sábado, 18 de junio de 2011

Los entendidos, como mi buen amigo Fernando, que es de Onís, dicen que justo estos días son los que deben tenerse en cuenta para echar las de las témporas, con arreglo a las cuales se puede calcular como va a ser el verano que llega creo que el martes a no se qué hora exacta, que anunciaba ayer la televisión a través de una de sus cadenas en un descuido entre la telebasura exacerbada de la temporada y el cada vez por desgracia más triste espectáculo del fútbol.

Si funciona la tradición, una de las profundas de esta tierra mítica y druídica, tendremos un verano aturbonado, caluroso, húmedo, con llovizna a ratos, no demasiada y vientos rolando de norte a nordeste y algo de vendaval, ese agobio que convierte el aire en mermelada de aire.

Dije telebasura. ¿De verdad interesa a muchos que se quieran o se desquieran, se junten o se separen esos supuestos famosos de que forma parte tanta pacotilla? Aviado está el conjunto si a muchos importa la peripecia seudoemocional de ese curioso mundo o si se corta el pelo o se deja melena esa niña, va a parir otra señora o prefiere la de más allá dejarlo para más adelante. Rutilantes bodas de opereta, divorcios de mechinal. Todo, sin duda, muy respetable, pero que nos harían, pienso, un gran favor, si lo vivieran por su cuenta y riesgo, para su capote. La publicación de sus miserias son como una mala película que además repite una y otra vez el fracaso de sus secuencias.

El fútbol. Ahora, sobre que se han vuelto a apedrear los autobuses del enemigo, no es cosa de meter goles, sino de que no te los metan, con defensas como la que haría el famoso caballo que secaba la hierba a su paso. Ya conozco cada vez más gente que me dice que se duerme con el fútbol, como antes, a media película, con aquellas tandas de anuncios. Tuve un tío abuelo que cuando era no sé si incluso un poco menos viejo de lo que yo soy ahora, iba a un cine de sesión continua a dormir la siesta de aquella postguerra de Madrid, cuando sólo cabía combatir el aire del Guadarrama, “tan sutil que mata a un hombre y no apaga un candil”, con badila, herraj y brasero y aquellas mesas camilla con faldas de percal sobre que la lotería familiar del domingo por la tarde, de fabas y cartones, presentía el bingo. Siempre es lo mismo, se quejaba, primero van los indios persiguiendo a los vaqueros y luego vienen los vaqueros persiguiendo a los indios, y venga de matar vaqueros y venga de matar indios y ni unos ni otros se acaban. El, entonces, como yo ahora, se dormía apaciblemente.

miércoles, 15 de junio de 2011

Toleramos que se asentaran gentes como las que hay en determinados puestos para que no sirven y cuando llegó el momento de dar la nota, la dieron, como era de esperar, desafinada.

Paciencia y humildad.

Hay que empezar por abajo, por los cimientos, unos en que sea posible asentar estructuras sólidas, duraderas, útiles.

Imaginación.

Tenemos que rebuscar y entresacar a los mejores. Los mejores en seguida entienden por qué tienen que servir. Los mejores entienden mucho mejor que los ocasionales depredadores del poder y la riqueza, que en cuanto se presentan, se les está viendo el plumero.

Suelen ser vanos, vacuos, aprovechados. Tienen prisa.

Los mejores, cuando son piezas complementarias, aunque parezca mentira, son capaces de entenderlo. Aprenden con sorprendente prontitud a jugar en equipo. Esa asignatura que suele ser para las aprovechadas aves rapaces del poder como las “mates” mal explicadas para los adolescentes.

Hay muy poco enseñante capaz de explicar filosofía, griego, latín o matemáticas. Para dar clase a otros de filosofía, griego, latín o matemáticas, hay que ser un vocacional de la enseñanza y de la enseñanza de estas materias en concreto. Básicas para una mentalidad abierta, para una apertura a la curiosidad universal.

Eso y jugar en equipo, nos falta a muchos por haber aprendido cuando fue hora. Para algunos ya es tarde. Otros llegan tarde, mal y nunca a este aprendizaje y les cuesta, pero hacen esfuerzos y se advierte en seguida que aún pueden servir.

Hay cosas, materias, conocimientos, que el maestro tiene que compartir con el discípulo. No se trata de exigir que el discípulo se rompa la cabeza contra las dificultades, sino de irle abriendo las puertas de la curiosidad y descubriendo los mecanismos, los resortes, las claves. El discípulo no es ni una víctima ni un rival, sino alguien con quien compartir el doloroso camino de la búsqueda, la satisfacción del hallazgo, la alegría del conocimiento. Un maestro se realiza y completa cuando el discípulo es ya capaz de sorprenderle con sus deducciones, un paso más adelante de lo que el maestro sabía.

martes, 14 de junio de 2011

Pasa a veces que me da la impresión de estar jugando a la oca, ese que dicen camino de Santiago abreviado, como el laberinto de la catedral de Chartres. Lo digo porque a pesar de las lamentaciones de Fígaro, reincidimos con frecuencia en lo de que vuelva usted en otra ocasión, que ni siquiera mañana, porque ahora, total, ya estamos al filo de las vacaciones de verano, y en cuanto pasen, serán vísperas de Navidad, que, llegada que sea, pronto, Carnaval, y, como quien dice, Semana Santa, y otra vez el dichoso verano y …

Lo posponemos todo, menos la prisa por llegar a la influencia, el poder, y si pudiera obtenerse mediante una caja de inyecciones, el conocimiento. Con lo del conocimiento somos mucho menos exigentes. Nos bastan las migas. Con la influencia y el poder ya nos arreglaríamos, si no fuese porque hay toda una multitud deseosa de sustituirnos. Sustituirnos, dije. No mejorarnos.

