Lo que me quedaba por leer se ha escrito ya y a trancas y barrancas, que ahora son las hormigas del hormiguero televisivo, me entero de que hay quien piensa y escribe todavía que la “derecha conservadora” es culpable de nuestros duelos y quebrantos actuales.
Por lo visto, lo dijo Papandreu mientras bajaba meditabundo la escalinata del poder griego, que les habrán, digo yo, dado escalofríos a los estadistas inventores de todas las democracias posibles. Polibio, entre otros, ya describía, en su Historia, lo que iba a ser la política de hogaño y cuáles sus probables meandros. Pienso que acertó.
Llama poderosamente la atención de cualquiera esa adjetivación menospreciativa de la derecha, que es casi siempre “derecha conservadora”, con la que, sin embargo, el que la aplica da a entender que hay otra derecha, al parecer sólo imaginable, dado que nunca se nos informa de por dónde anda y quiénes militan en ella.
Nos andamos todavía por los campamentos de hace dos siglos, tratando, a falta de signos y señales mejores, para identificarnos y despreciarnos, de los que caracterizaron a las gentes de entonces, y pretendemos sin el menor éxito por cierto, evitar el hecho incontrovertible de que muchos de los postulados y la mayor parte de las pretensiones que enfrentaron a los de la derecha con los de la izquierda se han convertido en convicciones, pretensiones y derechos defendidos como derechos o establecidos como obligaciones humanas de todo el abanico sociopolítico y socioeconómico.
Ya hay, por eso, izquierda conservadora y derecha progresista, a la vez que hay derecha en efecto conservadora e izquierda progresista. Y se ha descubierto hace mucho que ni procede ser exclusivamente lo uno o lo otro, so pena respectiva de empecinarse en que todo sea nuevo o todo sea antiguo, cuando, como suele ocurrir, el equilibrio entre lo que vale la pena conservar y lo que inexcusablemente hay que recibir y asimilar es lo que permite seguir su camino a la caravana humana, dinámica por esencia.
Ni la derecha ni la izquierda tienen culpa exclusiva de cuanto nos aflige, ni una ni otra están exentas de sendas cuotas de responsabilidad. Y cada vez que un supuesto prohombre de una u otra insignia se pronuncia y trata de endosar las dificultades a su vecino, se pierde el tiempo leyéndolo, un tiempo precioso y necesario sin la menor duda para arrimar ambos hombros y empujar hacia la salida
En realidad, he de confesar, que se trata de mis digresiones. Por eso, advierto que para cualquier curioso lector, podrían ser poco interesantes, intrascendentes, banales y hasta aburridas. Entonces -me pregunto- ¿para qué las escribes? Aún no he hallado respuesta para esta pregunta.
miércoles, 30 de noviembre de 2011
martes, 29 de noviembre de 2011
Consejo Social. Aprovecho para llorar por la vieja Fonseca de los tunos, con los libros empeñados y pidiendo préstamos para enseñar a la gente modos y maneras propios del tiempo que viene. Lloro por mi alma mater, andrajosa, valiente. Tendremos que sacarla adelante. Tendrán que hacerlo, mis nietos ya, y los tuyos, y los de ese otro que pasa. La Universidad tiene que estar en la explosión del tiempo que viene, cargado de novedades, recién descubierto. Alcemos la antorcha, con las fuerzas que nos queden, que la Universidad es indispensable para contarnos nuestra historia, abrirnos las ventanas y enseñarnos el indescriptible paisaje del futuro humano, en cuanto aprendamos a convivir con los malos, los ignorantes, los incapaces y los inútiles y comprendamos que entre ellos y nosotros formamos el tropel de la hermosa gente que puso en buen padre Dios para poblar el mundo. Me emociona formar parte, aunque sea aquí, en este esquina de la mesa del tercer piso, sesenta y seis escalones que apenas puedo ya arrastrarme para subir semiahogado, del edificio ahí dejado de la mano en una esquina de la plaza. La plaza se ennoblece con la sombra del antiguo edificio de la Universidad vieja, donde los bancos roídos de la carcoma y los colores de los reposteros gastados de que los miren cada año ojos nuevos, con la librería de la esquina, con los fumadores al sol tardío, otoñal, de la terraza próxima.
