Pasa hoy el viento con prisa, apenas
da tiempo a escuchar el mensaje que con tanta prisa
lleva a nadie sabe dónde. O a lo mejor
hay alguien que sabe
adonde lleva, cada día, su carta de amor,
o un recado triste,
o la reclamación de una deuda impagada,
esta viento tenaz,
implacable.
Me quedo en la ventana, atento,
pero nada,
hoy ni dice poemas, ni cuenta
cuentos del mundo feérico,
hoy es un viento joven, primaveral,
que alzaría las sayas de las mozas núbiles
si aún las llevaran, pero tiene
que limitarse a jugar con sus piernas
todavía frágiles, esbeltas.
Todo es joven, hoy,
menos mi escepticismo, que se hace más hondo,
me convierte la esperanza,
aquella barca velera que fue,
en roca anclada,
inmóvil,
sombra de la espuma,
rompeolas.
En realidad, he de confesar, que se trata de mis digresiones. Por eso, advierto que para cualquier curioso lector, podrían ser poco interesantes, intrascendentes, banales y hasta aburridas. Entonces -me pregunto- ¿para qué las escribes? Aún no he hallado respuesta para esta pregunta.
miércoles, 31 de marzo de 2010
lunes, 29 de marzo de 2010
Mis palabras,
cenizas, hoy, de sueños,
que un día soñé, cuando aún no sabía
soñar, y pensaba
que la vida
era la búsqueda del archipiélago, la isla,
la cueva, por fin, del tesoro
del pirata olvidado.
Mis palabras,
más hermosas.
Ahora, que el camino de vivir
me ha enseñado tanto sobre el amor y la muerte:
que vivir
consiste en irse quemando, entregando,
humo por fin,
al vacío inmenso del cielo.
Palabras,
cometas de colores,
todavía sujetas al hilo del instinto de vivir.
Que, poco a poco
siento que se convierte en anhelo
de libertad,
de vuelo,
de decir,
como última palabra del camino
de toda una vida,
que te quiero.
cenizas, hoy, de sueños,
que un día soñé, cuando aún no sabía
soñar, y pensaba
que la vida
era la búsqueda del archipiélago, la isla,
la cueva, por fin, del tesoro
del pirata olvidado.
Mis palabras,
más hermosas.
Ahora, que el camino de vivir
me ha enseñado tanto sobre el amor y la muerte:
que vivir
consiste en irse quemando, entregando,
humo por fin,
al vacío inmenso del cielo.
Palabras,
cometas de colores,
todavía sujetas al hilo del instinto de vivir.
Que, poco a poco
siento que se convierte en anhelo
de libertad,
de vuelo,
de decir,
como última palabra del camino
de toda una vida,
que te quiero.
sábado, 27 de marzo de 2010
Desde esta soledad de la mañana
que se anuncia
con espuma de luz,
siento latir bajo mis pies la tierra,
oigo
ruido de estrellas que pasan,
con la mar, allá lejos,
estremecido hoy de viento,
es como si aún sonara,
mientras decide el sol si echar una mirada,
inventar los colores,
el eco
de la voz de el buen padre Dios
acabando su obra de crearnos,
precisamente aquí,
en esta esquina indecisa del amanecer,
y de toda la inmensa multitud
que todavía duerme,
no se si habrá alguien más
no se si todavía o ya despierto
que comparta conmigo el inmenso dolor
de esta hermosa esperanza de vivir.
que se anuncia
con espuma de luz,
siento latir bajo mis pies la tierra,
oigo
ruido de estrellas que pasan,
con la mar, allá lejos,
estremecido hoy de viento,
es como si aún sonara,
mientras decide el sol si echar una mirada,
inventar los colores,
el eco
de la voz de el buen padre Dios
acabando su obra de crearnos,
precisamente aquí,
en esta esquina indecisa del amanecer,
y de toda la inmensa multitud
que todavía duerme,
no se si habrá alguien más
no se si todavía o ya despierto
que comparta conmigo el inmenso dolor
de esta hermosa esperanza de vivir.
