lunes, 28 de junio de 2010

La puerta de entrada y salida de la semana es el lunes. El lunes tiene algo de principio y fin, sol y sombra, aliviadero y manantial. Me recuerda el agua que pasa desde la acequia del vecino, que ya regó sus fincas, a la propia, donde volverá a refrescar la tierra y aportarle cuanto trae de la ajena.

El lunes, como si nada hubiese muerto ni nacido, graznan las gaviotas, insultándose desde un tejado a otro de la calle, sumidas en su particular algarabía y despreciándonos a nosotros, los bichos de a pie, que vamos a buscar el periódico para enterarnos de que las cosas siguen sin arreglarse.

Si no fuésemos tan versátiles, los humanos, resultaría insoportable la sucesión de noticias de la crueldad con que cada día matamos a troche y moche y no sólo a los enemigos, sino, con demasiada frecuencia, a mujeres, maridos, padres, madres, hijos, de todo, en un arrebato, porque estaba chiflado, argumentan luego los abogados defensores. La humanidad está chiflada. Puede que tengan algo de razón.

Somos una partida de delincuentes potenciales, amparados en la presunción constitucional generalizada de la buena fe y la inocencia, pero que justificamos cada día, según el periódico acredita, el refrán ese que aconseja pensar mal porque acertarás. Nos timamos unos a otros con dinero inexistente –bueno, te lo concedo, dinero virtual-, nos prometemos imposibles fidelidades y amores eternos, nos abandonamos, unos a otros, como si fuésemos perros viejos y nos convertimos en mascotas vagabundas.

Si acaso, después, lloramos, como los cocodrilos, pero estamos al acecho de otra víctima del feroz egoísmo con que solemos conducirnos.

De vez en cuando, para compensar, supongo, nos metemos en un baño de buenas palabras, de que nos recubrimos como de un gel de baño y tratamos de autojustificarnos. En el fondo -nos engañamos a nosotros mismos-, no somos tan malos ni tan imbéciles … ¿o sí?

domingo, 27 de junio de 2010

Tarde dominical.
nubarrones,
que se apelmazan como pensamientos sombríos,
las nubes se entristecen y llueven
con la mansa humildad de la tristeza.

Canta la brisa
en los magnolios, que están en flor,
del parque. Alrededor
del quiosco de periódicos
y golosinas para niños,
se desparrama la sombra de las noticias.

Mi abuelo Emilio, siempre que llegábamos
preguntaba
si traíamos noticias. No, abuelo, no pasa nada. Creo
que se pasó la vida,
como los surfistas,
esperando la gran ola de una estupenda noticia.

La vida
es como un gran periódico, doblado,
de que se van desprendiendo
las peligrosas noticias, que si echas la cuenta, al final,
son la mitad buenas y malas la otra mitad.

Nadie sabe las que corresponden a cada día,
más que el buen padre Dios,
que cada día, al ponerse el sol
va haciendo un paquete para cada uno de nosotros,
según conviene y jamás entenderemos
hasta el final del tiempo, cuando todos se explique.
Notas, ahora, que eres más torpe cada día que pasa. Cierras los ojos y tienes treinta años, como mucho, pero andas y la osamenta rechina, se queja casi audiblemente, el fuelle se agota, vacilas ante un movimiento rápido. La vejez pura y simple, sencilla como los versos y el agua clara, va haciendo el paquete -¿se lo envuelvo para regalo?-, cerrando la telaraña, la cápsula en que hemos de desaparecer ¿provisionalmente?. No sé, por lo menos hasta la resurrección que no soy capaz de imaginar en qué consistirá, pero decido una vez más creer.

Creer, me repito, es un acto de la voluntad. No un acto, sino una conducta, que consiste en una sucesión de actos, en este caso de voluntad. Algo así como recitar los treinta y tres credos que las viejas tradiciones recomendaban para no recuerdo qué día del año, y al final te perdías de modo indefectible, en un credo sin principio ni fin que se enlazaba sobre sí mismo.

Esta mañana, entre dormido y despierto, estuve, gracias a esa máquina del tiempo que es la memoria, en mis lejanos ocho o nueve años. Tenía en la mano el deteriorado casco de cartón prensado y pintado de gris con que jugábamos los niños de las guerras del siglo XX. El casco tenía el cartón gastado y asomaba su textura por una de las esquinas laterales. Yo estaba sentado en el borde de una cama y mantenía el casco entre las manos, en el regazo. Pensaba que el casco estaba roto- Una y otra vez el mismo absurdo pensamiento. ¿Qué más daba? Lo ignoro, allá en aquella época semiolvidada debió afligirme bastante lo que ahora no logré en definitiva entender. Por aquel año o al siguiente, alguien tuvo la feliz ocurrencia, que sin saber quién fue le agradezco todavía hoy de todo corazón, de reglarme los dos pimeros tomos que leí de Richmal Crompton, que durante muchos años iignoré que fuese una mujer. Se llamaban Los Apuros y Las Travesuras de Guillermo. El inolvidable William Brown, Guillermo Brown, coin sus tantas veces inseparables Proscritos: Enrique, Douglas y Pelirrojo. Hace mucho tiempo que no veo a ningún chaval con un libro de Guillermo en la mano. ¿Se leen aún? Se debería porque son, ceo, lo mejor que se ha escrito sobre la conducta infantil y sus motivaciones e interpretación desde el punto de vista, la peculiar perspectiva de los niños de once años. Porque Guillermo no crece, es como Peter Pan, durante los treinta y cinco tomos publicados en España de sus aventuras. Tiene y tendrá ya para siempre esos gloriosos once años de su epopeya infantil, llena de ingenuidad, de lógica, de ternura y de humor con que todo en la vida se enreda cuando decides ser el mejor, el número uno, pase lo que pase.

