Hay pocas cosas más enloquecedoras que lo que ocurre a esas personas que dan en la ficción imposible de recordar lo que nunca ha ocurrido. Algunos incluso añoran un imaginario tiempo pasado suyo o acontecimientos jamás ocurridos. Supongo que se trata de un modo benigno de locura, no por tal benignidad menos profunda y tal vez incurable, sobre todo cuando la imaginación del pasado se sobrepone a una realidad olvidada y la víctima, o si preferís, el paciente, se queda sin lugar en el tiempo o el espacio a que volver o vuelve a la vida de otro que no es más que el personaje extraviado de un relato que no llegó a escribirse o de una vida que no llegó a vivirse. Es, me parece, como haberse dormido, soñar y no poder despertar del sueño. En cierto modo mágico, haber vivido una vida real, que, olvidada, no es más que humo, recordar otra propia que no existió, más humo y me pregunto si no supondrá también arriesgar el futuro, que siempre tiene algo, cuando se imagina, taraceado, del pasado indispensable para cimentar lo que somos durante ese período infinitesimal e inaprensible que es el presente, que, para cuando vas a hablar de él, ya es pasado.
Ocurre a veces con la historia, que, quien la cuenta, imagina lo que le habría a él gustado que ocurriese, pero no fue así, y sin embargo, lo cuenta. Muchos lo creen y hasta, de ese modo, una leyenda puede convertirse en memoria de victoria o de fracaso colectivo de un grupo humano, que se enorgullece o se avergüenza, sin motivo real, de la imaginación del recuerdo de unos actos que no se realizaron o que pasaron de otro modo diferente. Puede ser tan divertido como imaginar, sobre las notas de la música, un paisaje o un sentimiento descrito en ella según imagina quien escucha, a diferencia de lo que inspiró al que la compuso. Y por eso la música es tan libertadora, ahí fuera, concentrada un momento y en seguida dispersa en un aire, que queda luego impregnado de ella, como si nos hubiesen narcotizado con esencias de belleza.
En realidad, he de confesar, que se trata de mis digresiones. Por eso, advierto que para cualquier curioso lector, podrían ser poco interesantes, intrascendentes, banales y hasta aburridas. Entonces -me pregunto- ¿para qué las escribes? Aún no he hallado respuesta para esta pregunta.
sábado, 28 de febrero de 2009
Grisperla de niebla en el cielo,
apenas azul en la esquina,
que nadie sabe si lo abrió un suspiro de muchacha núbil
o el picotazo distraído
de mi gaviota favorita,
siempre la misma. Esa
que se coloca, de cara al viento, en medio del paisaje habitual
de mi ventana de las tardes opacas.
Sube,
baja, apenas mueve
las alas
veleras.
Casi seguro, estoy, de que piensa o de que sueña,
mirando el horizonte
de mucho más allá de lo que alcanzo.
Sabe el buen padre Dios qué sueños
cabrá soñar
desde la atalaya alta, el punto de vista, la perspectiva
de una gaviota velera
como la mía. ¿Es mía?
¿Existe esa gaviota?
¿Es sólo
ese gran pájaro horrible, carroñero feroz
un mal pensamiento
que alguien ha olvidado frente a mi ventana?
apenas azul en la esquina,
que nadie sabe si lo abrió un suspiro de muchacha núbil
o el picotazo distraído
de mi gaviota favorita,
siempre la misma. Esa
que se coloca, de cara al viento, en medio del paisaje habitual
de mi ventana de las tardes opacas.
Sube,
baja, apenas mueve
las alas
veleras.
Casi seguro, estoy, de que piensa o de que sueña,
mirando el horizonte
de mucho más allá de lo que alcanzo.
Sabe el buen padre Dios qué sueños
cabrá soñar
desde la atalaya alta, el punto de vista, la perspectiva
de una gaviota velera
como la mía. ¿Es mía?
¿Existe esa gaviota?