viernes, 26 de marzo de 2010
En medio de la noche,
despierto,
me abruma
un torbellino de pensamientos luminosos,
confusos,
a la vez,
que han roto las cadenas del insomnio. Esa tremenda
monstruosa contrafigura
de un ser
indescriptible
por la belleza de su horror. Ahora
vaga, habitación arriba y abajo,
eh, tú –me dice, y me señala
con su dedo índice de cepa de viñedo-,
eh,
despierta, miserable
-me llama, me siento, soy
miserable
dentro de los ojos con que me mira el insomnio,
¿o es tal vez el sueño
este delirio onírico
que me recobra para la adolescencia?-,
de repente, soy de nuevo yo,
a mis años turbios.
Creo que no dejamos de ser nunca los que fuimos,
ni siquiera ahora mismo,
cuando la serenidad de haber vivido
recompone aquellos sueños,
recuerdos
ahora mismo,
que no se si tengo,
sueño
o miro ya
desde el otro lado del espejo.
despierto,
me abruma
un torbellino de pensamientos luminosos,
confusos,
a la vez,
que han roto las cadenas del insomnio. Esa tremenda
monstruosa contrafigura
de un ser
indescriptible
por la belleza de su horror. Ahora
vaga, habitación arriba y abajo,
eh, tú –me dice, y me señala
con su dedo índice de cepa de viñedo-,
eh,
despierta, miserable
-me llama, me siento, soy
miserable
dentro de los ojos con que me mira el insomnio,
¿o es tal vez el sueño
este delirio onírico
que me recobra para la adolescencia?-,
de repente, soy de nuevo yo,
a mis años turbios.
Creo que no dejamos de ser nunca los que fuimos,
ni siquiera ahora mismo,
cuando la serenidad de haber vivido
recompone aquellos sueños,
recuerdos
ahora mismo,
que no se si tengo,
sueño
o miro ya
desde el otro lado del espejo.
jueves, 25 de marzo de 2010
Hace muchos, todavía contables, pero muchos años, soñábamos con recorrer a pie el mundo, pero no nos dejaron ir. Era otro tiempo. No es como ahora, que vamos y venimos, una y otra vez, llueve que te lloverás, como si la primavera hubiese llegado contaminada todavía con el ramalazo del invierno recién acabado, una especie, tal vez, de la gripe que empezó siendo de los cerdos y acabó en el alfabeto, con los almacenes de algún que otro señor ministro llenos de vacunas, por si tuviésemos poco con la crisis económica y el sueldo de los señores controladores, la corrupción de los señoritos y la indignación siempre de las masas, la rebelión –dijo Ortega- de las masas. A las masas no les cabe en la cabeza, no pueden remediar la ira que les produce eso de que quien disfrute de tanto, para rebabas, trinque, además, si ha lugar. Uno recuerda aquel dicho famoso de que: miuste, amo, a min no me dea mucho, a min póngame vuesarcé donde lo haiga. Viajo, voy, vengo, escucho más que hablo, pero aún así hablo demasiado. Mejor es el callar y estarse aprendiendo. ¡Hay que ver lo que sabe la gente! De una pieza, nos quedamos los paletos cuando nos corrigen el paso, el decir y el pensar. Siempre que vuelvo de ese caos de la capital, donde nunca se podrá llegar a nado, salvo que inventemos un sistema de funcionamiento de los casos y de las cosas consistente en que manden muchos y curren los robots, por lo menos hasta que, percatados de la injusticia del asunto, decidan apuntarse, ellos también, a la rebelión de las masas. Vuelvo convencido de la razón que tenía quien dijo del acierto de seguir la escondida senda. Por lo menos, con esto que pensamos los menos dotados, o más ingenuos, o incluso hasta pueriles, nos vamos arreglando en el estrecho ámbito por cuyas encrucijadas y vericuetos vamos persiguiendo el conocimiento de lo que es posible alcanzar meditando en calma sobre el recuerdo de las páginas recién leídas, tibias en la memoria, llenas de sugerencias y matices que en tráfago de la gran ciudad se llevan el ruido y la furia.
