Mis primeros recuerdos se remontan a la casa de la calle de la Iglesia, un pasillo largo, que doblaba en forma de ele, alfombrado de gutapercha verde. Corrí por él con mi triciclo de hierro colado que me regaló la tía Amelia porque le había tocado en una rifa de la parroquia y con el avión amarillo de pedales que me pusieron los Reyes Magos y me rozaba dolorosamente hasta hacerme herida en las rodillas de niño zanquilargo. El avión gozaba de menos popularidad en casa porque rozaba con las alas en las paredes del pasillo. El pasillo llegaba a una puerta de tránsito prohibido, y como consecuencia de irresistible atracción, porque conducía al insondable despacho paterno, donde don Joaquín ejercía como abogado, cosa que no le gustaba en absoluto, y daba clases particulares, que constituyeron siempre su vocación y su dedicación preferida.
De las habitaciones delanteras, que daban a la plaza, recuerdo los grandes balcones, con puertas que abrían hacia fuera y allí se sujetaban con una especie de hélices de metal, a través de que miraba yo extasiado al señor Andrés de los mercados y ferias, que se instalaba justo enfrente del portal de casa y trataba de vender todas sus existencias, “todo a tres”, tres perrinas, tres perronas, tres reales, tres pesetas o tres duros, que ya eran un capital, daba grandes voces perentorias y vendía vasos irrompibles, que, de pronto, puestos en una repisa y sin ayuda de nadie, puesto que mi cautelosa madre los había en principio destinado a vasos para el cepillo de dientes, justificando su intuitiva desconfianza, se rompían y hacían polvo casi impalpable. A través de esas ventanas, estoy casi seguro y casi dispuesto a jurar que oí una noche de Reyes el clopetí clop del paso de los caballos de los magos orientales, y, en seguida, me escondí, aterrorizado, pensando en las eventuales consecuencias de haber escuchado cuando y donde no debía. Y en una de aquellas habitaciones, de techos espectacularmente altos, tirando uvas al aire para recogerlas en la boca, se me coló una hasta la garganta, estando yo solo, y, ahogado casi ya, tosí de pronto y superé el trance sin que nadie se enterase nunca ni yo lo contara, que aventuras como la allí vivida me tienen costado duros sopapos de una época muy cerca todavía de la otra en que letra con sangre entraba. Todavía revivo la pesadilla ante la puerta blanca, cerrada, angustiado, tendiendo las manos, queriendo asirme de algo, y de repente de nuevo el aire y la vida alrededor, como haber vuelto a muy última hora de la oscuridad y el miedo.
Desde el pasillo de aquella casa, un segundo piso, me intrigaban las frecuentes y escandalosas riñas del patio, adornadas de ruido de cacharrería rota, en territorio de un famoso bar de camareras de la planta baja trasera, el Bar Azul, gobernado por alguien apodado Carracuca, que al parecer tenía dificultades con una numerosa grey femenil. La consigna era que el niño, es decir, yo, tenía prohibido asomarse a las ventanas del patio.
Al parecer, que esto sólo me lo contaron, había venido la familia a vivir a esta casa, tras de nacer yo en otra de la entrada de la calle, su número dos, creo, que era un chalecito con mínimo jardín de que mi padre tuvo siempre cierta nostalgia por un heliotropo que perfumaba la vecindad. La hermana mayor de mi abuela, se había casado y tenido dos hijos, murió en seguida y los dos hijos fueron criados por su hermana siguiente, que no tuvo ninguno a pesar de haberse casado con el secretario del Juzgado, que se alistó en el ejército y murió en la manigua cubana, como tantos jóvenes de entonces. Para criar estos dos niños, uno luego dentista, que vivió largos años y ejerció a la entrada de la avenida de la Reina Victoria, en Madrid, junto a la glorieta de Cuatro Caminos y otro novelista precoz, que murió tísico poco antes de nacer yo y cuyos libros copiaba admirada mi madre, todavía soltera, a máquina, en la del abuelo, su padre, que tenía un teclado de mayúsculas y otro de minúsculas, su tía hubo de empeñarse hasta punto que no pudo al final superar y el prestamista se quedó con la casa y más tarde la derribó para hacer una de pisos. Mi padre, en broma, se preguntaba dónde me iban a poner la placa del “aquí nació”, si algún día llegara a ser alguien. Mi padre, a veces era enternecedor, otras sarcástico y había algunas que ácido y desconcertante. Me tiene pegado hasta el dolor, hasta convertirme en necesariamente mentiroso en defensa propia, pero nunca dejé de quererlo, respetarlo y confiar en él, a pesar de todos los pesares. Me preguntaba en cierta ocasión uno de mis muchos parientes argentinos qué sería de mayor y yo le contesté que abogado.