¿Es sólo
ese gran pájaro horrible, carroñero feroz
un mal pensamiento
que alguien ha olvidado frente a mi ventana?
Día, anuncian, de recobrar el ritmo de la lluvia y de que voten gallegos y vascos, celtas y vascones, todos del norte, esquina de finisterre y fondo del golfo de Vizcaya, ambos lugares donde los vientos se arremolinan, costas de peligro y tradición marinera, sitios los dos de apego a la tradición, a la nostalgia y al terruño, pero ahora anda todo agitado, convulso, la humanidad sufre una de esas crisis que en familia se llamaban de medrío, cuando éramos tan jóvenes, algunos, que nos daba fiebre crecer, es decir, medrar. La humanidad ha pegado tan colosal estirón y tan descentrado, que poco menos que necesita, como yo ahora mismo, a la vejez, al levantarme por las mañanas, que he de reconstruirme y recomponerme, estirando estos huesos doloridos, que se quejan y supongo, aunque no los oigo, que rechinan.
Y cada personaje que dice y apresuradamente el periódico toma nota y apunta, se atreve a decir menos, si os fijáis, y lo que dice es sin arriesgar, generalizando, que no me extraña, porque para ser augur hay que tener visión de lejos y audacia, a la par que unas miajas de sentido común. Y nadie se atreve a apuntar, siquiera sea con timidez, que en el futuro, la vivienda de una familia debería ser tan inembargable como lo son las herramientas de un quebrado, para que pueda seguir trabajando, en este caso de la vivienda, pueda conservar la dignidad por lo menos en el mínimo aspecto de tener donde ocultarse a refugiar las vergüenzas. Ni se atreve nadie a probar sistemas como el que podría consistir en dispensar de contribuciones y pagos a la seguridad social a cambio de hacerse cargo, por lo menos provisionalmente, de un cierto número de parados, para disminuir ese trágico número, esa relación triste de personas que necesitando y queriendo, no pueden trabajar, y así, por otro lado, reanudar la corriente del gasto y la inversión productivos. Están obcecados, todos, con ganar. No es ganar, lo que importa, y menos por esa mayoría absoluta que desfigura el propósito de apreciar y considerar los grises y los semitonos, inventando la paradoja imposible de la democracia absolutista, contradictoria, evidentemente, consigo misma.
Y cada personaje que dice y apresuradamente el periódico toma nota y apunta, se atreve a decir menos, si os fijáis, y lo que dice es sin arriesgar, generalizando, que no me extraña, porque para ser augur hay que tener visión de lejos y audacia, a la par que unas miajas de sentido común. Y nadie se atreve a apuntar, siquiera sea con timidez, que en el futuro, la vivienda de una familia debería ser tan inembargable como lo son las herramientas de un quebrado, para que pueda seguir trabajando, en este caso de la vivienda, pueda conservar la dignidad por lo menos en el mínimo aspecto de tener donde ocultarse a refugiar las vergüenzas. Ni se atreve nadie a probar sistemas como el que podría consistir en dispensar de contribuciones y pagos a la seguridad social a cambio de hacerse cargo, por lo menos provisionalmente, de un cierto número de parados, para disminuir ese trágico número, esa relación triste de personas que necesitando y queriendo, no pueden trabajar, y así, por otro lado, reanudar la corriente del gasto y la inversión productivos. Están obcecados, todos, con ganar. No es ganar, lo que importa, y menos por esa mayoría absoluta que desfigura el propósito de apreciar y considerar los grises y los semitonos, inventando la paradoja imposible de la democracia absolutista, contradictoria, evidentemente, consigo misma.
viernes, 27 de febrero de 2009
Querida tú,
estuve en Madrid, el miércoles, un día
cualquiera,
de cualquier semana, como entonces. En tu calle,
que te aseguro que fui sin propósito de encontrarte,
te vi pasar. Era, más o menos,
la misma hora,
tu gesto era el mismo. Ibas
con la barbilla alzada, el paso largo y la boca,
esbozando la sonrisa
de antes de dar, sin saber por qué
el premio de una sonrisa y algún día, cualquier tarde,
como el miércoles,
que, sin serlo,
apuntaba primavera,
Dios mío, inesperada,
gloriosamente un beso,
apasionadamente dulce, candoroso, ¡tan joven!