Hay mucho trabajo pendiente, en esto de la enseñanza y la educación que viene escrita en los márgenes de las páginas del libro del saber. Mucho más del que yo soy capaz de hacer, o cualquiera. Ni siquiera un joven ni un ejército de ellos bastaría, pero tenemos que poner el hombro y empujar con todas las fuerzas de cada cual, desde los viejecitos hasta el recién llegado que no sabe traducir los latines de las fachadas, los recovecos, ni los lemas de los reposteros. Inter médium montium pertransibunt aquae. Por lo más intrincado, entre las piedras, por donde parece imposible, atraviesa el agua clara, el agua viva. Por eso hay esperanza.
Hay mucho trabajo pendiente, en esto de la enseñanza y la educación que viene escrita en los márgenes de las páginas del libro del saber. Mucho más del que yo soy capaz de hacer, o cualquiera. Ni siquiera un joven ni un ejército de ellos bastaría, pero tenemos que poner el hombro y empujar con todas las fuerzas de cada cual, desde los viejecitos hasta el recién llegado que no sabe traducir los latines de las fachadas, los recovecos, ni los lemas de los reposteros. Inter médium montium pertransibunt aquae. Por lo más intrincado, entre las piedras, por donde parece imposible, atraviesa el agua clara, el agua viva. Por eso hay esperanza.
lunes, 28 de noviembre de 2011
Das en leer lo último de Pilar Urbano y se abren las carnes atisbando por entre los cortinajes las manos en que andamos con frecuencia las pobres gentes esforzadas de cada día. No parece posible que semejantes personajes escriban la historia, y sin embargo …
No sé por qué, regreso esta mañana a alguno de los claustros recorridos en lo que ahora son paradores de turismo o pousadas equivalentes de Portugal, donde todo el aire es brisa marina. Contrasta la sosegada paz con estos protagonistas de novela barata y chisme que corre de boca en boca, cuentiquinos de aldea, códigos secretos de patio de colegio y que no se entere el señor maestro de que lleva la chaqueta de pana manchada de tiza.
Soledades y silencios, si acaso unos cipreses en la esquina, el pozo seco o la fuente que no calla, diurética, en medio de la noche apenas discretamente apartada, como un crespón, por lamparillas disimuladas.
Son increíbles las dimensiones de esta castaña del mundo, flotando en medio del Universo con todos nosotros a bordo y en las cabezas, desde la más mínima banalidad hasta los cálculos asombrosos que nos permiten medir lo inconmensurable y establecer hipótesis hasta de cómo empezó o acabará no sabemos qué, que sin duda nos abarca y concierne.
De pronto, en esta mañana clara de primeras heladas del invierno inminente, salto de libro en libro, buscando el sosiego de alguien con quien compartir la inquietud con que me despertaron esta mañana las trivialidades de la gente que dicen importante de cada época.
Heñir, era lo que se hacía y tal vez hace para dar el último apresto a la masa antes de hornear el pan. Darle una paliza, para sosegarla, a la pasta. A la gente ¿cómo se conjuga?, se nos hiñe como si fuésemos homogéneos, estuviéramos a punto para hornear y salir formados, bien cocidos, bollos de cuernos y panchetas, bollas y chapatas, blandura de la miga y la corteza crujiente. Debe ser cosa del frío, esto de que se me salten las lágrimas, nada más abandonar el zaguán y entrarme en la calle, donde la vida bulle, acoge, se siente y cada uno que pasa, con que te cruzas, es carne, hueso y alma volandera, y se ve en cada sonrisa que la gente, a pesar de todo, es capaz de sueños.
