miércoles, 3 de agosto de 2011

Huyo entre los juncos de los piratas de Mompracem, cambiando, que al resto no los entiendo, a trompicones, impresiones con Yañez de Gomera, que soporta despreciativo mi chapurreado portugués, en el fondo, y en la superficie, ese gallego adulterado del Lejano Oeste de las Asturias, por donde corrían y se peleaban incesantemente pésicos y albiones, en la eterna probable discusión respecto de la desembocadura del río de Barayo.

(Una pena, no haberle hecho un acceso a esa playa, cuando pudimos, y evitar que so pretexto de vivero y reserva de fauna y flora la hayan convertido en un escayal)

Mira que insistió el contratista aquél, invocando el interés turístico, sin dejar traslucir que lo que él buscaba era una vía cómoda, de saca, para arena y regodones.

(No había puente de los Santos, desde san Román, en nuestra orilla, hasta san Miguel, en la suya. No había autovías. Me contaba el alcalde su certera visión de que cuando haces una carretera para dar entrada a una comarca, lo que haces es abrir una vía escape y drenaje demográfico)

La mar, paciente, planta sus juncales donde llega la marea y suben las especies a ovar y se forma un microcosmos, es cierto, que, si miras desde el otero apropiado hay siempre una pareja humana recomponiéndose la ropa tras de su contribución a repoblar el planeta.

Huyo a esconderme entre mis rimeros de viejos libros y de libros nuevos. Pasaron los días, lo advierto al pasar la mano por el lomo de los de Guillermo, detenerme en el gastado ejemplar de Robinsón Crusoe que me compró mi padre, aquel día que riñó en casa y estuvimos largo rato en el escaparate de la vieja librería que se llevó la trampa del tiempo, recordar la ingenua insularidad de doña Agatha, erosionada por el velado encono con las tisanas y el bigote de su presuntuoso Hércules Poirot.

(Mi primer Kafka fue su metamorfosis espeluznante, seguida de la pesadilla del agrimensor. No se cómo pudimos, con el escaso bagaje que nos dejó la guerra, resistir el paso de Gogol a Dostoievski)

Hace muchos, tal vez incontables años, descubrí entre los libros de casa, sabe Dios escondida por quién, mi primera novela pornográfica, que pormenorizaba los manejos en una caseta de la playa de una tal Rigoberta y su aplicado Octavio.

(Siempre hay alguien que esconde entre los libros alguno poco apropiado para los niños de curiosidad insaciable, que, a su primera edad, leen incluso los anuncios y las esquelas de los periódicos. Resulta inexorable que cada niño encuentre su primera vergüenza en el más insospechado rincón. Ahora, me dicen, esos manejos se explican con sus porqués y sus paraqués en las escuelas públicas y privadas. Hay un apartado en la Biblia, allá por el Eclesiastés, creo, que dice que hay un tiempo para cada cosa)

La tarde se me va borboteando por el desaguadero de la puesta de sol.
La entrada en el euro, o la imposición del euro, como una imposición de manos sobre nuestra cansada cerviz, supuso una devaluación monetaria de entre el cincuenta y el setenta y cinco por ciento.

Cada poco, ocurre algo así, es como una derrama que nos imputa el gasto de quienes deberían servirnos, pero en secreto nos han convertido en servidores suyos.

Cada año, nos dan vacaciones, algo menos de un mes, para que no reviciemos, y, durante el resto del año, el tufillo esperanzador de las vacaciones que vienen.

Ese vago olor nos ayuda a soportar los gritos del cómitre: remad, malditos, remad.

Cada mañana, cuando estamos absortos, maravillados por la reposición magnífica del sol, o, por lo menos, de la luz, nos ponen las herramientas en la mano. Sed felices. Trabajad con denuedo y alegría, que, allá para julio o agosto, tendréis, si esto de la crisis por fin amaina, otras vacaciones.

