Lo que los diferentes partidos políticos llamarán sin duda ambigüedad podría ser un mérito constitucional. La Ley Fundamental de un país debe poder servir para que gobierne cualquiera de los partidos de su presente o futuro abanico político y pueda hacerlo con arreglo a cualquier forma de gobierno. Una ley tan general y apoyada en los principios éticos de la cultura de un grupo social, que sirva para desarrollar con arreglo a cualquier forma de gobierno, cualquier programa político, que al final, cada uno de ellos no puede por definición ser más que otra forma de dirigir la conveniencia del conjunto, con base y apoyo en su acervo cultural.
La Constitución debe delimitar el terreno de juego, la estructura esencial del estado, cualquiera que sea después el modo y la forma de jugar quienes tienen que estar conformes con aquella delimitación y las reglas del juego, que también contendrá la Constitución, sin excluir ninguna por mera opinión de alguien no añadir tampoco ninguna, por capricho de otro alguien, ya sean uno u otro personas físicas o jurídicas.
Imaginaos un partido de fútbol: el reglamento determina la forma y medidas esenciales del estadio y determina las reglas esenciales del juego que Mourinho y Guardiola o cualesquiera otros entrenadores proyectarán, plantearán y sus jugadores desarrollarán cada partido, cada uno a su peculiar manera, con arreglo a su peculiar estilo, de acuerdo con sus capacidades características, pero sin salirse ni del campo de juego ni de sus reglas generales, fundamentales y básicas.
Los tres árbitros, en la Constitución los tres poderes, acomodarán la aplicación de las reglas a los eventos concretos que se produzcan en cada campo y cada partido, los tres coordinados, pero los tres independientes. En la coordinación y la independencia conjugadas de los tres poderes, reside la equidad, que es nada más ni menos que la justicia del caso concreto.
Los Estados Unidos de América no han tenido más que una Constitución. Y han sabido aplicarle las enmiendas oportunas y al parecer suficientes.
Uno de los errores humanos más frecuentes es tratar de blindar y perpetuar lo que no es esencial, sino provisional y por naturaleza transitorio. Sin defender, por contraste, lo que debería permanecer durante siglos y sólo moverse –todo se mueve, muda y cambia- con la poderosa lentitud de la historia.
En realidad, he de confesar, que se trata de mis digresiones. Por eso, advierto que para cualquier curioso lector, podrían ser poco interesantes, intrascendentes, banales y hasta aburridas. Entonces -me pregunto- ¿para qué las escribes? Aún no he hallado respuesta para esta pregunta.
martes, 6 de diciembre de 2011
lunes, 5 de diciembre de 2011
Para país constitucional, el mío. En siglo y medio, siete constituciones y unas leyes fundamentales equivalentes, en total, ocho intentos de regularizar las relaciones entre la tendencia más inquieta y la más pousada, que dicen en mi pueblo.
Aquí, nada de chiquitas, reformas, enmiendas ni remiendos. Fuera con todo y tela nueva que cortar en cada ocasión de cambio. Gente reñidora, decidida a cortar por lo sano y reinventar por completo para que nadie diga que las miserias de ayer degradan las utopías de hoy. Tres guerras carlistas, la guerrilla contra el francés, varios motines, levantamientos y algaradas, las guerras de las independencias, otra con Marruecos y hasta un suicidio contra los yanquis. Don Pío, con su habitual sintética acidez, llegó a decir que en España, con una proclama, una bandera y un tambor ya se había montado una revolución.
Belicosos, es lo que somos, y ahora más, aínda máis, con esto de las crispaciones, las elecciones sucesivas, que cada cual interpreta según sus intereses y preferencias, algún que otro “charrán” –les llaman en mi pueblo- o “charrana”, que se metieron en la cosa pública y es que no callan, y ya se sabe lo que pasa cuando sueles “echar –también lo dicen en mi pueblo- la lengua a pacer” demasiado. Es como si llindias les vaques en prao con trébol, que timpanizan.