Me parece cada vez más urgente que estudiemos, planifiquemos y trabajemos. Miusté, a mí, deme un puesto fijo, inamovible, y luego hablamos. Nos gustaría, entiendo, regresar al Edén, pero no creo que sea posible. Hay que arreglarse con lo que tenemos. No destruir, sino arreglarse, sin desperdiciar nada, con lo que hay. Y lo primero de todo, acabar con ese tópico de que los que piensan de otra manera son los malos, los equivocados, los enemigos. Los que piensan de otra manera son, cuando menos, los complementarios. Son los que cuando nos parece haber llegado al límite de lo posible, resulta que a ellos se les ha ocurrido algo que puede que no entendamos, pero ¿y si es bueno para el común?

Todavía me acuerdo de los días en que empezábamos nuestros primeros cursos de bachillerato, o, mucho más tarde, de una carrera o del aprendizaje de oficio todavía sin beneficio. Y de cómo nos mirábamos con desconfianza unos a otros. O de cuando nos incorporaban a la mili aquella y entrábamos de puntillas en la compañía, tratando de que no se nos viera. Y, sin más, nos ponían al tajo. Ya hay, oigo ahora, ediles nuevos, procedentes del agítese antes de usarlo de las últimas elecciones, que hablan en privado de posponer para después del verano lo más urgente.

“No es eso”, repetiría Ortega, tenéis que meter las manos ya en la masa, removerla. Y habrá que ver si será o no necesario echar la masa vieja a la basura y empezar de nuevo, a partir de los ingredientes a mano o financiando expediciones en su busca o su fabricación urgente. Las cosas, con muchos países europeos ya inequívocamente desperezándose, no están para retrasos. Investigar, imaginar, hacer.

lunes, 13 de junio de 2011

No van a mejorar las cosas porque hayan cambiado las personas. Que nadie, por favor, vuelva a caer en la tentación usual de permitirse tratar de justificar los errores propios porque antes hayan incurrido sus antecesores en los mismos errores o hasta puede que en las mismas faltas. Os han, os hemos elegido a vosotros o para que cambiéis, si habéis sido reelegidos, o para que cambiéis las cosas, si hemos decidido cambiar. Que vuestra revolución incruenta no consista en mudar al personaje para que represente el papel del mismo modo, sino para que invente un modo nuevo o hasta para que represente una obra diferente, incluso de distinto autor.

Tampoco van a mejorar las cosas porque os dejéis llevar por el viento fácil de irles sacando de debajo de las alfombras la basura o el polvo a los que se fueron. Si lo encontráis, barredlo para inaugurar el tiempo nuevo de limpieza y ventanas abiertas. Es mucho más importante hacerlo bien por méritos propios que por comparación con el demérito ajeno.

Dad, caritativamente, por supuesto, que los que estaban hicieron lo que sabían y lo hicieron con la mejor voluntad. Si no quisieron hacer mayor esfuerzo, no pudieron o no supieron, estáis ahí para que a partir de ahora se intente hacer algo, o todo, si fuera posible, un poco y mejor si es un mucho mejor que antes.

Dejad, por favor, que los muertos entierren en paz a sus muertos. Cada día está llegando un futuro mejor y no hay tiempo que perder ni en lamentaciones ni en elegías ni en reproches. Si acaso, de cada historia de un error que descubráis en cada rincón, sacad en seguida la enseñanza de que así es como no debe hacerse, de tal modo que la experiencia de quien de buena o mala fe se equivocó, os preste la ayuda de indicar el camino que no vale.

domingo, 12 de junio de 2011

Dudo que hayan tenido sus autores la múltiple y a veces pintoresca intencionalidad que se les atribuye. Ya de por sí, la narración de algo imaginario, por mucho que se inspire en vivencias del autor de que se trate, tiene la suficiente dificultad como para que ni se entere el narrador de que refleja movimientos culturales importantes de grupos sociales numerosos.

No me parece que en la mayoría de los casos, cada autor haya hecho más que contar la historia, sin más ni mayor propósito generalizador, de los protagonistas o de sus familias. ¿Qué de ahí puedan inferirse cambios de costumbres o mudanzas colectivas de convicciones? Pues a lo mejor, pero no porque el autor lo haya intentado, sino porque sus personajes se han movido, actúan, viven con arreglo a épocas, en algunos casos de crisis sociales de mayor o menos envergadura y trascendencia.

