domingo, 30 de agosto de 2009

Se me calla, a veces, la voz, ella sola, y me deja inertes, silenciosas, las manos, sobre el teclado sonriente –aseguro que lo “veo” sonreír, con las teclas, sus dientes, ofensivamente blancas-, de esa misma desesperante manera con que la música se burla de mi absoluta incapacidad de leer una partitura o de entender cómo es posible que parezca tan fácil hacer sonar una gaita o un piano y cuando yo pongo en ellos las manos no hacen sino ruidos inarticulados, como si se asombraran o les doliese a ellos también mi incapacidad de expresión musical, con lo que en cambio disfruto escuchando la música hecha por otros e interpretada por los privilegiados que saben hacerlo.

Me preocupan los días sin aportación al blog, al cuaderno, a las páginas inéditas de poesías que se van hilvanando los demás días, porque tengo por seguro que habrá un día en que escriba la última letra de la última palabra que haya de escribir, todo continuará siendo igual y el silencio sin embargo me habrá apresado como a tantos otros antes, malos y mediocres escribidores, como yo me supongo cuando a más me atrevo, otros tan geniales que resultaron capaces de sobrevivirse en incontables lectores.

Resulta apasionante considerar este ir y venir de unas y otras gentes, cada una con su capacidad o sin ninguna aparente –estoy seguro de que todos, absolutamente todos, dándonos o no cuenta de ello, hemos servido para algo en el plan de la creación y su desarrollo, en la torrencial historia del hombre-, que hemos de sucedernos y sólo algunos, ignoro si privilegiados, pueden dejar y de hecho dejan huellas visibles, que las hay que duran incluso siglos, aunque no sea más que para advertir lo equivocados que estuvieron al decir, hacer o pensar lo que dijeron, hicieron o pensaron.

martes, 25 de agosto de 2009

Habrá habido, digo yo, indios sin nada que hacer, habrán dado un paseo por el borde del río. Los ríos de los indios no tendrían puentes, sino vados. El indio habrá vadeado el río. Con cautela, si era otoño, por venir el agua crecida, con aspecto de torrentera. En otoño ya no bajan los osos al río, los enormes oso grises, porque en otoño ya ni bajan salmones desovados y no tienen los osos qué comer junto al río. Nuestro indio, porque ya lo ha creado la imaginación y de algún modo nos pertenece, rebusca bayas de otoño. Yo no sé si hay castañas en el territorio indio de entonces, tal vez hoy ya una gran ciudad. En la planicie que imagino para que el indio exista, cuando yo lo imagino, no hay ciudades, no ha llegado todavía el voraz, audaz, impetuoso e insaciable hombre blanco, ni mucho menos, detrás, los casacas azules de las pelis del Far West. Nuestro indio es, esta tarde, feliz, porque ni ha de salir de caza ni su tribu está en guerra con ninguna vecina, de modo que le es posible perder el tiempo por las cercanías del río, en este atardecer de otoño, rebuscando bayas silvestres y castañas primerizas, que tal ves sea demasiado pronto para pretender que las haya. Suenan esos ruidos que dentro de cierto número de años ahogará el de las industrias, los trenes, los aviones y los coches en marcha. Suena el rumor del río, solemne, el estremecimiento, casi escalofrío, de las ramas de los árboles cuando las toca el viento, tal vez enamorado. Suena la cascada, un poco más abajo del vado. Son ecos, piensa el indio, de la voz afortunadamente inaudible del Gran Manitú. Si la voz del Gran Manitú fuese audible, al indio no le cabe la menor duda de que el mundo estallaría en mil pedazos. Mejor así, escuchar lo que puede que no sea más que el eco de su eco, soportable para el oído humano y para la subsistencia del mundo, tan difícilmente equilibrado. El indio se sienta, a la vista del río, en el santo suelo, junto a un árbol de corteza lisa, cuyo tronco le sirve de respaldo, y sueña con cierta india que le tiene sorbido el seso. Una ardilla se acerca, a prudente distancia se detiene, se sienta y roe algo parecido a una bellota, puede que una avellana o una nuez Se miran, el indio y ella. El indio sonríe. La ardilla lo haría, pero no puede, no sabe. El sol, curioso, lo mira todo por entre la hojarasca y aparta con sus dedos de luz un poco una rama para tocar un mocasín del indio. Ya digo, atardece.

lunes, 24 de agosto de 2009

-Verá, es que su tique está caducado. No podemos atender su petición, que, hecha en su día, habría sido correcta.

-Pero el tique es auténtico.

-Ya se, ya se. No está falsificado como el que traía la caradura de su antecesora en el turno de la cola, pero éste está caducado, y no de ayer, sino de hace ya tres años.