Copa Davis número cinco, pentacopa, alborozo tenístico, y se prepara un dramático Madrid – Barcelona, todo ello en torno a la conmemoración de la última Constitución, más, afortunadamente, duradera. Dicen los amigos de novedades que Nadal y el Barcelona están en decadencia y que a la Constitución habrá que meterle pronto mano. A mí este afán de cambios me recuerda un pariente que tuve que tenía dos características fundamentales: la de preguntar, cada vez que te echaba la vista encima, aunque fuesen dos o tres veces en un día, por posibles novedades que hubiera, y la de que siempre, al llegar a una reunión, preguntaba: a ver, a ver, ¿de que estáis hablando, que yo me opongo?
Aquí, nada de chiquitas, reformas, enmiendas ni remiendos. Fuera con todo y tela nueva que cortar en cada ocasión de cambio. Gente reñidora, decidida a cortar por lo sano y reinventar por completo para que nadie diga que las miserias de ayer degradan las utopías de hoy. Tres guerras carlistas, la guerrilla contra el francés, varios motines, levantamientos y algaradas, las guerras de las independencias, otra con Marruecos y hasta un suicidio contra los yanquis. Don Pío, con su habitual sintética acidez, llegó a decir que en España, con una proclama, una bandera y un tambor ya se había montado una revolución.
Belicosos, es lo que somos, y ahora más, aínda máis, con esto de las crispaciones, las elecciones sucesivas, que cada cual interpreta según sus intereses y preferencias, algún que otro “charrán” –les llaman en mi pueblo- o “charrana”, que se metieron en la cosa pública y es que no callan, y ya se sabe lo que pasa cuando sueles “echar –también lo dicen en mi pueblo- la lengua a pacer” demasiado. Es como si llindias les vaques en prao con trébol, que timpanizan.
Copa Davis número cinco, pentacopa, alborozo tenístico, y se prepara un dramático Madrid – Barcelona, todo ello en torno a la conmemoración de la última Constitución, más, afortunadamente, duradera. Dicen los amigos de novedades que Nadal y el Barcelona están en decadencia y que a la Constitución habrá que meterle pronto mano. A mí este afán de cambios me recuerda un pariente que tuve que tenía dos características fundamentales: la de preguntar, cada vez que te echaba la vista encima, aunque fuesen dos o tres veces en un día, por posibles novedades que hubiera, y la de que siempre, al llegar a una reunión, preguntaba: a ver, a ver, ¿de que estáis hablando, que yo me opongo?
domingo, 4 de diciembre de 2011
4 de diciembre, segundo domingo de Adviento, a veinte días de la Nochebuena y veintiuno de la Navidad.
Antes, la semana del puente nuevo, el puente largo, el puente mantible, de que habló Cervantes y defendía el gigante Fierabrás. Un puente largo, el puente del Guiness de este año de gracia, víspera de bisiesto, cuando don Mariano el del Pepé ha reiterado la promesa de que nos enseñará el camino para salir del túnel de túneles, como una muñeca rusa, con un cilindro metido dentro de otro y nosotros en esa coctelera que ha dicho don Mariano que nos va a enseñar a salir.
Luego, lo de salir o no. Es otra cosa que depende de multitud de factores y de que unos quieran y otros dejen hacer y muchísimos hagan y otros sufran.
Algunos deben a otros esfuerzos suplementarios porque esos otros han venido sufriendo, soportando, temiendo, mientras esos unos tan avispados, perspicaces, sagaces, se cubrían ambos riñones y parte de otros menudillos.
Tocan a dejarse una pizca del botín para que no acabe por darse cuenta el personal de las gavias y vaya a dar en amotinarse.
