Cerrar un año,
es como completar otra maleta del equipaje de la vida.
¿Dónde podré meter
tantas cosas como me quedan por hacer
en las pocas maletas
que me quedan?
Cabe
la esperanza siempre, inagotable,
de que algunos
sean mágicos baúles de capacidad incalculable
y de que dentro de un año
estemos tú y yo todavía aquí, como hoy
al pie del fresno mitológico,
entre las viejas raíces, contemplando
el subeybaja de la ardilla
que a la tortuga y al águila
lo que pasa en el cielo y la tierra.
En realidad, he de confesar, que se trata de mis digresiones. Por eso, advierto que para cualquier curioso lector, podrían ser poco interesantes, intrascendentes, banales y hasta aburridas. Entonces -me pregunto- ¿para qué las escribes? Aún no he hallado respuesta para esta pregunta.
lunes, 31 de diciembre de 2007
Termina el año, paradoja, en lunes, que es día en que empieza la semana, salvo para quienes la inician los domingos, cosa en mi opinión menos apropiada porque no parece razonable que la semana empiece descansando y parece más lógico que el descanso del domingo corone los siete día previos de trabajo, que así empezarían los lunes. Cualquiera que sea la decisión, lo cierto de este año dos mil siete es que termina en lunes y empieza, empezará, Dios mediante, en martes el dos mil ocho, bisiesto por más señas. Con lo que estamos, ha llegado como quien no quiere la cosa, según suele ocurrir, en el día de san Silvestre del año de gracia número dos mil siete después de Cristo, hechas por el camino no sé cuántas correcciones hasta la reforma gregoriana, que hacen que resulte muy difícil saber en realidad en qué año vivimos y si la cuenta es exacta o no, que supongo que dependería de la clase de cómputo y de las comprobaciones que hiciésemos. Pero vamos a dejarnos de disquisiciones acerca del tiempo, que todo el que me haya leído sabe que opino que el tiempo no existe, no es más que una paradoja apañada para explicarnos a nosotros mismos esta historia de que no sea la historia de la humanidad, como en realidad es, un abrir y cerrar de ojos contemplado desde diferentes perspectivas, las más amplias de las cuales parece que fueron las de los elefantes, las tortugas y, por lo que a humanos de refiere, la del viejo Matusalén, que vivió no sé cuantos cientos de años, una barbaridad, si se mira desde el punto de vista de que se le habrán muerto por el camino varias generaciones de amigos y desde luego toda la familia. Por san Silvestre, ignoro la razón, se corren en muchos pueblos carreras pedestres largas como la de aquel guerrero que llevó la noticia de la batalla de Maratón a los griegos. No sé si la gente persigue al año que se va o huye del que viene, o viceversa, huye del pasado y se apresura a recibir al que viene. Somos, los humanos, unos curiosos personajes, tanto contemplados desde el punto de vista individual, que mira que somos raros algunos, como desde el colectivo de esa ingente masa de personas que sale corriendo en Nueva York, pongo por caso, el treinta y uno de cada diciembre, para ver quien llega antes a una meta lejana y escasamente retributiva, como no sea en la satisfacción que suele embargar al único ganador cualquiera de cualquier competición.
Hablando de otra cosa, he visto en el supermercado que ahora venden uvas peladas y sin semilla, para cumplir con el ritual de una uva por campanada de fin de año. Cuando niño, las pelaba yo y les sacaba las semillas, astuto de mí, para tratar de agotarlas antes de que el reloj diera odas las campanadas. Nos mirábamos unos a otros y casi siempre había alguien que iniciaba la carcajada general en que fracasaba el intento. Ahora se ha comercializado la trampa que facilita un invento que a mí me parece menos aconsejable que el de procurar estarse bajo un ramo de muérdago, justo a las doce, en los aledaños de moza que bese bien, para entrar en el año en un hermoso sueño de amores imposibles que no debe sin embargo hacernos olvidar el propósito de mejorar de vida, bueno, en realidad de comportamiento, que hacemos todos los años que nos va concediendo el buen padre Dios.
No sé si estoy triste, alegre o simple y sencillamente nostálgico, al recorrer este tramo final del dos mil siete. Acabo de enterarme de que contra todo compromiso previo, la autora tiene la tentación de prolongar la saga de Harry Potter. Me parece mal. Toda historia debe tener un final, que permita a su lector imaginarse el futuro eviterno de los personajes. Un autor no debe, según mi criterio, perseguirlos más allá de un límite, salvo que les invente aventuras cerradas, susceptibles de que les ocurran otras, que deben ser independientes. Lo que pasa es que como no estoy en posesión de la verdad, es posible que esté equivocado. No dominar verdades garantiza la imprevisibilidad del futuro.