-Nadie me advirtió …

-Verá, señora, hace mucho que rige el principio, establecido con singular acierto en defensa de la seguridad jurídica y la fluidez contractual, que dice que la ignorancia de las leyes no excusa de su cumplimiento.

-Pero ¿usted se da cuenta …?

-¿Cuenta? ¿De qué?

-¿No ve que soy mayor?. Tuve ese hijo para asegurarme de recuperar en su día, como todo el mundo, con el tique, uno equivalente, como báculo de mi vejez.

-Tendría usted que haber ejercitado en tiempo su derecho. Ya sabe. Son veinte años a contar desde la fecha de expedición del tique para uno equivalente en sexo y edad, y veintitrés para uno simplemente alternativo, con posibilidad incluso de sexo distinto, indiferenciado, ambiguo, o hasta contradictorio con el aspecto biológico,

-¿Y si no?

-Ya lo sabe. Está también en la ley. Pero consuélese. Creo que ahora, para meter a los ancianos inútiles, indefensos y sin parentela en las más modernas máquinas trituradoras, les ponen además la epidural y todo el proceso se desarrolla sin dolor.

-Ya. Por lo menos tienen esa consideración.

-Por favor, tenga la bondad, deje pasar al siguiente. Y no se olvide de dejar el tique a la salida, que si no, con los caducados, hacen falsificaciones cada vez más difíciles de diferenciar de los originales.

-Descuide, señor, descuide. Una siempre ha procurado ser cumplidora y no va a cambiar ahora, con los años.

domingo, 23 de agosto de 2009

Sale hoy mi pueblo, le dicen villa, de festejos de verano, todavía no muy consciente, entre dormido y despierto, con resaca evidente y pereza entrecortada por los quejidos estomacales derivados del exceso recién culminado, y se advierte todo ello en cómo salen renqueantes a la calle los restos del mocerío vociferante y saltarín de estas noches recién pasadas, las vesperales del que llaman día grande, de claro en claro, sin dar paz y sosiego al meneo corporal de cada cual y su restriego con el ajeno del sexo contrario, salvo las excepciones que porcentualmente corresponden. Se les advierte sin ánimo. Incluso más vestidos, como si reciente exceso hubiera desgastado las tersuras tan generosamente hasta ayer exhibidas, y no sólo camino de la playa. Comprende uno la nostálgica tristeza del coro sanferminero del “pobre de mí”, que inicia aquí el sueño del “año que vien”, como consuelo de que éste se haya ido la fiesta mayor, cuando, como dice el himno “despiertan a los vecinos a golpe de volador”. Mi villa, o por mejor decir, la villa que me contiene, tiene, como la cuna de la oración infantil, cuatro esquinitas: dos religiosas, una profana y la cuarta mitad y mitad, o, diría yo que un setenta por ciento de laica y el restante treinta de semireligiosa. Son, respectivamente, la Semana Santa, la Navidad, el Carnaval y estos festejos de verano, que, más que la presidencia, tienen la excusa de san Timoteo, cuyo nombre invocó sin precedente conocido de su veneración hace noventa y nueve años éste, un conocido conciudadano, que convocó a sus amigos, conocidos y público en general a celebrar la que ha venido siendo una jocosa romería a que afluyen propios y extraños con extraordinario entusiasmo, creciente nostalgia y un éxito cada vez mayor y más evidente, pese a los estragos que los años hicieron en la idea primera de una merendola campestre de cierre de veraneo. Su celebración ayer, un día radiante de sol, pone de algún modo fin a la tregua veraniega y a la concurrencia en casa de los más pequeños, que ahora al irse, nos dejan ahogados con la ausencia de sus gritos, en el recuerdo de otros que se fueron al otro lado del espejo y allí nos aguardan quiero creer y por lo tanto creo que con una sonrisa de antemano consoladora.

sábado, 22 de agosto de 2009

Tremendo, este mundo lleno de contrastes y enfrentamientos. En ocasiones parece que lo único que podrá salvarnos de una en otro caso inminente catástrofe en la delgada capa de barniz que llamamos educación y que evita, a falta de otros principios, que unos se arrojen a la garganta de otros por un quítame allá esas pajas, que en este caso, según los periódicos, eran unas gafas de sol, que acabaron enfrentando con violencia irrefrenable a más de un millar de personas. Y que nadie me diga que hay por debajo, por encima, por delante o por detrás, un problema de xenofobia, que no digo que no lo haya, o de desconfianza interracial o sospecha de incompatibilidad cultural. A lo peor, hay de todos eso y de quién sabe qué más problemas, pero no hay que olvidar que todos eran individuos de la especie humana y que todo empezó por un par de gafas de sol.