Por eso es tan probable que cuando don Mariano, el conductor del Pepé, apunte y diga que por ahí seguro que se sale, no se eche nadie atrás y cada palo aguante su vela. Pero, por favor, al que le toque hacer un sacrificio llevadero, que comprenda que hay quien lo lleva sufriendo más de los dos o tres años de habernos ido embarrando con el cuento de que el partido estaba ganado sin necesidad de que nos despeináramos y que nosotros, los más listos de Europa, íbamos a ganar por goleada, dejándoles inventar a ellos y poniéndonos nosotros al rebufo, a comerueda para trepar Alpes y Pirineos y de postre el Angliru de cualquier economía.
No basta, esta vez, el ingenio del lazarillo, ni los ardides de Rincón y Cortado. Pasó la época de las guerrillas y los de echarse a la Sierra con el trabuco terciado. Se inventaron hasta el avión supersónico y el tren de alta velocidad. Incluso puedes reñir con la suegra o reconciliarte con tu mujer llamándolas por el camino y hablándoles de reconciliaciones y amores a través de un artilugio mínimo y portátil, de los que antes no tenían más que los espías más avezados y ahora llevan los niños para decirle a mamá, esta tarde voy a estudiar con Juanito y llegaré a la hora de cenar, pero es mentira y es su primera y más inocente cita e irá con la niña de calcetines y trenzas a la disco y tendrán una discusión, a la puerta, con un señor grande y gordo con la cabeza pelada que tú no tienen ni por el forro los dieciocho, muñeco, cosas que antes no pasaban más que en cine de barrio, que lo cerraron, que ya, el cine, es también historia, como el magnetofón y la máquina de escribir y la fotocopiadora.
El mundo, y nosotros, hemos cambiado, salvo en el hecho inconmovible de que es Adviento y dentro de pocos días, será Navidad, y aunque solo fuera por eso, seguirá habiendo esperanza.
Antes, la semana del puente nuevo, el puente largo, el puente mantible, de que habló Cervantes y defendía el gigante Fierabrás. Un puente largo, el puente del Guiness de este año de gracia, víspera de bisiesto, cuando don Mariano el del Pepé ha reiterado la promesa de que nos enseñará el camino para salir del túnel de túneles, como una muñeca rusa, con un cilindro metido dentro de otro y nosotros en esa coctelera que ha dicho don Mariano que nos va a enseñar a salir.
Luego, lo de salir o no. Es otra cosa que depende de multitud de factores y de que unos quieran y otros dejen hacer y muchísimos hagan y otros sufran.
Algunos deben a otros esfuerzos suplementarios porque esos otros han venido sufriendo, soportando, temiendo, mientras esos unos tan avispados, perspicaces, sagaces, se cubrían ambos riñones y parte de otros menudillos.
Tocan a dejarse una pizca del botín para que no acabe por darse cuenta el personal de las gavias y vaya a dar en amotinarse.
Por eso es tan probable que cuando don Mariano, el conductor del Pepé, apunte y diga que por ahí seguro que se sale, no se eche nadie atrás y cada palo aguante su vela. Pero, por favor, al que le toque hacer un sacrificio llevadero, que comprenda que hay quien lo lleva sufriendo más de los dos o tres años de habernos ido embarrando con el cuento de que el partido estaba ganado sin necesidad de que nos despeináramos y que nosotros, los más listos de Europa, íbamos a ganar por goleada, dejándoles inventar a ellos y poniéndonos nosotros al rebufo, a comerueda para trepar Alpes y Pirineos y de postre el Angliru de cualquier economía.
No basta, esta vez, el ingenio del lazarillo, ni los ardides de Rincón y Cortado. Pasó la época de las guerrillas y los de echarse a la Sierra con el trabuco terciado. Se inventaron hasta el avión supersónico y el tren de alta velocidad. Incluso puedes reñir con la suegra o reconciliarte con tu mujer llamándolas por el camino y hablándoles de reconciliaciones y amores a través de un artilugio mínimo y portátil, de los que antes no tenían más que los espías más avezados y ahora llevan los niños para decirle a mamá, esta tarde voy a estudiar con Juanito y llegaré a la hora de cenar, pero es mentira y es su primera y más inocente cita e irá con la niña de calcetines y trenzas a la disco y tendrán una discusión, a la puerta, con un señor grande y gordo con la cabeza pelada que tú no tienen ni por el forro los dieciocho, muñeco, cosas que antes no pasaban más que en cine de barrio, que lo cerraron, que ya, el cine, es también historia, como el magnetofón y la máquina de escribir y la fotocopiadora.