“Espántase si agita en la maleza
las leves hojas, juguetón, el viento;
y si el verde lagarto
entre zarzas oculta las remueve,
el corazón del cervatillo tiembla
y tiemblan sus rodillas …”
La oda de Horacio me devuelve a la Tierra, este lugar de cuya piel no quiso vender ni siquiera un retazo aquel jefe indio al señor presidente de los EEUU porque ¿cómo puede venderse los que el Gran Manitú ofrece a todos los hombres?
No sé por qué, regreso esta mañana a alguno de los claustros recorridos en lo que ahora son paradores de turismo o pousadas equivalentes de Portugal, donde todo el aire es brisa marina. Contrasta la sosegada paz con estos protagonistas de novela barata y chisme que corre de boca en boca, cuentiquinos de aldea, códigos secretos de patio de colegio y que no se entere el señor maestro de que lleva la chaqueta de pana manchada de tiza.
Soledades y silencios, si acaso unos cipreses en la esquina, el pozo seco o la fuente que no calla, diurética, en medio de la noche apenas discretamente apartada, como un crespón, por lamparillas disimuladas.
Son increíbles las dimensiones de esta castaña del mundo, flotando en medio del Universo con todos nosotros a bordo y en las cabezas, desde la más mínima banalidad hasta los cálculos asombrosos que nos permiten medir lo inconmensurable y establecer hipótesis hasta de cómo empezó o acabará no sabemos qué, que sin duda nos abarca y concierne.
De pronto, en esta mañana clara de primeras heladas del invierno inminente, salto de libro en libro, buscando el sosiego de alguien con quien compartir la inquietud con que me despertaron esta mañana las trivialidades de la gente que dicen importante de cada época.
Heñir, era lo que se hacía y tal vez hace para dar el último apresto a la masa antes de hornear el pan. Darle una paliza, para sosegarla, a la pasta. A la gente ¿cómo se conjuga?, se nos hiñe como si fuésemos homogéneos, estuviéramos a punto para hornear y salir formados, bien cocidos, bollos de cuernos y panchetas, bollas y chapatas, blandura de la miga y la corteza crujiente. Debe ser cosa del frío, esto de que se me salten las lágrimas, nada más abandonar el zaguán y entrarme en la calle, donde la vida bulle, acoge, se siente y cada uno que pasa, con que te cruzas, es carne, hueso y alma volandera, y se ve en cada sonrisa que la gente, a pesar de todo, es capaz de sueños.
“Espántase si agita en la maleza
las leves hojas, juguetón, el viento;
y si el verde lagarto
entre zarzas oculta las remueve,
el corazón del cervatillo tiembla
y tiemblan sus rodillas …”
La oda de Horacio me devuelve a la Tierra, este lugar de cuya piel no quiso vender ni siquiera un retazo aquel jefe indio al señor presidente de los EEUU porque ¿cómo puede venderse los que el Gran Manitú ofrece a todos los hombres?
domingo, 27 de noviembre de 2011
Tres días le quedan, contando el de hoy, grisáceo y húmedo, al noviembre que llama feliz el refrán, porque “empieza por todos Santos y acaba por san Andrés”, que será, si el buen padre Dios quiere, el próximo día treinta.
Conocí a un hombre sumamente educado, bondadoso, pacífico en extremo y ateo convicto, que se llamaba Andrés y se quedó ciego en un fallo de operación de cataratas. Cuando vives mucho, sabes de cosas aterradoras, que te atemorizan y encogen el ánimo. Tal vez sea otro de los precios de la supervivencia, que tiene algunos más, según cada cierto tiempo, sin concierto ni orden, vas descubriendo.
Y te humanizan.
¿Es esto humanizarse? Ir descubriendo las debilidades humanas, con lo que contrapesas haberte supuesto capaz de alcanzar el ribete de la capa de la sabiduría. A la vuelta de cada esquina que doblas, descubres asimismo la inmensidad del saber y que es imposible llegar a cotas notables de sabiduría en la corta magnitud de vida de la especie. Y sin embargo, una magnitud, ésta de vivir, creciente por término medio. Hace bien poco, un ciudadano se hacía viejo entre los cuarenta y los cincuenta años, antes incluso del presenio.
