lunes, 5 de septiembre de 2011

No digas nunca que nunca o que siempre,
di siempre
que no hay nada que dure más allá de ahora mismo.

Mañana
todo será diferente
y dentro de muy poco, nosotros mismos
ni siquiera estaremos en algún recuerdo.

Ahora es la eternidad,
lo que pasa
es que nosotros no sabemos permanecer,
nos pasamos de día y de hora, como los jugadores de La Oca,
una y otra vez.

La eternidad
consiste en que nos detengamos, coincidamos
con el dibujo de nuestro perfil,
la línea de conducta
convertida en cielo o en infierno
bajo la preocupada, atenta mirada del buen padre Dios,
que, sin cesar,
nos llama a todos a Su lado.
Lunes y campo abierto. Esta semana no iré a Oviedo. Este mes, no iré a Madrid. Mi mundo, a diferencia de lo que ocurre a la mayoría de mis semejantes, se ha estrechado hasta límites visuales. ¿Recuerdas El Gato con botas? “Hasta donde alcanza la vista –decía el gato- todo pertenece al Marqués de Carabás”. Hasta donde alcanza la mía, podrán ir ahora mis “viajes”, salvo mar adentro, adonde sólo se puede mandar la imaginación con todas las velas desplegadas. “A todo trapo”, “de bolina”. Siempre me ha hechizado pensar que del otro lado de cada singladura imaginable, habrá siempre otra costa donde se puede conocer gente nueva, diferente. Hace mucho, en no sé qué libro, leía yo que cuando se encuentran dos grupos humanos, o, sencillamente, dos humanos diferentes, pueden sonreírse y entablar relación amistosa o enfrentarse a garrotazos. Y que lo uno o lo otro dependen de meras circunstancias ocasionales e imprevisibles.

Conocí Madrid y estuve allí por primera vez en octubre de 1946. Me esperaba en la estación mi hermano Pepe, que me llevó a una pensión de la calle Carretas, encima de Sederías Carretas, y, desde allí, me llevó andando y volvió conmigo en metro hasta la Universidad, que entonces estaba en el caserón de San Bernardo, un poco antes de la estación de metro de Noviciado. “Ahora ya sabes lo esencial –me dijo- y tienes que aprender a arreglártelas solo”. El metro, Sol, Noviciado, costaba tres perrinas. Tres perrinas eran quince céntimos de peseta. La pensión Lombao, “viajeros y estables”, donde permanecí mientras terminaban no sé qué obras en el Colegio Mayor, entonces Residencia de Estudiantes, a que iba destinado, era un pensión entrañable, que me cobraba novecientas pesetas al mes, comprendido el bocadillo de tortilla francesa que me daba la patrona, doña Manuela, a eso de las seis de la tarde en concepto de merienda, según pacto con mis mayores, en un tiempo en que todavía había cartilla de racionamiento y vendían pan de estraperlo, barras, a duro, que se sacaban de debajo de las sayas mujeres que lo vendían a hurtadillas a las puertas de los mercados. A los pocos días, la primera clase a que asistí fue en el aula más grande de la Facultad y fue de Derecho Romano, que explicaba con entusiasmo don Ursicino Alvarez. El aula estaba abarrotada. Tenía yo diecisiete años. Al lado de mi casa, aún existía el café de Pombo, más abajo, ya en Sol, a la derecha según salías de la calle, estaba todavía el café de Levante, y enfrente el Universal. Pasaban por la Puerta del Sol decenas de tranvías, tintineando las campanillas, recuerdo que el 9, que salía de una bocacalle nada más iniciarse Preciados, iba a la Bombi, donde la verbena. Aquel de la Puerta del Sol y aledaños fue mi primer barrio de Madrid y me perdía adrede con frecuencia por los recovecos del Madrid de los Austrias, que ha sido siempre mi Madrid preferido por lo mágico y sorprendente que todavía es, a pesar de lo mucho que ha cambiado.

domingo, 4 de septiembre de 2011

De pronto, se abre el abanico de las posibilidades y aparece como nueva estrella, tal vez galaxia, recién descubierta por el equivalente político del Hubble, la confederación de partidos de que podrían formar parte el Foro, de Asturias, y eventuales homólogos imaginables en cada autonomía.