El mundo, y nosotros, hemos cambiado, salvo en el hecho inconmovible de que es Adviento y dentro de pocos días, será Navidad, y aunque solo fuera por eso, seguirá habiendo esperanza.
Pronostican nuestros señores representantes en Bruselas, según hoy leo en la prensa, que habrá un reajuste de impuestos para los españoles, ya que no se puede hablar a su juicio de moneda única si no hay unos impuestos únicos.
No se puede hacer afirmación más arriesgada. Creo yo que antes de hablar de impuestos hay que hacerlo de sueldos y salarios, y, por consiguiente, de precios. Y cualquier trasposición y cualquier homologación económicas pasan porque los precios sean análogos y lo sean asimismo los sueldos, los salarios y las diferencias salariales.
No se debería haber podido hablar de moneda única sin esa previa homogeneización económica de precios, sueldos, salarios y diferencias salariales entre los que en cada empresa ganan más y menos, pero, cometido el error, de que por cierto se derivaron otras ventajas dignas de tener en cuenta, sería agravarlo y quizá perder importantes porciones de las ventajas, modificar el peso de los impuestos sin remediar las abismales diferencias de precios y salarios entre los diferentes países de la comarca del euro.
La cuestión se complica cuando se advierte una cierta falta de sentido común y un evidente exceso de demagogia cuando se habla de salir a la calle a protestar contra unas medidas cuyas características y alcance todavía se desconocen, cuando es evidente que sean cuales sean y las acuerde y adopte quien las acuerde y adopte, como son indispensables, no queda más remedio que aceptarlas y lo bueno sería hacer esfuerzos, no para tratar de evitar lo inevitable, sino para lograr que resulten lo menos graves y gravosas para la menor cantidad de gente posible.
Hay precios lo suficientemente caprichosos y disparatados como para efectuar correcciones útiles, y hay unas diferencias salariales entre los elementos personales de cada empresa como para ensayar medidas de solidaridad humana más que aconsejables.
Lo mejor de todo, insisto, sería que, adelantándose a cualquier tentación de perpetuar el mosaico europeo de encontrados intereses artificialmente creados, se lograra de una vez poner en marcha la integración comunitaria, a base de un solo Estado europeo, sin perjuicio de las peculiaridades a la vez diferenciadoras y solidarias de las diferentes comarcas o nacionalidades.
Me temo que todo lo demás no sea más que ganas de jugar con las palabras y “melancólico bucle” nostálgico de lo que fuimos antes de todas las guerras frías y calientes y todas las convulsiones que han cambiado, de la mano de una cada vez más avanzada tecnología, el paisaje del mundo y la capacidad humana de convivir.
No se puede hacer afirmación más arriesgada. Creo yo que antes de hablar de impuestos hay que hacerlo de sueldos y salarios, y, por consiguiente, de precios. Y cualquier trasposición y cualquier homologación económicas pasan porque los precios sean análogos y lo sean asimismo los sueldos, los salarios y las diferencias salariales.
No se debería haber podido hablar de moneda única sin esa previa homogeneización económica de precios, sueldos, salarios y diferencias salariales entre los que en cada empresa ganan más y menos, pero, cometido el error, de que por cierto se derivaron otras ventajas dignas de tener en cuenta, sería agravarlo y quizá perder importantes porciones de las ventajas, modificar el peso de los impuestos sin remediar las abismales diferencias de precios y salarios entre los diferentes países de la comarca del euro.