-¿Abogado? ¿por qué abogado?
-Como mi padre.
-Pero hombre … ¡haséte pildorero, como el abuelo! ¡Es mejor porvenir!
-No.
-Bueno, che, pues en todo caso, haséte abogado pildorero.
En secreto, secreto, a mí me gustaba “escribidor”, pero ya que no y para llegar a hombre de provecho, la mejor alternativa era la de ser como mi padre, abogado. Eso fui, eso soy, eso seré ya, hasta pasar al otro lado del espejo. No dejé de escribir, hice muchas cosas complementarias y suplementarias, pero lo único que como un hilo sutil lo enhebró todo, fue mi condición de abogado. ¿Buen abogado? ¿malo? ¡yo qué sé!
En realidad, he de confesar, que se trata de mis digresiones. Por eso, advierto que para cualquier curioso lector, podrían ser poco interesantes, intrascendentes, banales y hasta aburridas. Entonces -me pregunto- ¿para qué las escribes? Aún no he hallado respuesta para esta pregunta.
jueves, 8 de septiembre de 2011
miércoles, 7 de septiembre de 2011
En el caserón de San Bernardo estábamos la Facultad de Derecho ocupando el segundo piso, y, en el primero, los de la de Económicas. Teníamos clases desde las nueve de la mañana hasta las dos y media de la tarde. La calefacción, de aire caliente que salía por unos enrejillados de la parte baja de las paredes, apenas funcionaba a trancas y barrancas. Nuestro bedel se llamaba Arsenio, y en cuanto nos fue conociendo, hizo, como otros con otros estudiantes, su clientela. Nos recogía las papeletas con las notas de los exámenes y le dejábamos dinero y fotos para que nos matriculase cada curso sucesivo. Arsenio era un factótum eficaz. Nos daba el carnet de la Facultad y el del SEU, y ahora no los perdáis, que es un lío para los exámenes. Además, hay museos en que con el carnet os dejarán entrar gratis. Aquel primer año 1946, nos dijeron que nos habíamos matriculado en Derecho dos mil alumnos. No cabíamos en ningún aula, pero poco a poco, ya en ese primer curso, empezó a disminuir el número de asistentes a clase. Y ya a partir de segundo, no pasaríamos de ciento y pico los habituales y empezamos a tener clases prácticas por la tarde y seminarios a última hora. Estábamos en el camino.
Y al final del primer trimestre de segundo, casi Navidad de 1947, ya aclimatado en aquella pensión en que la primera noche habían estado a punto de comérseme las chinches, luego dominadas y exterminadas a golpe de soplete, tuve que decidir si irme o no a la Residencia, en que habían terminado las obras o por lo menos había quedado una plaza vacante, que me ofrecían.
Me pregunto lo que habría ocurrido si decidiese quedarme en lo que se había convertido en mi hábitat natural, integrado como estaba en mi familiar pandilla de “estables”.