No pude
apretar el paso, ya no doy para alcanzarte,
ya eres, tal vez tu nieta, una prima lejana, alguien
en que, por milagro,
para premiarme no sé qué buena acción que ya he olvidado,
el buen padre Dios
ha permitido que se reprodujese tu imposible figura.
O a lo mejor, soy muy viejo,
se ha llevado el tiempo, para hacer vientos, mi resuello,
me ha enturbiado el mirar que te miraba,
a lo mejor, te digo,
lo que pasó a mi lado fue una especie de eco de entonces,
un puñado de aquel aire mismo,
o sólo es mi memoria,
esta vieja Celestina cansada, que
me ha gastado una broma.
estuve en Madrid, el miércoles, un día
cualquiera,
de cualquier semana, como entonces. En tu calle,
que te aseguro que fui sin propósito de encontrarte,
te vi pasar. Era, más o menos,
la misma hora,
tu gesto era el mismo. Ibas
con la barbilla alzada, el paso largo y la boca,
esbozando la sonrisa
de antes de dar, sin saber por qué
el premio de una sonrisa y algún día, cualquier tarde,
como el miércoles,
que, sin serlo,
apuntaba primavera,
Dios mío, inesperada,
gloriosamente un beso,
apasionadamente dulce, candoroso, ¡tan joven!
No pude
apretar el paso, ya no doy para alcanzarte,
ya eres, tal vez tu nieta, una prima lejana, alguien
en que, por milagro,
para premiarme no sé qué buena acción que ya he olvidado,
el buen padre Dios
ha permitido que se reprodujese tu imposible figura.
O a lo mejor, soy muy viejo,
se ha llevado el tiempo, para hacer vientos, mi resuello,
me ha enturbiado el mirar que te miraba,
a lo mejor, te digo,
lo que pasó a mi lado fue una especie de eco de entonces,
un puñado de aquel aire mismo,
o sólo es mi memoria,
esta vieja Celestina cansada, que
me ha gastado una broma.
Resulta conmovedora la pueril inocencia de esas mozas prodigiosas, esculpidas en carne tersa, curvadas sobre su propio escorzo, y, de pronto, arqueadas en posturas inverosímiles y lugares disparatados, según el capricho deformante de artificieros de la fotografía que así les exageran hasta lo pintoresco la tensión de las curvas, el sugestivo escorzo sugerente, casi pirueta estática, con la sonrisa estereotipada, mueca en la frontera entre la histeria y el algia. Cada postura es un remedo, la parodia de una posible armonía de glúteos desaforados y muslos elásticos, estirajados en la ficción alada de un salto por paradoja anclado en tierra, sin vuelo. Da pena ver, aún sin mirar, cómo se transforma la belleza en ridículo, la armonía en discordancia, y que ellas, satisfechas, con el risorio de santorini esforzándose en la penúltima mueca, vuelven a la hilera a esperar que una compañera desarrolle el ritual, en la semisombra de la escasa cobertura ondeante del retal usado para que no digan, que ya ¿quién dice?. Al final de la sesión, la carne tiene, a los ojos del observador, calidad de gutapercha y las domingas están a todas luces tan cansadas como las nalgas de este entrenamiento para olimpiadas sin medallero. Personalmente, prefiero la elegante armonía de la naturalidad esculpida en mármol por los clásicos. Da, si me lo permiten, incluso más sensación de carne y vida.