La cuestión se complica cuando se advierte una cierta falta de sentido común y un evidente exceso de demagogia cuando se habla de salir a la calle a protestar contra unas medidas cuyas características y alcance todavía se desconocen, cuando es evidente que sean cuales sean y las acuerde y adopte quien las acuerde y adopte, como son indispensables, no queda más remedio que aceptarlas y lo bueno sería hacer esfuerzos, no para tratar de evitar lo inevitable, sino para lograr que resulten lo menos graves y gravosas para la menor cantidad de gente posible.
Hay precios lo suficientemente caprichosos y disparatados como para efectuar correcciones útiles, y hay unas diferencias salariales entre los elementos personales de cada empresa como para ensayar medidas de solidaridad humana más que aconsejables.
Lo mejor de todo, insisto, sería que, adelantándose a cualquier tentación de perpetuar el mosaico europeo de encontrados intereses artificialmente creados, se lograra de una vez poner en marcha la integración comunitaria, a base de un solo Estado europeo, sin perjuicio de las peculiaridades a la vez diferenciadoras y solidarias de las diferentes comarcas o nacionalidades.
Me temo que todo lo demás no sea más que ganas de jugar con las palabras y “melancólico bucle” nostálgico de lo que fuimos antes de todas las guerras frías y calientes y todas las convulsiones que han cambiado, de la mano de una cada vez más avanzada tecnología, el paisaje del mundo y la capacidad humana de convivir.
viernes, 2 de diciembre de 2011
Briosos corceles desbocados por el entusiasmo sociopolítico y compitiendo por el mayor y más heroico desafuero, en defensa de sus respectivas verdades. ¡Estamos salvados! Ya hay quien está dispuesto a saltar a la arena y defendernos, a los inanes, a los amedrentados ciudadanos de a pie, a la que llamaba el emperador romano plebe urbana, ociosa y corrompida, de Roma, incapaz de imaginar mayor felicidad que la que podrían suponerle panem et circenses, el pan y los juegos.
No hay más que encauzar, cuando se dispone de ella en tan copiosa abundancia, la tremenda fuerza de la energía latente y aprovecharla para el bien común, tan necesitado de impulsos y mantenimiento. Tiene suerte don Mariano, ahora que llega a la gobernación, de contar con los de la mesa redonda para que resplandezca de nuevo el reino de Arturo sin necesidad siquiera de los trucos y las mañas de Merlín.
Pero sigues, periódico abajo y me encuentro con la declaración en concurso de una notaría. Me acuerdo de haber visto aquello de las notarías congruas y las incongruas, pero creo recordar que las segundas eran de pueblecitos lejanos y despachos de adobes. Algo tremendo ha tenido que ocurrir para que no pase nada, el señor notario vaya a atender puntualmente todos sus pagos y obligaciones, pero la notaría se haya declarado en concurso y pónganse ustedes en ordenada fila para ir cobrando sus deudas.
Sol y sombra. Por un lado, la energía indomable, por otro el humilde reconocimiento de que no hay más cera que la que arde y hasta la aristocracia económico social tiene que pesar, contar y medir, cuando dejan de soplar los vientos desde el fondo de los cuernos de la abundancia, desparramando sin tasa ni medida sus contenidos. Hasta los sombreros de copa de los magos agotan palomas y conejos, papeles de colores y volutas de humo.
Desde aquí, desde donde la plebe urbana amante o no de pan y juegos, asistimos, la ingente masa de los mediocres, boquiabiertos, al tejer y destejer de los importantes, sus tramas, urdimbres, amarradiellas, ideas, recursos y añagazas, nos consuela aquello que dicen que dijo Lincoln de que el buen padre Dios nos prefiere a los mediocres y por eso hizo tantos.
No hay más que encauzar, cuando se dispone de ella en tan copiosa abundancia, la tremenda fuerza de la energía latente y aprovecharla para el bien común, tan necesitado de impulsos y mantenimiento. Tiene suerte don Mariano, ahora que llega a la gobernación, de contar con los de la mesa redonda para que resplandezca de nuevo el reino de Arturo sin necesidad siquiera de los trucos y las mañas de Merlín.
