Traza una línea sobre el silencio blanco del papel
que se busca a sí misma, pero deja
el perfil de una desconocida pensativa
o la silueta de una flor sin nombre, reclinada
al borde de un jarrón transparente,
ella sola.
Piensa a punta de lápiz
personajes
inesperadamente expresivos,
que cobran vida, hablan
se relacionan, aman
tal vez. Cuando se va, deja sobre la mesa
un tesoro de sueños sin voz,
un proyecto de aventura fallida,
un silencioso mundo sin destino.
En realidad, he de confesar, que se trata de mis digresiones. Por eso, advierto que para cualquier curioso lector, podrían ser poco interesantes, intrascendentes, banales y hasta aburridas. Entonces -me pregunto- ¿para qué las escribes? Aún no he hallado respuesta para esta pregunta.
lunes, 31 de marzo de 2008
Jugábamos al fútbol de la playa, que si te quitas los zapatos, las “entradas” furibundas, entusiastas, te lesionan, pero si no, se te forma el adarce, en la piel de los zapatos y eran zapatos perdidos para siempre, o jugábamos al fútbol de botones, previa requisa de material en los costureros de la casa, que ya estuvo aquí el niño, revolviéndolo todo, dejando los hilos enredados, como las madejas cuando las abandonan los gatos de una casa. Al fútbol de botones, casi tan apasionante como el de verdad, jugábamos en los bancos del parque, en las escaleras de los portales y en las mesas del comedor de las casas, ¡que pongáis el hule!, que si no se raya toda –decían nuestras pobres madres, a gritos, desde la solana- Nosotros con la obsesión de intentar el gol definitivo del partido ni oíamos y excusado es decir que sin hule resbalaban mejor los botones, es decir, los jugadores internacionales, verdaderos fenómenos de nuestros equipos. Ahora los niños no juegan a los botones futbolistas. Compran partidos en la televisión y el Barcelona les da disgustos sin consuelo posible, como el domingo pasado, que iban ganando por dos goles a cero en el primer tiempo y en el segundo les zurraron la badana, que menuda alegría para los seguidores y amigos del Betis de Sevilla. Viene esto a cuento de que el otro día encontré mi vieja caja de botones en un rincón del desván y los extendí sobre una mesa y todavía me acuerdo, puse porterías … bueno, me gané a mí mismo un enconado partido. Dicen, me digo, que en el corazón de cualquier hombre pueden producirse inesperadamente latidos del niño que fue. Es cierto.
domingo, 30 de marzo de 2008
Ya no es tu nombre
más que una palabra, que
¿dónde está escrita?
¿lo sabes tú?
Yo lo sabía,
se me olvidó.
Voy preguntando a todos
con que me cruzo, me dicen
otros nombres, que vieron escritos
en las piedras y los árboles de los viejos caminos,
de las carreteras nuevas,
y en las memorias de la gente.
Si hubieras existido,
me acordaría.
más que una palabra, que
¿dónde está escrita?
¿lo sabes tú?
Yo lo sabía,
se me olvidó.
Voy preguntando a todos
con que me cruzo, me dicen
otros nombres, que vieron escritos
en las piedras y los árboles de los viejos caminos,
de las carreteras nuevas,
y en las memorias de la gente.
Si hubieras existido,
me acordaría.
-Arrezágate la falda, verdeluna.
-¿Para cruzar el río de la vida, ahora que es primavera?
-No. Para que yo te vea las piernas.
-¡Viejoverde!
-Si tú supieras la de recuerdos que un viejo como yo puede tener y tiene de tus piernas largas, morenas …
-¿Cómo vas a tener tú recuerdos de mis piernas?
-¡Ay, niña, si yo te contara, la de misterios de esta vida y de este mundo que no vas a entender nunca…!
Y se arremangó la saya –vete lejos, le dije, que si no el deseo no me deja verte las piernas de canela y perla, que disuelven, cuando te metes en ella, el agua en espuma y me río yo, contemplando la flexura, tras tu rodilla, de madame Chauchat, que el río te cuenta que te contarás historias y leyendas de la ribera, de las xanas que peinan, hadas al fin, sus melenas negrísimas y sus melenas rubias con los dedos de luz de luna-, se metió en el río, me acordaba del señor marqués, el de Santillana, cuando aquellos de las serranillas que le facían, de mañana, gana de la fructa temprana, se metió en el río, muerta de risa y todo el paisaje hizo vértice en el cabrillar de sus ojos negros …
-¿Para cruzar el río de la vida, ahora que es primavera?
-No. Para que yo te vea las piernas.
-¡Viejoverde!
-Si tú supieras la de recuerdos que un viejo como yo puede tener y tiene de tus piernas largas, morenas …
-¿Cómo vas a tener tú recuerdos de mis piernas?
-¡Ay, niña, si yo te contara, la de misterios de esta vida y de este mundo que no vas a entender nunca…!
Y se arremangó la saya –vete lejos, le dije, que si no el deseo no me deja verte las piernas de canela y perla, que disuelven, cuando te metes en ella, el agua en espuma y me río yo, contemplando la flexura, tras tu rodilla, de madame Chauchat, que el río te cuenta que te contarás historias y leyendas de la ribera, de las xanas que peinan, hadas al fin, sus melenas negrísimas y sus melenas rubias con los dedos de luz de luna-, se metió en el río, me acordaba del señor marqués, el de Santillana, cuando aquellos de las serranillas que le facían, de mañana, gana de la fructa temprana, se metió en el río, muerta de risa y todo el paisaje hizo vértice en el cabrillar de sus ojos negros …
Loquitiempo de primavera,
una bocanada de sol para salir de misa de doce,
vermú con aceitunas rellenas de anchoas, patatitas
fritas,
doraditas,
crujientes. Pasan
la niña disimuladamente estremecida
por lo de anteanoche,
su papá, que finge
no enterarse de nada, la madre cómplice
y esa amiga de mamá, que cuando se pone el abrigo de pieles
no se parece a nada de este mundo.
