sábado, 30 de junio de 2007

La mar estaba tersa,
cuajada
de estrellas caídas, o tal vez
de reflejos de estrellas mirándose al espejo,
satisfechas.

Por un momento sólo,
estuvieron rodeados de estrellas, se les llenaron los ojos
de estrellas duplicadas, pienso que hasta oyeron
la melodía
del Universo que gira.

Desde su cayuco,
ateridos,
heridos
ya del miedo, tal vez alcanzados
por la muerte alternativa,
que los marca al salir de su aldea, de la empalizada
que tenía a raya al león,
a las hienas,
pero no al hambre,
los marca en la frente
para después reconocerlos
entre la lluvia de estrellas,
cuando parecen ángeles
cayendo,
cayendo
en las hondura más hondas
de la mar cercana,
madre,
hermana.
La tecnología se ha convertido en magia con posibilidades cada vez mayores, ejercitables a través o mediante objetos más pequeños. Y cada vez que se pone a la venta un artilugio nuevo, ejércitos de buscadores se echan a la calle, acampan ante los puestos de venta, en suma, enloquecen y hasta leo asombrado que en los EEUU de América hay quien hace cola para vender el puesto al mejor postor, que podrá asegurarse ser de los primeros en adquirir el deseado artefacto. Se lo cuento a mi perro, durante la salida matinal y no se inmuta. Pienso que me ha mirado con cara de no comprender. Esta no es hora –pareció decirme- de filosofías antropológicas. Es hora, así, con el aire nuevo y solitario de una mañana de domingo, cuando casi todos duermen todavía, de reencontrarse gozoso con los colores.

Los apechuques mecánico-cibernético-electrónicos y en seguida Harry Potter, que es otro fenómeno del consumismo mundial, para este caso teñido de morbosa curiosidad por saber si la señora Rowling se atreverá o no a sacrificar a Harry para cerrar la curva de su saga. Le anuncio –por más que estoy seguro de que no le importará- que me enfadaré con ella para siempre si mata a Harry Potter y no recobra a Dumbledore –ser eminentemente mágico- de la suposición absurda de que su muerte podría haber sido un hecho irrevocable. Ya quedan pocos días. Alguien echará un vistazo al capítulo correspondiente y nos dará la primera pista verle la cara de sorpresa, de indignación o de tranquilidad, paz y comprensión.

Pintoresco siglo. Andan poniendo coches llenos de explosivos por las calles y callejas de Londres y nos preocupamos –por lo menos algunos- por la suerte del niño mago que ni siquiera habría existido jamás si no fuera por su autora. Se enzarzan a la greña casi todos los habitantes del oriente próximo y miramos a otro lado. En realidad se halla la mitad o más del pueblo currante a las puertas de las vacaciones. Tendría que ser algo extraordinario y extraordinariamente difícil, para que nos distrajera de la ruta del minicambio vital de la vacación que nos espera, acecha, está ahí, tras de la próxima vuelta del camino.

viernes, 29 de junio de 2007

Te diré una palabra solo:
amor, y escribe tú
lo que quieras y si no guarda silencio
y escucharemos el silencio con que pasa el río
del tiempo
y se nos llevó un día aquella juventud
que parecía no ir a acabarse nunca
y por eso retrasábamos
cogernos de las manos,
fundirnos en un beso,
dejarnos ir en la burbuja de un suspiro sólo
de amor.
Escuchar. Se está perdiendo el arte de escuchar. Lo pensaba el otro día, escuchando la insoportable, interminable garrulería monótona, con algo de robótica, de cierto santón literario con ignorancia evidente y culpable del valor musical de los silencios, tan útiles como las notas para la composición y la estética de cualquier melisma integrado en cualquier melodía. Dos frases se me vienen al teclado con ocasión de este apunte,: lo de que eres siempre dueño de lo que callas y esclavo de lo que dices y aquello otro de que el silencio es a veces tan bello que debe esperarse a tener algo que decir lo suficientemente importante o trascendente como para atreverse a romperlo. Ese que habla tanto dice y seguramente repite y se advertirá si se le escucha retahílas maquinales descriptivas de aquellos a quien vitupera o alternativamente adula. Y lo que es peor, el soniquete aburre y no sería educado marcharse. De ellos se aprovechan algunos.
¿Por qué, Señor, no dejas que imagine
la estancia en que reside
tu esencia,
la eternidad de que perdí memoria
al nacer a esta noche de tu ausencia?

¿Por qué me dejas ser, como no quiero,
capaz de defraudar
tu previsión de que viviera aquí
donde yago consciente del destierro
que no sé dónde ni cuando merecí?

¿Por qué, Señor, me dejas que te olvide
a medida que un tiempo que no existe
nos aleja y presiento que me acerca
a una puntual llamada tu presencia
donde holgarán sin duda las palabras?

¿Por qué no puedo ya reconocerte
en estas sombras con que voy camino
de no sé dónde, en las que Tú me esperas
desde siempre, cuando ni siquiera
habías decidido que naciese?
Escucho atentamente, aunque no entienda a veces, la expresiva voz de Xavier Ribalta, cantando versos de Joan Maragall y de Joan Margarit, a la Patria, a la libertad, a Dios. Y pienso que por qué hay quien o quienes me quieren privar de compartir esa patria, esa libertad y a Dios con esos catalanes que son españoles conmigo nuestra españolidad común. Por qué me quieren privar del orgullo de haber estado con sus antepasado los míos compartiendo la gloria y la desgracia de recorrer los caminos de la historia Mediterráneo y Altlántico adelante, pasando por entre la imaginación aterradora de los monstruos, en busca del Pacífico, del mundo y de lo que hay para la eternidad más allá, inimaginable. Por qué no nos quieren permitir que vayamos juntos, todos los pueblos hermandad, consanguinidad ibérica, florecidos en la diversidad de lenguas como ésta en que el juglar está cantando y apresando el prodigio estético de la combinación de su idioma y su voz, que escucho en los míos con profunda atención y singular emoción. Pero dejadme que escriba poco, que siga escuchando embelesado. -

jueves, 28 de junio de 2007

miercoles 27

Te fuiste el primero,
cuando aún parecía imposible, con aquella inquietante mueca
de inconmensurable dolor,
acompañado por la banalidad de las palabras
con que hacíamos tiempo en la habitación de al lado.
Te fuiste,
nos dejabas el recuerdo
de la desesperanza primera
y la acidez de unas palabras exactas,
implacables.
Te fuiste y ya todo fue diferente,
siempre lo es a medida que nos vamos quedando
en ser nosotros solos
en medio de tantos
como van con nosotros
buscando
el
camino.