Sé que rezaste,
mucho, por mí,
porque, de vez en cuando, hasta tengo
la tentación
de ser bueno.
Creo que el buen padre, Dios,
tiene
debilidad por las madres.
Será cosa -me digo-
de ser las herramientas de la vida
y parirnos
con dolor.
En realidad, he de confesar, que se trata de mis digresiones. Por eso, advierto que para cualquier curioso lector, podrían ser poco interesantes, intrascendentes, banales y hasta aburridas. Entonces -me pregunto- ¿para qué las escribes? Aún no he hallado respuesta para esta pregunta.
domingo, 31 de mayo de 2009
Toda la semana recorriendo el camino, pero descubro un pueblo nuevo, vacío, sin gente ni perros, gatos o basura en las calles. Otro pueblo amurallado, pero éste sin olma ni pájaros. Hice fotografías de la soledad. En la plaza, junto a unos árboles entecos, cuatro niños, únicos habitantes de las siete de la tarde, jugando. Les habríamos preguntado algo, pero después de tantas películas, tantas noticias, tantos relatos de terror, los niños no hablan con desconocidos. Se alejan, nos miran con recelo. No me extraña y digo que nos alejemos, que ni sufran ni teman. Triste mundo éste, en que los niños han de ser cautos y es adecuado y justo que teman y se aparten sin entrar en conversaciones con los desconocidos. En medio de un atardecer caluroso de la vieja Castilla, yo por lo menos, sentí un escalofrío. Nada más que esos niños, hasta llegar al bar, donde yacen unas ocho personas, de que una nos da café y otras cuatro juegan a las cartas y gruñen ininteligiblemente cuando les deseamos buenas tardes, Nos vamos con el viento. Se me ocurre que ahora que la autovía hace quiebros y se aparta de los pueblos, habrá muchos así, herméticos hogares de soledad. Dónde estarán los que quedan. Ya no era hora de siesta. ¿Se hallarán todos hipnotizados, asomados a las ventanillas de la televisión? Afuera, en los campos, no los vimos. En las calles, tampoco. Sólo cuatro niños y ocho o diez adultos. En una ventana, “entre visillos”, adivinamos un ser humano. En el balcón del ayuntamiento, ondeando, unas banderas. Hay sin duda vida, pero tal vez hibernada. Da algo que o está entre la pena y el miedo o los amalgama.
miércoles, 20 de mayo de 2009
Hagamos algo para salir del círculo vicioso, tan atractivo, por otra parte, del tiovivo, que tiene la incuestionable ventaja de repetirse y asegurar así que de nuevo veremos, durante la vuelta siguiente, el mismo paisaje de las mismas caras absortas. Pero tal vez se haya ido la más atractiva, sin darnos ocasión de intercambiar un cierto número de palabras, las precisas para doblar la esquina y entablar una nueva relación.
Regresábamos, de muy jóvenes, a una estancia, y ahora había otra persona, a veces encantadora, a primera vista, pero éramos demasiado jóvenes para hacer cosa diferente de callarnos las palabras precisas para entablar una conversación, el preludio tal vez de una relación. Nos contentábamos con intercalar, como quien pone una flor o una simple hoja entre las páginas de un libro, al imagen recién adquirida, con la que fingíamos todo un mundo, o, por lo menos, una vida.
Ahora todo consiste en cerrar los ojos para regresar, ser los mismos que cuando cualquiera de los entonces que se conserva como una chispa en la hoguera de rescoldos que cualquier humano llega a ser cuando ha quemado la mayos parte de su pábilo. Cerrar los ojos, poner las manos encima, apoyarse en la mesa, puede reconducir a otro tiempo y se llega al despropósito, por otra parte tan placentero e inocente, de decirse a uno mismo como yo me digo que si quisiera podría abrir los ojos y estar justo en el momento en que ocurrió esto o aquello. Esto y aquello son siempre momentos memorables. Ya que si no, la memoria no habría conservado el cliché ni el daguerrotipo, a partir del cual, el recuerdo se puede reelaborar, mentir, por decirlo ya de una vez, y fingir que en vez de comportarnos como lo hicimos aquel día, podría haber ocurrido esto otro. Y ya está, de nuevo un retazo de historia diferente de la historia real, si es que hay alguna historia que sea real de verdad.