Rebuscamos laberínticas interpretaciones esotéricas a partir de las aventuras incluso de protagonistas de viñetas de éxitos tan evidentes y notables como las de los personajes de Schultz, Tintín y Milú, Mortadelo y Filemón o Flash Gordon, los hombros de los cuales intentamos cubrir con los sambenitos de los vicios de la época o de cuyos pescuezos colgamos las condecoraciones y medallas de sus virtudes.

Es más sencillo, me parece, que todo eso. Cada narración se refiere a la época en que las aventuras narradas tuvieron supuesto lugar. Y los protagonistas, antagonistas y personajes secundarios, rodeados del ámbito circunstancial de cada momento de la historia, retratan y reflejan la realidad de su tiempo y contiene la narración a personajes que son héroes o malvados con arreglo a los cánones culturales coetáneos, vistos además desde la óptica subjetiva de cada autor.

La retórica, la filosofía, las supuestas intenciones moralizadora, didáctica o crítica del autor, no están sino en la mente del lector atento, que entabla profundos diálogos con el narrador, toma notas en los márgenes, hace llamadas a pie de página y obtiene de cada libro y lectura, posibles pistas de nuevas interpretaciones históricas mediante que supone la posibilidad de establecer el momento en que un continente, una nación o un pueblo mudaron algún criterio colectivo, como si tal fuese hecho que hubiese ocurrido nunca en un instante, como la caída del supuesto o real meteorito que habría extinguido a los dinosaurios.
No se inmuta, el paisaje, y sin embargo, este fin de semana, en su centro, en la tarta del viejo ayuntamiento de mi pueblo, colocado en medio de la antigua alameda como un gran pastel blanco, que el tiempo ha amarilleado y descascarillado con su paso y tantas vicisitudes, ha mudado el equipo de gobierno, con motivo de las elecciones de hace unos días.

Siempre es igual. Ya pueden nacer y morir personajes, triunfar u olvidarse, que todo parece seguir igual. El río, al lado, pasa murmurando a varias voces, según la profundidad del agua o que asomen y rocen la superficie del agua o la rompan las piedras del fondo.

Cambian las cosas y las personas, y, a la vez, el paisaje, pero mucho más lentamente.

Nos preocupamos por ferias, fiestas, cambios, circunstancias que llegan y pasan, y el paisaje, ya digo, parece inmutable. Es mentira, va a su paso.

Una multitud, pequeña, que esto es un pueblo pequeño, se alboroza, mientras que otra multitud, igual aproximadamente de exigua, se entristece. La mayoría, sin embargo, descubre que cada supuesto cambio se va diluyendo, por desgracia, en la rutina. Espero que no sea el caso porque vivimos une época en que es necesario inventar, adaptarse al tiempo nuevo. El mundo, al hacerse por virtud de la técnica, más pequeño y accesible, multiplica las posibilidades de relación entre hombres y modos de ser y de hacer. Es como haber descubierto un nuevo continente hasta ahora desconocido, sin caminos ni nombres de pobladores y paisajes.

viernes, 10 de junio de 2011

La opinión, salvo advertencia en contrario, es siempre algo personal y se sigue que subjetivo. La advertencia en contrario, o de matiz, consiste en decir antes de opinar que se hace por otro o en nombre y representación de cualquier clase de colectivo.

Pertenecer a un colectivo o incluso presidirlo, no implica necesariamente que se hable en su representación, ni priva de la posibilidad de mantener e incluso defender opiniones propias, que no han de ser necesariamente las del colectivo, ni tienen, cuando se produzcan unas u otras, por qué ser coincidentes.

Lo dicho es aún más cierto cuando la discrepancia de opiniones o de criterios entre el miembro de un colectivo y éste, se produce respecto de asuntos distintos de los esenciales del colectivo o de los que nada tienen que ver con el objeto estatutario o legal del colectivo en cuestión.

Cuando habla en nombre propio y expone un criterio o una convicción personal, el presidente de cualquier colectivo no expresa más que una opinión, que es la suya.

-¿Qué opina su colectivo, o el colectivo a que usted representa, o el colectivo que usted preside …?

-No lo sé, no se ha expresado, o se ha expresado mayoritariamente en el sentido de que …, en cualquier caso, personalmente opino … Y ahí dejará dicho lo que le parezca.

Sólo faltaría que la circunstancia de formar parte de un colectivo cualquiera, representarlo o presidirlo, impidiera tener personalidad, opiniones y criterios propios.

Tal vez una de nuestras deficiencias consista en la demasiado frecuente convicción de que no podemos formar parte de un colectivo pensando de manera distinta que el colectivo o que algunos otros de sus miembros, respecto de algunos, pocos o muchos, de los asuntos con que se enfrente, le rocen o con que haya de enfrentarse. Siempre que en su caso, se respete y obedezca el criterio del colectivo, formado y en su caso expresado de acuerdo con las formalidades del caso, dejando si parece oportuno testimonio de las diferencias del criterio propio, siempre digno de los debidos respeto y consideración.