De vez en cuando, aparece un humano: Ionesco, Brecht, Kafka, Green, que se atreve a reescribir la descripción del mito de Sísifo.

microrrelato

La mató, y, con relativa facilidad se deshizo del cuerpo, pero el alma de ella permaneció unida a la suya, como cuando se amaban para siempre, y enfermó de alzheimer y ambos olvidaron a la vez y son ahora este olor de alborada y luz, mierda y sudor, que exhala su único cuerpo, apoyado en el alféizar del mirador desde que ya no mira nada.
Un recorrido por la memoria –que es siempre histórica, con todas las consecuencias, es decir, en parte verdad y en parte mentira, voluntaria o no- nos recordará que somos en parte fracaso de nuestro proyecto y en parte éxito.

No vale la pena comparar si más de uno que de otro. Los muertos, todos, hicieron siempre lo que pudieron y una pizca es a veces mucho más importante que gran cantidad de su alternativa. Los muertos, en lo único que se diferencian de cualquiera de nosotros, los aún vivos, es en que ellos ya no pueden rectificar.

Rectificamos cada día, con el alba, cuando hacemos memoria de aquello dicho a primeros de año, de que vida nueva, y puede que empecemos hoy.

Tiene razón el historiador que estoy leyendo, cuando dice que los hijos perdonan, pero los nietos padecen siempre la tentación de juzgarnos, a los abuelos, con rigor senequista. No se restablecerá, opinan, el equilibrio de la justicia, mientras no se os desentierre para quemaros en las hogueras de otra inquisición.

No saben, los nietos, porque son tan jóvenes, tan crédulos, tan confiados en que la humanidad se parecerá algún día a sus sueños, del rigor apasionado que nos movió antes que a ellos para que implantásemos la justicia.

La justicia, la verdad. Hermosos conceptos. Se podría hacer una maravillosa revolución cimentada en cuatro pilares inconmovibles: la justicia, la verdad, la transparencia, la libertad.

No saben nuestros nietos del trabajo que cuesta renunciar a la soberbia de estar seguros y transigir con los otros, quienesquiera que sean o hayan sido, con la única certeza de que es necesario para la convivencia humana total en que la vida real, verdadera, transparente, libre y justa consiste.

También hay que comprender, cuando hablan de juzgarnos, que para llegar a la madurez y a la vejez, es preciso haber sido jóvenes.

martes, 2 de agosto de 2011

Llama mucho la atención estos días lo que está pasando en los EE UU de América, donde cada vez más se apuntan dos tendencias: la del equilibrio de los dos grandes partidos y la de aparición de toda una constelación de satélites, que apuntan a la madurez de la diversidad política.

Nada es verdad ni mentira, sino duda y posibilidad a la vez, como consecuencia de lo cual, se multiplican las interpretaciones, según cada cual que mire se coloque para ver. O lo que es lo mismo, según el punto de vista del espectador.

Suele ocurrir cuando se buscan testigos de algo que pasó ante muchos y cada cual lo vio de manera diferente y hasta contradictoria.

Cada vez es más difícil encontrar grandes masas dispuestas a conformarse con interpretaciones colectivas, y mucho menos si están hechas por quienes tratan de llevarnos al apoyo de su particular conveniencia, que ni siquiera es su convicción.

Incluso al tratar de interpretar quién ganó en aquel país al llegar a un acuerdo respecto de la elevación del tope de su deuda, si republicanos o demócratas, se puede afirmar con las mismas probabilidades de acierto, previo afirmar que ni los unos ni los otros, el que ganó fue el miedo, o tal vez el sentido común, ambos, miedo y sentido común, colectivos, y ambos, con lo que está ocurriendo en la historia de la humanidad, legítimos y justificables.

Lo peor, o tal vez lo mejor, es que la contradicción permanece, y con ello las paradojas que nos mantienen en vilo a todos y son posible causa de este haberse adelantado este año el otoño benévolo de que disfrutamos, o tal vez sufrimos.
Llueve y no hay donde meterse cuando caen los chuzos de punta y nos tendrán pronto que exprimir como a naranjas del desayuno de algún desconocido mandarín de una lejana provincia de la China emergente,
donde el futuro nace y se despereza para la humanidad doliente de los siglos que vienen.