Pienso que no se nos permite inventar la máquina del tiempo famosa porque nos pasaríamos el que se nos concediera de mero regreso a lo ya ocurrido o a lo por venir, enredándolo todo con falsas interpretaciones, o por lo menos diferentes interpretaciones de la misma escena, a partir del nivel de experiencia, esperanza o desencanto que cada cual haya venido acumulando hasta este preciso momento.
Regresábamos, de muy jóvenes, a una estancia, y ahora había otra persona, a veces encantadora, a primera vista, pero éramos demasiado jóvenes para hacer cosa diferente de callarnos las palabras precisas para entablar una conversación, el preludio tal vez de una relación. Nos contentábamos con intercalar, como quien pone una flor o una simple hoja entre las páginas de un libro, al imagen recién adquirida, con la que fingíamos todo un mundo, o, por lo menos, una vida.
Ahora todo consiste en cerrar los ojos para regresar, ser los mismos que cuando cualquiera de los entonces que se conserva como una chispa en la hoguera de rescoldos que cualquier humano llega a ser cuando ha quemado la mayos parte de su pábilo. Cerrar los ojos, poner las manos encima, apoyarse en la mesa, puede reconducir a otro tiempo y se llega al despropósito, por otra parte tan placentero e inocente, de decirse a uno mismo como yo me digo que si quisiera podría abrir los ojos y estar justo en el momento en que ocurrió esto o aquello. Esto y aquello son siempre momentos memorables. Ya que si no, la memoria no habría conservado el cliché ni el daguerrotipo, a partir del cual, el recuerdo se puede reelaborar, mentir, por decirlo ya de una vez, y fingir que en vez de comportarnos como lo hicimos aquel día, podría haber ocurrido esto otro. Y ya está, de nuevo un retazo de historia diferente de la historia real, si es que hay alguna historia que sea real de verdad.
Pienso que no se nos permite inventar la máquina del tiempo famosa porque nos pasaríamos el que se nos concediera de mero regreso a lo ya ocurrido o a lo por venir, enredándolo todo con falsas interpretaciones, o por lo menos diferentes interpretaciones de la misma escena, a partir del nivel de experiencia, esperanza o desencanto que cada cual haya venido acumulando hasta este preciso momento.
martes, 19 de mayo de 2009
Hace muchos, muchos años, mandé yo un libro de versos a un concurso donde supongo que ni siquiera se habrá releído alguno de aquellos poemas míos, que a mí me habían parecido tan meritorios.
Y pasaron mucho, muchos años. Había perdido aquel ejemplar, escrito a máquina de entonces y cosido con bramante. Ayer lo encontré en el desván. Fue como encontrar un viejo amigo de aquella primera juventud. Soy incapaz de saber si estos poemas –algunos tan ingenuos, otros tan evidentemente malos- tuvieron algún valor, habida cuenta de la edad de su autor, del tiempo en que se escribieron, de su sentimiento.
Es, comoquiera que sea, mi primer libro. No importa que un libro se publique o no, para que exista. Se escribió, se armó, se preparó, incluso, en este caso, se tuvo la evidente osadía de mandarlo en busca de un premio.