sábado, 26 de junio de 2010

Hasta muy entrada la mitad del siglo XX no sabíamos lo que era el fin de semana. Teníamos, durante el bachillerato, clases los sábados, como los demás días. Descansábamos el domingo. Supongo que alguien lo habría inventado ya, pero nosotros no sabíamos del invento. Aún nos duraba el eco de las guerras recientes y ni se nos había ocurrido este fenómeno de que, pasado cierto tiempo, desde el mediodía del viernes hasta un momento incierto de la mañana del lunes, se dejaría de trabajar, dos días y medio o tres, de cada siete.

Transcribo una vez más de Davies, segunda novela, Manticora, del tríptico de Deptford: “he visto –dice uno de los personajes- con claridad meridiana la flagrante grosería de los ricos cuando se autoafirman de ese modo, la he visto incluso en sus manifestaciones más asqueantes, pero puedo jurar por lo más sagrado que el orgullo, el amor propio desmedido de los pobres convencidos de tener pleno merecimiento es punto por punto igual de repugnante”.

Alguien tendrá que revisar para la sociedad que viene lo absoluto de algunas fábulas, axiomas y definiciones.

Deberemos revisar que la venda que debe tapar los ojos de la justicia cumpla su función y no deje rendijas por donde echar una mirada a ver de quién se trata. No deben destaparse esos ojos más que para el estudio y el amor.

Cada apartado de los antecedentes tiene que ver de alguna manera con los otros, justo hoy que los famosos veinte y sus invitados andan dándole vueltas al modo de que el alborotado hormiguero social se reintegre a una pacífica rutina. A mí me parece que no va a poder ser. Que ocurrirá como cuando las guerras sacudieron el pacífico paisaje de la Arcadia supuestamente feliz y se dispersaron pastores y labriegos, estudiosos y poetas, tontos de pueblo y premios Nóbel, de pronto peregrinos todos indiscriminadamente en el camino iniciático del Mundo Feliz de Huxley.

Sólo que no hay mundo feliz, sino el que hay, y de pronto todos habían visto mundos y paisajes inimaginables hasta entonces para ellos.

Los soldados que volvieron, no eran los mismos. Nadie vuelve atrás, se llamaba una novela de Alba de Céspedes que recuerdo haber leído a ratos libres de mi primer campamento de la Milicia Universitaria, allá en Robledo, entre La Granja de San Ildefonso y Segovia, al pie del cerro de Matabueyes, mientras unas tiendas más allá Julio Salgado componía la música de Margarita se llama mi amor, para la novena compañía del segundo batallón de la siempre fiel infantería, que mandaba el capitán Horrillo. A ver –nos había dicho- si son ustedes capaces de inventar una canción distinta, propia de la compañía. Julio Salgado Alegre, fecit.

viernes, 25 de junio de 2010

En las esquinas de la ciudad de los gitanos imaginada por García Lorca, hay banderas, se supone que de vivos colores, pero no hay banderas en las ciudades de gitanos que yo recuerdo. Es posible que mi recuerdo se equivoque o que haya una ciudad de los gitanos en algún lugar del mundo distinto de mi memoria o de los barrios de las diferentes periferias de las ciudades que conozco y ésa haya sido la que visitó el poeta o la que visitó su imaginación, la imaginación musical de su poesía. La poesía de García Lorca era musical. Bueno, era es, porque le ha sobrevivido. Nuestras obras nos sobreviven. Alguien, pasado que sea tiempo, podrá incluso encontrar un libro y reencontrarse con algo que yo haya escrito ayer u hoy, aunque para entonces yo haya muerto. En nuestras ciudades de payos no suelen ponerse las banderas en las esquinas, sino en los balcones, los días de fiesta, si acaso, o, con mayor seguridad, en la plaza mayor de cada ciudad y cada pueblo. En cada plaza mayor, suele estar el ayuntamiento de la ciudad, en su ventana habrá banderas, pero también habrá, probablemente, unos mástiles en que suelen ondear las banderas de la ciudad, de la autonomía y de Europa. La bandera de Europa es azul más bien marino, oscuro y lleva en el centro un collar de estrellas.