Decidí irme con todos los bártulos al equivalente, pero no todavía Colegio Mayor Moncloa, en mis tiempos Residencia de Estudiantes de la Moncloa, de la avenida de la Moncloa números tres, cuatro y pi. El pi era un chalet que estaba echado hacia atrás respecto del tres, a su vez enfrente del cuatro, y, ni tres ni cuatro, más que tres y menos que cuatro, era lógico que fuese el número pi: tres, catorce, etcétera. Me tocó mi primera habitación en el cuatro, junto a la parte alta de lo que entonces era Estadio Metropolitano, del Atlético de Madrid y desde las habitaciones de la fachada norte veíamos los partidos gratis, cada segundo domingo, salvo una pequeña franja de un lateral. Durante la semana, en el Estadio, se celebraban y bajábamos a veces a ver carreras de galgos, pero nosotros, estudiantes siempre escasos de numerario, no apostábamos. Yo por lo menos no recuerdo haberlo hecho nunca. Me daban entonces, para mis gastos personales, cinco duros los domingos, a través del bueno de Emilio, el paciente Secretario de la Residencia cuyo Tesorero era Pepe Vioque y ejercía de equivalente de párroco Raimundo Panniker, bajo la dirección de Pepe Grinda. Había desembarcado en otro mundo desconocido. Tenía 18 años y por si no lo dije hasta ahora, una vocación literaria, tal vez derivada de mi condición de lector empedernido, que se fue ahogando, amansando, domando, con el tiempo, pero sin ceder nunca, hasta ahora mismo, cuando la vida se convierte en recuerdo cada vez más difuminado. En mis tiempos, una vocación artística de cualquier tipo, se desdeñaba por el entorno académico y familiar como de segundo y poco menos que despreciable orden. Tu estudia, te decían, hazte un hombre de provecho y luego, si tienes tiempo, podrás dedicarte a esas “aficiones”. Estaba tratando de hacerme un “hombre de provecho”. -
Y al final del primer trimestre de segundo, casi Navidad de 1947, ya aclimatado en aquella pensión en que la primera noche habían estado a punto de comérseme las chinches, luego dominadas y exterminadas a golpe de soplete, tuve que decidir si irme o no a la Residencia, en que habían terminado las obras o por lo menos había quedado una plaza vacante, que me ofrecían.
Me pregunto lo que habría ocurrido si decidiese quedarme en lo que se había convertido en mi hábitat natural, integrado como estaba en mi familiar pandilla de “estables”.
Decidí irme con todos los bártulos al equivalente, pero no todavía Colegio Mayor Moncloa, en mis tiempos Residencia de Estudiantes de la Moncloa, de la avenida de la Moncloa números tres, cuatro y pi. El pi era un chalet que estaba echado hacia atrás respecto del tres, a su vez enfrente del cuatro, y, ni tres ni cuatro, más que tres y menos que cuatro, era lógico que fuese el número pi: tres, catorce, etcétera. Me tocó mi primera habitación en el cuatro, junto a la parte alta de lo que entonces era Estadio Metropolitano, del Atlético de Madrid y desde las habitaciones de la fachada norte veíamos los partidos gratis, cada segundo domingo, salvo una pequeña franja de un lateral. Durante la semana, en el Estadio, se celebraban y bajábamos a veces a ver carreras de galgos, pero nosotros, estudiantes siempre escasos de numerario, no apostábamos. Yo por lo menos no recuerdo haberlo hecho nunca. Me daban entonces, para mis gastos personales, cinco duros los domingos, a través del bueno de Emilio, el paciente Secretario de la Residencia cuyo Tesorero era Pepe Vioque y ejercía de equivalente de párroco Raimundo Panniker, bajo la dirección de Pepe Grinda. Había desembarcado en otro mundo desconocido. Tenía 18 años y por si no lo dije hasta ahora, una vocación literaria, tal vez derivada de mi condición de lector empedernido, que se fue ahogando, amansando, domando, con el tiempo, pero sin ceder nunca, hasta ahora mismo, cuando la vida se convierte en recuerdo cada vez más difuminado. En mis tiempos, una vocación artística de cualquier tipo, se desdeñaba por el entorno académico y familiar como de segundo y poco menos que despreciable orden. Tu estudia, te decían, hazte un hombre de provecho y luego, si tienes tiempo, podrás dedicarte a esas “aficiones”. Estaba tratando de hacerme un “hombre de provecho”. -
Alguien, uno de esos que recopilan de aquí y de allá frases de gente importante, cuenta que Einstein dijo en algún momento que en momentos de crisis, sólo la imaginación es más importante que el conocimiento. Mi abuelo, boticario, repetía que intellectus apretatus, discurrit qui rabiat, y mi observación personal me trae a la conclusión que los genios o los ingenios, producen lo mejor de su obra en tiempos de necesidad. Y no me negaréis que, a través de peripecias increíbles y casi insoportables, la humanidad ha acreditado muchas veces a lo largo de su historia la capacidad que tiene de sobrevivir a las dificultades, ya sea como tal humanidad, en su conjunto o como grupos de humanos menores.