Personalmente, los agruparía en torno a la defensa a ultranza de la idea central de que cada persona es individual, pero y a la vez, parte de una sociedad humana. El humano uno y múltiple del siglo XXI, capaz de imaginar el milenio que viene en clave de que la solidaridad no es una virtud, sino que forma parte de nuestra esencia, a la vez individual y social, con la multitud de consecuencias que cabe extraer de este principio basado en la regla de oro moral de universal aceptación. Quiero para los demás lo mismo que para mí puesto que esencialmente soy parte de los demás.

La coincidencia en una idea central, en un principio básico, obliga a desarrollar en cada comunidad a la vez imaginable y manejable, toda una serie de concreciones, acerca de que parece obligado irse poniendo de acuerdo, tanto respecto de su mapa como de su orden de prioridades, su laboratorio de investigación y ensayo y su territorio de creación, consolidación y desarrollo.

Todo un hermoso sueño para salir de este caótico berenjenal de la acumulación de las crisis “de medrío”, de crecimiento, de experiencia y ascenso de tramo de sabiduría que nos aquejan.
Me entero de la existencia de un “nuevo” detective, el comisario Riccardi, protagonista de otra serie de algún modo emparentada con Lombano y Brunetti, aunque no sea más que por sus autores, todos tres italianos de esta época posterior a Poirot, Vance Wolfe y por lo menos nieta ya de Neyland Smith, el perseguidor de Fu Manchú y del inolvidable Charlie Chan, de la policía china ideada por Earl Derr Biggers.

Todavía su primer incursión castellana que yo conozca, importada y traducida por Lumen, no había llegado esta mañana de domingo a mi librería del lejano occidente del Principado.

¿Tiene todo el mundo una librería de algún modo “propia” allá donde reside habitualmente o en los lugares por donde, también habitualmente, con algún motivo, pasa?

Además del atractivo que los libros tienen y a mí me llevaron en ocasiones hasta a recorrer librerías en ciudades y países el desconocimiento profundo de cuyo idioma me haría inútil adquirir cualquier libro, una fuerza de atracción que se me evidencia al pasar por delante del más mínimo escaparate donde haya un ejemplar impreso, siempre he tenido “mi” librería.

Donde me paro, toco los libros, los huelo a veces, los hojeo, echo una ojeada al revuelo de las páginas y de pronto, como los peces, nadie sabe exactamente por qué, con ávida voracidad atrapan de un salto el engaño y se prenden del anzuelo, así yo creo haber pescado el libro, que en realidad me ha “pescado” él a mí y allá salgo, con mi presa en la bolsa o bajo el brazo, paladeando lo que espero de su luego hay veces que inexistente magia.

Madrid, Oviedo, Luarca. Recuerdo una librería en Bolonia y otra de París, con laberintos encantados y deslumbrantes rincones de apacible desencanto.

Cuando joven, poco dinero, mucha afición a leer, sabía dónde había comprado cada ejemplar de aquella menguada, trabajada biblioteca, que los avatares luego te van desproporcionando, desdibujando, a medida que aprendes tanto que las sombra de lo que ignoras se recrece hasta el horizonte y pasa, pero quedan unos cuantos libros especialmente amados, la caricia de la relectura de algunas de cuyas páginas reconduce a lo inesperado, que teníamos desterrado de la memoria, ese disco duro que la vejez va haciendo cada vez más caprichoso, supongo que como consecuencia de lo que habíamos abusado de ella hasta ahora.