Hoy, a alguna hora, me sentaré en un rincón y haré, procurando ser sincero, mi propia crítica de lo hace tanto tiempo escrito. No la contaré ni siquiera en este lugar, porque estoy convencido de que será objetiva, y en literatura, se me ocurre que puede hacerse uso de una especie de regla de tres simple y concluir que si aquello era tan malo visto desde la perspectiva actual, lo que ahora escribo lo será visto desde fuera del tiempo en que ahora estamos, y uno puede procurar ser sincero consigo mismo, tal vez, como consecuencia, procurar o hablar menos o callarse, pero queda siempre una brasa de ilusión, ¿y si un día, por no se sabe nunca qué capricho de la suerte o de una inspiración impredecible, fuese capaz de escribir ese poema como esa gran ola de que hablan siempre los surfistas, como ese tesoro de que hablan los buscadores, como esa melodía y ese cuadro, que persiguen cada músico y cada pintor, con su frenético trabajo de cada día?
Mi primer libro se titulaba “Camino difícil”. Va precedido de una cita de Rabindranath Tagore que dice: “por un mar sin orillas, ante tu callada sonrisa arrobada, mis canciones henchirán sus melodías libres como las olas, libres de la esclavitud de las palabras” y de un poema mío de la época, a modo de prólogo, que añade:
“Caminar …, caminar …
(a lo lejos, nada,
ni el suspiro blanco de un caserío
ni el susurro del mar,
tan solo el camino difícil ,
llanamente difícil
y mi soledad, quieta y dinámica,
llena de angustias anchas)
Bordeando campos verdes,
sobre el camino largo,
tan solo caminar, sin una lágrima,
mientras las flores bailan
-flores blancas y rojas,
rojas y blancas-,
muriéndose de risa,
que mi alma pasa.” -
Y pasaron mucho, muchos años. Había perdido aquel ejemplar, escrito a máquina de entonces y cosido con bramante. Ayer lo encontré en el desván. Fue como encontrar un viejo amigo de aquella primera juventud. Soy incapaz de saber si estos poemas –algunos tan ingenuos, otros tan evidentemente malos- tuvieron algún valor, habida cuenta de la edad de su autor, del tiempo en que se escribieron, de su sentimiento.
Es, comoquiera que sea, mi primer libro. No importa que un libro se publique o no, para que exista. Se escribió, se armó, se preparó, incluso, en este caso, se tuvo la evidente osadía de mandarlo en busca de un premio.
Hoy, a alguna hora, me sentaré en un rincón y haré, procurando ser sincero, mi propia crítica de lo hace tanto tiempo escrito. No la contaré ni siquiera en este lugar, porque estoy convencido de que será objetiva, y en literatura, se me ocurre que puede hacerse uso de una especie de regla de tres simple y concluir que si aquello era tan malo visto desde la perspectiva actual, lo que ahora escribo lo será visto desde fuera del tiempo en que ahora estamos, y uno puede procurar ser sincero consigo mismo, tal vez, como consecuencia, procurar o hablar menos o callarse, pero queda siempre una brasa de ilusión, ¿y si un día, por no se sabe nunca qué capricho de la suerte o de una inspiración impredecible, fuese capaz de escribir ese poema como esa gran ola de que hablan siempre los surfistas, como ese tesoro de que hablan los buscadores, como esa melodía y ese cuadro, que persiguen cada músico y cada pintor, con su frenético trabajo de cada día?