Habrá que ir estudiando, sin duda generaciones futuras lo harán, para mejorar las condiciones de vida de los cada vez más viejos, que ahora se van llenado de achaques y goteras, como los caserones antiguos. De algún rincón de la memoria, me llega con esto de las goteras el título de un premio creo que Planeta, de allá por los cincuenta o sesenta: “Una casa con goteras”. Ya pocos recuerdan, salvo en los listados de premiados a Santiago Loren, de quien ya no recuerdo si supe alguna vez que hubiera escrito algo más. En aquella época, leía yo, puntual y devotamente, cuantos premios podía comprar. Todavía creía, aunque cada vez menos, que los premios tenían que ser buenos relatos y excelentes novelas siempre.
Me dicen que perdió el Barcelona, por primera vez en este campeonato de liga. Ser el mejor no es algo que dure. Siempre aparece alguien que te pincha el globo, como cuando eras niño y armabas aquella llantina al comprobar que tu hermoso globo rojo no era más que una burbuja de aire, apenas sujeto por una membrana demasiado frágil.
Conocí a un hombre sumamente educado, bondadoso, pacífico en extremo y ateo convicto, que se llamaba Andrés y se quedó ciego en un fallo de operación de cataratas. Cuando vives mucho, sabes de cosas aterradoras, que te atemorizan y encogen el ánimo. Tal vez sea otro de los precios de la supervivencia, que tiene algunos más, según cada cierto tiempo, sin concierto ni orden, vas descubriendo.
Y te humanizan.
¿Es esto humanizarse? Ir descubriendo las debilidades humanas, con lo que contrapesas haberte supuesto capaz de alcanzar el ribete de la capa de la sabiduría. A la vuelta de cada esquina que doblas, descubres asimismo la inmensidad del saber y que es imposible llegar a cotas notables de sabiduría en la corta magnitud de vida de la especie. Y sin embargo, una magnitud, ésta de vivir, creciente por término medio. Hace bien poco, un ciudadano se hacía viejo entre los cuarenta y los cincuenta años, antes incluso del presenio.
Habrá que ir estudiando, sin duda generaciones futuras lo harán, para mejorar las condiciones de vida de los cada vez más viejos, que ahora se van llenado de achaques y goteras, como los caserones antiguos. De algún rincón de la memoria, me llega con esto de las goteras el título de un premio creo que Planeta, de allá por los cincuenta o sesenta: “Una casa con goteras”. Ya pocos recuerdan, salvo en los listados de premiados a Santiago Loren, de quien ya no recuerdo si supe alguna vez que hubiera escrito algo más. En aquella época, leía yo, puntual y devotamente, cuantos premios podía comprar. Todavía creía, aunque cada vez menos, que los premios tenían que ser buenos relatos y excelentes novelas siempre.
Me dicen que perdió el Barcelona, por primera vez en este campeonato de liga. Ser el mejor no es algo que dure. Siempre aparece alguien que te pincha el globo, como cuando eras niño y armabas aquella llantina al comprobar que tu hermoso globo rojo no era más que una burbuja de aire, apenas sujeto por una membrana demasiado frágil.
sábado, 26 de noviembre de 2011
Quedan pocos caballos y se ve que no son de trabajo. No hay feria de Santa Catalina que valga. Ni gochinos para tratar de vender ni bueyes para presumir. Una ringla de caballos en el llerón del río, para que se produzca un cierto parecido con lo que fue la feria y fiesta anual de Santa Catalina en un tiempo pasado ni mejor ni peor, en este orden de cosas, sino diferente.
Ahora con los caballos se presume y se pasea, pero la mayoría no sabemos montar y ya quedan escasos centauros de los que se hacían uno con la cabalgadura y la conducen con las rodillas, todavía alguno.
