Tengo desperdigadas por la memoria
tus palabras,
mezcladas con las que yo hubiese preferido. Tú
me hablas de las pequeñas cosas habituales,
a mí me gustaría
que me hablases de amor.
Hablar de amor no es decir su concepto, ni la palabra,
ni adornar con diversas flores, sonidos, colores y luces
su altar. Hablar
de amor
es repetir las cosas rutinarias
con ese tono,
ese acento,
ese amor de que no hace falta hablar.
En realidad, he de confesar, que se trata de mis digresiones. Por eso, advierto que para cualquier curioso lector, podrían ser poco interesantes, intrascendentes, banales y hasta aburridas. Entonces -me pregunto- ¿para qué las escribes? Aún no he hallado respuesta para esta pregunta.
martes, 29 de abril de 2008
Sigue siendo importante saber contar una historia. Bien contados, los cuentos tradicionales o los de propia invención, deslumbran a los niños y da miedo contárselos porque se les podría empañar, se les ve en los ojos, el alma. En cambio, estos profesionales del mercado forzado, la manipulación y una y otra vez la misma tediosa incapacidad, disfrazada de ingeniosidades yuxtapuestas. Comprendo que debe ser difícil escribir una novela, crear primero a los personajes y luego aprender a respetarlos y que se te impongan, como discípulos aventajados a quienes hay veces que sorprender pensando cosas que no se te habían ocurrido ni a ti, pero, si no puedes, no escribas. Y sin embargo lo entiendo, comprendo la tentación de ver cómo los personajes empiezan por discrepar de lo que pensabas y acaban enriqueciéndote con lo que nada más nacer ya están discurriendo por su cuenta. Lo que abomino es lo artificial. Que el autor se limite a ponerse distintos disfraces y se dedique a repetirse y yuxtaponerse a sí mismo. Me parece un timo, por buen escribidor que sea.
lunes, 28 de abril de 2008
Si, un pensamiento es como una nube, vaga
sin rumbo,
entregado al viento
que se forma allá en el horizonte de la memoria y viene
resbalando
sobre la mar, que somos
tan pronto quieta,
tan pronto turbulenta,
tan pronto alegría, amor,
o, sin dejar de serlo, miedo, dolor, inenarrable
tristeza de amor.
Tal vez, cada pensamiento
no sea
más que una hilacha desprendida del amor
que es lo único que somos
sin saberlo.
sin rumbo,
entregado al viento
que se forma allá en el horizonte de la memoria y viene
resbalando
sobre la mar, que somos
tan pronto quieta,
tan pronto turbulenta,
tan pronto alegría, amor,
o, sin dejar de serlo, miedo, dolor, inenarrable
tristeza de amor.
Tal vez, cada pensamiento
no sea
más que una hilacha desprendida del amor
que es lo único que somos
sin saberlo.
No se si alguna vez habrás echado cuenta de la cantidad de gente que ha sido imprescindible para que estemos aquí en este momento los vivos, eslabones de esa cadena, miembros de esta especie aposentada en este pedrusco atrapado por la legislación rectora del Universo para que se mueva justo lo bastante para que hayamos sobrevivido enfrascados en tantas cosas como nos ofuscan. Dos padres, cuatro abuelos, ocho bisabuelos, dieciséis tatarabuelos y a partir de ahí se va disparando de tal modo el numero de cómplices que allá por el año mil ya serán como medio millón, entre hombres y mujeres, los complicados en la confección de nuestro árbol genealógico y la elaboración de nuestro código genético. Que se van cerrando hasta concretarnos, pero a la vez se abren en la multitud de colaterales con que tendremos digo yo que ver, sin saberlo siquiera, por lo menos por coincidencia de eslabones de la cadena, gotas, genes o fracción, ya que al parecer todo es divisible, hasta la última partícula que algún sabio investigador es capaz de advertir, pero nadie creo que se atreva a asegurar que no podría dividirse de nuevo, puesto que todavía es materia y donde hay materia cabe división, por lo menos teórica, pese a que no dispongamos de medios ni para ver más allá ni para cortar de nuevo.
Me pregunto qué harán ahora los piratas, cuando han soltado ya, es probable que vendido a sus rehenes, con los bolsillos llenos, atracarán a puerto, se gastarán los cuartos … ¿y después? ¿Saldrán mañana, pasado, dentro de una semana, a la mar, en busca de otra presa, más dinero, el salario de lo que al parecer saben hacer tan bien: echar manos de otros semejantes inermes, llamar por teléfono, poner precio. ¿Son profesionales, estos piratas del siglo XXI? ¿Son ocasionales aficionados o gente que necesitó con urgencia dinero para alguna quisicosa brillante, o tal vez para comer o beber? Barrios enteros clausurados a ciertas horas del día o de la noche o siempre. Ciudades calificables de peligrosas. Países donde el guía te advierte que a poco que te descuides, alguien, uno de los que nunca duermen o lo hacen como las liebres, con un ojo abierto y avizor, te aliviará de tus bienes muebles y del metálico que te viene estorbando. Y ahora la mar, que, incauto de mí, imbécil, pensaba que era territorio abierto, lugar de soledades hondas, sin caminos, donde esparcir el espíritu en calma o faenar sin más miedo que el de las tormentas más o menos perfectas. Y resulta que como en los tiempos de la vela y de los galeones, de las islas del Caribe y los juncos de Sandokan y sus huestes, pululan por la mar, por los siete mares, hordas de piratas nuevos, armados hasta los dientes con las más modernas y sofisticadas armas blancas y de fuego, laser y puede que hasta bombillas atómicas de fabricación casera, lanchas rápidas y me figuro que en cuanto mejoren de fortuna y se hagan más ricos, portaviones que les servirán de base, según los mapas llenos de calaveras y tibias que prodigó la televisión mientras duró la incertidumbre del secuestro, felizmente incruento.
Era fea,
sin gracia, pero estaba
llena de amor henchida, desbordante
de un amor sin límites ni sombras, que una noche
se cerró sobre ella,
la ahogó y convirtió en sombra transparente,
neblina del alba,
sonido
del arroyo cuando lo besa el sol
por primera vez
cada mañana.
Nadie lloró, el tiempo
engulló su recuerdo. Sólo el jardín
donde fue niña fea
suspiró un lirio, durante muchos años, cada verano,
en su rincón,
donde lloraba a solas.
Luego quedó el silencio,
pensativo,
como si ella estuviese aún allí,
respirándolo.
sin gracia, pero estaba
llena de amor henchida, desbordante
de un amor sin límites ni sombras, que una noche
se cerró sobre ella,
la ahogó y convirtió en sombra transparente,
neblina del alba,
sonido
del arroyo cuando lo besa el sol
por primera vez
cada mañana.
Nadie lloró, el tiempo
engulló su recuerdo. Sólo el jardín
donde fue niña fea
suspiró un lirio, durante muchos años, cada verano,
en su rincón,
donde lloraba a solas.
Luego quedó el silencio,
pensativo,
como si ella estuviese aún allí,
respirándolo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)