Mi primer libro se titulaba “Camino difícil”. Va precedido de una cita de Rabindranath Tagore que dice: “por un mar sin orillas, ante tu callada sonrisa arrobada, mis canciones henchirán sus melodías libres como las olas, libres de la esclavitud de las palabras” y de un poema mío de la época, a modo de prólogo, que añade:
“Caminar …, caminar …
(a lo lejos, nada,
ni el suspiro blanco de un caserío
ni el susurro del mar,
tan solo el camino difícil ,
llanamente difícil
y mi soledad, quieta y dinámica,
llena de angustias anchas)
Bordeando campos verdes,
sobre el camino largo,
tan solo caminar, sin una lágrima,
mientras las flores bailan
-flores blancas y rojas,
rojas y blancas-,
muriéndose de risa,
que mi alma pasa.” -
lunes, 18 de mayo de 2009
Llueve y hace sol. Menos mal que es alternativamente, porque cuando llueve y hace sol a la vez, el refrán continúa diciendo que andan las brujas alrededor. No hay brujas –dice mi nieta, pero mira, por si las moscas, en su propio entorno-. Dicen que los gallegos, de las que llaman meigas, aseguran que haber háylas, lo que pasa que disponen de camuflaje de campaña muy sofisticado y desde que las persecuciones del medievo las diezmaron seriamente, procuran pasar con disimulo y sólo proporcionan bebedizos a la gente de mucha confianza, bien para aojar a algún malapersona, bien para lo que más les gusta que es sembrar el mal de amores, de que pocas cosas curan, como no sea la herba de ‘namorare de san Andrés de Teixido, uan romería que siempre me ha llamado mucho la atención por ese dicho que hay de que todo gallego que se precie ha de ir una vez, y si no ve “de vivo”, lo tendrá que hacer “de morto” y por eso tienen que ir los romeros con mucho cuidado de no pisar las ánimas de los mortos, que toman a veces formas de insectos o sabandijas de lo más variado.
Mayo pasa casi, en cuanto pasa san Isidro Labrador, que dice otro refrán –los hay para todo y su contrario- que quita el frío y pone el sol; el contrario está en otro refrán según el cual, hasta el cuarenta de mayo, no nos debemos quitar el sayo. Este año parece que está vigente el segundo refrán porque el frío no se acaba de quitar de las calles que van sensiblemente de norte a sur, es decir, que en esta villa siguen más o menos la orientación de los vientos del norte y el nordeste, que son las más frecuentes, además de ese otro que a veces viene del sur y enloquece, abruma, agobia y derriba los árboles más débiles o más viejos.
Y ya que estamos de refranes, dedicaré un afectuoso recuerdo a mi profesor y maestro de Civil, parte General, que decía los aforismos no eran más que la cobertera de la pereza del pensar jurídico. Lo traslado a los refranes. Son también cobertera de la pereza en el pensar.
Mayo pasa casi, en cuanto pasa san Isidro Labrador, que dice otro refrán –los hay para todo y su contrario- que quita el frío y pone el sol; el contrario está en otro refrán según el cual, hasta el cuarenta de mayo, no nos debemos quitar el sayo. Este año parece que está vigente el segundo refrán porque el frío no se acaba de quitar de las calles que van sensiblemente de norte a sur, es decir, que en esta villa siguen más o menos la orientación de los vientos del norte y el nordeste, que son las más frecuentes, además de ese otro que a veces viene del sur y enloquece, abruma, agobia y derriba los árboles más débiles o más viejos.
Y ya que estamos de refranes, dedicaré un afectuoso recuerdo a mi profesor y maestro de Civil, parte General, que decía los aforismos no eran más que la cobertera de la pereza del pensar jurídico. Lo traslado a los refranes. Son también cobertera de la pereza en el pensar.
sábado, 16 de mayo de 2009
La nueva sociedad tendrá que disponer de una organización capaz de crear riqueza y de mecanismos por medio de que esa riqueza se reparta y alcance a la mayoría de los ciudadanos. Una riqueza social tiene dos manifestaciones: la material y la moral y cultural.
Sólo medidas encaminadas a crear y distribuir la riqueza social entre los humanos asociados serán útiles para salir de una crisis que no es más que un estado social colectivo de incertidumbre y desconfianza agravadas por el hecho previo de que repitiéndolas en vacío, los más influyentes de los hombres, que son los que representan y gobiernan a los diferentes grupos, han vaciado las palabras hasta tal punto, primero de su significación y luego incluso de su concepto, que en lo sucesivo nos va a ser más difícil entendernos y ser capaces de ponernos de acuerdo como es imprescindible.