-¿Y los caballos
-Ahora llévolos n’el motor del coche, ¿nun oyes cómo ruxen cundo paso?
El mocerío tiene trucados los motores y le hace milagros al tubo de escape para que ruja el cochecito como si fuese un fórmula uno Un gallego que vino pensando que asistía a una feria de verdad con dos casi purasangres, enfadado, los remete en el furgón y se va diciendo en voz baja lo que no se enteren dueñas.
Saco unas fotos, más para que la cámara disfrute haciendo maravillas que para disfrutar yo, que me acuerdo con hacía las mil y una piruetas para buscar “tomas” y ahora bastante hago con remar trabajosamente hacia una esquina y desde allí buscar curiosos efectos de luz. Me parezco a esos pintores abstractos que toman una esquina, un reflejo, el cacho roto de una porcelana y sacamos la fotografía del viejo o la del miope, que desmenuzan lo que alcanzan para que su reproducción deforme parezca inhabitual, cuando sólo es que está mirado de distinta manera.
Del día de Santa Catalina se ha conservado la tradición de comer callos procedentes de la matanza reciente. Comemos callos, acompañados de un vino de La Rioja y unas patatinas fritas, que los suavizan, despojados como vienen de excesos de picante, cual conviene a viejecitos como mi mujer y yo.
Nos dieron ayer premios de Libertad de Expresión, que confiere y reparte el director, redactor jefe, administrador y hasta repartidor de un periódico comarcal, La Voz de Occidente. Bueno, creo que más o menos les agradecía ayer, éste es un premio simbólico, que desmerece en una lista de personas que de verdad defendieron la libertad de expresión con riesgo y quebranto de su carne, derramamiento de su sangre y frecuente y profunda herida de su faltriquera. Lo mío, al fin y al cabo, no fueron más que palabras y coadyuvar en la solicitud de ayuda económica para cada fiesta anual de esta manifestación, una de las más importantes, de la libertad, base y fundamento, junto con la paz, de la convivencia humana.
La otra pata del trípode es la justicia –justicia, paz y libertad cimentan la convivencia indispensable para la vida-, pero la justicia es mudable y depende, tal y como la entendemos los humanos, del tiempo y el espacio en que se invoca y se dice que se aplica por la diosa antropomórfica de los ojos vendados, hay ocasiones que dejando rendijas subrepticias para por lo menos entrever, pero ésta, como diría Rudiar Kipling, es otra historia
Ahora con los caballos se presume y se pasea, pero la mayoría no sabemos montar y ya quedan escasos centauros de los que se hacían uno con la cabalgadura y la conducen con las rodillas, todavía alguno.
-¿Y los caballos
-Ahora llévolos n’el motor del coche, ¿nun oyes cómo ruxen cundo paso?
El mocerío tiene trucados los motores y le hace milagros al tubo de escape para que ruja el cochecito como si fuese un fórmula uno Un gallego que vino pensando que asistía a una feria de verdad con dos casi purasangres, enfadado, los remete en el furgón y se va diciendo en voz baja lo que no se enteren dueñas.
Saco unas fotos, más para que la cámara disfrute haciendo maravillas que para disfrutar yo, que me acuerdo con hacía las mil y una piruetas para buscar “tomas” y ahora bastante hago con remar trabajosamente hacia una esquina y desde allí buscar curiosos efectos de luz. Me parezco a esos pintores abstractos que toman una esquina, un reflejo, el cacho roto de una porcelana y sacamos la fotografía del viejo o la del miope, que desmenuzan lo que alcanzan para que su reproducción deforme parezca inhabitual, cuando sólo es que está mirado de distinta manera.
Del día de Santa Catalina se ha conservado la tradición de comer callos procedentes de la matanza reciente. Comemos callos, acompañados de un vino de La Rioja y unas patatinas fritas, que los suavizan, despojados como vienen de excesos de picante, cual conviene a viejecitos como mi mujer y yo.