Todo ello me mueve el ánimo a optimismo.
Del otro lado está la terca obstinación de hombres concretos, cuando digo hombres quiero decir personas concretas, de uno u otro sexo, sin pararme en los remilgos al uso, que se empeñan en anteponer la sin duda diferenciada parte individual de su esencia a lo que puede convenir a la parte social, colectiva. De esta tensión se han derivado y aún siguen muchos males para el conjunto.
Resulta difícil para ¿muchos? ¿sólo algunos? entender que el hecho de que precisamente ellos sean diferentes y hasta es posible que mejores, se produce no para su exclusivo beneficio, sino para el del conjunto humano de que también forman parte indisoluble. La excelencia está al servicio del hombre como individuo y como ser sociable e inexorablemente social.
Conócete a ti mismo –hoy estoy por las citas- y habla poco de ti. Estoy convencido de que cuanto antes lo logramos, primero nos acercamos a la máxima intensidad posible de nuestra personalidad y con ello a nuestra máxima utilidad posible. Añadiré la última frase: amar es tratar de ser útil para la felicidad der ser amado, aún a costa de nuestra propia felicidad.
Por si no os habíais dado cuenta, se acerca el otoño. Cada mañana se advierte más fría la rousada. Se engarza el rocío en las telarañas. Cada mañana, cuesta más a la niebla separarse de las laderas del valle. Le cuesta más al río apartar la manta de niebla con que se arropó durante lo oscuro. Laila, soñolienta, se estira y me echa una perezosa mirada: ¿pero de veras –me pregunta con los ojos- quieres salir?
Todo ello me mueve el ánimo a optimismo.
Del otro lado está la terca obstinación de hombres concretos, cuando digo hombres quiero decir personas concretas, de uno u otro sexo, sin pararme en los remilgos al uso, que se empeñan en anteponer la sin duda diferenciada parte individual de su esencia a lo que puede convenir a la parte social, colectiva. De esta tensión se han derivado y aún siguen muchos males para el conjunto.
Resulta difícil para ¿muchos? ¿sólo algunos? entender que el hecho de que precisamente ellos sean diferentes y hasta es posible que mejores, se produce no para su exclusivo beneficio, sino para el del conjunto humano de que también forman parte indisoluble. La excelencia está al servicio del hombre como individuo y como ser sociable e inexorablemente social.
Conócete a ti mismo –hoy estoy por las citas- y habla poco de ti. Estoy convencido de que cuanto antes lo logramos, primero nos acercamos a la máxima intensidad posible de nuestra personalidad y con ello a nuestra máxima utilidad posible. Añadiré la última frase: amar es tratar de ser útil para la felicidad der ser amado, aún a costa de nuestra propia felicidad.
Por si no os habíais dado cuenta, se acerca el otoño. Cada mañana se advierte más fría la rousada. Se engarza el rocío en las telarañas. Cada mañana, cuesta más a la niebla separarse de las laderas del valle. Le cuesta más al río apartar la manta de niebla con que se arropó durante lo oscuro. Laila, soñolienta, se estira y me echa una perezosa mirada: ¿pero de veras –me pregunta con los ojos- quieres salir?
martes, 6 de septiembre de 2011
Arthur Koestler, o Köstler, como queráis, dice en sus memorias que cuando las escribía su madre era una “joven anciana de 81 años”. Excelente idea, la de algún modo, siquiera sea mera retórica, rejuvenecer a los ancianos y reconvertirlos a una por lo menos fugaz juventud en su ancianidad. Me apunto. Este momento, un ratín de nada. ¿A quién, sino a mi solo, puedo hacer daño con ello? A mí sí, puesto que podría, como el tonto del lugar de la zarzuela se tiró de una encina, arrancarme, tonto de mí a correr escaleras arriba, o atajín de la Garita abajo, con las naturales consecuencias que el calificativo de joven anciano excluye.