Tanto amagar, ya parecía que no vendrían nunca, los chinos del otro lado del desierto de los tártaros que nos describió Buzatti, ese aprendiz benévolo de las torturas literarias de Kafka o de Julien Green, pero ya está ahí, pidiendo paso a nuestros fracasados pensadores de tiovivo, incapaces, lo gritó aún a tiempo Ionesco, de mirar al cielo, donde las estrellas, empeñados como los veía en limitarse a perseguir sus huellas y manejar el dinero todavía inexistente, cada vez más problemático y menos probable.

Contra la sabiduría de los abuelos, que jamás se habrían empeñado, trabamos el valor de cada finca con primeras, segundas, terceras, enésimas hipotecas y luego “titulizamos” las hipotecas para elevar de nuevo la furtiva sombra del valor a una enésima figurada potencia.

Andamos ahora como el tiempo de este otoño largo, para mayor dolor trabado de anuncia de las elecciones que no iban a celebrarse de ningún modo antes de la primavera, cuando los almendros y los cerezos en flor, andamos como locos, en busca de chivos expiatorios de la catástrofe económica que pasa, como los tornados, llevándose sin discriminar los techos de los viejos palacios y las chozas nuevas, los adosados y los exentos.

Fuenteovejuna fue, no busquéis más.

Pongámonos, me atrevo a recomendar, a recoger los restos y las reliquias y remendar, con paciencia, humildad, creatividad y solidaria generosidad esta sociedad de la nueva era que vamos a compartir con los chinos y con tantos otros como se incorporan a la pregunta: ¿y nosotros qué?

Es una sociedad con el desafío de extender sus vínculos, derechos y deberes, desde el ombligo del primero hasta la piel de la periferia del tercer mundo.

Tal vez siendo más pobres, seamos todos más humanos entonces.

lunes, 1 de agosto de 2011

Nada va a preocupar más a nadie, sino ganar las elecciones. Y entre la astucia de Pérez Rubalcaba y la sagacidad de Rajoy, se deslizarán las veloces, casi invisibles, subliminales canoas de partidos, unos viejos, otros recién nacidos, donde se apuntan los tentados de escepticismo por el norte, de indignación, por el sur, ambos, norte y sur, helados, para salvarse de ambos extremos radicalizados del desencanto político.

La historia cuenta cómo se había ido desacreditando ya el bipartidismo por anacrónico, en cuanto película de buenos y malos puros y de una pieza o fotografía de daguerrotipo. La historia cuenta que al profundizar en el conocimiento del hombre, el hombre descubre, al cabo de cierto tiempo, según su empeño y capacidad, la existencia e importancia de los grises, los semitonos, los colores intermedios, que amortiguan el violento choque de los contrarios y constituyen un espacio donde es posible utilizar las posibilidades del lenguaje para imbricar los convencimientos más radicales de gente que basa su interpretación de la vida en principios radicalmente opuestos a los nuestros de cada cual.

El puzzle no tiene piezas sólo blancas o negras, la fotografía descubre tonalidades, aún aquella inolvidable fotografía inmediatamente anterior al color.

Minorías concertadas por la evidente imposibilidad de estar de acuerdo en la variedad de demasiadas ideas, se incorporarán, me atrevo a vaticinar, al mapa político para advertir a los navegantes de que la sociedad se compone de gran número de matices con los que es posible componer articulaciones y desarrollar el arte de la política, que no consiste, como a veces desvariamos, en emprenderla a garrotazos con ese desconocido o ese viejo conocido adversario con que nos tropezamos en cualquier encrucijada, sino en componer con él nada más y nada menos que la convivencia en que vivir consiste, ambos el mayor tiempo y con la mayor armonía posible, durante la corta vida de que ambos disponemos.