Nos dieron ayer premios de Libertad de Expresión, que confiere y reparte el director, redactor jefe, administrador y hasta repartidor de un periódico comarcal, La Voz de Occidente. Bueno, creo que más o menos les agradecía ayer, éste es un premio simbólico, que desmerece en una lista de personas que de verdad defendieron la libertad de expresión con riesgo y quebranto de su carne, derramamiento de su sangre y frecuente y profunda herida de su faltriquera. Lo mío, al fin y al cabo, no fueron más que palabras y coadyuvar en la solicitud de ayuda económica para cada fiesta anual de esta manifestación, una de las más importantes, de la libertad, base y fundamento, junto con la paz, de la convivencia humana.
La otra pata del trípode es la justicia –justicia, paz y libertad cimentan la convivencia indispensable para la vida-, pero la justicia es mudable y depende, tal y como la entendemos los humanos, del tiempo y el espacio en que se invoca y se dice que se aplica por la diosa antropomórfica de los ojos vendados, hay ocasiones que dejando rendijas subrepticias para por lo menos entrever, pero ésta, como diría Rudiar Kipling, es otra historia
viernes, 25 de noviembre de 2011
Rebusco. Idioma arriba y abajo, de la mano de Pilar García Moutón y de la de Manuel Seco, por entre las palabras moribundas y el español moderno. Curioso ejercicio lleno de altibajos, pena por unas, y sorpresas, descubrimiento de las nuevas palabras que traen tantas veces esas olas que van y vienen por el océano Atlántico, otrora Mar Tenebroso ante que se inmovilizaban las embarcaciones salidas del Mediterráneo por entre las columnas de Hércules.
Entre ellas y el spanglish, ¿hay del otro lado un anglospanish?, hacia que derivamos arrastrados por vientos de la técnica, está cambiando un castellano encima maltratado en televisión, prensa y algunos libros, si no con mucha, con eficaz frecuencia, que nos va arrastrando, hemos de reconocerlo, a casi todos los que apenas tenemos bagaje suficiente para una momentánea resistencia, desde que, sin darnos cuenta siquiera, solemos pasar a la rendición incondicional del mimetismo.
Poco a poco me entero de que estaba yo equivocado y debe decirse en singular traspié, y no traspiés, pero tenía razón cuando mantengo que no se puede decir que un equipo o un atleta van a entrenar, sino que siempre han de ir a entrenarse, sin perjuicio de que un experto pueda ir a entrenar al equipo o al atleta de que se trate.
Mientras tanto, incontables palabras mueren en el desuso. Víctimas, unas, de los avances técnicos o el abandono de determinadas prácticas y oficios, pero otras por pereza de lector, que va limitando su idioma al indispensable para la vida cotidiana, para lo que puede llegar un diez por ciento, y exagero, del diccionario y sobra la gramática.
Esta cita de la gramática me trae a una tendencia, que me han dicho se está produciendo, a considerar que la gramática no es más que una mera explicación constantemente mutable de lo que ocurre a su alrededor y con subsecciones o apartados según la academia más cercana. Me permito apuntarme entre quienes opinen que la gramática es el conjunto de reglas fundamentales de utilización de un idioma. Y no es que las considere inmutables, que inmutable no hay nada, ni definitivamente cierto, de este lado del espejo, pero sí difícil y muy estudiada y motivadamente mutables, como lo han de ser siempre las leyes y reglas fundamentales de países y culturas.
Puede que en alguna época, antes de Babel, todos los humanos hablasen el mismo idioma inicial, y que haya habido la misma dispersión con que los hombre tienden a disponer de idiomas, dialectos, argots o modos convenidos de diferenciarse de los demás y comunicarse en secreto con grupos relativamente pequeños en comparación con esa ingente masa de ya más de siete mil millones de humanos que por ahí pululan y que crece sin cesar.