En seguida, granizo huevodecodorniz,
sólo una descarga, más sol, más granizo, primavera,
por eso le pasó lo que le está pasando a la niña,
que ya no lo es tanto,
núbil,
ya
definitivamente hermosa, para su desgracia,
como el loquitiempo
de la irrefrenable primavera.
una bocanada de sol para salir de misa de doce,
vermú con aceitunas rellenas de anchoas, patatitas
fritas,
doraditas,
crujientes. Pasan
la niña disimuladamente estremecida
por lo de anteanoche,
su papá, que finge
no enterarse de nada, la madre cómplice
y esa amiga de mamá, que cuando se pone el abrigo de pieles
no se parece a nada de este mundo.
En seguida, granizo huevodecodorniz,
sólo una descarga, más sol, más granizo, primavera,
por eso le pasó lo que le está pasando a la niña,
que ya no lo es tanto,
núbil,
ya
definitivamente hermosa, para su desgracia,
como el loquitiempo
de la irrefrenable primavera.
Aún hay nómadas y aventureros, sólo que son sórdidas las anécdotas que te cuentan de sus azarosas vidas, que dicen que hay quienes ganan para vivir matando y otros que van con los muertos en vida prolongándoles la mirada por el entorno, como si fuesen todavía capaces. El mundo ha dado no sé cuántos pasos atrás y ahora la gente, chavalería e general, pero también ancianos, mujeres y niños, algunos sin nacer, se embarcan en cualquier cosa que flote y huyen de una vida para entrar en otra que oyeron decir que es mejor y hasta a veces resulta y vuelven con nuestra mentirosa moneda sonándoles en el zurrón de polipiel comprado a un colega en el mercadillo de los miércoles. ¿No habéis recorrido ninguno de estos neozocos? Huelen a oriente, incluso, y desbordan de imitaciones de todo. Casi siempre hay un tenderete de bolsas que huelen a piel que no lo es o tal vez sí, para colgarse del hombro, sujetarse al cinturón, con muchos departamentos, cremalleras que se enganchan y se desenganchan, s empachan o quedan de pronto boquiabiertas. Que tú cumprá y tienes de poner telefonino y dinero, secreto y la máquina de fotos. Pero no compro, me quedo absorto viéndolos trabajar con paciencia y habilidad de orfebres, con la cara oculta bajo pelambre de días, sucios, desaliñados, tal vez felices, casi siempre con un perro dormido bajo el mostrador, como decían nuestros emigrantes de hace dos siglos que dormían bajo los mostradores de las bodegas habaneras, después de trabajar de sol a sol, como debe hacerse y hacen las aves de corral, pero tampoco es cosa de ejemplarizar en su mundo, que debe ser el de los buhos, que en cambio trabajan de noche y por eso parece que se asustan, cuando pasas de día bajo su rama de la umbría y abren unos ojos perezosamente disparatados y se mueven y ahuecan las alas un momento, como la abuelina, cuando la sacabas de su sopor, allá en la ancianidad y rebullía en el sillón de mimbre.
sábado, 29 de marzo de 2008
Éramos amigos,
jóvenes, desbordados de ilusiones.
Nos bastaba acompañarnos,
apoyarnos,
recitar por turno, criticar nuestros cuadros,
que olían a aceite, barniz y color, ¿huele
el color?
Había ocasiones en que ellas nos miraban
enamoradas
de unos versos tan llenos
de sentimiento, tan ingenuos, sinceros,
que nos parecían inmortales.
Nos dispersaron la vida y la muerte,
pero yo, hay días,
ocasiones, perdonadme,
que os convoco
y hablamos. Y otros días
también presiento que sois vosotros, quienes
desde éste y el otro lado del espejo
me llamáis, habláis,
como si todavía
fuese sábado de cualquier semana de cualquier mes
justo de aquel año
que ya no recordamos porque ha pasado más de medio siglo
aunque, cerrando los ojos,
parezca mentira y que vamos a abrirlos
y estaremos todos aquí,
ahora,
apoyando cada cual la ilusión de todos los otros
por escribir esta tarde los mejores versos,
de pintar el cuadro más deslumbrante de la época.
En realidad
No es, todo esto, más que un espejismo
en el desierto otra vez estremecedor
de una primavera
recién
estrenada.
jóvenes, desbordados de ilusiones.
Nos bastaba acompañarnos,
apoyarnos,
recitar por turno, criticar nuestros cuadros,
que olían a aceite, barniz y color, ¿huele
el color?
Había ocasiones en que ellas nos miraban
enamoradas
de unos versos tan llenos
de sentimiento, tan ingenuos, sinceros,
que nos parecían inmortales.
Nos dispersaron la vida y la muerte,
pero yo, hay días,
ocasiones, perdonadme,
que os convoco
y hablamos. Y otros días
también presiento que sois vosotros, quienes
desde éste y el otro lado del espejo
me llamáis, habláis,
como si todavía
fuese sábado de cualquier semana de cualquier mes
justo de aquel año
que ya no recordamos porque ha pasado más de medio siglo
aunque, cerrando los ojos,
parezca mentira y que vamos a abrirlos
y estaremos todos aquí,
ahora,
apoyando cada cual la ilusión de todos los otros
por escribir esta tarde los mejores versos,
de pintar el cuadro más deslumbrante de la época.
En realidad
No es, todo esto, más que un espejismo
en el desierto otra vez estremecedor
de una primavera
recién
estrenada.
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