lunes, 22 de marzo de 2010
Redimensionar las sensaciones que los sentidos habrán transmitido sobrecogedoras a las neuronas cuando el hombre empezó a serlo, descubrió un día olvidado hace tal vez milenios su capacidad de pensar, valorar, razonar sobre unas noticias que llegaban seguramente atropelladas, sobre todo las primeras, a un desentrenado cerebro. Y civilizarnos, en la escasa medida hasta ahora lograda, debió consistir en gran parte en redimensionar, reducir a su tamaño real cada composición cromática, cada sonido, el prodigio del tacto, que puede ser casi a la vez investigación y caricia, descubrimiento y sorpresa. Lo digo porque sin nombre, mi perrita nueva, de aguas, blanca como la nieve sucia, lo va descubriendo todo, vivo o aparentemente inerte, y se sorprende, imita a veces, si la sorpresa es pata ella mayúscula, el ladrido de una perra grande, más atiplado que el del macho, por lo menos por ahora, y si bien no costa que los perros piensen, ni siquiera cuando son perspicaces perritas curiosas, se me ocurre que tampoco el primer hombre consciente de su capacidad de pensar debía estar muy orientado y también debió andar hociqueando contra la dura realidad.
-Hablaste –me recuerdo alarmado- de escasa civilización. Deberías explicarlo, ¿no crees?.
-Debería, tal vez, pero no me considero muy capaz. Salvo por esta evidencia que resulta de la violencia nuestra de cada día. ¿Puede considerarse civilizado un ser mientras no se olvide de la violencia, del vicio o la perversión de matar a sus semejantes o de herirlos, de palabra o de obra?
Una de las enseñanzas calladas de los perros en general, por lo menos de los perros caseros y bien tratados, los que no se encogen al escuchar una voz o al ver un bastón, consiste en su incapacidad de guardar rencor a su amo. Los corriges, a veces airados, a veces sin darte cuenta de que no son más que perros, y en seguida acuden a cualquier llamada tuya, meneando el rabo y dispuestos a reanudar la buena amistad que habíamos roto con él, de modo para él tan incomprensible desde su perspectiva de perro, que le lleva con gran indignación por nuestra parte, inexplicable para el pobre animal, a echarle el diente al trozo de carne que habíamos dejado sobre la mesa para ir en busca de sartenes o ingredientes para cocinarlo.
-Hablaste –me recuerdo alarmado- de escasa civilización. Deberías explicarlo, ¿no crees?.
-Debería, tal vez, pero no me considero muy capaz. Salvo por esta evidencia que resulta de la violencia nuestra de cada día. ¿Puede considerarse civilizado un ser mientras no se olvide de la violencia, del vicio o la perversión de matar a sus semejantes o de herirlos, de palabra o de obra?
Una de las enseñanzas calladas de los perros en general, por lo menos de los perros caseros y bien tratados, los que no se encogen al escuchar una voz o al ver un bastón, consiste en su incapacidad de guardar rencor a su amo. Los corriges, a veces airados, a veces sin darte cuenta de que no son más que perros, y en seguida acuden a cualquier llamada tuya, meneando el rabo y dispuestos a reanudar la buena amistad que habíamos roto con él, de modo para él tan incomprensible desde su perspectiva de perro, que le lleva con gran indignación por nuestra parte, inexplicable para el pobre animal, a echarle el diente al trozo de carne que habíamos dejado sobre la mesa para ir en busca de sartenes o ingredientes para cocinarlo.
domingo, 21 de marzo de 2010
-¿Te sientes …?