Entre ellas y el spanglish, ¿hay del otro lado un anglospanish?, hacia que derivamos arrastrados por vientos de la técnica, está cambiando un castellano encima maltratado en televisión, prensa y algunos libros, si no con mucha, con eficaz frecuencia, que nos va arrastrando, hemos de reconocerlo, a casi todos los que apenas tenemos bagaje suficiente para una momentánea resistencia, desde que, sin darnos cuenta siquiera, solemos pasar a la rendición incondicional del mimetismo.
Poco a poco me entero de que estaba yo equivocado y debe decirse en singular traspié, y no traspiés, pero tenía razón cuando mantengo que no se puede decir que un equipo o un atleta van a entrenar, sino que siempre han de ir a entrenarse, sin perjuicio de que un experto pueda ir a entrenar al equipo o al atleta de que se trate.
Mientras tanto, incontables palabras mueren en el desuso. Víctimas, unas, de los avances técnicos o el abandono de determinadas prácticas y oficios, pero otras por pereza de lector, que va limitando su idioma al indispensable para la vida cotidiana, para lo que puede llegar un diez por ciento, y exagero, del diccionario y sobra la gramática.
Esta cita de la gramática me trae a una tendencia, que me han dicho se está produciendo, a considerar que la gramática no es más que una mera explicación constantemente mutable de lo que ocurre a su alrededor y con subsecciones o apartados según la academia más cercana. Me permito apuntarme entre quienes opinen que la gramática es el conjunto de reglas fundamentales de utilización de un idioma. Y no es que las considere inmutables, que inmutable no hay nada, ni definitivamente cierto, de este lado del espejo, pero sí difícil y muy estudiada y motivadamente mutables, como lo han de ser siempre las leyes y reglas fundamentales de países y culturas.
Puede que en alguna época, antes de Babel, todos los humanos hablasen el mismo idioma inicial, y que haya habido la misma dispersión con que los hombre tienden a disponer de idiomas, dialectos, argots o modos convenidos de diferenciarse de los demás y comunicarse en secreto con grupos relativamente pequeños en comparación con esa ingente masa de ya más de siete mil millones de humanos que por ahí pululan y que crece sin cesar.
Recién celebrado San Martín y durante sus fastos ejecutado el gochu, llegaba Santa Catalina y la compra de otro gochín que entamar criar p’al añu que bien, si Dios quier.
Por Santa Catalina es tradición comer callos, en redor del Adviento, que hay que criar grasa pa los rigores que se acercan, de diciembre a febrero, con el alivio de la Navidad.
La Navidad es un tiempo tan alegre, al socaire del turrón, los mazapanes y los regalinos de Reyes, que, sean o no blancas, no se puede asegurar que sea tiempo d’ivierno. Por más que este malhadado año, leo en el periódico que siguen sacando a la gente de casa, por no poder pagar.
Dije y repito que la casa, el hogar familiar, el fumo de la vecindad ciudadana germánica, debe ser inembargable, a la vez que inviolable, en su condición de último reducto de la dignidad personal de todos y cada uno de los miembros de la familia que en ella convivan.
Ni siquiera Mr. Scrooge debe poder echar a nadie de casa en ninguna época, pero menos todavía en Navidad. Y la administración pública debe mantener una serie de viviendas proporcional al número de habitantes de cada núcleo, que deben ocupar quienes necesiten y no puedan pagar un hogar familiar.
Ya lo sé. Se presta a abusos. Pues estúdienlo, organícenlo, pero resuélvanlo para ayer, mejor que para mañana. Incluso cabe que determinados trabajos sociales queden a cargo de quienes ocupen esas viviendas, mientras las ocupen.
La sociedad tiene que soportar sus cargas.
Por Santa Catalina hay que prepararse a invernar, que las noches son largas y propicias a arrebujarse junto a la chimenea, trocada en radiador de calefacción, o en la cocina, como cuando era llar, y que quien las sepa cuente las tremendas historias jamás ocurridas, o tal vez sí porque no hay nadie que realmente sepa cómo fue la verdadera historia del mundo y de cada hombre, ni por qué hizo cada cual lo que hizo, por disparatado o increíble que fuese.
