedos sin más destino cruento que el suyo, de acabar a la plancha, en rollo o en marmitako, coincidiendo este año con la feria de la Ascensión, y casi con las fiestas del señor san Juan y el señor san Pedro.
Hierven, me dicen, los cenáculos en que los políticos intentan con un último y desesperado a veces esfuerzo, unos de llegar y otros de permanecer, mediante esa manipulación de los tratos entre bambalinas, como equipos de cualquier deporte que intentan fichar y regatean fuera del campo con el mismo ansioso entusiasmo que luego durante los partidos.
¿Cómo puede, un futbolista, por ejemplo, defender con el mismo o parecido ardor la camiseta de un equipo contra que jugó en temporadas anteriores con aquel empeño?
¿Hay constancia de quién fue el primer humano en inventar o en usar el dinero? Yo por lo menos desconozco el dato. Leo con frecuencia que aparecen monedas de extraordinaria antigüedad en excavaciones, hallazgos casuales o recuperaciones de embarcaciones antiguas naufragadas en su época. Es triste pensar que en su día se trataba de imaginar un instrumento de supervivencia. Y como pasa siempre, en seguida, el invento proyecto su parte oscura, la sombra de un inmenso poder, pero tanto para el bien y los bueno como para lo malo y el mal. Y lo peor de todo es que se ha hecho tan necesario para sobrevivir que quien no lo tiene se ve obligado a sacrificar, para tratar de obtenerlo, su dignidad personal.
Un día más para este sabor, como si la boca se llenara de ceniza, cuando descubre uno lo pequeño que es, al comprobar la miseria de otro y no poder criticarla porque equivale a la propia. ¡Si en el fondo su miseria es la mía, cómo voy a criticarla en él!
Es tremendo saberse insignificante a través de que otro se te parezca. Si no puedo alabar su conducta ¿qué esperanza cabe?
Y sin embargo hay una lucecita siempre, al final del túnel, y como penúltimo recurso el de suponer que si somos, es decir, soy, tan miserablemente incapaz, eso me servirá como circunstancia atenuante, ya que no eximente, a la hora de rendir cuentas de conducta.
Lo cierto es que casi siempre tratamos de “quedar bien”, más que de “hacerlo” bien. Nos enorgullece haber sido capaces de un logro, que nos hace quedar bien y nos permite pavonearnos por ello, cuando lo bueno podría haber sido, incluso estamos casi convencidos de que podría haber sido haber obrado de otra manera y no haber movido las piezas que determinaron consecuencias mayores o menores.
Alguien, sin embargo, ha de tomar siempre decisiones. Y aceptar responsabilidades. Admiro a los jueces, que tienen que vivir ejerciendo un día si y otro también la profesión de dirimir intereses y decidir entre pretensiones contradictorias y seguir viviendo con la misma tranquila naturalidad que cualquiera de nosotros. No consigo imaginar tensión menos soportable que la de quien tiene que juzgar y preferir entre las contradicciones de otros, o que decidir respecto de la responsabilidad de alguien.
Lo mío es sin duda tomar partido. Hace sufrir. Duele no ser capaz de defender con éxito a quien te encomendó que lo hicieras, pero resulta apasionante y cada caso, que es un mundo, te permite vivir tus propias circunstancias y las de quienes confían en ti. Cuando se tiene éxito, no hay satisfacción parecida que yo conozca.
Es tremendo saberse insignificante a través de que otro se te parezca. Si no puedo alabar su conducta ¿qué esperanza cabe?
Y sin embargo hay una lucecita siempre, al final del túnel, y como penúltimo recurso el de suponer que si somos, es decir, soy, tan miserablemente incapaz, eso me servirá como circunstancia atenuante, ya que no eximente, a la hora de rendir cuentas de conducta.
Lo cierto es que casi siempre tratamos de “quedar bien”, más que de “hacerlo” bien. Nos enorgullece haber sido capaces de un logro, que nos hace quedar bien y nos permite pavonearnos por ello, cuando lo bueno podría haber sido, incluso estamos casi convencidos de que podría haber sido haber obrado de otra manera y no haber movido las piezas que determinaron consecuencias mayores o menores.