-Si; a veces, como creo que todos, me siento solo. Somos insulares. No se conocen, que yo sepa, casos de ósmosis intrapersonal humana. Nos pegamos, cuando más nos queremos, unos a otros, como si intentásemos penetrarnos, poro por poro, para intentar no sé si conocernos o poseernos.
-Porque amar …
-Es un verbo transitivo, el más de todos. Amar es entregarse de tal modo que uno se sienta capaz de hacer casi cualquier cosa –Hay que ser sincero, porque la ceguera teórica del amor, se detiene a veces ante un obstáculo particularmente difícil; por eso el “casi”- para conseguir una sensación de felicidad de la persona amada.
-Y eso, entonces, de “tenerte” …
-Eso es cosa diferente. No es amor de verdad, sino coleccionismo, si quieres elevado a una alta potencia, de algún modo sublimado o sublimizado, por lo menos subjetivamente. Crees que estás enamorado, pero no es eso, sino que deseas tener a la otra persona y disponer de ella. El amor no prefiere disponer de alguien, sino ofrecerle a la otra persona la libertad de sentirse completa, o realizada, o como prefieras decirlo.
-Te gustaría, entonces, conocer los pensamientos …
-No. La telepatía nos destruiría. Podemos convivir en la medida en que podamos ocultarnos algo, unos a otros. En la medida en que podamos estar a veces solos o podamos confiar tanto que le contemos a la persona amada algunas, pero no todas, nuestras intimidades. Tiene que haber un espacio donde podamos ocultar esas sumas vergüenzas que de modo especial nos humillan. La gente no puede compartirse recíprocamente más que hasta cierta medida. Muy amplia y cuanto más mejor, pero sin llegar hasta ese último reducto donde la carne viva no se sabe si es tal o principio de lo que ha de morir para que sobrevivamos más allá de la muerte en que el amor definitivamente consiste al suponer acabarse como un aroma o el canto del cisne que dejan en la otra persona la sensación de caricia más íntima.
-Si; a veces, como creo que todos, me siento solo. Somos insulares. No se conocen, que yo sepa, casos de ósmosis intrapersonal humana. Nos pegamos, cuando más nos queremos, unos a otros, como si intentásemos penetrarnos, poro por poro, para intentar no sé si conocernos o poseernos.
-Porque amar …
-Es un verbo transitivo, el más de todos. Amar es entregarse de tal modo que uno se sienta capaz de hacer casi cualquier cosa –Hay que ser sincero, porque la ceguera teórica del amor, se detiene a veces ante un obstáculo particularmente difícil; por eso el “casi”- para conseguir una sensación de felicidad de la persona amada.
-Y eso, entonces, de “tenerte” …
-Eso es cosa diferente. No es amor de verdad, sino coleccionismo, si quieres elevado a una alta potencia, de algún modo sublimado o sublimizado, por lo menos subjetivamente. Crees que estás enamorado, pero no es eso, sino que deseas tener a la otra persona y disponer de ella. El amor no prefiere disponer de alguien, sino ofrecerle a la otra persona la libertad de sentirse completa, o realizada, o como prefieras decirlo.
-Te gustaría, entonces, conocer los pensamientos …
-No. La telepatía nos destruiría. Podemos convivir en la medida en que podamos ocultarnos algo, unos a otros. En la medida en que podamos estar a veces solos o podamos confiar tanto que le contemos a la persona amada algunas, pero no todas, nuestras intimidades. Tiene que haber un espacio donde podamos ocultar esas sumas vergüenzas que de modo especial nos humillan. La gente no puede compartirse recíprocamente más que hasta cierta medida. Muy amplia y cuanto más mejor, pero sin llegar hasta ese último reducto donde la carne viva no se sabe si es tal o principio de lo que ha de morir para que sobrevivamos más allá de la muerte en que el amor definitivamente consiste al suponer acabarse como un aroma o el canto del cisne que dejan en la otra persona la sensación de caricia más íntima.
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