Pero sigues, periódico abajo y me encuentro con la declaración en concurso de una notaría. Me acuerdo de haber visto aquello de las notarías congruas y las incongruas, pero creo recordar que las segundas eran de pueblecitos lejanos y despachos de adobes. Algo tremendo ha tenido que ocurrir para que no pase nada, el señor notario vaya a atender puntualmente todos sus pagos y obligaciones, pero la notaría se haya declarado en concurso y pónganse ustedes en ordenada fila para ir cobrando sus deudas.
Sol y sombra. Por un lado, la energía indomable, por otro el humilde reconocimiento de que no hay más cera que la que arde y hasta la aristocracia económico social tiene que pesar, contar y medir, cuando dejan de soplar los vientos desde el fondo de los cuernos de la abundancia, desparramando sin tasa ni medida sus contenidos. Hasta los sombreros de copa de los magos agotan palomas y conejos, papeles de colores y volutas de humo.
Desde aquí, desde donde la plebe urbana amante o no de pan y juegos, asistimos, la ingente masa de los mediocres, boquiabiertos, al tejer y destejer de los importantes, sus tramas, urdimbres, amarradiellas, ideas, recursos y añagazas, nos consuela aquello que dicen que dijo Lincoln de que el buen padre Dios nos prefiere a los mediocres y por eso hizo tantos.
jueves, 1 de diciembre de 2011
Bajo a la playa, me acerco
a la orilla,
donde las conchas de alma de nácar,
donde la prodigiosa textura
de la espuma,
y miro.
Allá a lo lejos está el mismo horizonte
distinto
cada día que vengo. Miro
en lo más profundo
y está tu probabilidad.
Podrías estar
en la otra playa de más lejos, del otro lado
de todos los mares, esperándome.
Voy en tu busca, amada mía.
Tengo el corazón lleno
de amor,
llevo mis manos heridas
de las caricias
que te debo. Mi boca
rebosa de los besos que deberíamos haber celebrado
cada mañana,
cada tarde,
al parir el alba o declinar la noche adolescente
su lucero.
Bajo a la playa,
encuentro
cadáveres de estrellas de mar,
palitroques retorcidos,
basura que trae la mar, son sus tesoros,
de las huellas de los cruceros errantes, de la estela
del holandés,
del pescador que se ha quedado dormido,
mecido,
absorto en su lejanía de la bocana del puerto
donde se cruzan
las ilusiones que van
y los fracasos que vienen
de la mar.
Soñemos juntos,
amada,
desconocida.
a la orilla,
donde las conchas de alma de nácar,
donde la prodigiosa textura
de la espuma,
y miro.
Allá a lo lejos está el mismo horizonte
distinto
cada día que vengo. Miro
en lo más profundo
y está tu probabilidad.
Podrías estar
en la otra playa de más lejos, del otro lado
de todos los mares, esperándome.
Voy en tu busca, amada mía.
Tengo el corazón lleno
de amor,
llevo mis manos heridas
de las caricias
que te debo. Mi boca
rebosa de los besos que deberíamos haber celebrado
cada mañana,
cada tarde,
al parir el alba o declinar la noche adolescente
su lucero.
Bajo a la playa,
encuentro
cadáveres de estrellas de mar,
palitroques retorcidos,
basura que trae la mar, son sus tesoros,
de las huellas de los cruceros errantes, de la estela
del holandés,
del pescador que se ha quedado dormido,
mecido,
absorto en su lejanía de la bocana del puerto
donde se cruzan
las ilusiones que van
y los fracasos que vienen
de la mar.
Soñemos juntos,
amada,
desconocida.
Quiere usted, por favor, aminorar la marcha. Me apeo en al próxima. Esperaré, desde ahora, en un banco de rejilla que creo recordar hay en el apeadero que viene. No hace falta que se detengan. Creo que podré saltar en marcha, si reducen lo suficiente.