Alguien, sin embargo, ha de tomar siempre decisiones. Y aceptar responsabilidades. Admiro a los jueces, que tienen que vivir ejerciendo un día si y otro también la profesión de dirimir intereses y decidir entre pretensiones contradictorias y seguir viviendo con la misma tranquila naturalidad que cualquiera de nosotros. No consigo imaginar tensión menos soportable que la de quien tiene que juzgar y preferir entre las contradicciones de otros, o que decidir respecto de la responsabilidad de alguien.
Lo mío es sin duda tomar partido. Hace sufrir. Duele no ser capaz de defender con éxito a quien te encomendó que lo hicieras, pero resulta apasionante y cada caso, que es un mundo, te permite vivir tus propias circunstancias y las de quienes confían en ti. Cuando se tiene éxito, no hay satisfacción parecida que yo conozca.
sábado, 4 de junio de 2011
¿Qué habrá sido de mi niñez?
Alguien la hará encontrado,
en algún vertedero de basura humeante,
en
cualquier lugar del mundo donde yo no haya estado
y por eso es ahí
donde nadie sabe todavía quien,
querrá usarla como una vieja chaqueta del ejército,
camuflada
para hacerse invisible.
Alguien tiene que haberla encontrado,
con rotos, cicatrices, manchas indelebles,
vergonzantes.
Alguien la hará encontrado,
en algún vertedero de basura humeante,
en
cualquier lugar del mundo donde yo no haya estado
y por eso es ahí
donde nadie sabe todavía quien,
querrá usarla como una vieja chaqueta del ejército,
camuflada
para hacerse invisible.
Alguien tiene que haberla encontrado,
con rotos, cicatrices, manchas indelebles,
vergonzantes.
Manía, seguro, es esto de escribir. ¿Por qué escribe –compulsivamente- quien escribe? ¿O hay por ahí quien escribe de otro modo? Podría ser lo mío una manía y lo de otros el verdadero afán, la misión humana, que alguien tendrá, para dejar huella de lo que fuimos sus coetáneos y lo que nos ilusionaba y cómo amábamos en nuestra parcela del tiempo, arropados por un modo de ser, es decir, una cultura y un grado de lo que llamábamos civilización, que seguro que dentro de unos pocos cientos de años parecerá tan bárbara e incivil como a nosotros nos parece la manera de comportarse de aquellas gentes del medievo.
Noto en mis colaboradores más cercanos la sensación, que sin duda experimentan, de estar muy cerca de las vacaciones veraniegas que unos disfrutarán ya el mes que viene y otros el siguiente, de agosto. Las crisis, poco menos que convertidas en modos habituales de vivir, nos han marcado con cicatrices de duda y desorientación, y eso da a las épocas de descanso de este año un cariz, un atractivo especial. Es casi imposible eludir la tentación de pensar que el tiempo, mientras estemos fuera, arreglará algo, o hasta tal vez mucho, de lo que hay pendiente de reorganizar.
Encuentro el filón, que desconocía que existiera, de las primeras aventuras del inspector Rebus, creado por Ian Rankin. Creo que se traducen ahora por primera vez. Para mí, un regalo estupendo. Un hallazgo, entre tanto fracaso de tanto repetidor de la misma aventura sin interés como últimamente se prodiga sobre los mostradores de las librerías. Hubo tiempo en que se decía, allá por los felices treinta o los azarosos cuarenta, que la mayoría de los funcionarios tenía una obra de teatro sin estrenar en el cajón de la mesa de su despecho. Ahora hay cada vez más escribidores de aventuras fallidas, sin pie, sin cabeza o sin pies ni cabeza. En ocasiones, es cierto que uno descuella, pero es uno entre una multitud. Vuelvo a mi convicción de que esto de escribir, lo hagamos bien o lo hagan mal, es compulsivo, pero, además, multitudinario.
Noto en mis colaboradores más cercanos la sensación, que sin duda experimentan, de estar muy cerca de las vacaciones veraniegas que unos disfrutarán ya el mes que viene y otros el siguiente, de agosto. Las crisis, poco menos que convertidas en modos habituales de vivir, nos han marcado con cicatrices de duda y desorientación, y eso da a las épocas de descanso de este año un cariz, un atractivo especial. Es casi imposible eludir la tentación de pensar que el tiempo, mientras estemos fuera, arreglará algo, o hasta tal vez mucho, de lo que hay pendiente de reorganizar.