Yo no tengo 81 años, sino ya 82 recién cumplidos, de hace un mes escaso, no me supongo fuera de la posibilidad de integrarme en el grupo, la subespecie de los jóvenes ancianos. Todavía me encandilan muchas de las cosas que encalabrinan a los jóvenes de verdad, luego hay algo, un sustrato, alguna esencia que permanece e impregna las neuronas, el corazón, las vísceras y el entendimiento.
Al fin y al cabo es cierto, yo lo repito una y otra vez, para que así sea, que si cerramos los ojos, desde allí dentro, nuestro espacio más íntimo, nuestra privacidad más secreta, somos los mismos que hace diez, veinte, treinta, cuarenta, cincuenta, etcétera años.
¿Os atrevéis alguno a asegurar que no es posible que cualquier día, al abrir los ojos, nos encontremos donde soñábamos en aquel preciso momento?
Me paro a pensar. Es posible que haya, a lo largo de la vida, una serie de nudos, encrucijadas, algunos identificables perfectamente, según quedaron taraceadas sus características en sendos daguerrotipos de la memoria, en que, si por cualquier circunstancia hubiésemos cambiado de opinión en el último momento y girado hacia el otro lado, tomado por la otra vereda o, sencillamente, continuado por el mismo camino, todo habría sido diferente.
¿Años cruciales? Así, de repente, están 1946, 1947, 1951, 1954, 1960, 1969, entre los 16 y los 40 años, todo puede ser de varias maneras. Después ya se es árbol o río.
También hay años dolorosos, en que algo o alguien te deforma pienso que para siempre. ¿O es siempre culpa exclusiva nuestra cada acierto o cada error?
Pensamiento para hoy, ¿qué sería de nosotros si el buen padre Dios fuese más juez que padre, más justo que misericordioso?
Yo no tengo 81 años, sino ya 82 recién cumplidos, de hace un mes escaso, no me supongo fuera de la posibilidad de integrarme en el grupo, la subespecie de los jóvenes ancianos. Todavía me encandilan muchas de las cosas que encalabrinan a los jóvenes de verdad, luego hay algo, un sustrato, alguna esencia que permanece e impregna las neuronas, el corazón, las vísceras y el entendimiento.
Al fin y al cabo es cierto, yo lo repito una y otra vez, para que así sea, que si cerramos los ojos, desde allí dentro, nuestro espacio más íntimo, nuestra privacidad más secreta, somos los mismos que hace diez, veinte, treinta, cuarenta, cincuenta, etcétera años.
¿Os atrevéis alguno a asegurar que no es posible que cualquier día, al abrir los ojos, nos encontremos donde soñábamos en aquel preciso momento?
Me paro a pensar. Es posible que haya, a lo largo de la vida, una serie de nudos, encrucijadas, algunos identificables perfectamente, según quedaron taraceadas sus características en sendos daguerrotipos de la memoria, en que, si por cualquier circunstancia hubiésemos cambiado de opinión en el último momento y girado hacia el otro lado, tomado por la otra vereda o, sencillamente, continuado por el mismo camino, todo habría sido diferente.
¿Años cruciales? Así, de repente, están 1946, 1947, 1951, 1954, 1960, 1969, entre los 16 y los 40 años, todo puede ser de varias maneras. Después ya se es árbol o río.
También hay años dolorosos, en que algo o alguien te deforma pienso que para siempre. ¿O es siempre culpa exclusiva nuestra cada acierto o cada error?
Pensamiento para hoy, ¿qué sería de nosotros si el buen padre Dios fuese más juez que padre, más justo que misericordioso?