Mi corazón intelectual –varios son los corazones que laten en el alma, al hilo y compás del corazón muscular somático-, el mío intelectual jurista, herramienta cansada por más de medio siglo de aprendizaje y dedicación, sufre en este tiempo de arbitrariedades y pérdida de las tonalidades intermedias, los semitonos y los grises en que consiste el ensamblaje imprescindible de la justicia y la equidad, ambas insertas en clima de caridad y respeto humilde por la fragilidad humana, presente incluso en la más bestial de las infrahumanidades, mientras sea una persona la que haya actuado y otra la que ha de pasar por el brete de juzgarla, cuando ¿quiénes somos, para atrevernos?
Me duelen esos maltratadores del Derecho, capaces de usar la ley para imponer arbitrariedades o despropósitos, y esos individuos de insolente soberbia, insensibles a la duda, al vacilación, el exquisito cuidado que impone a cada hombre el hecho de que nada de lo humano le sea ajeno, cuando es hora e indeclinable ocasión y obligación de ponderar la conducta de un semejante.
Me pregunto a qué esperan los filósofos, enfrascados en ahondar en insondables vacíos y proclamaciones de inexistencia de cuanto no sea su incomprendida facultad de pensar, a qué esperan para darse cuenta de que hay unas personas, justo en este espacio y este tiempo, necesitadas de inventar una sociedad para sus circunstancias. Una sociedad que entienda la posibilidad de que el uno y el todo sea indispensable que se entiendan como esencia simultánea de nuestro conjunto, de tal modo que cada persona sea una, diferenciada, insustituible, pero inserta en la comunión de los humanos, que no pueden liberarse ni realizarse si no es mancomunadamente, todos en uno, uno en todos, mediante la convivencia, en toda la extensión de esta hermosa palabra. -
Me duelen esos maltratadores del Derecho, capaces de usar la ley para imponer arbitrariedades o despropósitos, y esos individuos de insolente soberbia, insensibles a la duda, al vacilación, el exquisito cuidado que impone a cada hombre el hecho de que nada de lo humano le sea ajeno, cuando es hora e indeclinable ocasión y obligación de ponderar la conducta de un semejante.
Me pregunto a qué esperan los filósofos, enfrascados en ahondar en insondables vacíos y proclamaciones de inexistencia de cuanto no sea su incomprendida facultad de pensar, a qué esperan para darse cuenta de que hay unas personas, justo en este espacio y este tiempo, necesitadas de inventar una sociedad para sus circunstancias. Una sociedad que entienda la posibilidad de que el uno y el todo sea indispensable que se entiendan como esencia simultánea de nuestro conjunto, de tal modo que cada persona sea una, diferenciada, insustituible, pero inserta en la comunión de los humanos, que no pueden liberarse ni realizarse si no es mancomunadamente, todos en uno, uno en todos, mediante la convivencia, en toda la extensión de esta hermosa palabra. -
martes, 24 de febrero de 2009
Se ha puesto en pie, el día,
con su dolor nuevo de anciano esperpéntico,
violáceo
-los dolores
tienen color, los más agudos
rojo, rubí,
amarillo brillante,
verde primor-,
el día es viejo, como el sol, morirá el sol, un día
para que siga creciendo,
incontenible,
el universo de nuestros sueños, en que sin duda
consisten el cielo,
la luz,
la quietud
de que no haya mañana, ayer, aquí ni ahora,
mientras resuene
el acorde único de lo inesperado,
inconcebible
de que seremos parte, pincelada
de amor.
con su dolor nuevo de anciano esperpéntico,
violáceo
-los dolores
tienen color, los más agudos
rojo, rubí,
amarillo brillante,
verde primor-,
el día es viejo, como el sol, morirá el sol, un día
para que siga creciendo,
incontenible,
el universo de nuestros sueños, en que sin duda
consisten el cielo,
la luz,
la quietud
de que no haya mañana, ayer, aquí ni ahora,
mientras resuene
el acorde único de lo inesperado,
inconcebible
de que seremos parte, pincelada
de amor.
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