Encuentro el filón, que desconocía que existiera, de las primeras aventuras del inspector Rebus, creado por Ian Rankin. Creo que se traducen ahora por primera vez. Para mí, un regalo estupendo. Un hallazgo, entre tanto fracaso de tanto repetidor de la misma aventura sin interés como últimamente se prodiga sobre los mostradores de las librerías. Hubo tiempo en que se decía, allá por los felices treinta o los azarosos cuarenta, que la mayoría de los funcionarios tenía una obra de teatro sin estrenar en el cajón de la mesa de su despecho. Ahora hay cada vez más escribidores de aventuras fallidas, sin pie, sin cabeza o sin pies ni cabeza. En ocasiones, es cierto que uno descuella, pero es uno entre una multitud. Vuelvo a mi convicción de que esto de escribir, lo hagamos bien o lo hagan mal, es compulsivo, pero, además, multitudinario.
viernes, 3 de junio de 2011
Primavera loca, con baladas de Leo Cohen al fondo, polémica servida y cuestionado premio de la Fundación Príncipe, en su capítulo anual de las Letras. Un tiempo sin orden ni concierto, que mueve el viento, rolando, ora al norte, ora al nordeste, como a desgana de establecer una conducta para que la gente se quite el sayo. Todavía, nos advertiría la abuelina, no llegó el cuarenta de mayo, a tiro de piedra del griterío de san Fermín, ya bien entrados junios como éste, en que la visita estelar es la de esa bacteria de origen desconocido, tal vez especie nueva, mutante o hay quien dice que producto de que otras dos viejas conocidas se hayan encontrado e algún equivalente de un festival de bacterias y hayan caído en la tentación de mezclar sus adeenes. La cosa es que ha nacido otra criatura más, amedrentadora, para recordarnos que tan importante como cualquier peligro derivado de las crisis es que una simple variación esencial de seres tan minúsculos y escurridizos como las bacterias o los virus puede convertirnos en una miserable masa de agonizantes.
A Leonard Cohen, toda una multitud generacional ya lo había olvidado, otra multitud no había llegado a conocerlo. A toda prisa, los libreros tratan de hallar los tomos olvidados de versos, narraciones y canciones, se desentierran en la red notas, letras, biografía. Unos dicen que qué bien y otros ponen al jurado, nos ponen, como no digan dueñas.
El tiempo es libre, independiente, caótico, la gente rezonga, que no hay manera de empezar a ir a la playa, no tienen, los adoradores del aire libre, manera de pintarse el primer tinte moreno “de verde luna”.
La bacteria da miedo. Cosa de la invisibilidad que le proporciona ser tan mínima, ir y venir, como Pedro por su casa, elegir víctima con esa indiferencia de que ella, como somos tan grandes desde su punto de vista, no sepa siquiera que se va a llevar por delante a éste o aquél que ni conoce ni odia. Se limita a vivir su vida microbiana. Lo decía creo que era Echegaray: “contra las olas del mar, luchan brazos varoniles, contra miasmas sutiles, no hay manera de luchar”.
A Leonard Cohen, toda una multitud generacional ya lo había olvidado, otra multitud no había llegado a conocerlo. A toda prisa, los libreros tratan de hallar los tomos olvidados de versos, narraciones y canciones, se desentierran en la red notas, letras, biografía. Unos dicen que qué bien y otros ponen al jurado, nos ponen, como no digan dueñas.
El tiempo es libre, independiente, caótico, la gente rezonga, que no hay manera de empezar a ir a la playa, no tienen, los adoradores del aire libre, manera de pintarse el primer tinte moreno “de verde luna”.
La bacteria da miedo. Cosa de la invisibilidad que le proporciona ser tan mínima, ir y venir, como Pedro por su casa, elegir víctima con esa indiferencia de que ella, como somos tan grandes desde su punto de vista, no sepa siquiera que se va a llevar por delante a éste o aquél que ni conoce ni odia. Se limita a vivir su vida microbiana. Lo decía creo que era Echegaray: “contra las olas del mar, luchan brazos varoniles, contra miasmas sutiles, no hay manera de luchar”.
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