Entretengo la espera con los Alfabetos, de Claudio Magris, que, tras de tantos años, me da de nuevo clases de lectura y me enseña a mirar viejos libros desde otra perspectiva y entender por qué se guardan los libros, para releer y descubrir que en cada relato hay dos, tres o infinitos modos de entender lo escrito y por ello también varios mundos paralelos, como ocurre en el nuestro, que uno es lo que estamos viviendo, o tal vez muriendo desde que abrimos los ojos por vez primera y advertimos un paisaje, otro lo que soñamos, e infinito lo que podríamos imaginar para cada instante que forma parte del futuro que nos asalta en cada vuelta de la autovía, a la salida de cada túnel, en cada recodo de la caleya.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Mi padre, que murió hace más de medio siglo, era muy aficionado al teatro y a la enseñanza. Como consecuencia de la suma de ambas circunstancias, dirigió cierto número de veces representaciones teatrales de aficionados, algunos de los cuales eran sus alumnos de lengua y literatura de bachillerato. Del reparto en una de esas representaciones, intervenía en concepto de dama joven una que entonces lo era y, a la vez, muy realista y amiga de los animales, hasta el punto de empeñarse en sacar a escena un asno de verdad, conveniente a la trama, según las acotaciones del autor.

Mi padre hacía, además, de apuntador. Los escenarios tienen una ligera inclinación hacia su proscenio, donde se abría la concha del apuntador. El burro, acuciado por la naturaleza, dio en echar la gran meada.

“Cuando vi acercarse aquel líquido humeante como lava, solía contar mi padre, abandoné allí mismo el libreto, y, sin más trámite, dimití de mi cargo y emprendí vergonzosa huida”.

Me acordaba yo ayer, durante mi pregón del Centro Asturiano de Oviedo, bajo aquellos foco ardientes, con aquel calor, resollando, bajándome por el arco de la nariz goterones de sudor, que: plof, caían con cadencia de metrónomo sobre mis papeles, de la huida de mi padre, y por primera vez pude figurármela mejor y me pareció más verosímil que nunca.

No escapé y por esta vez sobrevivo. Supongo que gracias a la amable consideración, amistad y compañía de toda aquella gente, amable, atenta, considerada, amiga y compañera a pesar de haber tenido que soportar la tediosa pesadez de mi perorata. Hay personas de verdad admirables, incluso en este mundo de locos.

Por las diferentes vías de comunicación, me llegan felicitaciones y despedidas, que agradezco. Este fin de etapa es diferente. Es como el final de uno de esos caminos que hay en las zonas rurales, que, de pronto, desembocan en una finca. Un camino que desemboca en una finca es siempre un camino “servidero”. Los caminos, por regla general, para serlo, comunican dos núcleos de población. Si esos lugares son muy pequeños, los caminos serán menos importantes, pero siempre comunican grupos sociales de mayor o menos entidad. Los caminos que llevan a un finca, sobre todo si es rústica, de labor, no suelen ser, a partir del último pueblo o lugar de que parten o que atraviesan, más que puros senderos ensanchados por el paso de los carros y los tractores, más pequeños cuando menor la finca. A algunas mínimas no llega más que un sendero “d’a pía”, califican los paisanos. Lo que basta para trabajarla casi desdeñosamente cuando ya no queda labor que hacer en las demás tierras, prados y montes del caserío.

Una finca propia, por pequeña, alejada, casi olvidada que esté, hasta cuando no tiene camino de acceso y el código civil le dice “enclavada” entre otras de diferente propiedad, puede ser un inolvidable, ameno lugar. Confieso que me gusta estar aquí. Esta sensación de haber llegado, que, es curioso, minimiza los esfuerzos del camino, que, por otro lado, es ahora cuando descubro la desproporción que suele haber entre ilusión, suceso y recuerdo.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Mi primer día completo de salir sin jaeces, pero también sin albardas, después de casi medio siglo de llevar unos u otras. Y sentirme, consecuentemente, ahora mismo, como Platero con todo el prado por delante y la posibilidad de revolcarme por la yerba como otro asno cualquiera, cualquier burro de fábula o de conseja, como hacían los burros de nuestra niñez y decían nuestros mayores que estaban “ganando la cebada”, supongo que un tanto irónica expresión.

