viernes, 31 de octubre de 2008

Hay cosas que todo el mundo intenta un día u otro, como fumar en pipa, a lo que te atrae la figura del típico fumador de pipa, se adivina que paciente y sosegado en su meditación –no creas, me dijo una vez uno de ellos, yo estoy ahí, fumando con el deleite que has adivinado mi pipa, pero no estoy pensando en nada. Es como si los pensamientos se me fueran, cocinados, en esa lenta voluta de humo que a cada chupada brota de la cazoleta-, cambiar una pizca el mundo, dar ese gratuito consejo que nadie nos había pedido y no se ha preocupado en absoluto de la epiqueya, como justicia, más aún, equidad del caso concreto, dotar a la vida de un solo propósito, sin tener en cuenta lo versátil que es el hecho mismo de hacer el camino de la vida, pasando por paisajes, ambientes, territorios tan diferentes, o, lo que ya es el colmo de la temeridad, intentar definir, delimitar, imaginar a Dios, acomodándolo a nuestra escasa imaginación, nuestras circunstancias, nuestros mínimos, casi entomológicos propósitos. Nosotros, yo por ejemplo, que ni subido al otero soy capaz de ver más allá de la línea del horizonte sin equivocarme al imaginar lo que hay, pese a que sea tan parecido a mi entorno actual. -
Una ciudad pequeña se distingue de otra grande en que en ella, en la pequeña, la mayoría de las personas, o por lo menos muchas de las personas con que te cruzas por la calle tienen nombre y apellidos o por lo menos un apodo, un mote, un alias que las identifica, y otras tantas te suenan a ser hijos o nietos de alguien con nombres, apellidos o mote, alias o apodo. La ciudad pequeña tiene por añadidura muchos rincones que podrían servir de refugio a tus diferentes estados de ánimo, y casi sin pensar, subconscientemente a veces, tus pasos te llevan a un lugar u otro, un clima, un territorio, el sitio donde encontrarás aire respirable o compañía que suele pensar como tú o de modo diametralmente opuesto, ofreciéndote, en este segundo caso, la posibilidad de mantener incruentas polémicas mediante que el violento chorro de tu adrenalina se dispersa y te vacías de la mala uva, la mala leche, la tristeza, la melancolía a que te había llevado algún fracaso de tu capacidad de amor o de entusiasmo.

En tono menor, ya van el pueblo y la aldea, Muchas veces he repetido que los pueblos, con frecuencia, se acomodan a uno de dos tipos, sobre todo según se miren, sin profundizar demasiado o a fondo, en pueblecitos azorinianos y villorrios faulknerianos, según te parezcan engañosos paradisíacos remansos de paz y estética folklórica o lugares donde las personalidades de gente que se conoce casi tan a fondo como los familiares de cada familia se conocen entre sí, chocan, se rozan, salpican y contagian procurando en multitud de ocasiones herir a fondo justo donde más duela, que de seguro se sabe por cada antagonista.

Y mira que sería fácil, conociéndose –sobre todo a uno mismo, capaz de cada gesto de ternura o de cada atrocidad en que incurra cada otro-poner los cimientos de una buena amistad, cooperar recíprocamente, quererse. Ya lo dijo aquél: “video meliora, proboque …” etc.-
Sucesivamente, los caminos, la primera nieve, la niebla, la noche más noche de Castilla, la Capital y la Ciudad, capital más pequeña. Los caminos lo son siempre. Todo es camino. Incluso el descanso, sentado al borde, vagabundo cansado, predicador sin palabras, viajero que ha olvidado ya todos los destinos, por viejo o por escéptico, o tal vez por soñador, todos son caminantes, por más que en un momento, tu paso o la fotografía indiscreta del espectador, los asemeje a estatuas, esfinges, junto al camino. Aquella noche, esta noche, sin embargo, se me antoja la más oscura que atravesé nunca en Castilla, que es ámbito de noches oscuras, cuando no hay luna. Hacían los faros desgarraduras largas, pero a uno y otro lado, como nunca, estaba lo más ominoso de la noche, la apariencia de haberse acabado todo y estar entrando en lo desconocido, aunque no fuese más que, remando a pareles, con la imaginación y el miedo.