Algo es urgente hacer, para que ni se repita ni se imite o despertará en nosotros la sospecha de que no aprendimos nada del horror del siglo XX, cuando los holocaustos y el matar indiscriminado, el odio y los exilios de que viene esta herencia de vacío espiritual y esta imprescindible necesidad de reconocimiento de una ética de universal aceptación, que se corresponda con el evidente encogimiento del mundo, hecho que nos atrapa en la estrechez de la convivencia.

Casi todos los pueblos de España y desde luego todos los del Principado de Asturias, celebran en verano fiestas en honor de santos y patronos durante que se presume de hermandad solidaria y jolgorio comunal. Y hasta tal vez concurran la víspera de la fiesta –cuando todo es tan extraordinario y radiante como cabe en un sueño, que siempre erosiona la realidad y deja cuando más en radiante- o en su vocinglera y disparatada eclosión de colores, ruidos y entusiasmo. Antes y después, sin embargo, estuvo la invasión de coches, la necesidad de hacer cola y sudar en los establecimientos, la aglomeración de sudorosos ejemplares crispados de humanos al borde de la exasperación, y se advirtió en la crispación generalizada, los insultos recíprocos, a través de las ventanillas semiabiertas nada más por si acaso, porque el peatón no se mueve con diligencia y el coche apalanca su desfachatez en el paso de cebra, una ansiedad incomprensible para el relax pretendido con las escasas vacaciones de que dispone el atareado, azacaneado, angustiado ejemplar humano medio, ahora que trabajan hombre y mujer y sufren los niños y adolescentes el rigor de la falta de monitores para enfrentarse con lo desconocido de una selva cada vez menos coincidente con lo que destruyeron los filósofos hasta llegar a la duda de nuestra existencia misma, puesta en duda en la cúspide de un supuesto progreso del saber que estoy empezando a sospechar que nos reconduce a otra Babel, ahora de ideas, que podría llegar a la paradoja de hacernos incompatibles con nosotros mismos.

viernes, 21 de agosto de 2009

Hagamos de un sueño una palabra,
de una palabra una canción,
y desde la canción, cantada a coro,
hagamos de nuevo un sueño.

Nadie se ha de enterar,
sólo nosotros,
los tontos,
los poetas,
los que perdemos el tiempo contando nubes,
peinando las olas de la mar
con el anhelo
de surcarlas.

Ellos, la gente importante
se ocuparán de las cosas
trascendentales.

Preparemos un mundo para lo que quede
cuando todos estos se hayan logrado enterrar
bajo su afán de dinero,
de fama,
de poder. Preparemos
un mundo secreto
en que refugiarnos a jugar, maleducándolos,
con nuestros pobres nietos,
carentes de niñez.

Guardemos
para el futuro de los niños perdidos,
que nos rodean,
nos piden auxilio, no saben qué les pasa,
un mapa
muy secreto,
que contenga la clave de los caminos
que llevan
a nadie sabe muy bien dónde
pero los menos sabios,
los más ingenuos,
sabemos que el el único lugar a que vale la pena
ir.

martes, 18 de agosto de 2009

El vuelo de soñar despierto, esa delicia, tal vez enseñanza, que nos deja el sueño de mientras dormimos, con la extravagancia y el delirio de aprendices que entonces somos de surrealismo. Mientras dormimos, resucitan muertos recientes y lejanos, de pronto regresados al trato habitual que teníamos con ellos, con sus costumbres y manías, vamos y venimos por paisajes a veces reiterados, por más que sean en la realidad inexistentes, o, por lo menos, desconocidos u olvidados. En sueños, los objetos cotidianos se deforman, como los relojes de Dalí, o funcionan mal o no funcionan en los momentos de aparente mayor peligro, cuando despertamos y nos invade el repentino consuelo de que todo haya sido un sueño.

Eso es, creo yo, lo que nos enseña a soñar despiertos, cuando, por lo menos inicialmente, podemos conducir nosotros la imaginación por derroteros imposibles, utopías maravillosas o peligros de toda índole. Soñar despiertos nos proporciona posibilidad y ocasión de vivir varias vidas, además de la nuestra, muchas de mentira, otras proyectos, que se van perfilando con el propósito de reconvertirlas a la realidad en la primera ocasión que se presente. Soñar despiertos nos ofrece contestación adecuada para esas coyunturas en que alguien nos sorprende y deja sin palabras, hechos con que responder a ofensas que no supimos afrontar el la realidad, cuando se nos calentó tanto la cabeza que olvidamos debe conservarse fría para que las neuronas no enloquezcan y nos dejen de la mano de lo razonable.