El primero de los principios de la nueva sociedad es que el trabajo colectivo debe generar la doble riqueza moral o cultural y material para facilitar el desarrollo colectivo, en paz, justicia y libertad de todo el grupo y de cada persona de las que lo constituyen.
Nadie es libre, si no participa de esa doble riqueza cultural y material, y mientras haya en el grupo social una persona o un colectivo que no sea libre, la sociedad estará enferma, es decir, de algún modo actual o potencial, en crisis.
Sólo medidas encaminadas a crear y distribuir la riqueza social entre los humanos asociados serán útiles para salir de una crisis que no es más que un estado social colectivo de incertidumbre y desconfianza agravadas por el hecho previo de que repitiéndolas en vacío, los más influyentes de los hombres, que son los que representan y gobiernan a los diferentes grupos, han vaciado las palabras hasta tal punto, primero de su significación y luego incluso de su concepto, que en lo sucesivo nos va a ser más difícil entendernos y ser capaces de ponernos de acuerdo como es imprescindible.
El primero de los principios de la nueva sociedad es que el trabajo colectivo debe generar la doble riqueza moral o cultural y material para facilitar el desarrollo colectivo, en paz, justicia y libertad de todo el grupo y de cada persona de las que lo constituyen.
Nadie es libre, si no participa de esa doble riqueza cultural y material, y mientras haya en el grupo social una persona o un colectivo que no sea libre, la sociedad estará enferma, es decir, de algún modo actual o potencial, en crisis.
Corro de un lado a otro en la función de hombre anuncio que menos me gusta, y opino aquí, presento un libro o una persona allá, charlo sobre algo de que entiendo poco, encargo varios libros que llegan tarde mal y nunca con esta manía de ahora, de anunciar que van a publicar algo que trata de lo que tanto nos ha interesado siempre, sobre lo que opina un amigo o un conocido que nos merece consideración, afecto o curiosidad, me acatarro como siempre en primavera, luego volverá a ocurrir en otoño. Para colmo, el cocker se asoma, advierte que llueve, me mira con ese reproche evidente que se le cae de los ojos y va a meterse debajo del banco del zaguán, entre humilde y terco, Le entiendo: si quieres, iremos, pero ¿no te da pena de mí? ¿Vas a decidir sin tener en cuenta que yo no puedo cambiarme luego de ropa y tendré que soportar la humedad desasosegada de que me pases esa toalla vieja y maloliente, reservada a los perros, que soy yo, y que ya ves que no me quejo, y estarías ahora a tiempo de ser un amo considerado …?
Total, que no salimos. Se da cuenta, sale, mueve lo que le queda de rabo de cuando de cachorro alguien decidió dejarle ese expresivo tocón, me lame la mano y vuelve al sillón preferido para escuchar la tele y dormirse, apacible, soñando a veces entre temblores y ladridos apagados, menudos, que sosiega con un ronquido poco menos que humano, blando y feliz.
Leo desde una nueva perspectiva un diálogo de Platón y me enfado con Sócrates, descubro que ésta es la hora de la novela policíaca y regreso al errático diálogo de la última de Alicia Giménez Bartlett, tan ingeniosa, despectiva, terca, paciente, en los silencios y claroscuros de los pasillos y los claustros semivacíos de los conventos.
Total, que no salimos. Se da cuenta, sale, mueve lo que le queda de rabo de cuando de cachorro alguien decidió dejarle ese expresivo tocón, me lame la mano y vuelve al sillón preferido para escuchar la tele y dormirse, apacible, soñando a veces entre temblores y ladridos apagados, menudos, que sosiega con un ronquido poco menos que humano, blando y feliz.
Leo desde una nueva perspectiva un diálogo de Platón y me enfado con Sócrates, descubro que ésta es la hora de la novela policíaca y regreso al errático diálogo de la última de Alicia Giménez Bartlett, tan ingeniosa, despectiva, terca, paciente, en los silencios y claroscuros de los pasillos y los claustros semivacíos de los conventos.
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