La Capital me engulle, desértica, en ese paisaje igual de una multitud de caras desconocidas, que, inexpresivas casi siempre, van a lo suyo con el mismo aire de obsesión. Y sin embargo están las mismas piedras con las que puedo conversar y pintar, como un niño con tiza en la acera, los recuerdos. Repetir los nombres, vuestros nombres, recordar aquellas caras jóvenes, atentas, llenas de proyectos, sueños, ambición. Cierro los ojos y estáis tan cerca precisamente en esta esquina, que temo que nuestras manos vuelvan a tocarse y algo o alguien nos condene o nos permita el gozo de estar todavía en aquel entonces, pero tener que repetirlo todo, porque estoy convencido de que el día que el hombre construya la máquina del tiempo, deberá, como castigo, repetir lo mismo, seguir exactamente la misma huella que dejó, puesto que la historia que recorra, a menos que viaje al futuro y allí no encontrará más que el proyecto de la materia de los sueños, será la historia que ya está transcurrida, y no cabe más que releerla. Lo que sí, que con la imaginación, desde esta esquina precisamente, cuando das la vuelta, puedo extender la mano, coger la tuya e imaginar otras palabras que quedaron sin decir.

Abro los ojos y estamos rediscutiendo sobre el mismo irreductible afán de discutir en que, otros y yo, llevamos casi tantos años como los israelitas de Moisés en el desierto. Y nos pasa como con la máquina del tiempo, que ya sabemos de memoria los argumentos y como Sísifo, asimismo seguimos la falsilla, recorremos el lendel, perseguimos al caballito del tiovivo que nos precede con el mismo entusiasmo del primer día. Conscientes de que es inútil y convencidos de que hay que intentarlo. Humana condición, es sin duda la del hombre.

martes, 28 de octubre de 2008

La inmensidad es como una iglesia vacía, o, si prefieres, no hay modo de explicar el concepto de inmensidad mejor que llevando al interlocutor a una iglesia vacía. La iglesia –en su acepción del templo, como lugar de encuentro, comunicación y recogimiento- tuvo siempre la vocación de recibir a todos los habitantes de cada pueblo, cada ciudad. Altura de bóvedas, cúpulas y techos donde resonarían la voz y la palabra, el cántico y la música. Ahora, durante muchas horas, son espacios vacíos, enormes espacios vacíos en que el aire, además de un vago perfume de incienso y de cera caliente, huele a humedad o a polvo. Contrasta mi recuerdo del Sábado de Gloria, lleno de luces y cascabeleo y retiñir de campanas, campanillas y campánulas alrededor del gloria cantado por un coro entusiasta, con esa lucecilla del sagrario, apenas un atisbo de esperanza o un mortecino recuerdo, en cualquier caso la brasa aún encendida como una llamada en la oscuridad, a través del silencio. Afuera, casi toda la humanidad dispersa, enloquecida de prisa, herida de soledad recíproca, que no entra aquí si no es en rebaño de visita guiada a que alguien desgrana historia, características, leyendas de cada piedra, cada imagen, a veces grotesca en la ternura del esfuerzo de expresividad de un atormentado artesano. Escuchan como si les estuvieran contando las vicisitudes de un imaginario reino de otro planeta de otra galaxia. Es tremendo que Dios nos haya concebido y creado con la capacidad de negar que Dios existe, pero más tremendo todavía y desde luego conmovedor, es que haya permitido que su existencia no pueda demostrarse, de tal modo que al final puede que sea indiferente creer o no y a todos nos proporcione el mismo destino y para ello haya tenido la caritativa previsión de permitirnos de antemano que nos justifiquemos, a partir de nuestra frágil debilidad, con la posibilidad irremediable de dudar. -