Salgo por el periódico y redescubro lo poco que he reservado, guardado para mí, que apenas me da el resuello para llegarme a correos, comprobar el vacío del apartado, seguir hasta el quiosco de los periódicos y volver a casa. Tal vez medio kilómetro escaso que he de hacer a ridícula velocidad de crucero para que el fuelle me alcance.

Un cabraliego, dice hoy el periódico de Oviedo en primera plana que mató a “una mujer de 75 años” “en una discusión por unas lindes”. Fue con una “fesoria”, herramienta clásica de agarradiellas repentinas durante el trabayo. El supuesto agresor, que se entregó a la Guardia civil, tiene 50 años. Poco motivo parece, pero es grave siempre en el campo, esto de las lindes, los linderos, los mojones que cierran espacios casi corporales de quienes los han venido trabajando durante incontables generaciones. Difícil para la gente de la urbe, ya, de entender, pero que está ahí y se destapa por media cuarta, medio jeme de terreno al cuadrado, unos milímetros de nada, empapados del sudor de los ancestros. Una verdadera tragedia ssin aparente motivo, que es como se fraguan las mayores tragedias.

También dice el periódico que Esperanza Aguirre pide que el PP y el Foro deben unirse “cuanto antes, mejor”, pero me temo que lo que se va a multiplicar en el PP van a ser separaciones como ésta, de que tal vez se podría seguir una no sé si construcción o reconstrucción de un partido parecido, pero diferente, pasado por el alambique de una puesta al día cada vez más aparentemente indispensable para que se encauce el debate político nacional a través de un contraste de ideas, sutilezas y correcciones que sustituya a los enfrentamientos y las ambiciones personales.

Una de las consecuencias de la subsistencia de las Comunidades es que progresivamente querrán en todas sus políticos “descentralizarse” siguiendo el ejemplo de las comunidades más caracterizadas, veteranas y antiguas. Podría hasta ser bueno para la buena salud de la democracia.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Esta tarde de un primero de setiembre bochornoso y pluvial, dejo mis cargos y me reduzco a viejo profesional que escribe y trabaja al medio gas que corresponde a su condición.

A partir de hoy, al dejar de tener cargos, soy un poco más yo mismo, o por lo menos así me lo parezco sin necesidad de espejo. Y cuando diga o haga algo, nadie podrá interpretar un comportamiento o una manifestación institucional, sino que todo será personal, para los demás menos, para mí, más trascendente puesto que no estará lastrado por la prudencia, al no implicar a nadie más ni compartir con nadie más mis actos u opiniones.

Me confieso asustado, por otra parte, puesto que lo que se hace o dice institucionalmente tiene el amparo de un colectivo en que confías y que confía en ti. Es como ir en una gran embarcación, cada uno en su puesto, desde los gavieros hasta los encargados del achique. Ahora mismo, la analogía es con esos marineros jubilados que salen a la bocana del puerto con sus lulieras a pescar chipirones y allí, solos, dependen de su pericia y del manejo a pareles de unos precarios remos.

La diferencia, diría Kipling, entre el amparo del espíritu del regimiento y la soledad del explorador que avanza solo por terreno aún desconocido.

Tengo que pensar si ha llegado el momento de cerrar el cuaderno de bitácora.

Cierro los ojos, y la tarde
se reduce a oscuridad y silencio
muy en lo hondo del cual, aún graznan unas gaviotas
como pespunteando la música de fondo
que el cine nos ha enseñado a presentir,
mas que oír, en cada secuencia.

Pesa el aire de la vieja estancia
cuajada, desbordada de recuerdos,
símboios,
desordenada plétora de abalorios,
que no valdrían nada apenas, para nadie,
pero son,
nada más y nada menos
que las huellas
dejadas fuera de cada recuerdo
por esos caprichos inesperados de la memoria.

Hay, sin haber, voces,
palabras entreoídas.
Alguien me está diciendo que si cierras los ojos
puedes volver a cualquier momento, pero ya
no será el mismo, sino una veleidad
de la memoria inquieta, que mezcla,
hechos, sueños, recuerdos,
fracasos y arrepentimientos.

La vida, a pesar de todo, sigue
su inexorable peregrinación hacia el otoño.