Hicimos, me acuerdo el “cup”, cuando nació el primer nieto de la patrona, en la bañera de la pensión, y hubo quien estuvo a punto ahogarse, si no le sacan la cabeza de aquella poción mágica muy anterior a las aventuras de Obélix, y el mismo día, doña Manuela y su marido, que era jefe de máquinas del periódico Informaciones, nos llevaron a todos los huéspedes, familiares y amigos a un merendero de las afueras con organillo. Dónde habrán ido aquellas fotos de cuando apenas se hacían, con máquina de fuelle de seis por nueve, en que estaba yo con una visera de cuadros y pañuelo anudado al pescuezo, y dándole al manubrio. En las esquinas de los pasillos de la pensión, para refrigerar agua y aliviar el verano, había unos panzudos y enormes botijos blancos, bajo cuyos pitorros, había quien les horadara unos aliviaderos que ponían perdido a cualquier novato que se estrenara en beber de ellos sin adoptar, como los veteranos estables, las debidas precauciones. Tenemos bebido vino del Ribeiro, que le mandaban a Ramón de casa y freído chorizos de casa en fuego improvisado en el suelo de la misma habitación, que compartíamos. Para entrenarse, Rafael Serrano, que estudiaba para presentarse a una beca de Roma, nos hizo sendos retratos al óleo, magistrales todos, yo aún conservo el mío, con mis diecisiete años y un Código civil en la mano, en la galería del patio de la pensión, donde Nines tejía por las tardes inacabables bufandas azules, que hacían juego con sus zapatillas de pompones. No sé quien, seguro que viajero de paso y ricacho, nos desafió a los estudiantes a que nos disfrazáramos de marineritos, salvo uno que iría de maestro, con sombrero bombín, levita, paraguas y grandes mostachos y diéramos una vuelta completa a la Puerta del Sol vecina. La apuesta era todas las patatas fritas y los huevos fritos que después fuésemos capaces de comer. Resultó glorioso. Nos alquiló el apostante los trajes, que olían a polvo y moho, por cuatro perras en una sastrería teatral, dimos dos o tres vueltas a la Puerta del Sol, entre el regocijo de los transeúntes, el ricacho fue a comprar al mercado estraperlista y doña Manuela, su nuera Basilisa y las dos ayudantes, Capitalina y Teresa estuvieron horas friendo para que la grey estudiantil se comiera una fuente de patatas con cuatro huevos fritos cada uno y se quedasen como boas constrictor, en aquellos tiempos de hambre y escasez en que lo frecuente era cenar sopa de escaso fideo y una pescadilla pequeña de las que llamábamos “rabiosas” por el modo que tenían de venir en el plato mordiéndose la cola. Por aquel tiempo, para tratar de hacerme un hombre, aprendía a liar pitillos de picadura y fumar. También había cartillas de racionamiento de tabaco, con unos cupones pequeñitos, que recortaban cuidadosa y esmeradamente las estanqueras. En la Gran Vía, como en los pueblos, se paseaba por las aceras al atardecer, desde Callao hasta la esquina de Montera. Había plazuelas donde, bajo un chorro de sol, las niñas jugaban al corro y preguntaban a grito pelado a Alfonso XII adónde iba tan triste o lamentaban la marcha de Mambrú a la guerra. Recuerdo haberlo oído una tarde mientras contemplaba maravillado y absorto cómo con pelo de verdad, alrededor de una vieja mesa, con paciencia franciscana, unas muchachas en flor hacían pelucas de diferentes tonalidades, desde el rubio trigal hasta el negro azabache.
Cambias de vida cada vez que mudas el escenario en que vas a moverte durante cierto tiempo, mayor o menor del hasta entonces habitual. El riesgo está en que esa mudanza no tiene casi nunca previstas las demás que en ambos entornos, el anterior y éste de ahora, se van a producir en torno a ese cambio tuyo.
Resulta desconcertante haber cambiado para acomodarte a los modos de otra persona que a su vez cambia y te encuentras en mitad de la calle, solo y con la cara que se le queda a uno en tales casos.
Fuera de la eternidad, que es la quietud por excelencia, no hay nada inmutable. Los desesperados esfuerzos que hacemos la gente para encontrar algo donde asirnos, donde descansar con cierta seguridad, me sugieren la imagen de un nadador cansado, con la cabeza apenas fuera del agua, buscando pie o asidero para sobrevivir.