lunes, 27 de octubre de 2008

Me dan coraje esos críticos que te cogen los versos de cualquiera y los destripan y desescaman como si fuesen peces muertos, que si paralelismo, que si estructuras, que vamos a desplumar el faisán, hace poco una ráfaga de fuego, ahora recién cazado, exánime y habrá que desplumarlo para comer aderezado con el comentario del esfuerzo del cazador, que ha madrugado esta mañana para cazarlo al paso. Ayer el poeta, tirando a provenzal, cantaba de oído su amor recién muerto y hoy le escanden cuentan las vocales y examinan si hay algún palíndromo, una repetición o se ha colado alguna palabra que suene como un duro falso, de aquellos de plomo, que la abuelina pesaba, medía y contaba contra el mármol de la mesa de la cocina, a ver si le habían metido uno de matufia a la cocinera, al hacer la compra en el mercado, en la carnicería o aquella lagartona de la tienda de al lado, que buena estaba ella para que le timasen un duro de cinco pesetas con la efigie de don Amadeo, apenas rey de las Españas, efímero monarca de importación, que le hacían imitaciones de los duros, imitaciones de plomo, como churros –decía la abuelina, sin duda exagerando, que le habrán hecho unos cientos, que sonaban plof, en lugar de retiñir contra el mármol de la mesa de la cocina. Volviendo a los críticos esos, luego se van tan campantes, una vez hecha la autopsia del poema, que tiene por cierto el privilegio de sobrevivir a sus manejos y seguir cantando y diciendo, más allá de las palabras que contiene, el tono sutil, la voz entrecortada del sentimiento. -
Soy una gota única,
y todas las de lluvia
caídas desde que el mundo existe y rueda,
llevo en mí el reino de las hadas,
la primavera
y ese olor a tierra
mojada del otoño
cuyo recuerdo permite remontar la estación fría,
asomarse
más allá del umbral de la muerte,
soy una gota de lluvia, un beso
que pone la nube en los labios verdes de la tierra
y en los labios de espuma de la mar,
soy la vida
y tal vez la muerte,
una miserable gota de lluvia,
tal vez una esquirla
de la porcelana azul del cielo
rozada por el ala
de una golondrina o de la alondra del alba.
Hay casi todos los días un hombre en la peatonal, que toca muy mal, pero afanosamente y se advierte que por tal necesidad que provoca una gran ternura. Sonríe siempre y agradece que se le echen unas monedas en la funda del instrumento que pone ante él en el suelo. Es, con toda seguridad, un emigrante del este de Europa, ni muy joven ya ni muy viejo todavía y es evidente que afronta con una sonrisa a pesar del esfuerzo que le supone tocar el violín de oído, obteniendo un curioso efecto de recordar la melodía y advertir sin embargo que no es más que, si acaso, un remedo, una caricatura de esas que se hacen sin propósito de herir, es más, admirando al modelo, su situación y la inevitable nostalgia que es de suponer le aflige cuando se retira al desconocido lugar donde habrá establecido, supongo que con otros emigrantes o con su familia, o tal vez solo, su hogar provisional, como una de las tiendas de campaña en que hace tanto vivían nuestros ancestros nómadas. Le he cobrado afecto a este improvisado músico, últimamente asociado a otro que toca desmañadamente una vieja guitarra y se limita a poner rasgueo de fondo a las estropeadas, pero entrañables piezas del violinista, que se atreve incluso con la música de los más populares de los clásicos. Siempre que paso, procuro dejar algo en el montoncillo de monedas que se va formando en la funda del violín. Ha sido cruel, este recién pasado siglo XX, que ha sacado a empellones a la gente de sus hogares y la ha echado, cruzando el ancho océano de las nostalgias, a las islas desconocidas donde los nativos los miran frecuentemente con desconfianza. Traen por lo menos un modo distinto del nuestro de hacer las cosas habituales, que poco a poco van incorporando con increíble paciencia a la que en un futuro próximo será una más rica cultura mestiza. En una pesa que el progreso de la humanidad tenga que hacerse a veces por medio de tanto dolor y tanta tristeza de tantos.