Hablando de otra cosa, he visto en el supermercado que ahora venden uvas peladas y sin semilla, para cumplir con el ritual de una uva por campanada de fin de año. Cuando niño, las pelaba yo y les sacaba las semillas, astuto de mí, para tratar de agotarlas antes de que el reloj diera odas las campanadas. Nos mirábamos unos a otros y casi siempre había alguien que iniciaba la carcajada general en que fracasaba el intento. Ahora se ha comercializado la trampa que facilita un invento que a mí me parece menos aconsejable que el de procurar estarse bajo un ramo de muérdago, justo a las doce, en los aledaños de moza que bese bien, para entrar en el año en un hermoso sueño de amores imposibles que no debe sin embargo hacernos olvidar el propósito de mejorar de vida, bueno, en realidad de comportamiento, que hacemos todos los años que nos va concediendo el buen padre Dios.
No sé si estoy triste, alegre o simple y sencillamente nostálgico, al recorrer este tramo final del dos mil siete. Acabo de enterarme de que contra todo compromiso previo, la autora tiene la tentación de prolongar la saga de Harry Potter. Me parece mal. Toda historia debe tener un final, que permita a su lector imaginarse el futuro eviterno de los personajes. Un autor no debe, según mi criterio, perseguirlos más allá de un límite, salvo que les invente aventuras cerradas, susceptibles de que les ocurran otras, que deben ser independientes. Lo que pasa es que como no estoy en posesión de la verdad, es posible que esté equivocado. No dominar verdades garantiza la imprevisibilidad del futuro.
domingo, 30 de diciembre de 2007
La definición de la nostalgia se concreta
es este juego coloquial de los dos saxofones,
el tenor, que canta,
el bajo que le abre camino, lo tienta y desafía,
aparentemente indeciso
mientras el piano juega a perseguir
esas cenizas de luz que flotan
en cada haz, que con blandura acaricia
los trastos del desván de la memoria.
es este juego coloquial de los dos saxofones,
el tenor, que canta,
el bajo que le abre camino, lo tienta y desafía,
aparentemente indeciso
mientras el piano juega a perseguir
esas cenizas de luz que flotan
en cada haz, que con blandura acaricia
los trastos del desván de la memoria.
Todo ha cambiado, pero no es un deliberado propósito de llevarnos a todos por determinado –a veces pensaría que indeterminado- vericueto, sino que ya tantas cosas y conceptos han cambiado alrededor, que el hombre se ve obligado a reajustar sus conductas personal y social. Por añadidura, creo que se mezclan los asuntos con demasiada ligereza. Son tantos los cambios que parece a algunos que vienen todos del mismo motivo y tienen el mismo propósito. Son demasiadas cosas, demasiados conceptos, demasiados motivos como para sintetizar por ejemplo toda la evidente y variopinta problemática del divorcio, la eutanasia, el aborto, la deseducación, , la vejez, las pensiones, la atención de los incapaces, la violencia intersexual, las uniones homosexuales y la exhibición de la impudicia, son, entre otras, manifestación de una supuestamente exclusiva causa, que sería la evidente crisis de la institución familiar.
Y todavía puede constituir mayor error que se trate de recomponer la familia como era cuando la sociedad y la gente eran de otro modo y vivían de manera diferente.
Muchos desechan la evidencia de que la sociedad y las personas han cambiado de tal modo que es imprescindible reorganizar la estructura social desde los cimientos hasta el remate de la cúpula.
Hasta anuncian botes de unas peladas y sin semillas para que esta gente que somos, cada vez más inútil a fuerza de confiar en que todo nos lo arreglen unas máquinas progresivamente sofisticadas, coma, a las doce de la noche del lunes, las uvas con mayor comodidad y sin interrupciones.
Menos mal que una de mis nietas me ha traído esta mañana una varita mágica, por eso de que le dijo alguien que soy amigo de Harry Potter. La muevo, pero siguen sin publicar el último tomo de la saga, que ya hemos leído la mayoría, creo, en traducciones apócrifas que flotaron en la red. Este mundo es peligroso, la vida que en él vivimos, lo es asimismo y cada vez más, pero también son curiosos, divertidos, desafiantes, sugestivos. Es un privilegio esto de estar vivo, que milagrosamente renueva –tal vez recrea cada amanecer que se nos concede.
Y todavía puede constituir mayor error que se trate de recomponer la familia como era cuando la sociedad y la gente eran de otro modo y vivían de manera diferente.
Muchos desechan la evidencia de que la sociedad y las personas han cambiado de tal modo que es imprescindible reorganizar la estructura social desde los cimientos hasta el remate de la cúpula.
Hasta anuncian botes de unas peladas y sin semillas para que esta gente que somos, cada vez más inútil a fuerza de confiar en que todo nos lo arreglen unas máquinas progresivamente sofisticadas, coma, a las doce de la noche del lunes, las uvas con mayor comodidad y sin interrupciones.
Menos mal que una de mis nietas me ha traído esta mañana una varita mágica, por eso de que le dijo alguien que soy amigo de Harry Potter. La muevo, pero siguen sin publicar el último tomo de la saga, que ya hemos leído la mayoría, creo, en traducciones apócrifas que flotaron en la red. Este mundo es peligroso, la vida que en él vivimos, lo es asimismo y cada vez más, pero también son curiosos, divertidos, desafiantes, sugestivos. Es un privilegio esto de estar vivo, que milagrosamente renueva –tal vez recrea cada amanecer que se nos concede.
sábado, 29 de diciembre de 2007
Lejos de ti,
el aire es otro ajeno,
que tú no has respirado, que no sabe
a palabra tuya.