Tuvimos este año un otoño en nuestro pequeño ámbito apacible, soleado, bastante mejor que el verano. Ahora, en verano, es como si el mar evaporase más agua y cargase el aire hasta convertirlo en una espesa mermelada húmeda que cuesta respirar. Al menor esfuerzo, sales de la ducha y ya estás sudando. Hace calores insólitos para nosotros. Puede que sea cierto eso que dicen de que está produciéndose un cambio en las condiciones de vida de la Tierra.
No es de extrañar. Fijaivos en la difiriencia con cuando éramos nenos y no había más teléfonos que los de manivela, tardabas días en falar con Uviéu, andaba gran cantidad de gente descalza, cosa que personalmente me impresionó siempre mucho y hasta tovía nos tocaron los últimos coletazos del cine mudo, con las películas de Charlot, Nosferatu y Tom Mix, cuando iba’l mocín a salvar a la moza, que la tenían los indios amarrad’al palu la tortura, galopando como loco y veníase abajo el enardecido gallinero del cine gritando aquello de “¡hala mocín!”. -
Por Santa Catalina es tradición comer callos, en redor del Adviento, que hay que criar grasa pa los rigores que se acercan, de diciembre a febrero, con el alivio de la Navidad.
La Navidad es un tiempo tan alegre, al socaire del turrón, los mazapanes y los regalinos de Reyes, que, sean o no blancas, no se puede asegurar que sea tiempo d’ivierno. Por más que este malhadado año, leo en el periódico que siguen sacando a la gente de casa, por no poder pagar.
Dije y repito que la casa, el hogar familiar, el fumo de la vecindad ciudadana germánica, debe ser inembargable, a la vez que inviolable, en su condición de último reducto de la dignidad personal de todos y cada uno de los miembros de la familia que en ella convivan.
Ni siquiera Mr. Scrooge debe poder echar a nadie de casa en ninguna época, pero menos todavía en Navidad. Y la administración pública debe mantener una serie de viviendas proporcional al número de habitantes de cada núcleo, que deben ocupar quienes necesiten y no puedan pagar un hogar familiar.
Ya lo sé. Se presta a abusos. Pues estúdienlo, organícenlo, pero resuélvanlo para ayer, mejor que para mañana. Incluso cabe que determinados trabajos sociales queden a cargo de quienes ocupen esas viviendas, mientras las ocupen.
La sociedad tiene que soportar sus cargas.
Por Santa Catalina hay que prepararse a invernar, que las noches son largas y propicias a arrebujarse junto a la chimenea, trocada en radiador de calefacción, o en la cocina, como cuando era llar, y que quien las sepa cuente las tremendas historias jamás ocurridas, o tal vez sí porque no hay nadie que realmente sepa cómo fue la verdadera historia del mundo y de cada hombre, ni por qué hizo cada cual lo que hizo, por disparatado o increíble que fuese.
Tuvimos este año un otoño en nuestro pequeño ámbito apacible, soleado, bastante mejor que el verano. Ahora, en verano, es como si el mar evaporase más agua y cargase el aire hasta convertirlo en una espesa mermelada húmeda que cuesta respirar. Al menor esfuerzo, sales de la ducha y ya estás sudando. Hace calores insólitos para nosotros. Puede que sea cierto eso que dicen de que está produciéndose un cambio en las condiciones de vida de la Tierra.
No es de extrañar. Fijaivos en la difiriencia con cuando éramos nenos y no había más teléfonos que los de manivela, tardabas días en falar con Uviéu, andaba gran cantidad de gente descalza, cosa que personalmente me impresionó siempre mucho y hasta tovía nos tocaron los últimos coletazos del cine mudo, con las películas de Charlot, Nosferatu y Tom Mix, cuando iba’l mocín a salvar a la moza, que la tenían los indios amarrad’al palu la tortura, galopando como loco y veníase abajo el enardecido gallinero del cine gritando aquello de “¡hala mocín!”. -
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