Ocurre a veces
que presiento tu voz, ahora
que hace tanto que no sé de tí
y ¿qué más da, realmente,
que estés muy lejos, del otro lado del mundo
o que estés ya en el otro?, ahí
a mi lado, contándome no sé qué, que no escucho,
porque me gusta recorrerte
con la mirada, poco a poco,
como si te acariciase,
al acecho de tu gesto
nuevo y también deslumbrante,
o lleno de ternura,
o de promesa de amor que aunque no llegue a serlo
ya es amor,
desfallezco,
pero no trato de coger tus manos,
me basta
escucharte sin saber qué dices,
saber que estás,
todavía
dondequiera que estés.
En realidad, he de confesar, que se trata de mis digresiones. Por eso, advierto que para cualquier curioso lector, podrían ser poco interesantes, intrascendentes, banales y hasta aburridas. Entonces -me pregunto- ¿para qué las escribes? Aún no he hallado respuesta para esta pregunta.
domingo, 30 de septiembre de 2007
Regreso a través de mi nuevo libro de historia al medievo y hago un esfuerzo para imaginar la época desde el punto de vista del soldado de los tercios viejos, del labrador agobiado por la renta frecuente, la hambruna posible, las exigencias vacías de sentido para él del señor y del rey, la enfermedad sin remedios, la suciedad, el barro, las distancias, el miedo a los mitos recientes y a la religión incomprensible, llena de probabilidades del fuego eterno como remate. Todo estaba lejos, para esta víctima a cuya tristeza de algún modo al imaginarla a través del recuerdo que deduzco de mi nuevo libro de historia, asisto y apenas comprendo, con una esperanza de vida de un tercio de lo que hoy se baraja. ¿Para qué más, si al llegar a la treintena, Alejandro y Aníbal ya habían hecho mucho antes historia?. Al fin y al cabo, la vida es una soplo, entre el recuerdo y la imaginación. Un frágil espacio donde poner el pie e imaginar la inmensidad de lo que no acabará nunca, fuego o gloria. Los recuerdos no tienen más combustible para volar que la efimeridad de los recuerdos. ¿Cómo podré imaginar lo eterno si cuanto conozco apenas duró un parpadeo del tiempo posible en esta esquina del universo? Asistimos a una exposición de pintura. Como cazo yo las palabras, un pintor caza los colores que hay en los sonidos que flotan en el aire. Consiste la sinestesia en que los sentidos equivoquen doblemente a la máquina de pensar y le proporcionen toda una escala cromática a partir de los sonidos, o viceversa. En este caso, el pintor, con trazos nerviosos, latigazos que araña en la luz, pinta súbitas manchas desgarradas de algún todo para fingir esbozos, proyectos o recuerdos de figuras que o estuvieron o van a estar a su lado cuando mira a su alrededor.
sábado, 29 de septiembre de 2007
Recibimos en sueños con una sonrisa a los mismo fantasmas que nos horrorizarían si topásemos con ellos en cualquier estancia de cualquier casa mientras despiertos. Y unas veces, durante el sueño, recordamos la teórica imposibilidad de su presencia, puesto que murieron ya, pero otras, ni siquiera eso, sino que charlamos con naturalidad con ellos o los saludamos al paso como hubiéramos hecho en vida, dando por supuesto que siguen comportándose como eran.
viernes, 28 de septiembre de 2007
El viejo pescador,
con su cesto y su caña, silueta
de la puesta de sol,
vigila sin duda a los peces. Sospecho
que los convoca y les cuenta
poemas y cuentos, viejas leyendas,
consejas.
Nadie le ha visto pescar nunca nada. El está,
perfil de sombra humana,
hilo de sueños
perdidos
en el agua,
vara alzada
para escribir poemas muy arriba, en lo azul
de otro mar paralelo donde otros peces luminosos
lo vienen
a escuchar.
El está en medio sin estar,
contándoles a unos las cosas de los otros.
Tal vez sea el reflejo, la sombra
del buen padre Dios.
con su cesto y su caña, silueta
de la puesta de sol,
vigila sin duda a los peces. Sospecho
que los convoca y les cuenta
poemas y cuentos, viejas leyendas,
consejas.
Nadie le ha visto pescar nunca nada. El está,
perfil de sombra humana,
hilo de sueños
perdidos
en el agua,
vara alzada
para escribir poemas muy arriba, en lo azul
de otro mar paralelo donde otros peces luminosos
lo vienen
a escuchar.
El está en medio sin estar,
contándoles a unos las cosas de los otros.
Tal vez sea el reflejo, la sombra
del buen padre Dios.
Me suele acompañar Látimer, que es un gato atigrado, vulgar, grande, por el que siento afecto tal vez precisamente por ser atigrado, grande y vulgar, o lo que es lo mismo, molesto para cualquiera a que acompañase que no fuera yo. No puedo decir que es mío, porque, a diferencia de lo que ocurre de ordinario con los perros, los gatos no son de nadie, sino que ocasionalmente acompañan a esto o a aquél, según sus para nosotros inexplicables preferencias gatunas Y me resulta incluso útil ´-viaja conmigo, invisible, en el coche; se aloja en mi habitación y supongo que subrepticiamente, de noche, se mete en lo que sobra de mi cama o en la cama de al lado, cuando la habitación del hotel tiene dos-, porque devora mis sueños, se come mi imaginación, engulle mi fantasía. Y así yo, que de lo contrario no podría dormir, abrumado por sueños, desasosegado por la imaginación, inquieto de fantasías, me duermo apacible, descuidada, puede que insensatamente, cuando son tantas y tan horribles o tan bellas las cosas que te pueden ocurrir durante un viaje o en el transcurso de una noche de hotel, dormido entre extraños y tan solo como de modo inexorable se está para nacer y para morir. Hay noches, sin embargo, en que devorando seres imaginarios de mi cosecha, Látimer se traga a sí mismo. Entonces siento esta inquietud irremediable que se sigue de estar vivo, que es tanto como sufrir el temor de dejar de estarlo en cualquier momento. Por fortuna, Látimer, como el ave fénix, hasta ahora ha renacido siempre de sus cenizas. Lo imagino de nuevo y es siempre el mismo: grande, atigrado, vulgar. Me mira con desprecio, arquea el lomo, se vuelve rabialzado y se me come el sueño de soñar.
JUEVES 27 DE SETIEMBRE DE 2007
En el mundo, hoy,
me han dicho que existen seis mil millones de maneras diferentes
de pronunciar el nombre de alguien
y que otro se vuelva,
me mire
y ambos sepamos que no estamos solos
en este denodado empeño de vivir
y esta esperanza
de seguir vivos más allá de la muerte,
donde lo inexplicable.
En el mundo, hoy,
me han dicho que existen seis mil millones de maneras diferentes
de pronunciar el nombre de alguien
y que otro se vuelva,
me mire
y ambos sepamos que no estamos solos
en este denodado empeño de vivir
y esta esperanza
de seguir vivos más allá de la muerte,
donde lo inexplicable.
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