Lejos de ti me olvido,
con angustia,
de los detalles del escorzo que admiraba,
amaba.
Lejos de ti, imposible ya tu boca
para mis besos,
sin territorio tuyo en que
reclinar la caricia de mis manos inertes.
Lejos de ti,
no es luz la luz,
apenas
hay vida.
Lejos
de
ti
no hay más que un tiovivo de palabras vacías.
el aire es otro ajeno,
que tú no has respirado, que no sabe
a palabra tuya.
Lejos de ti me olvido,
con angustia,
de los detalles del escorzo que admiraba,
amaba.
Lejos de ti, imposible ya tu boca
para mis besos,
sin territorio tuyo en que
reclinar la caricia de mis manos inertes.
Lejos de ti,
no es luz la luz,
apenas
hay vida.
Lejos
de
ti
no hay más que un tiovivo de palabras vacías.
Se advierte que es tiempo de inventario –salvando la paradoja de que el comercio minorista esté en ebullición, con la proximidad de la Epifanía, que es tiempo de regalos y todo el mundo haga evidentes esfuerzos por dar algo a los más queridos o más cercanos-, se reúne el personal de las empresas a comer o cenar y se anuncian ya unos resultados provisionales, que llenan de regocijo o de temor, casi todo el mundo considera el año vencido y lo que nos queda hilachas sin importancia. Son días, sin embargo, enteros y verdaderos, durante que el periódico te cuenta como siguen la vida y la muerte sus respectivos caminos, con la también respectiva trascendencia. Luego estos días, aparentemente de relleno, aparentemente sobrantes, son como los demás, llenos de las mismas posibilidades que los otros del año.
Nos parece, durante esos años que van desde más o menos los treinta hasta los sesenta y cinco, si ha habido suerte y no ocurrieron enfermedades, ni súbitas desgracias inesperadas, que somos inmortales, una especie de maduros espectadores del gran teatro del mundo, ajenos a las vicisitudes de los personajes que pueblan su escenario. Parece que hay tiempo de dejar para mañana lo que se pueda hacer, y, vulnerando el consejo del refrán, me acuerdo de muchas de las ocasiones en que me divertí pensando que no debe hacerse hoy nada de lo que se pueda dejar para mañana. Como lo de cambiar de vida, que suele proyectarse cada final de año, en días como éstos. Leo a Chesterton y me sorprende que con frecuencia son aplicables sus críticas a nuestros pesares. Al principio de “Herejes, que acaba de editar Acantilado, una empresa que nos está haciendo el favor inmenso de recuperer textos semiolvidados, pero admirables y en muchos casos, además, útiles, viene a decir que hubo un tiempo, ya para él antiguo, en que movía a los hombres acercarse al arquetipo de bondad, luego sustituido por unos vagos conceptos como el de progreso y libertad, que, despojados de unos principios éticos, no conducen a parte alguna. Asusta constatar que hay quien en nombre de la libertad mantiene secuestrados y prisioneros a unos supuestos rehenes durante más de cinco años, es decir, más de mil quinientos días, cada uno de veinticuatro horas de angustia, de ominosa ansiedad, de agobio, de privación de libertad.
Nos parece, durante esos años que van desde más o menos los treinta hasta los sesenta y cinco, si ha habido suerte y no ocurrieron enfermedades, ni súbitas desgracias inesperadas, que somos inmortales, una especie de maduros espectadores del gran teatro del mundo, ajenos a las vicisitudes de los personajes que pueblan su escenario. Parece que hay tiempo de dejar para mañana lo que se pueda hacer, y, vulnerando el consejo del refrán, me acuerdo de muchas de las ocasiones en que me divertí pensando que no debe hacerse hoy nada de lo que se pueda dejar para mañana. Como lo de cambiar de vida, que suele proyectarse cada final de año, en días como éstos. Leo a Chesterton y me sorprende que con frecuencia son aplicables sus críticas a nuestros pesares. Al principio de “Herejes, que acaba de editar Acantilado, una empresa que nos está haciendo el favor inmenso de recuperer textos semiolvidados, pero admirables y en muchos casos, además, útiles, viene a decir que hubo un tiempo, ya para él antiguo, en que movía a los hombres acercarse al arquetipo de bondad, luego sustituido por unos vagos conceptos como el de progreso y libertad, que, despojados de unos principios éticos, no conducen a parte alguna. Asusta constatar que hay quien en nombre de la libertad mantiene secuestrados y prisioneros a unos supuestos rehenes durante más de cinco años, es decir, más de mil quinientos días, cada uno de veinticuatro horas de angustia, de ominosa ansiedad, de agobio, de privación de libertad.
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