Cuanto parece lugar de descanso es ilusorio. Cualquiera puede transformarse en campo de batalla de ejércitos de cuya presencia no nos habíamos dado cuenta al llegar y tendernos sobre la hierba, bajo el frondoso dosel del soto junto al rumor del un apenas visible arroyo.
Me llaman por teléfono y me preguntan lo que pienso del futuro económico. Mi interlocutor se enfada porque la respondo que los futuros económicos no son casi nunca previsibles con un mínimo de probabilidad. Pero hombre, insiste, a corto plazo. Los plazos no juegan un papel demasiado importante cuando se trata de economía, finanzas, dinero o comercio. Cualquier plazo puede bastar o no llegar ninguno. Lo único cierto es que para tener éxito has de disponer de algo que otros, preferentemente muchos. por alguna razón, necesiten y están en situación y disposición de pagarte o de darte a cambio lo que tú necesites. Pero es importante que no haya alguien que, con poder o información superiores a los tuyos, distorsione la situación, cambie su apariencia o su realidad y desbarate el asunto.
Pero entonces, vacila …
La economía, como la vida, son juegos en que se pueden hacer y con frecuencia se hacen trampas grandes y pequeñas. Como consecuencia, ambas son imprevisibles. Sobre todo ahora, cuando la tecnología nos ha apiñado tanto a los hombres, a las gentes, y cualquier trapacería o cualquier ocurrencia de alguno en las antípodas puede conmover a los asustadizos jugadores de bolsa y provocar alteraciones en el pulso de los índices.
Resulta desconcertante haber cambiado para acomodarte a los modos de otra persona que a su vez cambia y te encuentras en mitad de la calle, solo y con la cara que se le queda a uno en tales casos.
Fuera de la eternidad, que es la quietud por excelencia, no hay nada inmutable. Los desesperados esfuerzos que hacemos la gente para encontrar algo donde asirnos, donde descansar con cierta seguridad, me sugieren la imagen de un nadador cansado, con la cabeza apenas fuera del agua, buscando pie o asidero para sobrevivir.
Cuanto parece lugar de descanso es ilusorio. Cualquiera puede transformarse en campo de batalla de ejércitos de cuya presencia no nos habíamos dado cuenta al llegar y tendernos sobre la hierba, bajo el frondoso dosel del soto junto al rumor del un apenas visible arroyo.
Me llaman por teléfono y me preguntan lo que pienso del futuro económico. Mi interlocutor se enfada porque la respondo que los futuros económicos no son casi nunca previsibles con un mínimo de probabilidad. Pero hombre, insiste, a corto plazo. Los plazos no juegan un papel demasiado importante cuando se trata de economía, finanzas, dinero o comercio. Cualquier plazo puede bastar o no llegar ninguno. Lo único cierto es que para tener éxito has de disponer de algo que otros, preferentemente muchos. por alguna razón, necesiten y están en situación y disposición de pagarte o de darte a cambio lo que tú necesites. Pero es importante que no haya alguien que, con poder o información superiores a los tuyos, distorsione la situación, cambie su apariencia o su realidad y desbarate el asunto.
Pero entonces, vacila …
La economía, como la vida, son juegos en que se pueden hacer y con frecuencia se hacen trampas grandes y pequeñas. Como consecuencia, ambas son imprevisibles. Sobre todo ahora, cuando la tecnología nos ha apiñado tanto a los hombres, a las gentes, y cualquier trapacería o cualquier ocurrencia de alguno en las antípodas puede conmover a los asustadizos jugadores de bolsa y provocar alteraciones en el pulso de los índices.