En medio de cada bandera hay un escudo. El escudo de Europa, hay digo, su logotipo o su equivalente, es un collar de estrellas, una estrella por cada país de la unión, por ahora futura unión, europea. Europa es como una familia y cada país un hermano. Todos se saben miembros de la familia, pero constantemente tienen que estarse midiendo, enfrentando, por su lado malo. Por el bueno circulan riadas de ciudadanos que, bien o mal, se arreglan siempre para entenderse y ayudarse, si les dejan. Por el malo andan los mandamases de los diferentes países, que son como pensamientos turbios, que los enfrentan y les tocan la oreja a los mandamases de los demás países y los invitan e incitan a mediar sus fuerzas, como los cachorros de la misma camada, que constantemente se enfrentan, aunque parezca un juego, y así establecen la jerarquía de la camada. Es lo malo de la camada humana, que tiende a establecer una jerarquía y todos los miembros quieren estar arriba, en la punta de la pirámide, y que los demás aclamen su presencia. Resulta curioso ir viendo cómo los diferentes modos de organizar una sociedad humana, crear una sociedad, construir un Estado, van acercándose, de la mano de sus mandamases, a sistemas jerárquicos donde el que manda lo trata de hacer con poder, modos y autoridad absoluta, vocacionalmente excluyente de los diferentes y mucho más de los contradictores.

Parecen incapaces de entender que una asociación de contradictores o de diferentes, para gobernar, posibilitaría la confrontación de ideas, las aproximaciones a las diferentes verdades utilizables para ir progresando en todos los órdenes, la estética de la filigrana en que consiste una tertulia y podría consistir incluso la administración, que no gobierno, de cada barrio, cada ciudad, cada grupo social, compuesto por humanos, tan parecidos y tan diferentes que lo necesitarías para su sosiego.
Vas, calle adelante, te llaman, me llaman, me vuelvo, ya expectante. ¿Tas bien? –me pregunta. Y yo, dudoso: pues … sí; bastante bien. Y espero. No –añade- ye que como somos tan mayores … Me echo a reír. No se es mayor ni menor. Se es, mientras se es, y, de súbito, supongo, se deja de ser. Ya está. No hay una conmoción en el Universo. Ni siquiera la hay en el barrio, en la calle, en el rellano de la escalera. Desapareceremos, y, si acaso, nos dedicarán recuerdos como fucilazos, puramente ocasionales. Permanecerá igual e inmutable la calle, que, como diría el otro Machado en su copla, “ya no es tu calle, sino una calle cualquiera, camino de cualquier parte …” Siempre me ha conmovido esa copla mínima, pero muy expresiva. Sugiere muchas cosas con pocas palabras. Se imaginan momentos de ilusión y espera en “tu calle”, la de alguien, donde vive, donde, como añade otro poeta, está “la casa encendida” de alguien, hasta que deja de estar y, enterrado ese alguien, o, en su caso, enterrada nuestra vinculación con la persona que ahí vivía, la calle es “una calle cualquiera, camino de cualquier parte”.

miércoles, 23 de junio de 2010

Ayer escribí una página entera para luego borrarla. Una auténtica tentación, frecuente, la de borrar lo escrito. Uno, yo por lo menos, no tiene nunca la seguridad de estar diciendo lo que piensa cuando quiere hacerlo.

Hay dos maneras de escribir: dejando ir las palabras, según vienen, sin más que alinearlas para que resulten inteligibles, o tratando de decir lo que se piensa.

El primero es un modo agradable, casi siempre bienintencionado; el segundo es un peligroso ejercicio en que casi nunca se acaba por decir lo que se pretende, porque alguien, otro yo, de los varios que pueden descolgarse de cada receptáculo donde hiberna la multiplicidad de cada persona, interviene y altera el pacientemente orden con que se trata de opinar de manera trascendente.

La cosa es que borré cuanto había escrito y me refugié en el iTunes donde he ido coleccionando la abigarrada colección de la diversa música que prefiero escuchar.

Vuelvo ahora, tras de apaciguar, y a la vez, paradójicamente, desasosegar el espíritu con la Trilogía de Deptford, de Robertson Davies, ese deslumbrante autor que tardé tanto en descubrir, yo, que soy un ratón de biblioteca y sin embargo se me escapan cosas como esta, o, hasta en su día, el Quinteto de Alejadría, de uno de los Durrell, o el parque zoológico de su hermano.

“Repasamos su historia y trabamos conocimiento con algunas personas que figuran en ella y que puede usted conocer, o tal vez no, pero que son porciones de usted mismo.” Y en efecto, te das cuenta de que a partir de los cimientos del código genético, si profundizas en el recuerdo y valoras sus dimensiones y las de la hiedra que a partir de alguna de tus relaciones humanas pasadas ha trepado por tu corteza, hincándose incluso por debajo de ella, en tu carne viva de árbol ya tan añoso, descubres con asombro cuánto hay de otros en ti mismo, cubriéndote, enmascarándote, tal vez definitivamente convirtiéndote en lo que has de ser cuando llegue el momento de rendir cuentas y te pregunten, no sólo por lo que permitiste que te hicieran, sino por lo que habrás hecho tú, en otros, para contribuir a formar esta maraña social en que vivimos y de que formamos parte.