Ya se, ya, que probablemente no pasará ningún otro tren hasta sabe Dios cuando, pero ya no tengo prisa. Echaré una siestecita, cuando me aburra, y, si hay un enchufe todavía cerca, tengo mi iPad y algunos juegos, y aún me faltan por leer varios libros de los que llevo almacenados en él. Y si no recuerdo mal, hasta tengo una película.
Y en último término, me queda un macuto lleno de recuerdos. Hurgaré en él hasta el fondo, donde los mendrugos y las migajas. Pero ¡dónde tengo yo la cabeza! Macuto le llamaban los soldados cuando la guerra, y por extensión, nosotros en el campamento de la mili universitaria. Ahora, en tiempo de paz, ha vuelto a ser herramienta de vagabundo y se llama zurrón.
Es igual. Lleva las mismas cosas entrañables, las miserias y las quisicosas o indispensables o preferidas. Algunas, como esa piedra pintada, evidentemente inútiles, pero que siempre significan algo. Por ejemplo, esa esfera, nada más que una bola de madera. Y sin embargo está en el centro mismo de un turbión de recuerdos.
Me preocupa que usted pare. Eso es que me ha visto tan viejecito que le ha parecido probable que me rompa una pata si no se detiene y me ayuda. Bueno, pues mire, en el fondo, por más que parezca enfurruñado, se lo agradezco porque yo había pensado también en esa posibilidad. Lo que pasa es que cuanto más provectos, menos queremos aceptar que el tiempo que nos queda hay que vivirlo despacito y a base de ilusiones más pequeñas que las de antes y parándose aquí y allá, fingiendo admiración por el paisaje, para recuperar el aliento si se va cuesta arriba, que, carallo, no recordaba yo que esta calle fuese tan empinada. Un amigo y yo la subíamos corriendo para llegar en hora a la clase de latín que nos daba aquel cura del hospital que tenía aquel vozarrón para declinar los genitivos de plural.
Ya se, ya, que probablemente no pasará ningún otro tren hasta sabe Dios cuando, pero ya no tengo prisa. Echaré una siestecita, cuando me aburra, y, si hay un enchufe todavía cerca, tengo mi iPad y algunos juegos, y aún me faltan por leer varios libros de los que llevo almacenados en él. Y si no recuerdo mal, hasta tengo una película.
Y en último término, me queda un macuto lleno de recuerdos. Hurgaré en él hasta el fondo, donde los mendrugos y las migajas. Pero ¡dónde tengo yo la cabeza! Macuto le llamaban los soldados cuando la guerra, y por extensión, nosotros en el campamento de la mili universitaria. Ahora, en tiempo de paz, ha vuelto a ser herramienta de vagabundo y se llama zurrón.
Es igual. Lleva las mismas cosas entrañables, las miserias y las quisicosas o indispensables o preferidas. Algunas, como esa piedra pintada, evidentemente inútiles, pero que siempre significan algo. Por ejemplo, esa esfera, nada más que una bola de madera. Y sin embargo está en el centro mismo de un turbión de recuerdos.
Me preocupa que usted pare. Eso es que me ha visto tan viejecito que le ha parecido probable que me rompa una pata si no se detiene y me ayuda. Bueno, pues mire, en el fondo, por más que parezca enfurruñado, se lo agradezco porque yo había pensado también en esa posibilidad. Lo que pasa es que cuanto más provectos, menos queremos aceptar que el tiempo que nos queda hay que vivirlo despacito y a base de ilusiones más pequeñas que las de antes y parándose aquí y allá, fingiendo admiración por el paisaje, para recuperar el aliento si se va cuesta arriba, que, carallo, no recordaba yo que esta calle fuese tan empinada. Un amigo y yo la subíamos corriendo para llegar en hora a la clase de latín que nos daba aquel cura del hospital que tenía aquel vozarrón para declinar los genitivos de plural.
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