lunes, 5 de septiembre de 2011
La pensión Lombao, que dije, estaba en Carretas, 6, 2º, en realidad, cuarto piso de uno de aquellos caserones del viejo Madrid, casi detrás del Ministerio de Gobernación, el del reloj de fin de año, al lado del kilómetro 0 de las carreteras de España. Era 4º piso porque había el bajo, a la altura de la calle, alquilado a Sederías Carretas, entresuelo, principal, 1º y nuestro segundo, con un letrero a la puerta, de esmalte blanco y letras negras: Pensión Lombao, y debajo lo de Viajeros y Estables. Los estables éramos los estudiantes, Pepe Sánchez Valledor, su primo Evaristo Fernández, los hermanos Ortiz, Pepe, Luis y Armando, Pepe Orejas, Ramón Gurriarán, su primo Ezequiel y yo, que recuerde, la señorita Felisa, que trabajaba en Balenciaga, Nines, morena de verde luna y ojos negros, radicalmente brillantes, que empezaba en el Ministerio de Hacienda, mi primo Enrique Armas y su colega Antonio Llordén, que trabajaban en el Sindicato de Industrias Químicas, había además un policía muy secreto, de nombre asimismo secreto y Socorrito, algo parienta de la patrona, que decía que ella era “roja y republicana”. Y luego, entre los de paso, merece mención especial el señor Alarcón, viajante de joyería fina, andaluz, supersticioso y genio del mus, que, cuando lo cobraba así, decía siempre: “amarraco limpio; Nicolasa, borracha, que estás puta” y se regocijaba de su muletilla, añadiendo lo que dicen siempre los museros de pro, de que ellos estaban allí el día que se inventó el juego, y todos los demás seguimos siendo unos aprendices y unos manazas.
Estuve allí mi primer curso y el primer trimestre del segundo, que dicho primero era como un preparatorio selectivo, nos hacía atravesar, aparte el crisol del Derecho Romano, que nos impartía don Ursicino Alvarez, por la Historia del Derecho, con don José Maldonado y don Galo Sánchez, Zumalacárregui, se apellidaba nuestro profesor de Economía Política y el de Derecho Natural era don Mariano Puigdollers.
En segundo curso, empezábamos Derecho civil parte general, con don Federico de Castro y Penal, también parte general, con don Eugenio Cuello Calón, Político, con don Nicolás Pérez Serrano, que iniciaba puntualmente sus clases a las 9 de la mañana y Canónico con el decano, don Eloy Montero. Acababa de publicarse la primera y poco después famosa Ley de Arrendamientos Urbanos, que llamaron Ley de Enredamientos Urbanos y se convirtió en seguida en campo de batalla entre los inquilinos y los arrendadores, súbitamente atrapados éstos en los diabólicos inventos de la prórroga obligatoria y la congelación de rentas, como secuelas todavía dolorosas para el cuerpo social de la guerra reciente. Recuerdo un seminario convocado para estudiarla e interpretarla por don Federico de Castro, en que destacaba la sutileza jurídica de un entonces catedrático de Civil de la Universidad de Santiago de Compostela, que había venido a participar, don Amadeo Fuenmayor.
Estuve allí mi primer curso y el primer trimestre del segundo, que dicho primero era como un preparatorio selectivo, nos hacía atravesar, aparte el crisol del Derecho Romano, que nos impartía don Ursicino Alvarez, por la Historia del Derecho, con don José Maldonado y don Galo Sánchez, Zumalacárregui, se apellidaba nuestro profesor de Economía Política y el de Derecho Natural era don Mariano Puigdollers.
En segundo curso, empezábamos Derecho civil parte general, con don Federico de Castro y Penal, también parte general, con don Eugenio Cuello Calón, Político, con don Nicolás Pérez Serrano, que iniciaba puntualmente sus clases a las 9 de la mañana y Canónico con el decano, don Eloy Montero. Acababa de publicarse la primera y poco después famosa Ley de Arrendamientos Urbanos, que llamaron Ley de Enredamientos Urbanos y se convirtió en seguida en campo de batalla entre los inquilinos y los arrendadores, súbitamente atrapados éstos en los diabólicos inventos de la prórroga obligatoria y la congelación de rentas, como secuelas todavía dolorosas para el cuerpo social de la guerra reciente. Recuerdo un seminario convocado para estudiarla e interpretarla por don Federico de Castro, en que destacaba la sutileza jurídica de un entonces catedrático de Civil de la Universidad de Santiago de Compostela, que había venido a participar, don Amadeo Fuenmayor.
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